borde Sumario. Nuestro novel

Miguel Ángel Muñoz

"Es difícil abrirse paso como autor inédito en cualquier editorial"

 

Entrevista de Luis García

 

La literatura surge ante mí como una oportunidad para indagar mis alrededores y mirar bajo las losas desencajadas de la realidad. Eso ha sido siempre la gran literatura, o al menos para mí esa ha sido la gran literatura. El escritor, como John Silver, se limita a buscar durante toda su vida el tesoro, a sabiendas de que nunca se sabrá poseedor de las joyas que contiene. Pero la obligación es clara, y la urgencia de la búsqueda se configura como el desafío continuo. Me obsesiona el cambio, el atacar el castillo desde todos los flancos, y sé que eso es un tanto perjudicial, pero no tanto como el poseer uno de esos estilos marcados que te hacen un bello pirata pero no un pirata atrevido. Confío en la capacidad del capitán para manejar su nave, pero el mar es ancho y ajeno. La literatura al fin y al cabo apenas ha variado sus objetivos: mirar sobre el hombre y creer ilusamente que sus pasiones confundidas tienen alguna explicación, hacer del hallazgo -¿o mejor de la búsqueda?- de la belleza un motivo de vida, procurar ahondar en los motivos de la maldad o la desesperanza, y lograr que el lector se vea acompañado por emociones de ternura o alegría, desesperación o ira. Hacer de la literatura un instrumento de comunicación. Esto suena antiguo, me parece. Es igual, la literatura es antigua, es una de sus virtudes.

Del relato corto me apasiona su capacidad de transmitir una historia, a la caza de esas emociones antes indicadas, al tiempo que para el escritor cada relato se transforma en un desafío literario, bien respecto de la estructura, el estilo o la intención del relato. Así, por poner un ejemplo, escribo "Hija única", y al tiempo que quiero contar la historia de una niña detestable, el desafío es romper un precepto clásico del relato y contar en trece páginas dieciocho años de vida; escribo "Ambulancias" y quiero emocionar con la historia de un conductor de ambulancias que conoce el dolor desde el asiento delantero de un vehículo pero como escritor quiero que la prosa reproduzca el sonido del motor enloquecido de una ambulancia. Así concibo la ilusión por la escritura, el descubrimiento de nuevas posibilidades, la convicción de que la literatura es infinita.

Amo todas las literaturas, todos los géneros, muchos autores, tomo al asalto una biblioteca en la que se acumulan libros sin leer y siempre confío en que el milagro puede volver a producirse, y que ese autor deslumbrante aún me espera.

La literatura es algo extraño. Es pura forma, puro requisito abstracto, y sin embargo algo misterioso en ella nos conduce, desde la más absoluta soledad en que escribimos, hacia el encuentro con los otros. En cierto modo, creo que el escritor, ingenuamente, mientras escribe, espera que el acto de escribir lo convierta en mejor persona, para de ese modo perfeccionar el momento extraño en que, de algún modo que no se puede explicar, pueda confundirse, encontrarse al fin sin distingos, con los otros en los que el autor piensa mientras crea su obra, sin que esos "otros" tengan nombre ni patria. Son depositarios como el escritor de un misterio vital que éste ilusamente pretende poner por escrito.

Me refiero en este texto a piratas, conquistas y misterios porque confío en que el escritor adulto nunca olvide ese momento de su infancia en que descubrió que el secreto de la literatura existía, el instante en que la pasión se verbalizó, se convirtió en página. El escritor que quisiera ser es aquel que levanta el parche del ojo del bucanero y se asoma sin miedo a su cuenca vacía, con la frescura inocente de un niño y la condición adulta y consciente de un investigador de lo oscuro, para traer a la luz historias y signos, rumores de una creencia que todavía es posible compartir con los más cercanos.

