Primero vamos con la noticia en toda su crudeza, y aun su crueldad: Rosa Regás acaba de sacar un nuevo libro. Me sorprendió, como un asaltante que de pronto me saliera al paso, cuando, confiado y sin temor a ningún percance, entraba en mi librería habitual; allí me lo encontré, de pronto, puesto de pie sobre la mesa de novedades, con apariencia malévola e inmisericorde. ¡Ahhh!, grité aterrado. Una vez repuesto del tremendo susto y depuesto el vientre, tomé el libro todavía con mano trémula y procedí a hojearlo. Viento armado era su título, se trataba de una colección de cuentos y, por lo que constaba en las últimas páginas, a la inolvidable autora de La canción de Dorotea le había llevado diez años, de 1994 a 2004, reunirlos. A la vista de ello, cualquier tri
bunal, aun el de La Rota, no podría por menos de añadir, al delito en sí de lesa humanidad, los agravantes de premeditación (en grado sumo), alevosía, mala leche y, para colmo, avaricia, porque el libro costaba nada menos que 21 eurazos.
Pero no andaban por ahí, por el precio, mis pensamientos. Pronto reparé en que quizás, desde el punto de vista de la salud pública, un nuevo libro de Rosa Regás no tenía por qué ser demasiado catastrófico: bastaba con establecer un cordón sanitario en torno a las librerías que lo vendiesen y poner en cuarentena a todos aquellos lectores que, pese a las advertencias, insensatos de ellos, hubieran leído unas cuantas páginas. Por lo que toca a la colectividad, repito, el asunto no pintaba demasiado grave, pero por lo que a mí respectaba... por lo que a mí respectaba la cosa tomaba tintes catastróficos. Porque, ¿a quién si no iban a encalomarle (a encasquetarle, por hablar más fino) en la redacción la crítica del libro?; ¿a quién sino al que ya había sufrido en sus carnes el mordisco dorotuno y había sal
ido (medio) sano y salvo del trance, que fue como volver de los infiernos? Estaba claro que a mí, nada más se enterasen de su existencia. «¿Cuánto, Dios mío, cuánto —recuerdo que elevé mi mirada hacia lo alto— costaría secuestrar una edición?». Y no obtuve respuesta.
O tal vez sí. Porque al alzar la vista al techo sentí de repente como una torticolis y me dio por pensar que no era bueno, de seguro, tomarse las cosas tan a la tremenda, agarrotarse de ese modo ante la adversidad. Di en creer que, sin duda, y si se nos permite escoger, la vida es mejor afrontarla con humor, de manera relajada, buscando en todo momento su lado bueno. Una vez asumida esta óptica, concluí que, si bien es verdad que R.R. es una de las principales implicadas en la trama del ladrillo y la conjura del tostón, también es cierto que su facilidad para engarzar sandeces e hilvanar chorradas es de tal calibre que cada libro suyo acaba por convertirse, bien mirado, en un auténtico regocijo para el lector de gusto, un motivo sobrado para la chanza y el pitorreo, un festival involuntario del humor. Así pues, y desde esta perspectiva, arrostré con gusto la lectura y, no obsta
nte después de haber dado un fuerte abrazo a mis hijos, encaré la primera página.
El primero de los cuentos se titula "Obsesión" y comienza (pág. 9) con esta máxima de hondo calado: «Lo que son las cosas», que para sí quisieran los sofistas. Establecida esta base filosófica, la autora se lanza página adelante, papel abajo, folio a través, para pintarnos el retrato de un hombre cuya principal característica es que no le gusta ir de vacaciones. Cada año, cuando se acerca el verano, el protagonista regasiano sufre, tiembla y cambia de color con solo pensar que tiene que irse a la playa o a la montaña. ¿Y a qué se debe, se pregunta, ávido, el lector, este drama interno? Para explicárnoslo, Rosa nos envía años atrás, cierta vez en que su personaje, entonces muchacho, suspendió unas cuantas asignaturas y le castigaron sin vacaciones. Enfrentado de esta manera a su destino, el protagon
ista advierte entonces que la ciudad, en verano, no es el monstruo que le habían pintado. Con sorpresa infinita descubre (pág. 10) que «funcionaban el metro y los autobuses y había restaurantes y tiendas abiertas». También contempla asombrado cómo hay menos atascos y, en el colmo de los descubrimientos, «es cierto que el bar de la esquina de mi casa, en la calle Ríos Rosas, donde desayunaba a veces, estaba cerrado, pero descubrí otro en Santa Engracia mucho mejor». En suma, que el hombre sufre una suerte de iluminación, una catarsis, que le hace ver el mundo con distintos ojos. «Lo pasé estupendamente», afirma como colofón. "Esa es mi verdad", se queda con ganas de concluir.
Cómo sería la experiencia que el hombre, puesto a recapacitar sobre ella (durante años seguidos), llega a la conclusión de que hay una especie de complot, y que, mientras el grueso de la tropa se marcha a Salou, Benidorm o Gandía, «los famosos, los que de verdad lo son, los que han hecho en la vida algo más que salir en la prensa del corazón (...) [aprovechan el vacío para] pasar el verano en la ciudad». Allí están, en efecto, los vi yo cierta vez subrepticiamente: cómo esperan a que no haya nadie para sacarse una silla, el abanico y el botijo a la puerta del Ritz. Ah, lo que no sabrá esta gente famosa y preparada...; por algo están donde están y gobiernan el mundo.
