| Una vez mas, Literaturas.com presenta en rigurosa exclusiva a sus lectores un capitulo de la novela ganadora del Premio Azorín 2006, "La crin de Damocles", de Javier Pérez Fernández (Zamora, 1970). Una novela que presentada con el seudónimo de Tujacheusky, se sitúa en la Alemania de los años veinte, y mezcla con habilidad géneros histórico y policíaco en un momento en el que por primera vez "mueren europeos de hambre y frío"
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I
Llovía como para imaginar peces en el aire, doblando limpiamente las esquinas de las calles, o caracoleando entre quioscos, farolas y tejados. En la comisaría central, cerca de la iglesia de Marien Hilfe, el agua se colaba por los remiendos del tejado hasta el primer piso, y desde allí, a través de la gastada tarima, continuaba su incursión hasta la oficina del comisario Müller, responsable del Departamento de Asuntos Políticos.
Pero el comisario estaba contento, a pesar de las goteras y de seguir en su despacho un domingo a las ocho y media de la tarde. Los días anteriores se había ido a casa aún más tarde, pero aquel ritmo de trabajo estaba a punto de acabar.
Después del fallido golpe de la cervecería, llevaban dos días buscando a Hitler, y por fin lo habían encontrado. En cuanto metiera entre rejas a aquel maldito individuo podría tomarse un respiro.
En principio, pensó organizar un gran despliegue para que no se le escapara de las manos, pero luego creyó más sensato no armar ningún alboroto y presentarse él mismo con el sargento Meisinger, su hombre de confianza, y un par de agentes más en el escondrijo del líder reaccionario. Quizá estuviera allí también el dinero que robaron los nazis en la sede del Banco Nacional aprovechando el alboroto; además de tratar de ocupar los puntos estratégicos de la ciudad y de secuestrar al gobierno, uno de sus destacamentos había asaltado el Banco Nacional: catorce mil seiscientos billones, nada menos. Con ese dinero, los nazis podían permitirse demasiadas cosas, y era crucial encontrarlo.
El sargento había respondido con una maldición entre dientes a la llamada de su jefe y amigo, pero sabría cumplir con su deber por mucho que sus inclinaciones personales se orientaran hacia el revoltoso partido nacionalsocialista del sedicioso austríaco. Cuando Müller le insinuó que podía llamar a otro cualquiera para la ocasión, Meisinger se negó rotundamente, pensando que la detención podía ser algo más arriesgado que un simple trámite si Hitler no estaba solo.
Lo más probable era que no tratase de llamar la atención y hubiese prescindido de su pequeña banda de guardaespaldas, temeroso de dar a la policía un pretexto para pegarle un tiro, pero de todos modos había que ser precavido.
El coche esperaba ya a la puerta, y los dos agentes que había elegido para la ocasión, veteranos de absoluta fiabilidad, hacía media hora que aguardaban a la entrada de la comisaría, hablando de cualquier cosa con los del turno de guardia. En cuanto llegara Meisinger se pondrían en marcha, y ya no podía tardar mucho.
Con los nazis en fuga y los comunistas aún amedrentados por las últimas derrotas en la calle, Müller tenía por fin una oportunidad de restaurar el imperio del orden. Los actos de saqueo habían menguado sensiblemente en la última semana; los separatistas, después de sus sonados fracasos en el norte, habían preferido disolverse por su cuenta antes de que los dispersaran a porrazos, y los dirigentes comunistas no hacían ya caso de las soflamas procedentes de Rusia urgiéndolos a aprovechar la debilidad del gobierno. Porque el gobierno podía ser débil, pero las escuadras pardas no lo eran en absoluto y tenían escondidas, con mayor o menor grado de connivencia de las autoridades, grandes cantidades de armamento para hacer frente a la eventualidad, nunca descartada, de una nueva revolución obrera como la del diecinueve o de una ocupación extranjera a mayor escala que la que los franceses y los belgas mantenían aún en la cuenca del Ruhr.
Después de un año entero de caos, se vislumbraba al fin una luz al fondo del túnel: el gobierno del Reich había anunciado ya medidas económicas de choque, y los precios, súbitamente, habían dejado de subir. La libra de pan se había estabilizado al fin en doscientos sesenta mil millones de marcos, y el salario obrero medio, el que diariamente cobraba cualquiera de sus agentes o un obrero de una fábrica, rondaba los tres billones de marcos.
