| Los relojes se han roto, muestra de poesía peruana de los Noventa
A fines del 2004 conjuntamente con el poeta Carlos Villacorta emprendimos el proyecto de publicar una antología de poesía peruana de los noventa. Esto coincidía con que a fines del 2005 se celebraría la FIL de Guadalajara teniendo al Perú como país homenajeado. El objetivo de la antología era dar a conocer internacionalmente a las nuevas voces de la poesía peruana. México, se nos presentaba como el lugar ideal para difundir nuestro trabajo porque tradicionalmente ha sido el centro difusor de las letras latinoamericanas. Fue así que nos contactamos con Felipe Ponce de Ediciones Arlequín de Guadalajara, quien se mostró interesado desde el primer momento en sacar adelante nuestro proyecto. México ha difundido la obra de importantes poetas peruanos como Blanca Varela, la cual publicó su primer libro en el país azteca, con prólogo
de Octavio Paz, Ese Puerto Existe en 1959. Además, uno de los escritores surrealistas más notables, Cesar Moro, organizó en México en 1940, conjuntamente con Bretón, la exposición internacional del surrealismo y publicó allí sus libros “Château de Grisou” y “Lettre d’Amour.” En los setenta, México fue lugar de residencia de Emilio Adolfo Westphalen, y en 1980 el FCE publica lo que hasta ese momento era el conjunto de su obra poética, titulada Otra imagen deleznable, volumen que incluye Las Ínsulas Extrañas, Abolición de la muerte y otros poemas. Estos son algunos de los estrechos vínculos, vasos comunicantes culturales que han unido a Perú y México, como ahora lo hace nuevamente esta muestra de poesía peruana.
Asimismo, no era nuestra intención incluir en nuestra muestra un número excesivo de poetas peruanos. Como lector de antologías me he percatado que en un océano de textos se pierde la posibilidad de que el trabajo de los antologados sea disfrutado en toda su plenitud fue así que nos trazamos la tarea de únicamente seleccionar a diez poetas que en su variedad de registros pudieran presentar un panorama de las últimas tendencias poéticas de nuestro país. La tarea fue ardua y difícil porque tuvimos que dejar en el camino la obra de notables escritores pero que en perspectiva reflejaban las mismas tendencias estéticas de los escritores que habíamos seleccionado.
Ahora bien, «¿Para qué poetas en tiempos de miseria?» dice un famoso verso de Hölderlin, ciertamente la misma honda preocupación rondaría por la cabeza de los jóvenes muchachos peruanos que a comienzos de los noventa empezaban a manifestar su voz en diferentes recitales de poesía por la ciudad de Lima, una ciudad quebrada por una guerra civil rampando por cada una de sus esquinas, ciudad próxima a caer en manos de un movimiento maoísta mesiánico llamado Sendero Luminoso, pero que finalmente cayó en manos de una cruel y posmoderna dictadura cívico-militar organizada desde el mismo Estado. Lima, la capital del Perú, como todo el resto del país, vivía en las tinieblas, por las continuas voladuras de torres de alta tensión, sufriendo asimismo carestía de agua potable y de otros servicios básicos. Pero no sólo eso,
en pleno reino de la noche, los más horrendos crímenes secretos del Estado y los continuos atentados de los subversivos irrumpían en los sueños de los jóvenes, que no volvieron a dormir jamás con tranquilidad. Pues bien, a diferencia de épocas pasadas en la poesía peruana, los nuevos creadores de fines del siglo XX crecieron bajo el efecto de una sangrienta guerra civil y esta crucial experiencia marcó sus vidas profundamente, éstos son los poetas que constituyen la que denominamos, la generación de la violencia, la generación del noventa.