A continuación (pág. 13), y para ilustrar su zozobra, nos cuenta el protagonista las fatigas que pasó cierto verano en Denia (Alicante), en la piscina de su urbanización: «A mí me aburre la piscina porque no sé qué hacer cuando no estoy en el agua, y en el agua tampoco sé qué hacer después de cinco minutos». Iba a sugerirle que probase a nadar pero no tengo tiempo porque ya, en su fuero interno, el protagonista se ha apresurado a sacar una conclusión: «Se mire como se mire, mi vida no tiene sentido».
Dejamos estas consideraciones sobre el verano (lástima, porque ya empezaban a ganar altura) y entramos, de manera brusca y sin venir a cuento, en el intenso instante en que este alérgico a las vacaciones se separó de su mujer. Todo comenzó (pág. 16) un día en que llegó a casa, se repanchingó en el sofá, puso los pies sobre la mesa de fumador del salón y dijo a su mujer, como tenía por costumbre: «Teresa, mi amor, ¿podrías traerme una cerveza. Con aceitunas», a lo que la mujer de pronto explota: «No puedo más de ti», dice llevada por la furia y la confusión gramatical. Entonces, pág. 18, y narrado completamente en serio, «agarró la pecera con las dos manos y me vertió toda el agua por la cabeza. Boqueaban los peces en el suelo y yo, libre ya de mi erección (porque, mientr
as aguardaba la cerveza y las olivitas, se había ido poniendo burraco), me di cuenta de que la cosa iba en serio».
Desde Chejov hasta ahora, pasando por Cortázar y no digamos ya Carver, la sutileza, la delicadeza, la elusión, el dejar las situaciones apenas esbozadas para que el lector, con su inteligencia, acierte a construirlas, se ha convertido en un valor literario de primer orden, casi en una clave del arte moderno. Ahora bien, vete con estas vainillas estéticas a la Regás. Ella es... de otra madera, una mujer nacida progre que no duda en recurrir a las aceitunitas y los tocamientos genitales para subrayar la cerrilidad de un hombre, "facineroso", masculla mientras escribe, y qué mejor que el pecerazo, los brazos en jarras y el golpe de cadera para caracterizar a una mujer (trasunto de ella misma), de carácter, temperamento, fortaleza, y aguerrida en la ocasión. Lo que se dice una auténtica justiciera.
En esta misma página 18, todavía mojado y atónito por la decisión de su esposa de echarle del hogar, el protagonista exclama: «Tengo derecho a saber qué he hecho (glorioso cacofonía, por cierto) para que me trates así y tomes unilateralmente una decisión tan importante». De nada le valen, sin embargo, sus protestas contencioso-administrativas; la mujer, que declara estar de los hombres hasta «la coronilla», le echa de casa.
Se va entonces a un hotel hasta la pág. 21. Al principio le resulta gracioso porque «estar en un hotel tiene su diversión, que si el baño de sales, que si el bufete del desayuno, que si te entretienes en pagar», pero luego quiere volver a casa. Se encuentra entonces con que su mujer «había cambiado todo el armatoste». Se refiere al "bombín" de la cerradura, palabra que todo el mundo conoce, pero, en fin, aún hemos de dar gracias que Rosa no ha empleado la otra expresión, que también tenía en mente, "cacharraco".
Al final, el protagonista, después de una página entera de súplicas, consigue convencer a su esposa para que le deje entrar en la casa, entre otros motivos porque necesita trabajar en el ordenador. Ello así porque (pág. 25) «yo soy un negro, no un negro de raza sino de profesión». Es decir, que se dedica a escribir para otros, incluso para algunos doctores honoris causa (pág. 26). Un oficio muy digno, por qué no, y del que le animo a hacer uso a la Regás. «El único problema lo tenía cuando hacía la declaración de impuestos», cree conveniente aclararnos, «yo de ningún modo puedo cobrar en blanco, es evidente, soy un negro». En este punto llamo a uno que pasa por la calle para que suba a compartir las risas conmigo.
Abreviando, el hombre es un salido que piensa que, en todo momento, las mujeres se le están insinuando y que su esposa, por ejemplo, si le ha tirado la pecera encima y le ha andado hurgando en el armatoste es porque quiere tema. «Viciosa, que no eres más que una viciosa», la increpa en la pág. 36. «¡Obseso!», le replica ella. «Atrevido», interviene la Regás, paraguas en alto. Y se monta un guirigay de adverbios y adjetivos, como diría Antonio Gala, que pa qué.
Acaba el cuento con la imagen, como moraleja, del hombre abandonado. Un tipo tan machista que ya no es que sobrepase la exageración e incluso la caricatura, es que camina incluso más allá del esperpento. «Yo no soy persona para cuidar niños (...), eso es cosa de mujeres»; «las conozco, las conozco a todas»; «yo necesito una mujer para ahorrar el dinero que gano y disponer del que gana ella para gastar», son algunas de los pensamientos que regurgita este hombre en su soledad. Un eructo detrás de otro, por si alguien no se ha dado cuenta de su carácter basto y misógino Todo, en resumen, tinta gruesa, trozos de carne cruda, comida de rancho para un lector al que se trata poco menos que como a un imbécil que no sabe captar una sugerencia, y ello como culmen de un relato que tampoco, ciertamente, guarda ninguna sorpresa, ningún misterio ni nada, de tan obvio, sobre lo que
reflexionar.
