| Nacido en 1970 en Zamora pero residente en La Bañeza (León), Francisco Javier Pérez se habria de alzar con alzo con la trigésima edición del Premio Azorín de novela, dotado con 67.000 euros y convocado por la Diputación de Alicante y la editorial Planeta, digamos que contra todo pronostico por tratarse de un autor desconocido. La novela ganadora, La crin de Damocles, en palabras del autor, “una novela política, humana e histórica, que aborda la mayor crisis que ha vivido Europa".
Luis García.- Javier Pérez, bañezano y Premio Azorín de Novela 2006. ¿Sorprendido?
Javier Pérez.-
Pues sí. Decir otra cosa sería no vivir en el mundo real. Lo cierto es que siempre me representado a estos grandes premios más mirando a la cláusula de que la editorial se reserva el derecho de publicar las novelas no premiadas que le interesen que a las que explicitan las condiciones del ganador, pero si ganas, pues estupendo.
L. G.- Y con un elenco de “compañeros” admirable... Luisa Castro, Eugenia Rico... ¿Por qué el Premio Azorín?
J. P.- Porque me parecía que el tipo de novela que había escrito podía gustar a un jurado mixto, en el que tuviesen algo que opinar los miembros de una institución, cuyo objetivo es el prestigio de lo que pagan, y los miembros de una editorial, cuyo interés es vender lo que publican.
L. G.- Porque no deja de ser usted un neófito en esto de la literatura... a pesar de atesorar varios Premios de los llamados menores...
J. P.- Neófito es el que empieza en un oficio y yo llevo diecisiete años escribiendo, así que debo decir que no, que no me considero neófito. Soy neófito en los premios, porque empecé a presentarme masivamente a concursos hace dos años. Y cuando digo masivamente lo digo de verdad. Pero, como escritor, entendiendo a la persona que escribe con voluntad de persistir, llevo muchos años.
L. G.- ¿Qué es La crin de Damocles? ¿Cuál fue su génesis?
J. P.-
La crin de Damocles es una novela negra ambientada en un marco histórico en el que casi todo tiene que ser negro por necesidad. Cuenta las andanzas del comisario de asuntos políticos de Baviera a finales de 1923, cuando la inflación fue tal que un dólar americano llegó a cotizarse a cuatro billones y medio de marcos después de haber valido solamente doce el mismo año.
El comisario de asuntos políticos debe enfrentarse a la vez a los comunistas, los nazis, los separatistas y la mafia del estraperlo. Además, surgen pequeños delitos que por su ridiculez minan el prestigio de la policía. El comisario Müller es todo lo que le queda al gobierno para que la situación no reviente y debe estar a la altura. La novela surgió de un montón de investigaciones sobre esta época, que me parece clave en la historia mundial, y de otros trabajos anteriores sobre asuntos parecidos. Cada cual tiene su pequeña obsesión y la mía son las convulsiones de los años veinte.
L. G.- ¿Por qué una novela sobre la Segunda Guerra Mundial? ¿Le interesa el tema especialmente?
J. P.- La novela no es sobre la Segunda Guerra Mundial, sino sobre las condiciones y hechos que, veinte años después, la hicieron posible. Me interesa ese tema y tengo bastante trabajo realizado sobre ello porque creo que es el punto de inflexión entre varias formas de ver el mundo. O dicho de otro modo: el choque tectónico entre las distintas maneras de concebir la existencia. La victoria de los aliados somos nosotros y el mundo que conocemos. Y también parte de los que fueron derrotados; esa parte que el vencido siempre, infaliblemente logra instilar en el otro a través del contacto prolongado de la sangre y la violencia.
L. G.- Y como thriller... ¿cree posible la vuelta de años tan oscuros como los que narra?
J. P.-
No lo sé. Creo que no, porque uno de los pilares sobre los que asentaba el mundo de aquellos años era la opacidad, y ahora los medios de información son más abiertos, y el modo de conectarse y dialogar entre la gente es mucho más directo. Sin embargo, si hubiese una gran crisis económica como aquella, es muy posible que rebrotasen algunos fenómenos siniestros. Con el estómago lleno somos todos filántropos y solidarios, pero habría que ver cómo somos si llegamos a estar hambrientos y desesperados, como los alemanes de los años veinte.
L. G.- Hitler es un personaje que ha pasado de estar demonizado a causar fascinación.... ¿le ha pasado a usted? ¿Ha llegado a sentir fascinación por Hitler?
J. P.- Por Hitler, no. La verdad es que no. Me parece un personaje oportunista, cuya principal virtud fue la tenacidad. Por sí sola, esa es una virtud de asno de noria y no me impresiona y creo que Adolfo Hitler tenía pocas más. Si acaso, el saber lo que de veras deseaba la gente, en vez de lo que decía desear, que era en lo que se fijaban los otros políticos.
Lo que sí me ha producido cierta fascinación es el nazismo como fenómeno político, aparte de Hitler. Porque en el partido nazi no esta sólo Hitler, sino también, y de eso hablo mucho en la novela, un hombre como Gregor Strasser, que se opuso a Hitler en el Congreso del partido y le disputó la presidencia apoyado por gente muy conocida luego, como Goebbels y Himmler. Me parece realmente impresionante que en una época y una misma ciudad se puedan reunir unos caracteres tan enérgicamente decididos a cambiar el mundo a su voluntad. Algo parecido a lo que ocurre en Rusia poco antes con la revolución comunista. En ese sentido, sí: los movimientos basados en la voluntad como arma principal siempre me impresionan.
L. G.- ¿La mejor vacuna contra el fascismo es haberlo padecido?
J. P.- Una de las mejores, sin duda. El que sabe el significado real de las grandes palabras se las toma ya de otro modo. Y los totalitarismos es lo que tienen: que escriben su propio diccionario.
L. G.- Y ahora la promoción.... ¿tiene miedo al pánico escénico que sienten muchos escritores?
J. P.- En absoluto. Hace muchos años que trabajo como comercial y estoy acostumbrado a defender un producto en público. Si además lo conozco, y tengo verdadero interés en que se venda, pongo todo lo que puedo de mi parte. Hay veces que las cosas salen mejor que otras, pero en general no me asusta la promoción, no.
L. G.- ¿Qué esta escribiendo en estos momentos?
J. P.- Estoy escribiendo lo que pasa el día después de que acabe La crin de Damocles. Al día siguiente son las elecciones y los nazis se presentan, con Strasser ala cabeza, mientras Hitler está en la cárcel, pagando por el putsch de la cervecería. Con Hitler en prisión y el dinero perdido, Müller da por deshechos a los nazis, pero por alguna razón parece que el partido nazi sigue en pie y el comisario empieza a desconfiar que algo raro ocurre. Ya os he contado hasta la página quince.
L. G.- ¿Y de quien se siente heredero literariamente?
J. P.- ¿Heredero? No sé… Puedo decir de quién me gustaría serlo. De Karen Capek y los escritores centroeuropeos. Me gustaría serlo de esa novela descarnada americana, o ese pulso narrativo genial de Mario Lacruz, o de esos escritores de mi tierra, de tan poderosa imaginación y tan contundentes escenarios y personajes como Luis Mateo Díez. Eso me gustará ser. Pero lo que soy en realidad sólo el espejo de Blancanieves lo sabe.
|