Si por una vez se cumplía lo previsto, al cabo de pocos días saldría a la calle una nueva moneda, igual que el marco de siempre pero con nueve ceros menos. Todos tenían que echar el resto para que aquello marchara adelante. El nuevo comisario del Tesoro, Hjalmar Schacht, era un financiero con suficiente talento y experiencia, también coraje, para inspirar confianza a la población, y confianza precisamente era lo que más necesitaba el país.
Müller encendió su segundo cigarrillo de aquella media hora, se pasó las manos por el pelo, cortado al estilo militar, y se echó violentamente sobre el respaldo de su sillón, tratando de hacerse una composición de la papeleta que le quedaba por delante en aquella endiablada sección de Asuntos Políticos.
Después de acabar la guerra había dejado el arma aérea, disuelta por los aliados, y había ingresado en la policía. Uno de sus primeros trabajos fue bregar con la compleja crisis de los rehenes durante la revolución espartaquista, y aunque algunos lo acusaron de demasiado expeditivo, las autoridades valoraron su trabajo. Desde entonces, su carrera había sido un constante avance en el escalafón hasta que a finales del año veintidós, cuando se pensó que la situación no podía complicarse más, lo nombraron responsable de la Comisaría de Asuntos Políticos. Pero el panorama empeoró: los nazis se armaron, atrayendo a sus filas a buena parte de los excombatientes más duros del viejo ejército imperial; los comunistas se armaron, listos para extender la revolución, triunfante ya en Rusia; los separatistas pensaron que si los aliados obtenían la disgregación de Alemania aflojarían su presa, y también se armaron. En Baviera estaban todos, y todos eran fuertes.
Para enfrentarse a aquella locura contaba con treinta agentes, y ni siquiera le habían descargado de los crímenes comunes y los actos de pillaje. Treinta agentes, exhaustos y mal pagados, y todavía había quien le envidiaba porque le hubiesen nombrado a él para aquel puesto.
Divagaba en estos pensamientos, moviendo de un lado a otro los cordones de sus botas, cuando llamaron a la puerta.
—Pase —invitó Müller, recuperando la postura correcta por si en vez de Meisinger era un agente cualquiera.
—¿Cómo estamos? —saludó el sargento, que en privado obviaba todo formalismo.
El comisario volvió a recostarse en el sillón.
—Bien, bien. Como no le hayan dado un soplo, hoy echamos mano a ese cabrón.
Meisinger esbozó un gesto de disgusto que afeó aún más la cicatriz de su cara, recuerdo de la Gran Guerra. Unos días contaba que fue una bayoneta y otros que una granada, pero lo cierto es que pasó tres días inconsciente y no se acordaba de nada.
—¡Bah!
Müller echó un vistazo al reloj de pared, que volvía a funcionar después de dos años de vacaciones forzosas.
—Esperamos media hora más y nos vamos. No quiero llegar cuando todavía pueda haber visitas.
—Como quieras. Por cierto, ¿te has enterado de lo de nuestro amigo? —preguntó el sargento.
—¿Qué amigo? —quiso precisar Müller, sabiendo que Meisinger siempre utilizaba la palabra en sentido irónico.
—Strahler, el secretario del alcalde, tu sospechoso favorito para el caso del estilete. Ha aparecido muerto en su casa, de dos disparos. El fiscal Seidl estaba con él, también muerto. La esposa de Strahler aún vivía y la llevaron al hospital. Ya la han operado, pero todavía es pronto para predecir si se salvará o no.
El comisario se enderezó lentamente en su asiento, golpeando la mesa con ambas manos. Había heredado el caso del estilete de su predecesor en el cargo y él mismo lo había perseguido durante un año entero: repartía sus víctimas al azar entre políticos, profesionales y hasta mendigos, y durante un tiempo fue el principal causante de que los superiores de Müller le pusieran las cosas difíciles. Había cometido media docena larga de asesinatos en año y pico, sin dejar más pista que el número de calzado que gastaba. Después de mucho trabajo, Müller consiguió centrar sus pesquisas en un sospechoso, Lothar Strahler, el secretario del alcalde, pero justo entonces el asesino fue sorprendido prácticamente con las manos en la masa y la resolución del caso fue muy celebrada, aunque el comisario nunca dejó de sospechar de Strahler.
—¿Strahler, muerto? —casi desconfió Müller.
—Un disparo en la cabeza y otro en el pecho. Y el fiscal Seidl. Se va a armar una buena —encareció Meisinger.