El siguiente cuento se llama "Hasta la vista, amigo", en frase tomada de Terminator 2 (es verídico, lo pone a pie de página). Tiene su inicio (pág. 41) en la estación invernal de Davos, donde encontramos a la protagonista haciendo eslálones y supergigantes. Allí se topa con un hombre que, después de soltar la parrafada, ya tópica ciertamente, de Blade Runner, ésa que empieza: "Yo he visto cosas que no creerías", y acaba: "Es hora de morir", se lanza por la pendiente abajo (pág. 42) «como un rayo». Ella, la protagonista, víctima del asombro, se lanza «despendolada tras él». Del latín pennula, pluma, persona que ha perdido totalmente el control de la escritura y anda estrellándose contra los puntos y esvarizándose en las comas sin extraer una fr
ase coherente de tamaño trajín.
Cuando al fin le alcanza (pág. 43), lo que más le llama la atención es que «llevaba unos esquís larguísimos». La observación parece gilipórtica, pero no lo es tanto: ahí radica (Rosa Regás no lo dice, pero todo lo hace suponer), precisamente, el secreto del éxito de este hombre. Con aquellos esquís vencía a todo el mundo, pues, según daban la salida, ¡plaf!, él ya había llegado a la meta.
Además de por sus esquís, el individuo destaca porque todo cuanto dice, desde el primer encuentro que tuvieron, son citas de películas. Ya te puedes imaginar, lector, esas frases architrilladas de Humphrey Bogart, de Lo que el viento se llevo, de Con faldas y a lo loco... Rosa tampoco se ha esforzado demasiado en encontrar frases inusuales. Y cuando no está citando, el hombre se dedica a cantar, «voz en grito», la canción de Pretty woman (puede el lector comprobarlo en la pág. 54). Como será la cosa que dicho personaje se lleva a su ligue, la protagonista, a París, nada más que para poder soltar, al final del cuento (¡qué derroche de imaginación!), aquello de Casablanca: "Siempre nos quedará París". En fin, que cualquiera echa de ver, a las dos o tres citas, que el individuo está mal de la
cabeza; Rosa, por si acaso hubiera alguien tardo en captar la sutileza de su estilo, emplea 16 páginas en citas y rarezas. Al final, al hombre se lo llevan al frenopático y cuento concluido.
Justo es reconocer, pese a todo, que durante unas líneas de la pág. 58 Regás logra transmitirnos algo parecido a un sentimiento, en este caso de pena ante la locura de un ser al que se ama. Pero yo creo que, más bien, logra tocar esa cuerda por casualidad y pese a todo, porque cualquier tratamiento que se hubiera hecho de la locura, cualquiera, hubiera sido más efectivo literariamente y de cara a suscitar una emoción que esta grotesca sucesión de citas de películas.
"Alucinado lago Baringo" se llama el tercer cuento y en él nos adentramos en el África misteriosa. Andamos, efectivamente, de noche, por una carretera en medio de la selva, cuando, de pronto (pág. 60), «nos metimos en una bocacalle».
En fin, comoquiera que sea, el caso es que de este modo llega la protagonista a una mansión-plantación donde se encuentra... ¿cómo decirlo que suene original?... ah, ya, se lanza a escribir la Regás, con el rostro incluso algo congestionado por el arranque de genio: como «un personaje salido de las páginas de Memorias de África»,
En ello le proponen hacer una excursión al cercano lago Baringo. Allá va el personaje regasiano no sin antes haber hecho, para la comida, unos filetes empanados (verídico, pág. 65) que todos se despachan con mucho gusto bajo la sombra de unas acacias.
Al final llegan a una especie de hotel muy bonito a la orilla del lago que la autora nos describe por extenso (seguramente la invitaron allí a algún acto oficial, o fue de vacaciones alguna vez, y se quedó con el prospecto), y nos habla de que las habitaciones son amplias, la decoración poca pero de muy buen gusto, las toallas hacen juego con el paisaje... un sitio, en suma, ideal, pero en el que el protagonista no acaba de estar a gusto porque, ¡ay! (pág. 68), «algo nos impedía conseguir la ataraxia total».
Para calmar esa terrible sensación, la protagonista se fuma (pág. 70) una especie de porrete... estoy seguro que con toda su buena intención, para que, por su medio, Mary Ross se tire el pisto de enrollada, rockera y hermana putativa de la generación beat. Lo que ocurre es que, a ciertas edades y ciertos cargos, si uno no es William Burroughs o Keith Richards, la experiencia psicotrópica te puede sentar de aquella manera, como le sienta a esta rubicunda y biencenada abuelita, quien, después de siete páginas de alucinaciones, fiebres, temblores y peleas con el idioma, queda al fin derrengada en una mecedora, envuelta en un chal y confesando que ha pasado (pág. 77) una «noche toledana».
El estupefaciente la ha dejado, además, pues eso, estupefacta para lo que resta de cuento. Con andares (y escribires) de zombi, el habla gangosa, sin conseguir articular, ni siquiera balbucir, algo coherente, recorre la autora (es decir, su personaje) seis páginas de letra apretada reflexionando, o algo así, sobre el mal rollo sufrido, preguntándose por qué le habrá ocurrido a ella un accidente como aquél, y concluyendo que se trataba de «una historia para no ser vivida, ni rememorada, ni contada jamás». Y, sin embargo, aquí la cuenta, en veinticuatro plúmbeas páginas, para lección, escarmiento y siesta de los lectores.