La antología, de esta forma, se encontró con dos problemáticas claras, el de acuñarla como una muestra generacional y, a su vez, de la violencia. Ya son largas las discusiones sobre la validez de las generaciones literarias. El famoso poeta mexicano Jose Emilio Pacheco afirma que las generaciones están caracterizadas por una similitud de lecturas, también hay acontecimientos excepcionales que moldean una generación, es el caso del 98 español. Pues bien, debo precisar que hay generación de los noventa en el Perú porque existió un periodo de violencia política que persistió por veinte años, concluyendo a comienzos de esa década y que, sin ninguna duda, dejó sus huellas en los poetas peruanos de fines del siglo XX. El crítico Enrique Cortez discrepaba conmigo sobre la excepcionalidad de la violencia que emp
ezó en los ochenta para que pudiera enmarcar a toda una generación de escritores si siempre había existido violencia en el Perú, por ejemplo, desde 1535, cuando empieza la conquista española del Perú, y así sucesivamente. Esto es igual que cuestionar la excepcionalidad de la Shoah si los judíos han sido objetos de continuas matanzas desde que se establecieron en Europa. Lo que pasó en los ochenta y noventa en el Perú es excepcional porque fueron gobiernos democráticamente elegidos (los de Belaunde, Alan García y, posteriormente, Alberto Fujimori), no así los tradicionales gobiernos militares a los que estábamos acostumbrados, los que reprimieron brutalmente a la población del interior del país, violando sistemáticamente sus derechos humanos para vencer a los grupos insurrectos, haciendo uso de una racionalidad a la usanza de los nazis, por e
jemplo, la limpieza étnica practicada por la Marina de Guerra del Perú en Ayacucho. Espero que ahora quede suficientemente claro por qué hay una generación de los noventa y por qué es de la violencia.
Hay que precisar, por otro lado, que muy pocos de los poetas de los noventa hicieron una referencia explícita en sus textos a los acontecimientos anteriormente señalados, si es que podemos hablar de un espectro que divida la poesía entre la oscuridad y la claridad. Sin embargo en los poemas de muchos de ellos encontramos una atmósfera que sugiere la experiencia del terror, la crueldad, la indefensión, y un espíritu de rebeldía, en algunos casos autodestructivo, frente a un determinado status quo alienante. Así, podemos mencionar «el malditismo» de Carlos Oliva y Montserrat Álvarez. Oliva, en su libro Lima o el largo camino de la desesperación, nos trasmite a través de una voz,contestataria y anárquica, la jornada de un sujeto que estáen sistemática aniquilación, invocando continuamente,como la hoja de afeitar que abre
las venas, el culto por labelleza en la muerte, el caos y la violencia persistente enla ciudad: «Cuerpo y mente escarnecidos/ igual que unaalucinación de mi materia gris/ como el cielo de Lima/ donde veo cadáveres de versos flotando/ sobre las aguas del Rímac:» («A un viejo poeta en Norteamérica»).
Montserrat Álvarez en su libro Zona Dark, definido por su atmósfera nocturna, ridiculiza completamente la normalidad burguesa y su registro coloquial. Para el hablante de sus poemas, testigo y transeúnte en una urbe a las vísperas de su destrucción apocalíptica, ha llegado a su fin el imperio de una sociedad hipócrita, apelando así a la desaparición de los antiguos «valores»: «En estos días de paro armado y carestía,/ días de microbuses atropellados y de comensales/ engullidos,/[…]/En estos días en los que la muerte/ es un adorno más para la vida,/ las horas del futuro se han venido al presente;/ los relojes se han roto, o se los han robado» («Los relojes se han roto»).
A su vez, Victoria Guerrero nos presenta en su libroDe este reino, una lectura personal del nuevo testamento y de los personajes asociados a la vida y muerte de Jesús. Este texto, sin embargo, incorpora un reclamo (sugerido) frente a la terrible realidad de los conflictos sociales vividos en el Perú durante estos años: «Soy mi pesadilla/ el látigo/ el sin sentido de los inocentes/ la creación del César/ Soy el uniforme/ (he de aceptarlo) Es terrible» («El soldado»). También, la poética de Guerrero en El mar, ese oscuro porvenir profundiza en la experiencia del dolor individual que alegoriza un dolor más grande, el del cuerpo de una nación desangrada:
quiebra tú también el invierno
pues sobre mi cuerpo
he dejado hartas huellas
de este inmenso dolor
(Porvenir)
Por otra parte, Chrystian Zegarra, con su libro El otrodesierto explora con una voz iniciática, de sacerdote sacri-ficador, la crueldad inherente en el lenguaje. Aun así, nodeja de dialogar con la violencia de una guerra cotidianaen las calles de Lima, llena de terribles hallazgos: «cuentanlos niños desnudos de la plaza/ que a las tres de la tarde/ bajo un sol carnicero/ una silueta humana desolló las aves de la iglesia/ vistiéndose de cuerpo con despojos recogidos […]» («Resurrección»).