Miguel Ángel Muñoz

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Es Miguel Ángel Muñoz un total desconocido de las letras españolas, novel 2006 de la Editorial Páginas de Espuma, en dura pugna como el propio editor reconoce. Y es que hay que agradecerle a Juan Casamayor, responsable de dicha Editorial, la iniciativa emprendida hace años por la que edita a un desconocido autor en lo que se considera una apuesta de futuro. Miguel Ángel Muñoz es un autor militante del genero breve, autor de El síndrome Chejov y sin duda un diamante en bruto que el tiempo se encargara de pulir.... o no. Este es el escritor.

Luis García .- Empecemos por el principio. ¿Cuándo y cómo empezó a escribir Miguel Ángel Muñoz ?

Miguel Ángel Muñoz.- ¿De verdad quiere saber la estricta verdad? Me recuerdo comenzando varias novelas juveniles a los once años, historias de chicos que descubrían malvados escondidos en el bosque, a los que había que atrapar –los Cinco y las novelas de Agatha Christie-. Como se ve, la cosa empezó por la novela, y no por el relato breve. Aunque como me dice siempre un amigo, ante mi propensión a dejar muchas novelas sin acabar de leer, “soy hombre de buenos principios”, por lo que esas historias no pasaban de la página doce. Recuerdo también que comencé una historia sobre un piloto de fórmula 1, español, que luchaba contra la obsesión de sus rivales por echarle de la pista, argumento en el que me puedo vanagloriar de haber sido premonitorio respecto de la actual fiebre por el automovilismo. No pasé de la primera vuelta. Siempre me he recordado escribiendo, persistiendo en la escritura, más allá de momentos de decaimiento o indecisión. Lo importante, para mí, es que me he acercado desde niño a la escritura con pasión pero sin pedantería, con los ojos abiertos y un ansía interminable por descubrir autores, géneros, palabras.

L.G.- Autor novel 2006 de Paginas de Espuma.... ¿se lo esperaba?

M.A.M.- Los planteamientos editoriales de Páginas de Espuma son tan inteligentes que logran que desde la publicación del libro uno se sienta como un privilegiado. En mi caso, ser elegido como autor novel de este año me hace sentir como ganador de un premio, como si la publicación en Páginas fuera la consecuencia de ganar un premio, y de algún modo es así, claro. Es difícil abrirse paso como autor inédito en cualquier editorial, y la prueba es que una editorial como Páginas de Espuma, consagrada al relato corto, sólo publica, hasta el momento, un autor inédito al año. La editorial merece el prestigio que está adquiriendo y ello conlleva una pugna cada vez mayor entre autores ilusionados que desean estar ahí. Es una felicidad y una responsabilidad. Los autores noveles anteriores a mí han puesto un listón muy alto.

L.G.- Y con el aval de Andrés Neuman y Antonio Orejudo.... todo un lujazo.... ¿verdad?

M.A.M.- Absolutamente. Son dos escritores a los que admiro profundamente. Andrés Neuman pertenece a una nueva generación de escritores españoles empeñados -más allá de su cultivo de todos los géneros: novela, poesía, aforismos- en mantener el libro de relatos como una opcíón posible de vida literaria. Empeñados en que por fin la tradición del relato corto se instale definitivamente en España y los libros que surjan de la misma se contemplen no como sucedáneos de novelas posibles sino como obras completas en sí mismas, sin heroísmos de escritores esforzados por sobreponerse a editoriales desinteresadas respecto del relato. Normalidad, nada más. Neuman tiene en sus relatos -quizás lo mejor de su obra hasta ahora- un ejemplo magnífico de ello: historias vibrantes, conjugación de varias tradiciones en una, apego teórico y un esfuerzo por hallar nuevas y nuevas metas. Antonio Orejudo, además de un amigo al que aprecio enormemente, es uno de los grandes escritores españoles actuales. Pocos como él se han armado con parecido afán de romper límites y reinventarse a sí mismo en cada obra. Su carrera literaria es hasta el momento simplemente perfecta a fuerza de jugar con lo inesperado y la experimentación narrativa, demostrando a los agoreros de la novela que el género sigue absolutamente vivo y que el resto de objeciones obedecen sólo a la desidia. Sus novelas -especialmente la última "Reconstrucción", tan cerca del Flaubert de "Salambó" como del Harry Mulisch de "Sigfrido"- son de esas que a los escritores nos gustan como lectores porque abren puertas y nos invitan a pasar por ellas. Orejudo es buen compañero menor -en edad- de la generación de Bolaño, y como el chileno, ha logrado fermentar sus novelas con la presencia constante de los relatos cortos incrustados en ellas, pero no como cuerpos extraños, sino como elementos enriquecedores.