—¿Se sabe algo del culpable? —preguntó Müller.
—Nada. Dicen que lo están investigando, pero aquí no se sabe nada. La Reisingerstrasse corresponde a la comisaría de Krebs.
—Mañana mismo lo llamo. A lo mejor puedo echarle una mano —aseguró Müller, que no podía decir que sintiera la muerte del secretario del alcalde. Estaba absolutamente convencido de que era el hombre al que buscaba, aunque nunca hubiese podido probar nada contra él.
Meisinger miró fijamente a su amigo, sacó un cigarrillo y lo encendió lentamente. Agitó luego la cerilla como si quisiera apagar algo más que la llama.
—Nadie sabe más que tú de la vida de Strahler. Por eso te lo decía. Habla con Krebs —respondió al fin en voz baja.
Müller asintió tratando de descifrar el gesto del sargento, pero prefirió no preguntarle qué le rondaba por la cabeza. El silencio se prolongó unos segundos.
—¿Y lo de Hitler? —se interesó Meisinger, cambiando de tema.
—Un buen informador, como siempre en estos casos.
—¿Estás totalmente seguro?
—Todo lo seguro que se puede estar. En cuanto lo tengamos a buen recaudo, este país empezará a respirar. Y ya va siendo hora. ¡Es ahora o nunca, Josef! —exclamó el comisario estirando los brazos por detrás de su cabeza.
—Llevamos cinco años de ahora o nunca —repuso, despectivo, el sargento, acercándose una silla.
—Pero esta vez parece que va en serio. Y no sólo aquí; en todas partes.
—¿No lo dirás por lo de Hamburgo? —preguntó Meisinger refiriéndose al fracaso del golpe comunista en la capital hanseática.
—Por lo de Hamburgo, por lo de Sajonia, lo de Turingia, lo de aquí... ¡por todo! En el norte, los comunistas pierden terreno por momentos; en el sur, tenemos a los nazis arrinconados, y en Renania ha fracasado el intento de proclamar una república independiente.
—En Renania faltó poco —apostilló el sargento recordando el frenazo que Adenauer, el alcalde de Colonia, logró imponer a los separatistas.
—Faltó poco pero ahora está todo bajo control. Además de los puñeteros franceses ocupando el Ruhr, sólo quedan esos cuatro majaderos del Palatinado y su ridícula república de Espira. Si se atreven a proclamarla, que está por ver, van a durar cuatro días.
—Mañana toman una decisión.
—¿Y qué más da? ¿Tú crees que ahora que se han quedado aislados van a dar el paso adelante? ¡Ni hablar, hombre, ni hablar! Me da lo mismo Espira, que Colonia o el Palatinado: al final, los separatistas no son más que pequeños dirigentes que quieren ascenderse a sí mismos a base de elevar la categoría del trozo de nación que les ha tocado administrar. Un alcalde que quiere ser presidente de gobierno tiene sólo dos salidas: o presentarse a las elecciones y ganarlas, que no es tan fácil, o convertir en país a su pueblo, y entonces, ¡ya está!, ¡ya es presidente de gobierno! ¡Y los concejales, ministros!, ¡ascendidos todos!
Meisinger no pudo menos que reírse de la vehemencia con que Müller se animaba a sí mismo. Para él, los separatistas seguían siendo un peligro real, sobre todo tras la desorganización de los nazis, que los odiaban más aún que a los comunistas.
—Habrá que tener cuidado con ellos, de todos modos. Aquí en Baviera...
—Aquí en Baviera se esconden como conejos. Ahora ya es igual lo que hagan o lo que pretendan —aseguró el comisario—. Ahora empezamos a ver la luz y no se puede perder esta oportunidad. Hasta este momento los nazis habían conseguido mantener a raya a separatistas y comunistas, pero ellos mismos se convirtieron en una amenaza demasiado peligrosa para ser tolerada. Ahora hay que detener a Hitler y meterlo en la cárcel una buena temporada: si le echan diez años, mejor que diez meses; luego habría que dar caza a todos los cabecillas peligrosos, incluido Göring. No podemos permitir que el partido se reorganice.
—¿Pero no eras amigo suyo? —se extrañó Meisinger.
—Fue mi jefe en la escuadrilla, y sí, soy amigo suyo; pero como pueda, seguiré siendo amigo suyo mientras lo llevo a prisión. Luego, si hace falta, hasta iré a visitarlo algún día.
