| Es Juan Pedro Aparicio un escritor de militancia leonesa, si se me permite la expresión, que ha conseguido hacer de su afición su profesión, que es autor de casi una veintena de libros y que afirmaba en cierta ocasión junto a su buen amigo Luis Mateo Diez que «cada novela que se escribe no es otra cosa que una interpretación del mundo, que en las buenas novelas es capaz de competir con la realidad, no ya como una realidad paralela, sino como una realidad de más entidad». Yo me quedo con el personaje de Malo (Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca, 1996), que creara hace ya varios años, y con este buen puñado de relatos breves, brevísimos, que ahora presenta en la Editorial Páginas de Espuma. Entremedias, una de esas carreras literarias construidas sin prisa pero sin pausa.
L.G.- Juan Pedro Aparicio, es usted un escritor asociado junto José María Merino, Luis Mateo Diez y otros, al llamado círculo o grupo leonés.... ¿Le parece bien esta etiqueta, le gusta que le encasillen de esta manera?
J.P.A.- Sería tonto que me molestara tal cosa. Y ¡menos mal! Porque es difícil la entrevista o la simple reseña en la que no se haga mención de ello. Me pasa como al bueno de Antonio Rabinad, un escritor estupendo por cierto, al que cada vez que entrevistan le hablan de Marsé, de quien, aseguran, es el precursor. Mientras que cuando entrevistan a Marsé, dice no sin gracia Antonio, nadie se acuerda de él. Yo, claro, no soy precursor de nadie, pero sí es cierto que cada vez que entrevistan a Mateo Diez o a Merino no suelen asociarles conmigo, o no, al menos con la misma frecuencia, absoluta en mi caso. Se ve que en mi modesta persona se hace materia el nexo que nos une y que, dicho sea de paso, no es otro que una amistad ya añeja y siempre gratificante.
L.G.- Porque no cabe duda las referencias generacionales o de territorio suelen resultar molestas a la larga...
J.P.A.- Sólo molesta la etiqueta que es fruto de la pereza. Pero en este caso de que hablamos hasta se han escrito libros sobre ello. Ahí está, por ejemplo, Sabino Ordás, una poética, de la profesora Asunción Castro. Creo que nuestro lema ha sido aquello que decía Miguel Torga «Lo universal es lo local sin fronteras». Lema menos inocente de lo que aparenta en una España cuya literatura se hallaba estragada por una especie de papanatismo que se las daba de cosmopolita.
L.G.- ¿Qué queda de Sabino Ordás, que queda de aquel experimento que puso en marcha con los anteriormente citados?
J.P.A.- Sabino no se ha muerto todavía, a pesar de la mucha edad que tiene. A veces se indigna por algo pero apenas se anima a escribir. Su obra crecerá poco, creo yo. Algún prólogo, algún artículo ocasional. Así es la vida. Todo se termina.
L.G.- De aquel tiempo data que Mateo diez ganara el ganara el Nacional con La fuente de la edad y usted quedara finalista con El año del francés... ambos en 1987... ¿Cómo ve aquellos años con la perspectiva del tiempo?
J.P.A.- ¿Qué quiere que le diga? La frase clásica me viene a la boca: todo tiempo pasado fue mejor. Y lo fue simplemente porque éramos más jóvenes. Aunque en lo específicamente literario había cosas muy positivas que han ido desapareciendo. Había editores que gustaban de la literatura, había libreros amantes de los libros, no había grandes superficies… Un libro podía estar en catalogo y seguirse vendiendo durante diez o incluso veinte años. Eso se acabó. Ahora vivimos un cambio climático que ha congelado o está en trance de dejar congelada a la literatura
L.G.- ¿Que queda del León de su infancia?
J.P.A.- Sin duda la memoria. También algunos libros. Y todavía una fuente segura de inspiración. Hay algo fascinante en León. A tenor de los políticos es la única nacionalidad, región o lo que sea, NO HISTóRICA de España. Eso es fantástico. Somos NO HISTóRICOS. Creo que eso ha favorecido mucho nuestra literatura. Sin pretenderlo en cada línea que escribíamos ya había algo de magia. Somos como Comala, una realidad tan singular que no está en el tiempo de los vivos, porque no está en la historia. Eso queda para otros. A mí al principio me chocó mucho, pero ahora me encanta. Eso sí que es un marcado hecho diferencial.