Asimismo, la poesía peruana de estos últimos años se caracterizó por la convivencia de una diversidad estilística, sin el predominio de una forma específica de poetizar, como sucedió en anteriores momentos, me refiero, por ejemplo, a la vigencia del tono conversacional en los años sesenta con voces representativas como Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza. Posteriormente tenemos la radicalización del coloquialismo, como bien señala el poeta Luis Fernando Chueca, en los setenta con el movimiento Hora Zero (que incluía a poetas como Enrique Verástegui y Jorge Pimentel), o, más adelante, en los ochenta nos encontramos con la consolidación de la poesía femenina (con voces importantes como Rocío Silva Santisteban, Mariela Dreyfuss, entre otras) siguiendo la senda abierta principalmente por Carmen Ollé con su libro Noches de a
drenalina. De esta manera, la poesía conversacional que curiosamente surgió como una respuesta y desafío a un lenguaje escrito en clave «poética», apelando a una lengua común, y escapando de los registros pertenecientes a la alta cultura,finalmente entró en proceso de desgaste a comienzos de los noventa. Por lo cual, aunque algunas de las nuevas voces de la poesía peruana, incluyendo a las que aparecen en esta selección, optan por el tono conversacional, lo reelaboran y exageran, como sucede con Martín Rodríguez-Gaona y su libro Pista de baile. Sus poemas nos transmiten una experiencia múltiple de sobrevivencia espectral en medio del aburrimiento cotidiano. Se propone con esto la búsqueda de una sensación trascendente por las nocturnas calles de Lima. En este escenario posmoderno, el sujeto fragmentado dialoga con su mismo oficio poético, el
cual es puesto en entredicho. Así, reproduce la experiencia del fracaso de una nación que persiste en las mismas causas que motivaron la guerra civil, lo que lo lleva a refugiarse en el espacio de la intimidad y en una continua ansiedad por devorar alimentos que terminan por traerle cierta paz espiritual: «Decir “sabrosos sánguches” es una demostración/ de amor a la vida./ No por nada profundo, sino que no llegamos a degustarlos./ […]/ Seamos optimistas: El Perú/ no existe/ […] Los poemas ya no funcionan y me siguen viendo y yo sé/ que si me miras a los ojos/ te darás cuenta, de que en realidad, la persona que ves/ tampoco existe.» («Nada es nada en un lugar en el que está a punto de suceder todo»)
A comienzos del decenio, Xavier Echarri con su libro Las quebradas experiencias y otros poemas nos presenta un diálogo entre la tradición literaria y la experiencia de la cotidianeidad, un enmascaramiento del sujeto poético que propone su lectura de la historia del Perú, en fin, una revisión, a través de la invocación de ciertas figuras históricas, de la tensión entre Occidente y el otro: «Unos por gloria; otros por rapiña, por violencia,/ por rabia…/ Él fue por orden del papa/ […]/ la economía del Islam/ siempre represento una amenaza para los Cruzados,/ cuando misiles Tomahawk lanzados desde/ muy suaves submarinos destruyeron la radio de Bagdad,» («San Francisco»).
Dos poetas importantes de los noventa son Roxana Crisólogo y Miguel Ildefonso. Ellos comparten el interés por ver reflejados en sus textos el rostro de una Lima heterogénea, de un Perú pluricultural, donde aparecen las voces de personajes que forman parte del estrato popular y marginal de la sociedad. Ambos continúan el camino trazado por grupos como Hora Zero en los setenta o Kloaka (colectivo que incluye a autores destacados como Roger Santiváñez y Domingo de Ramos) en los ochenta, es decir, la inclusión en la poesía del habla de los desposeídos, de los sujetos subalternos que anteriormente estaban lejos de formar parte (salvo Vallejo) del lenguaje poético de la tradición peruana, condenándolos al silencio y a la inexistencia. Ildefonso, por un lado, hace dialogar a esta subalternidad y a sus espacios con una tradición literaria más clásic
a. Su propuesta tiene como fin la incorporación del margen hacia el centro: «Son cuerpos tísicos que en fila de dos aguardan su ración/ De comida/ […]/ La poesía se está callada»(*) («Genuflexiones»). Crisólogo, por su parte, en Abajo, sobre el cielo apela a la fragmentación de voces y a una intensidad lírica que crean en toda su complejidad la atmósfera de lo popular: «susurrando una canción/ algo así como “tómame” —por favor— y por favor/ boquiabiertos mis paisanos no dejaban de mirarla/ sí te pertenecemos —tú ordenas costeña—» («Flecos…»).
