borde Sumario. Entrevistas.

Eloy Tizón

«Todos llevamos vidas bastante desflecadas»

Alberto Olmos

Eloy Tizón vuelve al relato. Parpadeos reúne varios cuentos del autor que debutara con ese mismo género en Velocidad de los jardines, volumen que se cuenta ya como una de las cimas de la narrativa breve en lengua española. Tras varias novelas, y una trayectoria tan sólida como ajena al estruendo comercial, Eloy Tizón defiende una literatura sutil, lírica y emotiva, hecha de tiempo y con el tiempo, pero sin prisa.

 

1. En los últimos cinco años has publicado tres libros (Labia, 2001; La voz cantante, 2004; y este año Parpadeos), lo cual establece una cadencia de publicación mucho más acelerada que en tus comienzos, en los que publicabas un libro cada cinco o seis años. ¿A qué se debe este cambio? ¿Ha variado tu modo de escribir o, quizá, le has perdido un poco el respeto a publicar?

–No creas; no hay nada premeditado, todo ha sido accidental. Una serie de circunstancias fortuitas me han conducido a publicar a un ritmo un poco más acelerado que de costumbre varios libros sobre los que llevaba mucho tiempo dando vueltas y que por fin he dado por concluidos en estos últimos años. Sin embargo, sigo siendo el mismo autor lento y minucioso de mis comienzos. Me lo tomo con mucha calma y no tengo la menor prisa por editar. Escribir y publicar me siguen pareciendo tareas que requieren rigor y exigencia. De hecho, ahora mismo no tengo ningún proyecto narrativo entre manos, por lo que supongo que tardaré bastante en publicar algo nuevo.

2. Parpadeos reúne varios cuentos que has escrito, y alguno publicado, a lo largo de los años. ¿Crees que existe una vocación literaria específicamente cuentística? En todo caso, ¿dónde crees que se haya la causa de que algunos autores se inicien con la poesía y luego pasen a la novela, otros arranquen directamente con la novela y nunca prueben otro género, y otros salten de un género a otro independientemente del paso de los años?

–Imagino que cada autor será distinto y habría que estudiarlo por separado. En principio, no establezco una diferencia demasiado tajante entre mis libros de cuentos y mis novelas. Aunque son géneros diferentes, creo que en mi caso ambos responden a un impulso similar, a una respiración semejante. Claro que, por temperamento, es cierto que tiendo más a la contención, a la brevedad y a la síntesis, antes que a la torrencialidad y al exceso (que no me agradan), de modo que, al menos en principio, las distancias cortas y manejables son un terreno en el que me siento cómodo y libre. Lo que ocurre es que a veces lo que empieza siendo un relato breve crece y se ramifica, se expande en múltiples direcciones, y uno tiene que seguirlo y darle a la historia el espacio que la historia pide.

3. ¿Qué posición estética ocupan los relatos de Parpadeos en tu trayectoria, después de tres novelas?

–Es un libro que me debía y que, en cierto sentido, cierra una etapa, desde un punto de vista si quieres más biográfico que literario. En estos últimos años han pasado muchas cosas en mi vida, ha habido muchas mudanzas y cambios, algunos malos y otros buenos, aunque tengo que decir que el balance provisional es positivo. Los cuentos de Parpadeos tienen que ver con eso, con la inconstancia, con la intermitencia, con la fugacidad, con lo efímero. Por buscar un mínimo hilo conductor, diría que este libro se basa en la idea (o en la corazonada, más bien) de que nuestras vidas ya no responden a ninguna unidad conceptual o lógica narrativa cerrada, sino que son un conjunto más o menos heterogéneo de fragmentos, improvisaciones, barridos de historias. Quien más quien menos, todos nosotros llevamos vidas bastante desflecadas. Hoy vivo aquí, y ma&n tilde;ana allí. Hoy trabajo en esto y mañana no trabajo. Hoy estoy casado y mañana me descaso y me hago monje. En todo ello no hay el menor espesor biográfico, ni rastro de sentido, nada con lo que poder construir algo que se acerque ni de lejos a un relato mínimamente ordenado. La huella del sentido ha desaparecido, se la ha tragado el desagüe. Y a mí esto, como narrador, es algo que me inquieta y contarlo me parece un gran desafío.

4. En Internet, la poesía y el cuento son las piezas literarias más abundantes, por motivos técnicos bastante obvios. ¿Está contribuyendo Internet a popularizar y difundir mejor estos dos géneros tan poco visibles en las librerías?

–Ojalá. Eso sería estupendo. Porque el cuento está muy necesitado de apoyos. El cuento es, junto a la poesía, el género más desasistido, frágil y vulnerable que existe. El cuento, como el coronel, no tiene quien le escriba. A veces fantaseo con la idea de que escribo piezas breves sólo para hacerle al cuento un poco de compañía, para hacerle caso, para que el cuento no esté tan solo, tan triste, tan abandonado. Para que el cuento y yo seamos uno.

5. Desde Labia, las portadas de tus libros tienen una personalidad propia: son fantásticas, muy sofisticadas y con un barniz digital rápidamente identificable. ¿Qué puedes decirnos del trabajo del diseñador y de tu sintonía con su obra?