El siguiente cuento se titula (pág. 83): "El sofá naranja" y trata sobre un matrimonio que se compra un sofá naranja que les queda muy bien en el salón, hace juego con los otros muebles de la casa y están, por todo ello, muy contentos. La historia se desata cuando les regalan un perro y el can se acomoda en el sofá de tal manera que tenían que venir de la calle «con una chuleta en la mano y mientras uno de nosotros se la daba, los otros iban a tumbarse». «Así se inició una lucha por hacernos en el sofá». La historia concluye con la muerte del perro y la permanencia del mueble. Sé que la cosa tiene un sentido filosófico pero yo, en mi torpeza, no lo acabo de encontrar.
"El abuelo y la regenta" se llama el siguiente cuento y aquí (pág. 89) se aborda uno de los principales temas de la poética regasiana: cómo conciliar una infancia acomodada, por no decir opulenta, de masía, nanny y profesor particular de piano, con unos orígenes, como ella proclama, en el seno de una familia hostigada, represaliada, pisoteada por su pasado izquierdista; cómo compadecer una adolescencia, una juventud, una primera y segunda edad de "grand bourgueois" y "bon vivant" con la lucha en las barricadas, el movimiento clandestino y la persecución policial; cómo se come haber vivido instalada en el chollo durante todos los regímenes (habidos y por haber). La explicación, o parte de ella (hasta que se le ocurra algo más) viene a dársenos en este cuento: el padre de Rosa era, sí, claro, republicano y sedicioso a m&aacu
te;s no poder; lo que ocurre es que ella, Rosa, tuvo que vivir en el palacete de su abuelo, un representante de la carcundia hispánica, tuvo que ir a los mejores colegios, y posteriormente a universidades privadas, y tuvo que codearse con lo más florido del mundo empresarial como modo de sobrevivir a las duras condiciones de la época. Pero en cuanto pudo sacudirse el yugo de la opresión, recogió la herencia genética de su padre (bien es verdad que con un poco de retraso, hace apenas una década, pero la recogió) y ahí la tenemos hoy con el puño en alto (el otro, Rosa, el otro, el izquierdo, le susurra un asesor del ministerio; ah, sí), ahí la tenemos, decía, como genuina representante de los luchadores contra el franquismo, portavoz de los derechos humanos, defensora de las libertades, adalid del feminismo, martillo de la canalla facha y enlace sindical.
"La hija del penal" se llama el cuento que viene (pág.99) a continuación y va un poco en la misma línea que el anterior. De nuevo en la ominosa casa del abuelo déspota, donde la pequeña Rosa, rebelde desde la cuna, pone todo su esfuerzo es darse la gran vida, para fastidiar al opresor, nuestra autora oye de pronto los lamentos, quejidos y cantares a lo Juanito Valderrama de una de las sirvientas de la casa. A la Regás, es de ver por cómo describe a la criada y sus circunstancias, con tópicos y ñonadas de Segunda B, nunca le han interesado demasiado las personas de baja extracción, pero cómo su escalada política le obliga a ser solidaria y servicial hace un esfuerzo y ahí la tenemos consolando a la pobre fámula (pág. 103) con reflexiones de este porte: «También los ricos caen, Francisca, decía mi voz,
avergonzada de pertenecer a la otra orilla, y me habría gustado tener el valor de decirle también que la muerte nos iguala, que no hay rico que la resista, porque lo mismo llega para los unos que para los otros». Por lugares comunes superiores a éste, Rosa, se ríen de los invitados en "Cine de barrio".
No tiene mucho tiempo de consolar a la criada, sin embargo, porque «comenzaba a debatirme entre la filosofía y el compromiso» (en la pág. siguiente) y estaba muy ocupada «aprendiendo a indagar en las vidas de aquellos que en la sociedad donde yo vivía no contaban más que como manos y esfuerzos para producir lo que nosotros debíamos disfrutar (¡se te ha escapado el imperativo, Rosa, y se te ha visto hasta la combinación de seda!). "Es la lucha de clases", me decían los del curso superior, "y esto no tiene más camino que la revolución"».
La historia acaba, no diré cómo, en la pág. 107. Si en algo aprecias tu vida, lector, quédate con la duda.
Pág. 109: "La cita y el azar". El protagonista de este cuento tiene una cita con una chica y se pone una camisa blanca, pero no del todo blanca, sino «de ese blanco grisáceo que tienen todas después de varios lavados», aclara la Regás, venida directamente desde el futuro para mostrarnos el poder limpiador de Neutrex.
Después de muchas peripecias (Rottenmeyer confunde, como casi todo el escritorado español actual, novelar con ponerse a contar cosas), insulsas para colmo, como pararse a desayunar, discutir con un guardia urbano, sacar dinero de un 4B o pagar el peaje de la autopista, en lo cual se invierten más de dos páginas, después de esta aventura vital, como iba diciendo, cuando ya por fin el protagonista marcha camino de su cita, de pronto (pág. 111), «el coche se puso a sacar humo», escribe ésta que fue, según se nos informa en la solapa, «traductora para las organizaciones de las Naciones Unidas».