Y respecto de lo que decía de la generación de Neuman, la de los nacidos después de finales de los 60, más o menos, hay un detalle que no quiero olvidar. La generación que surgió en los ochenta, la de la "nueva narrativa española", hizo una especie de dejación de funciones respecto del relato. Muchos de sus autores lo cultivaron -casi todos- pero pocos siguieron con ellos. Por causas que tendrían en todo caso que revelar ellos -y que supongo tuvieron mucho que ver con la presión editorial- abandonaron, con la excepción de algunos autores, como José María Merino, el cultivo del género en favor de la novela, el símbolo de esa generación. Ese es el cambio que detecto en los escritores últimos: la militancia, la persistencia, la continuidad respecto del género.

L.G.- ¿Qué es El síndrome Chejov ?

M.A.M.- La manifestación de una enfermedad que afecta tanto a ciertos escritores como a muchos lectores y que se caracteriza por la sensación de sudor frío cuando unos u otros se acercan en la librería al libro de relatos de un autor desconocido pero que por motivos inexplicables provoca un pálpito que lleva a comprarlo y leerlo con ansia. En el fondo es el símbolo de la devota entrega por la literatura como síntoma de vida y de conocimiento de la gente que tenemos cerca. Chéjov inventó y profundizó en este síndrome con cada uno de sus relatos. Digamos que escribió más de mil relatos. Imagínemos a un lector compulsivo que a diario se automedica con un relato de Chéjov. En apenas tres años el tratamiento habrá acabado, y el paciente lector se descubrirá mejor persona, más lúcida y a la vez sanamente escéptica. Esos son los poderes del relato. Ése es -o podría ser- el síndrome Chéjov.

L.G.- Merecido homenaje a uno de sus maestros, me figuro....

M.A.M.- ¿Cómo lo hizo Chéjov? Sigue siendo un notable misterio. Siento fascinación por él como autor y como persona. Supo entender la vida a pesar de ser consciente de su trágico final personal. Desde la lucidez y la insobornable honestidad literaria fundó una obra que perdurará como un equivalente de la "Comedia Humana", un legado para el siglo XX. Porque aunque murió en 1904, su obra es plenamente del XX, como Balzac pertenece sin duda al XIX. Él solo fundó el cuento moderno y de él han bebido casi todos los grandes autores posteriores de cuentos. Sólo Borges tiene una influencia similar, pero a diferencia del genial argentino, Chéjov miró a las personas y no a los libros. La ceguera de Borges simboliza también una actitud ante la vida, tanto como la tuberculosis de Chéjov. Uno puede ser ciego y seguir escribiendo, la tuberculosis del ruso fue destructiva, total, algo lógico para alguien plenamente integrado en la vida. Fue en definitiva una gran persona con la que me habría encantado tomar un café lento, hablando de la gente que poblaba sus historias.

L.G.- ¿Es cierto que tendría que cerrar los ojos para volver a creer en los sueños?