Meisinger asintió. Conocía de sobra a Müller para sorprenderse de su actitud.
—Al final les vamos a limpiar el camino a los comunistas —reflexionó en voz alta, expresando sus peores temores—. Clara Zetkin, diciendo en Moscú que está a punto de llegar la «gran noche», y tú, empeñado en restar fuerzas a los nazis, que son los únicos que pueden pararlos.
—Eso es precisamente lo que hay que evitar: que se rompa el equilibrio. Ahora golpeamos a los nazis, y en cuanto los comunistas, los separatistas o quien sea intenten cobrar bríos, vamos a por ellos. Aquí no puede haber gobiernos de la chusma, como en Rusia, ni marchas de fantoches que acaben en dictadura, como en Italia. Hay que mantener el orden como sea. La idea es muy simple: golpear al que descuelle. En el diecinueve, los comunistas; ahora, los nazis.
Meisinger meneó la cabeza, poco convencido, pero Müller ya se había entusiasmado con sus propias palabras y no estaba dispuesto a dejarse desanimar.
—La gente necesita confianza —prosiguió—. Nadie va a invertir un maldito marco hasta que no se acaben los saqueos, las peleas callejeras y el imperio de las mafias que controlan el comercio. El futuro de este país está ahora más en manos de los policías que de los políticos, y si nosotros no conseguimos mantener el orden, no hay gobierno que pueda sacarnos adelante. A partir de ahora, se acabó el hacer la vista gorda con los pequeños robos; se acabó la mano blanda con los pobres, con los parados y los pequeños negocios de la picaresca. Vamos a meter esta ciudad en cintura aunque sea a porrazos, y verás cómo al final salimos adelante. El futuro es responsabilidad nuestra: o imponemos el orden, o nos vamos todos al infierno.
—¿Y las mafias? Horbach cada día es más fuerte. Y Horbach compra policías, y jueces, y políticos... Eso es otra cosa, Heinrich...
—Iremos también a por Horbach a su debido tiempo. La gente tiene que convencerse como sea de que la ley ha regresado. La ley del gobierno y de las urnas, no la de los pistoleros; y me da igual que las pistolas las lleven los iluminados de la política o los carroñeros del contrabando.
Meisinger se puso serio de pronto. Desde que había entrado en el despacho de su jefe buscaba la manera de soltar la idea que no le había dejado dormir en condiciones aquellos dos días. Titubeó un instante y al final se decidió a hablar.
—Pues si te vas a poner tan duro, empieza por meterme a mí entre rejas. Ya sabes de qué lado estuve cuando el putsch de la cervecería.
Müller también esperaba el momento de abordar aquel asunto, pero no quería ser el primero en sacarlo a colación.
—Ya te vi —repuso simplemente.
—Lamento haberte fallado, pero en un momento como aquél había que elegir entre el trabajo y las convicciones, y yo elegí las convicciones —concluyó el sargento poniendo su arma y su gorra sobre la mesa, a modo de dimisión.
Müller apartó de sí los dos objetos como si olieran mal.
—No hagas el idiota. Hoy vendrás conmigo, le pondrás las esposas a tu amado Führer y se lo llevarás al juez. Con eso basta.
Meisinger no se decidía a recoger su arma. Pasarse al bando insurrecto en un momento tan delicado no era algo, según su concepto del funcionamiento de las cosas, que pudiera ser disculpado tan fácilmente; sabía lo que había hecho y sabía cuáles debían ser las consecuencias.
—Y además —siguió el comisario—, quiero que sepas que cuando ordené abrir fuego ya te había visto. Si te hubiéramos matado, no tendría el menor remordimiento: cada uno hicimos lo que nos pareció mejor —concluyó, poniéndose en pie.
—Yo no disparé.
—Hiciste mal.
—De veras que lo siento —se disculpó el sargento mirando fijamente a Müller.
El comisario se apartó de su asiento y pasó al otro lado de la mesa para tender la mano a Meisinger.
—Por mi parte, asunto concluido.
—Son muchos años, Heinrich, para que al final nos fuera a separar la puñetera política —musitó el sargento, agarrando con fuerza el brazo de su amigo.
—Muchos, Josef, muchos.
—¿Me vio alguno más de los nuestros?
—No lo sé, pero si alguien dice que te vio al otro lado, juraré que estuviste conmigo toda la mañana —garantizó Müller.