En conclusión, al hombre se le avería el coche y con él la cita. Para colmo, pierde el dinero, pero una chica se lo devuelve y entre ellos surge el amor. Pág. 114: «Luego nos quedamos callados los dos mientras yo le miraba la nariz en busca de pecas» A este final le llama Rosa el resultado de los «insondables caminos del azar».
En "Lluvia de invierno", Regás nos cuenta las desventuras de un aspirante a escritor carente de inspiración y gracia alguna (a la autora aquí se le encuentra a gusto, en su ambiente, trabajando con materiales de primera mano). «Jamás hubiera creído (pág. 119) que fuera tan difícil ponerse a fabular. Sobre todo, como era su caso, cuando la novia que tenía desde hacía cinco años (...) lo había dejado hacía dos meses para casarse con un árabe que había encontrado en el salón del automóvil». No me detengo a pensar si lo encontró en medio de un pasillo, debajo de un coche o metido en un maletero; sigo adelante a ver el desenlace de esta trepidante y transgénica historia. Pasan páginas, muchas, ocho o nueve, perladas de frases del estilo a «se puso morado de huevos fritos», «le cogi&o
acute; el tranquillo a la humedad», y otras similares que evidencian otro de los graves problemas de la mayoría de los escritores españoles actuales, como es su gusto por las frases hechas, los refranes y los chascarrillos, y su renuncia a buscar una expresión original. Tomando, pues, y con permiso de los lectores, una de estas frases hechas, podría decirse que Rosa Regás es una de esas personas que cada vez que abre la boca sube el pan. No digamos ya cada vez que escribe; entonces suben el IVA, los transportes públicos y el barril de Blend. Porque al final de esta historia el hombre (¿quién lo dudaba?) recupera la inspiración y, en expresión de la autora, se pone a darle al teclado. «"Parezco el doctor Zhivago", pensó».
Agárrate, lector, a las patillas porque con el siguiente cuento (pág. 129) vuelve el compromiso. "Juguetes de muerte" se llama, y en él, por medio de un diálogo entre abuelita y nietecito, la autora primero lanza esta honda reflexión: «Si todos viviéramos para siempre, no habría lugar en el mundo para tanta gente, ni trabajo, ni comida, ni agua». No digamos ya plazas de aparcamiento, añado yo; pero lo importante es que la abuela, por medio de esta reflexión, quiere hacerle ver al niño que, aunque exista un posible problema de superpoblación, no por ello hay que matar a nadie ni jugar con pistolas de juguete porque «si haces el gesto de matar para jugar, algún día no te parecerá grave hacerlo para matar de verdad». Es por ello que, «traduciendo el mensaje que mece el viento», le conmina al desarme, «par
a que un día no seáis también vosotros asesinos de niños, dejar de jugar con armas. Se comienza jugando y se acaba matando». Y allá confisca la venerable anciana el jugueterío y se aleja diciendo con voz grave, a la manera de ET, "sed buenos".
Pareciera, ahora que me releo en busca de erratas, que en último extremo estoy criticando el mensaje pacifista que pudiera haber detrás de este cuento, y en realidad no es así: lo que me indigna, encoleriza y sarpulle es la obviedad, el tono cuasi adolescente como esta desarrollado el tema, las maneras de sermón para niños repeinados y la ñoñería de las formas, que no el fondo. Porque en Literatura no es tan importante el qué se dice como el cómo se dice, y de no saber discernir esta diferencia viene el hecho de que muchos autores aborden un tema profundo y por el mero hecho de abordarlo ya crean estar alcanzado el heroísmo literario, sin preocuparles si el estilo o el planteamiento tienen brío, garra u originalidad. Y si, en tal caso, se le ocurre al crítico reseñar negativamente la novela, ya tienen pronta la réplica en el sentido de que el crítico es u
n frívolo, insensible a los grandes temas de nuestra sociedad, por no decir un insolidario y un retrógrado.
Aquí dejo el inciso, pero el compromiso de la autora (en su particular concepción) sigue, no para, continúa. El cuento "Melancolía" comienza en la pág. 133. Nos hallamos en la gran finca campestre de una mujer (posiblemente la propia Rosa Regás), un palacete desde donde (lo revolucionario no quita lo confortable) nuestra autora ejerce la lucha de clases y la solidaridad social. En este caso el agraciado es un marroquí, Agmed, que se encuentra sin papeles y que friega, barre, planta, cultiva y demás cosas (Rosa nos detalla todas sus funciones) de maravilla. Tanto es de trabajador y bien mandado Agmed que durante meses Rosa se dedica a hacer gestiones para conseguir legalizar la situación; llega incluso (lo escribe con rubor notorio y entre risitas nerviosas) a sentirse atraída por él. «He encontrado al hombre de mi vida. Si no le doblara la edad, me casar&ia
cute;a con él», dice transida de pavo e interculturalidad.
Pero ah, las malvadas autoridades (las anteriores, claro) un día capturan a Agmed y lo repatrían sin más contemplaciones, sin reparar en que Rosa, con su ausencia, queda sumida en «una profunda melancolía». Fin del cuento y de nuevo repito que no es el fondo contra lo que arremeto, ni defiendo o dejo de defender determinadas políticas de inmigración; lo que me subleva, en resumen, de cuentos como éste y otros muchos de la Regás y autores/as similares/as, es la pacatería, la gazmoñería, el candor de quien fue alumna de las egipciacas y ha venido a parar en abuela de verano. Porque se trata de temas sobre los que hay que escribir con la espalda encorvada y sentado al borde de la silla, no repanchingado en la veranda de una masía tomando un gin tonic.