M.A.M.-Esa primera frase del último relato del libro, "Los sueños deshabitados", nace de una apuesta de hace muchos años mantenida con mis amigos de tertulia: Francisco Ortiz, Juan Herrezuelo y Antonia Moreno. Consensuamos esa frase como comienzo de un relato del que sólo planteamos el título y esas primeras palabras. Yo lo tomé al pie de la letra y escribí una historia sobre la falta más literal de sueños. Curioso, porque ese relato pertenece a la época más joven, cuando todavía no había buscado en el diccionario el significado de la palabra "escepticismo". Estábamos entonces obsesionados con Cortázar -enfermedad de la que no nos hemos puesto en tratamiento, afortunadamente- y el mundo de los sueños nos conectaba con él casi fantasmalmente. Ese mundo es el de la literatura fantástica, la que levanta los velos tras los que respiramos, y quisiera que esos matices irreales impregnaran hasta contaminarla felizmente gran parte de mi obra. Por otro lado, colocar ese relato como cierre del libro equivalía a dotarlo de una trascendencia sentimental para mí, y de una eficacia narrativa estructuralmente por su capacidad de cerrar con él el círculo de las historias incluídas en el volumen.

L.G.- ¿Cultiva algún otro genero Miguel Ángel Muñoz?

M.A.M.- La novela. Tengo una novela acabada, "Tiempo porvenir" y trabajo en otra. Tanto en ellas como en los relatos busco obsesivamente el elemento que más las conecta: la potencia estructural. Cada vez más me decanto por un tipo de novelas breves, condensadas, directas, que subordinan cualquier exceso a la eficacia de sus propuestas, y que están disciplinadamente estructuradas.

L.G.- ¿Se atrevería a definir el cuento como genero, a escribir un decálogo como en otro tiempo hicieron otros autores?

M.A.M.- "El síndrome Chéjov" se abre con un prólogo que reflexiona sobre el cuento como género y como "arma de futuro", que diría Celaya. En él se define una concepción del cuento como "instigador de estilos". Siguiendo con el tema fantástico, el cuento utiliza al autor -a ciertos autores entre los que me incluyo- como médium de sus propios deseos. Desde la oscuridad más absoluta, el escritor entrelaza sus manos y cierra los ojos para pronunciar en voz alta: ¡Manifiéstate! El cuento entonces le indica cómo debe contarse, por qué brazo hay que sujetar la historia para llevarla al lugar elegido. En cierto modo, sería ilusionante pensar en el mejor de los casos que los once relatos incluídos en el libro son un decálogo de hecho del género, un compendio de intentos, una suma de voces.

L.G.- ¿Qué esta preparando actualmente Miguel Ángel Muñoz ?

M.A.M.- Cómo antes comentaba, preparo una novela que está mediada ahora mismo, y trabajo en un libro de relatos que pretendo sea algo muy especial, tanto por su extensión como por su planteamiento.

L.G.- ¿Y está preparado para la critica y la vorágine de las presentaciones, firmas de libros....?

M.A.M.- Respecto de la crítica, es el libro, más que yo, el que tiene que estar preparado. Del resto de asuntos que me apunta, me defenderé como buenamente pueda. En todo caso, son inconvenientes gozosos.

L.G.- ¿Qué autor o autores sigue con especial devoción?. ¿Cuáles serían sus referentes literarios?

M.A.M.- Soy un lector feroz, voraz y sobre todo ilusionado. Mi creencia en la literatura se mantiene en su capacidad para enseñarnos habitaciones nuevas cuando pensamos que la casa ya está tomada. Los autores que admiro son numerosos y variados, y han ido cambiando y sumándose unos a otros a lo largo de los años. Stevenson, Bernhard, De Quincey, Flaubert marcaron una época. Cortázar las ha marcado todas. Añadamos Auster, Cheever, Carver, Bolaño. Junto a ellos, autores totales, hay libros a los que se les nombra así pero en realidad son piedras preciosas que iluminan cualquier vida que se acerca a ellas: libros como "Los usurpadores" de Francisco Ayala, "Ruido de fondo" de Don Delillo, La trilogía de la muerte de Lobo Antunes, los Cuentos Completos de Flannery O'Connor. Muchos. Para sintetizar, hay un autor que resume mi forma de entender al escritor: Leonardo Sciascia, y una obra actual que representa la pervivencia del gran arte de la novela en estos años descreídos: "Expiación", de Ian Mcewan. ¿Se puede no ser optimista cuando todavía se publican libros así?

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