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Miguel Baquero
España, 1958: una nación zaragatera, triste y reprimida que comienza a salir de la miseria gracias a los primeros planes de desarrollo. En este panorama, un joven hijo de papá decide marchar de vacaciones a Ibiza, isla mágica donde comienza a llegar el turismo y las extranjeras de buen ver y dicen que fácil catar, pioneras de esa prenda fabulosa (porque no parece pueda ser verdad) que algunos llaman bikini, y a todas las cuales este buen pijo, vividor y malgastador del capital paterno, tiene la intención de conocer en su sentido más carnal. Para ello se lleva como compañía (o más bien como subalterno) a un empleado de su padre con quien le une una cierta amistad de farra y calaverada, un delineante que, aunque muchas veces se haga el remolón y el digno ante los proyectos juerguistas de su amigo, al fin él también está deseando sacudirse la grisura y la tristeza de la España oficial.
Éste es, en líneas generales, el argumento de Los europeos, la más reciente novela de Rafael Azcona (Logroño, 1926), un autor, sin duda, clave dentro del cine español. De él han surgido los guiones de películas como Plácido, El verdugo, El pisito, Belle Epoque, y otras muchas más que han destacado por la solidez de su argumento, de sus escenas, de sus personajes, y sobre todo, por una amplitud de miras, una libertad de conciencia y un humor moderno que contrastaba con el encogimiento y la ñoñería (a veces disfrazada de tremendismo) de otros muchos productos de su época. Un cosmopolita avant la garde que en esta novela (tal vez nadie mejor que él para describirlo) nos cuenta la apertura al mundo de este triste rincón de Europa, y la llegada con el verano de un aire vivificante, un soplo de libertad que acabaría por ser arrasador.
En realidad, no puede decirse que Los europeos se trate de una novela inédita, porque ya vio la luz en su día, a finales de los cincuenta; sin embargo, el ambiente pacato de aquellos tiempos obligó al autor a practicar (a practicarse) una autocensura estricta, eliminando cuanto se refiriese a sexo, a cuerpos desnudos al sol, a prácticas libertinas... Por ello, casi podría decirse que nos encontramos ahora ante una novela de nueva planta, reelaborada de nuevo, que muy poco seguramente conservará de la novela inicial. Salvo, eso sí, la agilidad y músculo de los diálogos, la viveza de las escenas, el tono a un paso de la caricatura, pero sin caer en ella, con que el autor describe a sus personajes... todas esas características que han definido siempre a Azcona y que ahora se unen a un estilo literario fresco y natural, sin caer en la impostura ni en el engolamiento de la voz, cosa siempre digna de agradecer.
Pero sobre el estilo o sobre la construcción lo más impactante de esta novela y lo que hace que, después de su lectura, se nos quedé un tiempo dando vueltas en el interior, es el retrato que hace por anticipado de la España actual, en especial de esa España que cada verano nos sonríe desde Ibiza o desde Marbella. Lo más asombroso es ver, con cincuenta años de antelación, a esos niños tarambanas de papá que, teniendo todo a su alcance para hacer algo de provecho, solo piensan en aturdirse y convertirse en unos imbéciles; ver a esos aristócratas de saldo, herederos de un reino desaparecido, haciendo el gamberro; observar a su corte de lameculos, reidores de todas las gracias, doblando el espinazo para coger unas monedas, unas rayas de coca, lo que tengan a bien lanzarles... Todos ellos muy sonrientes desde esa España mediterránea que tanta luz y tanto pocholo, tanto bofill y tanto ciprónido ha dado al mundo.
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