Uno de los poetas más versátiles de los noventa es Lorenzo Helguero, sobre todo por la variedad de registros poéticos que recrea en cada uno de sus libros publicados. Así, su poemario Sapiente Lengua está constituido por una serie de clásicos sonetos, estipulando un retorno a las fuentes básicas de la creación poética en español, las cuales, en su caso, demuestran nuevas posibilidades expresivas y no el agotamiento de las mismas. En El amor en los tiempos del cole, conjunto de prosas poéticas que parodia el título de la novela El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, modula la voz de un hablante naïf que nos deja penetrar en su inocente universo lleno de lirismo y fantasía:
Me gustaba su pelo negro y lacio, su cara blanca de helado de vainilla,
sus pies descalzos e increíblemente limpios, su voz nasal que besaba mis
oídos con ternura. No me importaba que tuviera las piernas flacas o que
nunca se cambiara el vestido. Lo que sí me molestaba era que se hubiese
fijado en ese enano rubio que tenía por esposo. Era imposible no experimentar
un arranque de celos cuando lo abrazaba entre sonrisas.
(«Me enamoré de Betty Mármol»)
La voz mística de esta generación está encarnada en la poesía de Josemári Recalde. El hablante de los poemas de Libro del sol emprende la búsqueda chamánica de la trascendencia, resumida en su obsesión por el simbolismo áureo y el ideal de purificación, que finalmente saltando las páginas de la convención literaria, lo llevó a emprender el vuelo del pájaro de los iluminados, el vuelo del Simurg:
Al final de los mitos,
cuando todo se halla evaído,
encontraremos quién sabe una luz,
no no quiero
pertenecer más a la realidad verdadera
ni a la falsa,
por eso incendio mi cuerpo.
(«Sermonem ad mortuos»)
Otro poeta destacado de esta generación es José Carlos Yrigoyen. Sin duda, es el representante de la lírica queer de la generación de los noventa. En la literatura peruana son principalmente dos grandes poetas, César Moro y Jorge Eduardo Eielson, quienes han enmarcado sus obras bajo la voz de un sujeto homosexual, de esta tradición se nutre la poesía de Yrigoyen. En sus diferentes libros, José Carlos nos presenta una identidad homosexual escindida de su entorno. Recurre a la máscara de un aristócrata decadente con un dominio eficiente de la cultura pop y de referentes culturales occidentales:
A lo lejos, Spinoza profirió un grito
despertando a los pájaros enterrados
en la luz de la luna.
Five years, cantaba David Bowie en la radio del auto.
Pero no lo escuchamos.
[…]
Estas épocas de hastío ya no me resisten,
Y menos a ti, Saulo, director de manadas de cuervos
[…]
Tu sexo revolvía la hierba lejana que arrancamos
pero no tuvimos tiempo para descifrar visiones
ni para ver Medea en los cineclubes.
(«Muerte de Pier Paolo» de El libro de las moscas)
Ésta ha sido en breves líneas, un panorama de la generación de la violencia, estos son algunos de los jóvenes que crecieron bajo el efecto de las bombas y de los asesinatos selectivos, practicando el oficio poético destacadamente, haciendo frente, a través de su arte, al miedo impuesto por una dictadura. A la pregunta de Hölderlin, «¿Para qué poetas en tiempo de miseria?», ellos contestarían inmutables: «Porque tenemos fe en la palabra y en su belleza». Finalmente es hora de callar y dejar que la poesía hable por sí misma y así poder decir con Martín Adán, “poesía no dice nada, poesía se esta callada, escuchando su propia voz”.
(*) Hay que precisar que este último verso pertenece a Martín Adán, uno de los poetas más importantes de la tradición poética peruana, que se caracterizó por utilizar un registro barroco y por su recurrencia a las formas clásicas de la versificación en español, como el soneto, a comienzos de los años treinta.
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