y Sumario. Literatura Gótica y
 

Rattus norvegicus

José Ángel Barrueco

Apenas unos metros de cloaca y habré llegado. El último tramo representa mi calvario particular: desde aquí alcanzo a discernir la bulliciosa cantidad de ratas, cucarachas y otros insectos que me repugnan y que lo pueblan. Oigo el deslizar del pelo sucio y el arrastre de los caparazones.

El doctor, ese chiflado de caletre anacrónico que me recuerda a un moderno Mabuse, me susurró en los procesos previos a la transformación: «Cuando no sepa a qué tenerle miedo, rebusque entre sus sueños más negros; allí encontrará la respuesta a mis plegarias».

Los roedores se aparean como en una orgía peletera de podredumbre y miseria. Se obcecan en invitarme y yo siento necesidad de fornicar con ellos, a pesar de la repulsión. Pero antes el deber de la venganza, del daño irreparable, de ajustar las cuentas. Jamás había pensado en frotarme con otros bichos, ni en sortear a las cucarachas, ni en morder un alimento podrido, roer un pedazo de papel, mordisquear la madera y remansarme en el surtido de tripas que los ciudadanos dejan en sus letrinas, para que esa mercancía de agua y heces atraviese estas cloacas que son mi morada.

Siguiendo las pautas del explorador más zarandeado y curtido en la búsqueda del peligro, desenterré entre mis sueños más tenebrosos los temores que había sentido desde la niñez: insectos, ratas, oscuridad. Todo era válido para el doctor. Él sabía que nunca he sido alguien sagaz; soy lento y corto de entendederas, y hasta él me llamó «retrasado» cuando derribé las vasijas de una mezcla con la que pretendía resarcirnos de ciertas enfermedades cuya cura ni la ciencia ha logrado descifrar.

La marea de basura que nos rodea va amansándose al final del canalón. Después forma un remolino, y la corriente se dispara por un conducto que lleva al exterior. Paso por encima de mis probables concubinas, trato de driblar entre ellas, palpo sus colas que transportan la peste y el tifus y me cuelo por una cañería. Ahora resta encontrar la senda y guiarse por el olfato.

Tras convertirme en una rata común gris, de alcantarilla, el doctor anotó un triunfo. Su mujer emitió uno de esos molestos chillidos que les nacen en la garganta a las hembras cuando nos presienten. Le obligó a matarme: le abandonaría, dijo, si no era obediente a su mandato. Él, apiadándose de su antiguo ayudante, me atrapó en una caja y me lanzó a mi suerte, a la orilla del río. No dudé en penetrar por los desagües e internarme en estas cárceles hediondas: arriba, a medio camino de esta maraña de cañerías, está la morada-laboratorio de mi querido amo.

La transformación me redujo el cerebro, pero me concedió esa destreza que es la astucia animal. Una rata no cede a los instintos de la clemencia: por eso mi primera víctima será su hijo de cuatro meses; exactamente, su garganta. Un cuello tierno que me servirá de alimento. El doctor no posee animales ni mascotas que me sirvan de estorbo. No hay alarmas ni peligros. A él me bastará con hincarle los dientes en las piernas mientras duerme, para que enferme, sufra y muera despacio. Pero a ella le espera una tortura, ¿cómo lo diría?, sí: de pretensiones nazis. Sí, es posible: creo que el útero será una morada perfecta para mis planes. ¿Será él capaz de sacarme de allí? Nunca estuve dentro de una mujer. Espero hacerlo en cuanto salga de este laberinto de cañerías.