L.G.- Novela negra, relatos…. Y ahora se atreve con el microrelato en un libro que cuando menos causa sorpresa... La mitad del diablo (Páginas de Espuma 2006). ¿Es cierto como afirma que en la poda final se dejó casi otros tantos hiperbreves en el camino?
J.P.A.- Con toda modestia debo decir que creo haber sido pionero en esto de los microrelatos, al menos entre los escritores de mi generación. Como digo en el prólogo, uno de mis brevísimos, publicado en su día en el libro El origen del mono, ha sido traducido y pirateado por doquier en periódicos de varios continentes. No es algo ajeno a mi quehacer. Sí lo es esta voluntad de hacer un libro sólo de microrelatos o relatos cuánticos, como propongo decir. Y claro que hice 333. Yo no mentiría en un prólogo. Y ahí mismo explico la razón de publicar sólo 136, no porque hiciera una poda sino porque he apartado el resto a la espera de una nueva ocasión para publicarlos, una vez que compruebe que mis doscientos o trescientos lectores asiduos, fieles o mártires, han leído esta primera entrega.
L.G.- Hace usted mención en el prologo a Los ejercicios de estilo de Raymond Queneau... ¿No teme que la comparación resulte desconcertante?
J.P.A.- Queneau escribió 99 ejercicios formales con la voluntad de hacer un libro. Yo he escrito 333 relatos cuánticos con esa misma voluntad. No veo nada desconcertante en ello.
L.G.- Y ya tenemos nueva definición (literatura cuántica) y posiblemente polémica a la vista... ¿Sentía la necesidad de reinventar el genero? ¿No le gustaba los términos utilizados?. Hiperbreve, brevisimo, microrrelato...
J.P.A.- A mi no me gusta la polémica, sobre todo por pereza. Así que si alguien me contradice, hará muy bien. Yo no voy a contestarle y seguiré llamando cuánticos a estos relatos. Aunque el asunto me parece que carece de toda importancia. Por lo demás lo de hiperbreve, brevísimo, micro y todo eso me parece muy de Perogrullo. Yo, ya digo, prefiero cuántico, pero no soy fanático.
L.G.- Poesía, ingenio, metáfora, aforismo…. ¿qué es para Juan Pedro Aparicio el relato breve o hiperbreve?
J.P.A.- Yo he definido al cuento como aquella narración que empieza pronto y termina enseguida. El cuántico ha de empezar por tanto antes y terminar también antes, lo cual es casi un milagro, un milagro de elipsis. Por cierto, que ahí está, a mi juicio, la clave del género, en la elipsis, como ya digo en el prólogo. Y probablemente también en el humor
L.G.- Hay quien opina, como el Circulo Cultural Faroni, sin duda uno de quien mas ha hecho por revitalizar el genero, que debe estar cuantificado (quince líneas). ¿Sería adecuado?
J.P.A.- Me parece bien. Aunque yo no me atrevería a descartar al que tuviera alguna línea más ¿por qué no diecisiete?
L.G.- ¿Y por qué se ha decidido a publicar en una editorial como Páginas de Espuma? ¿Una apuesta por las editoriales independientes, quizás?
J.P.A.- Un escritor independiente se siente más a gusto con editoriales también independientes.
L.G.- Porque anteriormente lo hizo en la Editorial Menoscuarto...
J.P.A.- En este caso respondía a una invitación de su director que me convenció de que tenía una obra breve por ahí dispersa que merecía la pena reunir en forma de libro. La verdad es que le estoy muy agradecido. Su invitación me sirvió de aliciente para escribir algunos relatos más de los que quedé muy satisfecho.
L.G.- ¿Volverá pronto Juan Pedro Aparicio a la novela? ¿Para cuándo un nuevo caso del inspector Malo?
J.P.A.- Sí que volveré, de hecho nunca la he dejado. Ahora llevo mucho tiempo, demasiado, trabajando sobre una enormemente ambiciosa que empiezo a pensar que va a ser mi testamento literario. No es histórica, que no me gusta escribir novela histórica, aunque maneja personajes históricos del siglo dieciocho. Y, aunque ya he empezado a escribirla, continúo en el proceso de lectura. Es tanto lo que he leído, y sigo leyendo, que me siento como atrapado en aquel tiempo, prisionero de una época fascinante de la que arrancan muchas de las claves que sirven para entender cabalmente nuestro tiempo. Y no digo más.
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