El comisario se disponía a salir pero Meisinger le puso una mano sobre el hombro, obligándolo a volverse. Ninguno de los dos era aficionado a las solemnidades, pero el sargento esperó a encontrarse frente a la mirada de su jefe para decir lo que tenía que decir.
—Y toda la tarde, Heinrich. Estuvimos juntos toda la mañana y también toda la tarde. Los dos mantendremos eso donde haga falta.
Müller sonrió, devolvió a Meisinger la pistola y la gorra y abrió la puerta de su despacho.
—¡Vámonos!
II
El informador de la policía era un hombre duro, curtido en muchas peleas, pero aun así había tomado todas las precauciones posibles, consciente de que de nada le serviría su fuerza física si los nazis llegaban a sospechar de su persona, siquiera vagamente.
En el lugar de costumbre, una estrecha ranura entre dos ladrillos de una tapia concreta, sólo había dejado un diminuto pedazo de papel con cinco mayúsculas escritas a lápiz: PUTZI.
En principio, más que un mensaje parecía una adivinanza, pero Müller en seguida supo que se trataba del apelativo por el que la camarilla de Hitler conocía a Ernst Franz Sedgwick Hanfstaengl, un extraño personaje, medio alemán, medio americano, que había regresado hacía un par de años de Estados Unidos después de graduarse en Harvard y trabajar con su padre en el comercio de arte.
—También lo llaman Hanfi —aclaró Müller.
El cabo Hammers se limitó a musitar un asentimiento. No tenía ni dea de quién era aquel tipo, y maldito lo que le importaba. Lo habían sacado de casa un domingo, llevaba hora y media esperando a la puerta de la comisaría, y para colmo le dolía una muela.
—Si está en casa, nos lo llevamos también.
—Descuide —aseguró Hammers—. Creo que lo conozco. No pasa desapercibido precisamente. Un tipo vestido de traje y corbata en medio de las filas nazis no es algo muy frecuente, que digamos.
Müller asintió con la cabeza.
Estaba parando de llover y el coche se dirigía tranquilamente hacia el sur. Pronto abandonarían el casco urbano y llegarían a Uffing, donde se alzaban unas cuantas villas de recreo, antiguos palacetes en su mayoría, aunque no faltaban tampoco construcciones mucho más recientes, incluso flamantes: no a todo el mundo le había ido tan mal en los últimos tiempos, sobre todo a los que controlaban el mercado negro.
Pero hasta llegar a aquella isla de prosperidad debían atravesar todavía algunos de los peores barrios de la ciudad, calles sin iluminación alguna donde la policía sólo era vista de noche en ocasiones como aquélla, cuando iba de paso hacia algún otro lugar. Eran barrios obreros, con edificios habitados en su totalidad por desempleados e indigentes que nadie sabía de dónde sacaban lo necesario para no morir de hambre. Allí era donde se fraguaban las peores revueltas callejeras y los conatos más duros de revolución; la famosa caja de solidaridad de los nazis había arrancado porciones enteras de aquel pastel de indigencia al partido comunista, tradicional usufructuario del desencanto y la miseria, pero el desgaste de los rojos no había llegado tan lejos como para no seguir considerando territorio propio aquellos lúgubres distritos.
Al tomar una curva, el comisario se quedó embobado mirando a unos gatos que se peleaban en medio de la acera, sin nadie que los molestase; a pesar del ruido del motor, podía oír perfectamente los maullidos de los animales, incluso mucho después de haberse alejado del lugar. El silencio en la avenida principal era tan opresivo que Müller ordenó al conductor que accionara la sirena.
—¿Llevamos prisa, comisario? —se extrañó Schweick.
—No, pero nunca viene mal recordarle a esta gente que estamos por aquí. Aunque sea mentira.
Los cuatro policías sonrieron, y Schweick pisó el acelerador a fondo, más por darse el gusto del gesto que por esperar que el viejo cacharro avanzara más aprisa.
La sirena se apagó sola poco antes de que Müller pensara que sería conveniente no llamar más la atención. Pocos minutos después, con el máximo sigilo, llegaron ante una hermosa villa pintada de blanco, y los cuatro policías se bajaron del automóvil.
Müller sacó su arma y golpeó con ella contra los barrotes de la verja exterior. Si había un perro, seguro que ladraría.
Esperaron un momento y no oyeron sonido alguno, así que abrieron la cancela y se dirigieron tranquilamente, pero no demasiado juntos, a la entrada principal.
