borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Manual de infractores

 

J. M. Caballero Bonald

 

Seix Barral

 

Fernando Menéndez

En una conversación mantenida con Juan Cruz para el diario El País (25-11-2005), Caballero Bonald afirma lo siguiente: «Yo era un escritor barroco, pero he llegado a suprimir adherencias innecesarias, lujos superfluos. He llegado a tener una dicción bastante austera, pero al mismo tiempo, y desde mi modesto entender, creo que esa dicción es brillante». Después de leer su último libro de poemas, Manual de infractores, comprendo que la austeridad para un barroco no es la misma que para quien no lo es. Los poemas de Bonald son aún pródigos en adjetivos y serpenteos: «De aquellas arduas clandestinidades / tenazmente debidas / a causas nobles y amorosos lances, / sólo te queda un sedimento / entre feliz y melancólico, la sensación / de haber perdido algo inencontrable, / un decoro, una fe y algún temor: / eso que fue sin duda / el rango más preciado de tu vida...» («Pasión de clandestino»). Tal vez la auster idad a la que se refiere el poeta sea más una austeridad de intención y pensamiento, pues recorre el libro una tentativa de apelación al silencio, de hacerse a un lado del camino –«Ya sólo duras por lo que recuerdas» (...) «Ha aprendido a vivir al borde de la vida»- que toma cuerpo definitivo en el poema final («Silentio vindicare»): elogio del silencio que entra en contradicción e ironiza con el abundante apasionamiento verbal de Manual de infractores. Bonald, en la conversación con Juan Cruz antes citada, se define, «más que rabioso», con «energía recuperada», tras haber escrito un libro «contra los gregarios. Esos que van a las manifestaciones contra el divorcio, contra los homosexuales, contra la LOE, contra los españoles sumisos. Ese millón de españoles o cien mil, que ya eran así con el franquismo». Yo, que comparto la misma rabia e indignación, creo, en cambio, que ambas no alcanzan para sostener el rigor y ambición connaturales a cualquier escritura. Siempre pensé que la actualidad no es un tiempo poético. Que son precisas la distancia y la frialdad para que el poema se libere de atropellos; para que la rabia sea mirada crítica y aguda; para que la energía se transforme en estilo: «Son los mismos / que siguen solazándose / con las soflamas de los patriotas / y empuñan de continuo estandartes y cruces / con que emular a sus mayores, / mientras avanza por las avenidas / un cortejo triunfal de bienpensantes...» («Secta»). «¿Cuántos / consorcios de falsarios, púlpitos / execrables, compraventas de armas, / eufemismos que sólo encubren / crímenes, hemos de cotejar con nuestros muertos / antes de que por fin prevalezca la vida?». No ayuda a Bonald en sus intenciones un tono sentencioso y suficiente. Ha decidido el poeta encaramarse a una atalaya. Pero no para huir o refugiarse, para disimular sus debilidades. Lo ha hecho para tomar altura con respecto al mundo: «Yo, que sé lo que nadie sabe» («Cuique suum»), «otra vez soy mi propio contendiente / y he leído todos los libros» («Mirada del vidrio»). Compañeros de trayecto poético, llegados a un punto vital similar al del jerezano, se presentaron boquiabiertos y plenos de incertidumbres: «CIMA del canto. / El ruiseñor y tú / ya sois lo mismo» (José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro), «Bajo las águilas silenciosas, / la inmensidad carece de significado» (Antonio Gamoneda, «Libro del frío»).

La seguridad en sí mismo que rezuma Manual de infractores desborda sus páginas. Vuelvo (por tercera y última vez) a las declaraciones hechas a Juan Cruz: «La poesía sólo se puede escribir desde el apasionamiento». Soy, la duda ofende, un lector menos dilatado y experimentado que Caballero, pero no me queda más remedio que reconocer haber leído libros de poemas escritos desde la perplejidad, la indiferencia o la duda. Y todos tan significativos como los libros arrebatados. No puedo admitirle al maestro Bonald dicha proclama. El poema «Canon» de su Manual de infractores concluye con estos dos versos: «No sin ser deformada / puede la realidad exhibir sus enigmas». Será que la propia voluptuosidad del barroco justifica todos sus desmanes.