–Me alegra que las cubiertas te gusten. Le doy mucha importancia a la imagen. Dado que provengo del mundo de las artes plásticas (mi primera vocación fue la pintura), es algo que procuro cuidar con esmero. Además, soy bastante fanático del cine, como cualquier lector habrá notado. Las otras portadas las realizó mi anterior pareja, una mujer con mucho talento, así que ya puedes imaginar que la colaboración entre nosotros dos fue muy estrecha. Como en la actualidad no tengo pareja, en mi último libro, Parpadeos, he cometido la osadía de hacerla yo mismo. Aunque no lo parezca, me llevó bastante trabajo y horas de ordenador. He procurado que parezca el fotograma de una película inexistente, algo que recoja el espíritu «fugaz» del libro, un poco de su brillo lírico. No sé, estoy satisfecho del resultado, me reconozco en &eacu te;l. Hay quien me ha dicho que le recuerda alguna imagen de David Lynch, aunque si te soy sincero a mí a quien de verdad me gustaría aproximarme –o al menos intentarlo– es a mi admirado Won Kar-Wai, cuyas últimas películas me han causado mucha emoción.

6. Tu primer libro, Velocidad de los jardines, sigue siendo recordado y leído, aunque no masivamente, sí con admiración y hasta fervor. ¿Qué categoría ocupa ese volumen a día de hoy en tu quehacer literario: funciona aún como big bang de tu poética, o justamente tratas de encontrar otro camino y perderlo, casi, de vista?

–No reniego de ninguno de mis libros. Podrán ser buenos o malos, pero todos los he escrito tratando de dar lo máximo de mí, sin trampas. Cada libro es el mejor libro que he sido capaz de escribir en ese preciso momento de mi vida. Si lo he logrado o no, y en qué grado, ya es otra historia. En el caso de Velocidad de los jardines, es cierto –y soy muy consciente de ello– que con el paso del tiempo, por los motivos que sean, ha ido adquiriendo su pequeña aureola entre un reducido grupo de iniciados, que me hablan con respeto y devoción de ese libro, lo cual me enorgullece. No reniego de él, pero no quiero repetirlo, ni repetirme, puesto que esos cuentos los escribí, entre otras razones, para librarme de ellos y no tener que volver a escribirlos. Una vez transitado un camino, por hermoso que éste haya sido, dejo de interesarme por él. Lo que de verdad me atr ae es explorar nuevos caminos, extraviarme por sendas desconocidas, arriesgarme, asumir retos, es decir: intentar hacer lo que no sé hacer.

7. Siempre he querido preguntarle a un escritor de estilo cuidado y pulcro su opinión sobre las manifestaciones más sucias y explícitas de la literatura. ¿Qué opinas, por ejemplo, de obras como las de Michel Houellebecq?

–No he leído nada de Houellebecq, aunque, si he entendido bien tu pregunta, creo que te refieres a esa corriente literaria centrada en la «crudeza» de sus expresiones escatológicas y sexo explícito (o acrobático, más bien), tipo Miller, Bukowski o Palahniuk. Reconozco que es un tipo de literatura que me interesa poco y me deja bastante indiferente. Lo que he leído de ellos lo encuentro fácil y monótono y, aunque en su momento pudo tener un interés comercial (más sociológico que literario, en mi opinión), andando el tiempo ha resultado que envejece muy mal. No hay que descartar que esté equivocado, claro está, y me esté perdiendo algo grande, pero siempre me han fascinado más los autores –como Henry James y otros– que hacen justo lo contrario, los que emplean elegantemente la sutileza, los medios tonos, la elips is y el silencio como instrumentos esenciales a la hora de narrar.

8. Precisamente este autor francés acaba de aparecer en España publicado por Alfaguara, después de que sus primeras obras figuraran en el catálogo de Anagrama, la editorial de toda tu carrera. ¿Cómo vives tu vinculación profesional con el sello de Jorge Herralde, que dura ya catorce años?

–Considero que Anagrama es un buen hogar para mis libros. Hasta ahora, me siento cómodo allí. Hay que reconocer que Jorge Herralde, el editor, tuvo un gesto de coraje cuando, hace catorce años, asumió el riesgo de publicar un primer libro de cuentos, bastante marciano y poco comercial, de un autor desconocido. ¿Cuántos editores se hubiesen atrevido a eso? Creo que muy pocos. Desde entonces, todas las propuestas literarias que le he ofrecido han encontrado su comprensión y su complicidad lectora, un hueco en su catálogo, lo cual le agradezco mucho.

y 9. Has afirmado que lo difícil en una narración no son el principio ni el final, sino seguir avanzando en su escritura, página a página. Eso puede decirse también de la propia carrera literaria. ¿Qué motivaciones –y hasta ambiciones– hacen que tú sigas escribiendo?

–Supongo que las motivaciones que me han llevado a emborronar papeles, desde la adolescencia hasta hoy, siempre han sido las mismas o muy parecidas: hacer eso que los psiquiatras llaman «elaborar el duelo»; o dicho con otras palabras, hacer soportable la pérdida, las sucesivas pérdidas. Escribir, para mí, es la manera íntima que tengo de sobrellevar la pérdida, exorcizar demonios, combatir la infelicidad y comunicar la «herida del tiempo». La ficción es uno de los pocos lugares, si no el único, en que el tiempo puede ser detenido. Y esto –lograr que las agujas del reloj se paren– me parece un milagro. Lo que me impulsa a escribir no es, pues, el afán de entretenimiento, ni el compromiso político (eso se lo dejo a otros), sino que escribo para intentar hacerme más soportable, y hacer más soportable a los demás, el dolor de la p érdida.

 

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