Los cuatro llevaban la pistola en la mano, y cuando después de unos instantes abrió la puerta una mujer no muy joven pero decididamente hermosa, se sintieron ridículos. La mujer los miró tranquilamente, de uno en uno y de arriba abajo; si intentó ocultar un leve gesto de desprecio, no lo consiguió del todo.
—¿Es usted la señora Hanfstaengl? —preguntó Müller.
—Pasen, por favor —respondió únicamente—. La persona que buscan está en el salón —añadió con marcado acento extranjero después de que los policías dudaron un instante, acaso demasiado largo, sobre cómo debían abordar el asunto.
Müller llevaba la orden de registro en el bolsillo, pero pensó que mostrarla en aquel momento sería tan impropio como hurgarse la nariz. Dio las gracias, guardó el arma, y siguió dócilmente a la dueña de la casa.
En pie, en medio del salón, con un brazo en cabestrillo y ataviado con un sencillo pijama blanco, los aguardaba Hitler.
—Tenemos orden de arrestarlo —le comunicó el comisario.
El líder nazi, inopinadamente, tendió la mano a los policías, y sólo Müller consiguió sustraerse al impulso de estrechársela.
—Señores, cumplan con su deber.
Meisinger iba a colocarle las esposas, pero se detuvo ante la indicación en contra del comisario.
—Será mejor para su brazo que prescindamos de eso, ¿no le parece? —indicó, dirigiéndose al líder reaccionario.
—Se lo agradezco. Si no les importa que me vista, estaré con ustedes en seguida.
—Por supuesto, pero quisiera hacerle una pregunta antes de nada.
—Estoy a su disposición.
—¿Está aquí el dinero que se llevaron del Banco Nacional? —preguntó Müller a bocajarro.
El jefe nazi frunció el ceño.
—Es la primera noticia que tengo de semejante cosa.
—Catorce mil seiscientos billones de marcos —puntualizó el comisario—. Y se los llevó su gente.
—No dudo de su palabra, comisario, pero si mis hombres tomaron ese dinero, aquí no está. Eso se lo aseguro.
—Tendré que comprobarlo. Lamento causarle molestias, señora, pero es necesario que encontremos ese dinero, y comprenderá que no me parezca descabellado que esté aquí.
—¿Puede repetirme la cantidad? —pidió Hitler.
—Catorce mil seiscientos cinco billones de marcos, para ser exactos.
—Eso no se puede esconder en una pitillera, comisario. Le doy mi palabra de que no está aquí ese dinero.
Müller asintió.
—Gracias. Vaya a cambiarse, si quiere.
En cuanto el líder nazi se fue, Müller se dirigió a la señora de la casa:
—¿Ha visto usted ese dinero o algún paquete del que desconozca su contenido?
—El dinero del que habla no está aquí, comisario. Daban por hecho que vendrían ustedes a detener al señor Hitler en cualquier momento. Si hubiera querido, podría haber huido a Austria, como muchos otros.
—Entiendo. Me basta con su palabra.
La mujer entornó los ojos, sin mover ningún otro músculo de la cara.
Poco después, Hitler reapareció vestido de oscuro.
—Acompañen al detenido, por favor —ordenó Müller.
A la vista de que el comisario no se iba, la dueña de la casa se acercó a él lentamente, como si en lugar de encontrarse ante el policía que dirigía el registro de su casa quisiera aproximarse a un invitado al que se le hubiese terminado el champán sin que nadie le hubiera ofrecido otra copa.
—¿Puedo ayudarle en algo más? —preguntó.
—Nos gustaría saber dónde está su marido. Tenemos orden de llevárnoslo a él también. Le recuerdo que, siendo su esposa, no tiene obligación de contestar.
Por primera vez, la señora Hanfstaengl sonrió. Era una mujer realmente hermosa.
—Muchas gracias, pero no es necesario. Está en Linz, en casa de unos amigos. Regresará en cuanto se haya resuelto este lamentable asunto. Ya le dije hace un momento que todo el que quiso se marchó sin problemas.
—¿Insinúa que el dinero está también al otro lado de la frontera? —sugirió Müller.
La mujer volvió a sonreír.
—No tengo ni la más remota idea de dónde puede estar ese dinero, pero ya que ha tenido la amabilidad de no destrozar mi casa para buscarlo, le diré que estoy francamente convencida de que así es.
El comisario prolongó un instante más de lo debido la contemplación de aquellos fascinantes ojos grises.
—Seguramente tenga razón —contestó—. Muchas gracias. |