Pág. 139: "Mi Subaru blanco". Se trata de un cuento que, en su día, según consta en nota al pie, fue incluido en el libro Mujeres en ruta, publicado por la compañía Línea Directa, de seguros de automóviles. Un sudor frío me recorre la espalda y hasta la rabadilla, no porque uno tenga nada contra los libros publicados por empresas privadas (ni mucho menos), sino porque sabe lo que se esconde la mayoría de las veces tras estas colecciones de relatos: diez o doce nombres tomados de entre los más famosos que escriben unas páginas de aliño, muchas veces sin pies ni cabeza, y a cobrar. En este caso, no contenta con el dinero, Rosa, además, incluye aquí el cuento para que haga bulto y haya más páginas.
Porque, como me temía, el cuento no es tal, no tiene planteamiento ni desarrollo alguno, se trata de una mera (y mala) descripción de cuando Rosa vivía en Kenia y tuvo que alquilar un coche, un Subaru, para ir de casa al trabajo. Nos dice que las carreteras en aquel país están llenas de baches, el parque automovilístico es muy antiguo, el tráfico un tanto caótico; nos cuenta también que el paisaje es muy bonito y que, cuando miraba por la ventanilla, veía a la gente vestida de manera muy pintoresca: «Vestían exactamente como les daba la gana». Aquí se enrolla a enumerar prendas de vestir, distintos tipos de gorras y zapatos, dice que se hizo amiga de un gasolinero que le miraba la presión de las ruedas y... ¿cuándo dices que va a estar listo el cheque?, le preguntó a su agente mientras ponía el punto final.
Después de atraco tan manifiesto a la compañía aseguradora (ellos se lo han buscado, por otra parte), Rosa parece que quiere redimirse con un cuento que, ciertamente, no empieza mal (pág. 149), aunque tal vez un tanto melodramático. Un niño se encuentra en Madrid, en la cama de un hospital, y pide un milagro: simplemente que la Torre Picasso no se apague por la noche, porque le da miedo la oscuridad. Paso por alto que, antes de concretar su petición, ha hecho un recorrido por la capital con paradas lamentables, como por ejemplo, el Palacio Real, «que no comprendo por qué no es la casa del Rey si es Real». Para una vez que Rosa quiere ponerse en formal y profunda (aunque, repito, un tanto lacrimógena) iba a pasar por alto también el hecho de que la abuela del niño vea bien que apaguen la Torre Piccaso a medianoche «como debe ser, para ahorrar electricidad
», si no fuera porque tamaño arranque de jubilado viene al final a desmoronar todo el cuento. Juzgue el lector si no las palabras finales (pág. 152), dichas, aclaro, no en tono de broma sino completamente en serio y queriendo ser sentidas y emotivas: «¿No es justo que pida un milagro (,,,), el milagro de que el faro blanco, la Torre Picasso, permanezca encendida toda la noche? O mejor aún, que se encienda al mismo tiempo que yo abro los ojos. Total, a quien hace el milagro le da igual una cosa que otra, y así mi abuela estaría contenta porque se ahorraría energía, que es su obsesión».
A ver cómo resumo el cuento "Encuentro" que se inicia justo después, en la pág. 153. Una mujer se ha fijado en un hombre con sombrero que pasa por delante de su casa. Durante páginas espera, asomada a la ventana, que aparezca otra vez; mientras tanto, se dedica a describirnos el bullicio de la calle ante sus ojos (la Regás se explaya aquí, ella siempre tan de su tiempo, en los vendedores del top manta, los mimos que hacen la estatua, los músicos peruanos, un grupo de rock...). En medio de semejante rollo, la mujer de la ventana cree, de pronto, ver abajo al hombre que espera. Baja entonces a su encuentro pero he aquí que, nada más desembocar en la calle, se ve envuelta en una trifulca de skinheads, o algo así (no lo entendí muy bien); el caso es que la dan con unas Dr. Martins en la cabeza y la dejan gagá. Días después, de vuelta al ventanal
, el cerebro hecho cisco, de repente el hombre del sombrero sube a su casa, se sienta a su lado y se fuma un cigarrillo. ¿Hay en todo ello un mensaje metafísico?, ¿una metáfora vital?, ¿una defensa de los no fumadores? No lo sé, lector, y cualquiera vuelve atrás para averiguarlo.
El siguiente cuento en la ristra es "Aventura" (pág. 159) y está narrado todo él en forma de diálogo. Un hombre y una mujer están en la cama (es de suponer que después de haber consumado) y se están diciendo lindezas del tipo: «Tienes ojos que miran y que brillan como relámpagos de fuego», o del tipo también: «Me gustaría que de todo lo que tienes hubiera dos / Tengo dos de casi todo, ¿no? / Pero no de todo». El hombre, crecido por tantos arranques líricos como le está prodigando a la mujer, acaba por envalentonarse y dice (pág. 160): «Creo que sería capaz de escribir un poema». «Un poema, ¿tú?», le replica la mujer. «Sí, yo, ¿qué pasa?», dice él otro, arrebatado por el estro.
