borde Sumario. Entrevistas.

Román Piña

«He querido testimoniar el estado de indignación de una sociedad víctima de la voracidad inmobiliaria»

Miguel Ángel Gara

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) compagina la docencia en el IES Antoni Maura de Palma con la dirección de la revista literaria La bolsa de pipas, donde publica a una buena cantidad de talentos noveles y no tan noveles. Es autor de poemarios Gomila Park,  Café con amazonas, novelas Las ingles celestes; Un turista, un muerto, Viaje por las ramas (Premio Desnivel 2004). Recientemente ha obtenido el premio Ciudad de Palma Camilo José Cela con su novela Gólgota, publicada en la editorial Lengua de Trapo.

P.-       Gólgota es una novela coral pero los protagonistas no son precisamente los niños cantores de Viena aunque muchos de ellos recuerden anécdotas de su infancia. ¿Un adulto es el mausoleo de un niño?

R.-      No creo. Un adulto es un niño disfrazado, que a veces consigue engañar y engañarse todo el tiempo, y a veces se anima a desnudarse y comportarse como en realidad le impone su inconsciencia.

P.-       Eres narrador, editor, poeta, crítico, profesor de griego ¿Hay algún otro palo que no hayas tocado y te gustaría tocar en esto de la literatura, o crees que de palos los menos?

R.-      Me gustaría tocar el palo de la literatura especulativa, no la de filosofar, sino la de hacerse rico, muy rico. O sea sentarme a escribir un best-seller. De palos cuantos más mejor, y no sólo literarios. Lo que lamentaré no llevarme a la tumba es una carrera de compositor de canciones del verano, de ebanista, de maestro percusionista y de mayordomo.

P.-       En Gólgota ¿Hay más Cela o más Dos Passos?

R.-      Lo que tú digas, porque he leído poco a Cela y nada a Dos Passos. No puedo asegurar qué filiación tiene. Reconozco un gusto por los excesos a lo Palahniuk, por los diálogos a lo Vallvey y por los contrastes a la manera Piña. Fundamentalmente Gólgota ha sido un reto en cuanto a arquitectura narrativa, y en ese empeño ha tenido que ver la influencia, aunque con intereses muy diferentes, de Felipe Hernández.

P.-      ¿Por qué crees que las comedias en literatura están peor vistas que los dramones o que las novelas consideradas sesudas cuando posiblemente son más difíciles de escribir y (si están bien escritas) más gratas de leer?

R.-     Me caló mucho lo que le oí a Luis Landero en una conferencia: «La profundidad no es garantía de nada». He apostado por la ligereza en la forma, en la apariencia. Un estilo solemne suele estar destinado a engatusar al lector, a distraerlo de un fondo inconsistente. La novela es un producto de entretenimiento ante todo, y si es sesuda peor para ella. En todo caso ha de ser sesudo el autor, que ha de saber elaborar sus tesis y preocupaciones en una narración que enganche e interese. El modelo de eso es Sánchez Piñol, un verdadero artista.

P.-      ¿Es el Gólgota del siglo XXI una grúa mallorquina o marbellí?

R.-     Tenemos cruces para todos los gustos. Para mi personaje Andrés Martínez (porque un personaje de novela sí puede tener un nombre vulgar) el tormento es la construcción: la sola existencia de las grúas lo pone malo. Para otro de mis personajes, Leonor Camand, el Gólgota es su silla de ruedas, su vejez. Para su nieto Antonio, el desamor. Es casi una herejía reducir el Gólgota a una denuncia de corrupción política, y el Mesías a un agitador social. Pero sí: he querido testimoniar el estado de indignación de una sociedad víctima de la voracidad inmobiliaria.

P.-      En literatura ha habido muchos grandes maestros del humor muchos de ellos identificados con los ambientes más cenizos y ásperos como Poe o Ambrose Bierce ¿Hay algún escritor que te haya influido en ese sentido?

R.-     Me gustó mucho Wodehouse, me parto con Palahniuk, Wilde te deja huella, Bierce es un referente. Me abrió la mente la obra de Eugenio Granell. Entre los nuevos quiero reivindicar a Alejandro Cuevas y su novela La peste bucólica. Pero mi humor no es el efecto de una influencia, es mi natural. De niño quería ser actor cómico. Como me he dedicado a escribir, el humor ha aflorado como uno de mis principales dones.

P.-       En Gólgota, y por lo que he podido ver, en general en toda tu obra, hay una utilización del sexo en clave de perversa inocencia, pero ¿puede ser la perversidad inocente?

R.-     «La naturaleza es nauseabunda», repetía yo en mi libro Las ingles celestes. ¿No es el instinto inocente? Cuatro orcas asesinas que ahogan a un ballenato para devorar su mandíbula inferior y dejar el resto de su mole hundirse en el abismo para ser pasto de criaturas infernales…¿Hay perversión? Tal vez no, pero hay horror. Cuando tratamos el sexo como lo que es, un instinto engorroso, parecemos perversos. Lo hemos querido dignificar con el amor y la lencería.

P.-      El cielo encapotado que arroja lluvia sin parar durante toda la novela es, creo, una metáfora del escepticismo que rodea a los personajes ¿crees que el binomio humor-amor puede salvarnos o la posible salvación es ajena a cualquier esfuerzo humano?

R.-     La lluvia juega un importante papel: complica la jugada de Martínez en la grúa y ayuda a ofrecer una imagen de la ciudad de excepción, aprisionada, casi irreal. En cuanto al humor, por supuesto, es lo único que nos salva día a día, más allá del amor. Lo malo es que el amor no hay seguro que nos los garantice, y el humor es un don. No es la capacidad de reír ante unos estímulos, sino de crearlos tú mismo.

P.-      Ganaste no hace mucho el premio Desnivel ¿Cuál crees que es la aventura que acecha al hombre moderno?

R.-     Aparte de la aventura de la emigración, de huir en masa del tercer mundo, lo que nos acecha es la extinción del planeta, de modo que la gran aventura es la emigración interestelar. A corto plazo, nuestro reto no es la emoción, la audacia viajera, sino la revolución política que apueste por una gestión escrupulosamente sostenible de nuestros recursos.

P.-      Una pregunta al docente que eres ¿Por qué la poesía ayuda a la prosa pero la prosa no suele ayudar a la poesía?

R.-     No sé si estoy de acuerdo. Como poeta y lector de poesía me atrae la narración y lo prosaico, y me molestan los quistes poéticos, los alardes «literarios» en la prosa, o mejor dicho en la novela. En un caso y en otro, la fuerza no está en las palabras, sino en su fondo. La poesía tiene derecho a ser sintética. La novela tiene obligación de ser perifrástica sin abusar de la paja.

P.-      Para finalizar cuéntanos en qué proyectos literarios te encuentras inmerso.

R.-     Estoy reescribiendo La Nariz de Gógol, un relato en el que quiero homenajear la nariz perdida de Espido Freire. Y sigo tirando de La Bolsa de Pipas, intentando conseguir lectores para un montón de estupendos escritores.

 

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