borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Nada para cenar

Premio Ciudad de Leganés 2006

 

Inmaculada Luna

 

Lf ediciones, Béjar, 2005

 

Herme G. Donis

La elección del fragmento del magnífico cuento de Clarice Lispector, “La mujer más pequeña dellibro mundo” con el que la poeta Inmaculada Luna (Madrid, 1968) abre su libro Nada par cenar, no es baladí: “No ser devorada es el sentimiento más perfecto. No ser devorada es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría.” A través de lo que se dice en esta cita, Inmaculada Luna va articulando su poesía. Una poesía en la que la poeta, mediante el desenfado y una poderosa intención de resaltar el placer de los sentidos, nos habla de su lucha por sobrevivir. La lucha que ha mantenido la mujer por no ser “devorada” durante toda su existencia, mientras portaba una sonrisa que por más “bestial” (dolorosa) que pudiera ser, aparecía tan delicada y serena como puede ser la risa de alegría.

De esta forma, en Nada para cenar, Luna practica la táctica de “devoradora” desinhibida (el escudo en el que se protege, quizá en demasía, la mujer de hoy) para que no la devoren: “…Esta noche te daré luz de luna / y recorrer de hormigas por tu cuerpo / porque hoy es viernes / y ya sabes que a mí los viernes / se me va la mano.” Así los poemas del libro se van construyendo con versos que hablan de la necesidad de rebelión, de la necesidad de una mujer por mostrarse como es, mientras reclama un espacio donde se le permita algo tan natural como respirar. Y para ello, verso a verso, nos va contando que esa mujer está en un punto determinado del amor, del dolor, de la cólera… Está en medio de todos, en plena calle, en plena ciudad, a plena luz del día, plena de vitalidad y embriagada de sensaciones: “Hoy tengo hambre. / Hambre de atracón. / Quiero sol, / sexo, / helados, / mar, / música, / risa, / bombones, / atardecer, / césped, / cine, / golosinas, / verbena, / mimos, / luz de luna, / vino tinto, / sorpresas, / besos, / paraísos, / cuentos, / orgasmos, / fresas…/ (Ah, que se me olvidaba, / también quiero una siesta, / una de esas hermosas, / que te dejan dulzor de caramelo en el paladar / y un rastro de babilla por la comisura.”

El lenguaje cotidiano y despojado de toda retórica con el que Inmaculada Luna arma la estructura de sus poemas no debe engañarnos. No debe inducirnos a considerar su escritura fácil o poco elaborada. La ironía y el sarcasmo que usa para mirarse a sí misma, son suficiente prueba de un trabajo intelectual profundo que encubre la desazón vital que atraviesa muchos de sus poemas: “Ahora me han hecho herida una sandalias viejas. / ¿Cómo puede hacer daño algo a lo que se supone que ya / deberías estar acostumbrada?”

Vida, mucha vida hay en este primer libro de Inmaculada Luna. Una vida cargada de instantes que jubilosos, tristes o rutinarios fueron de uno y nos dieron momentos prodigiosos que siempre querríamos que permanecieran con nosotros en algún lugar más fiel que la memoria. Y para fijarlos tal y como fueron la poeta los ha guardado celosamente entre los poemas de Nada para cenar.

Acérquense a estos versos escritos por una mujer que encuentra su voz más íntima, más verdadera, cuando “despojada de todo lo superfluo, se sitúa en un punto de absorción para que la vida la atraviese”. Acérquense y después demórense en las palabras vigorosas que Inma Luna nos ofrece y verán qué festín de sensaciones se guarda entre ellas.