Comoquiera que sea, a ella de pronto se le ocurre ir a buscar un cigarrillo. «¿No decís que siempre somos nosotros los que fumamos un cigarrillo después?», se asombra el incipiente juglar. A lo que la mujer replica que eso es cosa de otro tiempo y, en todo caso, lo diría su madre (la de ella). «¿Así que a tu madre...?», pregunta con mucha inocencia y un mucho más de tontería el hombre. «¿Qué quieres decir?», se revuelve ella, «ya lo interpretas como que se acostaba con todo el mundo», protesta la mujer, de manera muy absurda porque ni el muchacho ha dicho eso (aunque lejos de mí defenderle) y bien pudiera ser que la madre se acostara muchas veces pero con el mismo fumador. El caso es, pese a todo, que la Regás insiste en este enfrentamiento empezado de tan absurda forma: «¿Por qué no preparas un poco de café?
/ (...) ¿y por qué tengo que ser yo la que prepare el café? / (...) mujer, lo he dicho por decir / (...) ¿también has dicho por decir esa cursilada de los ojos de fuego o de relámpagos?», hasta que finalmente la pareja se levanta de la cama y se separa. Rosa creerá, seguro, haber creado una joya donde, en apenas tres páginas, se vea la evolución del amor al odio; en realidad lo que ha creado es un diálogo atunero y besugófilo, forzado, apretujado y retorcido para llegar por entre medias del barbecho de A hasta B.
"Lucy" se titula el antepenúltimo y más largo cuento de este libro. Trata sobre una mujer de cuarenta años que lleva una vida tranquila y equilibrada: «pocas cosas (dice en la pág. 166) nublan el panorama de mi existencia como no sea la situación del mundo y del país, que cada vez veo con más pesimismo». La protagonista, de nombre Lucy, había tenido un marido que «malvivía con una escueta renta que le pasaba su santa madre, una viuda adinerada que se había convertido a una secta india». Cansada de marido, madre y secta, dicha Lucy tomó un día la decisión de abandonarlo todo y vivir de ahí en más sin pareja estable; además de ello, «desde entonces me dedico a descubrir mis vocaciones ocultas». Una de ellas es viajar, la otra reflexionar mucho y profundo, igual que su autora, la señora Re
gás. Vea si no el lector qué pensamientos asaltan a la dicha Lucy (y por ende a nuestra Rosa) ante un hermoso paisaje (pág. 170): «Ese vago sentimiento de inquietud al contemplar un paisaje familiar y muy querido, y darnos cuenta de que pasaron los seres humanos que vivieron en esta tierra, pasaremos nosotros, los que vivimos hoy, y él seguirá presente». Por reflexionar que no quede, sigue en la siguiente página: «La humanidad se venga de ella [de la Naturaleza] porque no la soporta, y la machaca, la destruye, la imita y la clona, para poder someterla, aunque sólo sea por no tener que soportar la humillación de que ella, no siendo inteligente, ni teniendo capacidad de decisión, perdure por los siglos de los siglos». Va lanzada y continúa reflexionando, esta vez sobre la religión: «¿Qué es una religión sino una forma de c
onvencernos de que (...), aunque nos convirtamos en polvo, tenemos un alma inmortal, o duerme en nuestro ser la capacidad de reencarnarnos en otro?». Al final se cansa de reflexionar y se baja al bar de abajo a tomar un café: «En cuanto me hubiera tomado un café, se disolverían mis demoledoras reflexiones». Aviso al lector que se ha parapetado tras un mueble que ya puede salir tranquilo; efectivamente, protagonista y autora parecen haber dejado de reflexionar.
Acaso, como un rescoldo, esto, en la pág. 172, y una vez que la protagonista ha decidido hacer un viaje al azar: «Cuando se deja todo al azar, el azar, no acostumbrado a tener el camino tan libre, se ceba en nosotros. En una palabra, se pasa», escribe Rosa, acabando la faena con un pase de pecho y un desplante hacia el público.
El problema es que la mujer no puede salir de viaje porque el taxi en el que va hacia el aeropuerto, nada más arrancar, sufre un accidente. Es por ello que la tienen que ingresar en un hospital y ella no pierde ocasión entonces de (se enciende la luz roja, rugen las sirenas) reflexionar. Pág. 175: «En los hospitales y en las clínicas tienen la obsesión de madrugar (...) El que ha muerto, aunque no vuelve al mundo de los vivos, descansa en paz. En cambio, no hay descanso para el enfermo de una clínica o un hospital que desea más dormir que el pan cuando lo reclama el hambre». Adviértase, por cierto, esta última construcción gramatical y juzgue el lector si hay manera humana de liarse, y enredarse, y aturullarse más con una frase en apariencia sencilla y hasta vulgar. ¿A quién reclama el hambre?, ¿al pan?; ¿el pan desea dormir mucho y
el enfermo más?; ¿el pan sólo tiene sueño cuando se lo reclama el hambre? Porque todo eso junto dice. Y mucho más.
La protagonista está en el hospital, sólo conoce al médico de dos días y ya le trata de tú y andan alborotándose el pelo en señal de amistad. Tal vez por ello, el médico le parece un hombre muy guapo (pág. 177): «Le quedaba muy bien la bata y el fonendoscopio».
Tres páginas después, en la pág. 180, le da por fin el alta un médico, pero no aquel que le había gustado, sino un médico africano. «Raro me pareció que lo hubieran dejado entrar en el país con esta nueva ley de extranjería que desconfía de todo el mundo», dice Rosa por boca de su protagonista. Se nota que la insigne escritora comenzaba a olisquear las cercanías del poder y le convenía, de cualquier modo, viniera a cuento o no, remarcar su postura y la posición de firmes, aquí estoy, presidente, a lo que gusten mandar.
No otro sentido tienen, también, estas líneas de la pág. 186, cuando la protagonista consigue llegar al aeropuerto: «Estaba yo tranquilamente leyendo las estafas y contraestafas de Gescartera, en la que mi madre había invertido, cuando una sombra se interpuso entre la ventana y mi periódico». Esa hombre la proyectaba el médico a quien tan bien sentaba el fonendoscopio y quien, para entretener la espera (el avión lleva retraso), invita a la protagonista a dar una vuelta en su yate. «El barco de Lorenzo (pág. 188) tenía unos seis metros de eslora, que es como los marinos llaman a la longitud, igual que llaman cabos a las cuerdas. Según Lorenzo, todo tiene su nombre distinto en el mar, y hay que saberlos todos porque, si no, no te entienden». ¡Pero por San Cucufate, ¿en que universo de inopia vive esta mujer?!
Acaban por enamorarse, cómo no, y hacer el amor a bordo de la embarcación, lo que en el lenguaje náutico se llama "navegar de bolina". Entre consumación y consumación (pág. 196), «de vez en cuando uno de los dos se levantaba para beber agua», y esto así porque «la sed nos recuerda que hay otro orden distinto del que creamos con la complicidad de los cuerpos y la cercanía de sus efluvios». En tierra pasa lo mismo que en el mar, Rosa, que como no emplees las palabras precisas (ya no digo bellas) no te entiende nadie, cual es el caso.
Después de comer y otro asalto sexual (pág. 198), «nos echaríamos la más deliciosa siesta que haya conocido la humanidad». No creo, Rosa, la más deliciosa siesta me la voy a echar yo cuando acabe este libro, del que ya solo me quedan catorce páginas y que me lleva prácticamente desde la dedicatoria provocando un sopor...
Bien, acaba el cuento dicho de "Lucy" y llegan entonces los dos últimos, "El plantón" y "Pelo panocha", por este orden. Para mi sorpresa, y aún diría más, para mi infinita sorpresa, se trata de dos cuentos no demasiado malos. El último, sobre todo, "Pelo panocha", justo es reconocer que es un cuento magnífico... de seis páginas, eso sí. Es decir, que de 212, como tiene el volumen, se salvan seis; y voy más allá, de toda la obra regasiana que conozco (doroteas, abuelas y algún artículo atrapado por casualidad) siguen salvándose esas seis; es posible incluso que de la obra anterior a 2001 y aquel ridículo premio Planeta, toda la cual me queda por leer, y no pienso hacerlo, sigan salvándose sólo seis páginas. Desde luego, un paupérrimo, misérrimo y vergonzante bagaje creativo sobre el que ju
stificar la elección de doña Rosa Regás como directora de la Biblioteca Nacional de España, en detrimento de profesionales del sector, bibliotecarios o archivistas de primer orden y reconocida trayectoria, sobre todos los cuales pasó graciosamente esta buena señora.
Quien, para colmo (y permítaseme este final un tanto adyacente al libro de cuentos), dio en regir la institución de acuerdo a dos principios tan detestables, pero bien presentes en toda su obra, como el infantilismo y la demagogia. Infantilismo, puerilidad y tontería como cuando, por ejemplo, afirmó en declaraciones a una revista que, al poco de su toma de posesión, había ordenado revisar los servicios contra incendios de la Biblioteca movida por que esa noche había soñado con fuego. Lo decía, por ende, con mucho énfasis, para que advirtiéramos el estrés que le procuraba su trabajo y cómo ni siquiera en sueños conseguía librarse de las preocupaciones culturales. Muy bonito, pensaría, en la línea de sus novelas, pero ¿es esto profesionalidad?, ¿es esto llevar una gestión con orden?, ¿habrá que esperar a que do&ntil
de;a Rosa sueñe con volúmenes cubiertos de polvo para llevar a cabo, regularmente, una catalogación retrospectiva? Y cuando acuda, por ejemplo, a la CDNL (Conferencia de Directores de Bibliotecas Nacionales), y surja el tema, por ejemplo, de la Disponibilidad Universal de Publicaciones, ¿va a ponerse a tocar allí el violón, en nombre de todos los españoles?
Y demagogia cuando llegó con la pretensión de abrir la Biblioteca a todo el mundo, "al pueblo", como gustan los sacamuelas de decir, a los estudiantes para que preparen sus exámenes, a los jubilados para que tengan un sitio calentito donde acudir, a las cadenas de televisión para que rueden series, a las exposiciones sobre temas que nada tienen que ver con libros, e incluso a los raperos (y milagro que no a los tuneadores de coches) para que monten sus conciertos y dejen el suelo de los jardines lleno de desperdicios. El resultado es que, desde el año 2005, el número de usuarios digamos "serios" de la Biblioteca (es decir, investigadores) ha descendido en casi 7.000, según informó "ABC" en su día (mayo de 2006) y se hizo eco "La Fiera Literaria" meses después. Pero al fin, ¿a quién le importa realmente la cultura en esta monarquía coco
tera (inigualable expresión también de "La Fiera") y en medio de este régimen intelectual progre?
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