Herme G. Donis
La elección del fragmento del magnífico cuento de
Clarice Lispector, “La mujer más pequeña del mundo” con el que la poeta Inmaculada Luna (Madrid, 1968)
abre su libro Nada par cenar, no es baladí: “No ser
devorada es el sentimiento más perfecto. No ser devorada
es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras ella no estaba
siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada
la alegría.” A través de lo que se dice en esta
cita, Inmaculada Luna va articulando su poesía. Una poesía
en la que la poeta, mediante el desenfado y una poderosa intención
de resaltar el placer de los sentidos, nos habla de su lucha por
sobrevivir. La lucha que ha mantenido la mujer por no ser “devorada”
durante toda su existencia, mientras portaba una sonrisa que por
más “bestial” (dolorosa) que pudiera ser, aparecía
tan delicada y serena como puede ser la risa de alegría.
De esta forma, en Nada para cenar, Luna practica la táctica
de “devoradora” desinhibida (el escudo en el que se
protege, quizá en demasía, la mujer de hoy) para que
no la devoren: “…Esta noche te daré luz de luna
/ y recorrer de hormigas por tu cuerpo / porque hoy es viernes /
y ya sabes que a mí los viernes / se me va la mano.”
Así los poemas del libro se van construyendo con versos que
hablan de la necesidad de rebelión, de la necesidad de una
mujer por mostrarse como es, mientras reclama un espacio donde se
le permita algo tan natural como respirar. Y para ello, verso a
verso, nos va contando que esa mujer está en un punto determinado
del amor, del dolor, de la cólera… Está en medio
de todos, en plena calle, en plena ciudad, a plena luz del día,
plena de vitalidad y embriagada de sensaciones: “Hoy tengo
hambre. / Hambre de atracón. / Quiero sol, / sexo, / helados,
/ mar, / música, / risa, / bombones, / atardecer, / césped,
/ cine, / golosinas, / verbena, / mimos, / luz de luna, / vino tinto,
/ sorpresas, / besos, / paraísos, / cuentos, / orgasmos,
/ fresas…/ (Ah, que se me olvidaba, / también quiero
una siesta, / una de esas hermosas, / que te dejan dulzor de caramelo
en el paladar / y un rastro de babilla por la comisura.”
El lenguaje cotidiano y despojado de toda retórica con
el que Inmaculada Luna arma la estructura de sus poemas no debe
engañarnos. No debe inducirnos a considerar su escritura
fácil o poco elaborada. La ironía y el sarcasmo que
usa para mirarse a sí misma, son suficiente prueba de un
trabajo intelectual profundo que encubre la desazón vital
que atraviesa muchos de sus poemas: “Ahora me han hecho herida
una sandalias viejas. / ¿Cómo puede hacer daño
algo a lo que se supone que ya / deberías estar acostumbrada?”
Vida, mucha vida hay en este primer libro de Inmaculada Luna. Una
vida cargada de instantes que jubilosos, tristes o rutinarios fueron
de uno y nos dieron momentos prodigiosos que siempre querríamos
que permanecieran con nosotros en algún lugar más
fiel que la memoria. Y para fijarlos tal y como fueron la poeta
los ha guardado celosamente entre los poemas de Nada para cenar.
Acérquense a estos versos escritos por una mujer que encuentra
su voz más íntima, más verdadera, cuando “despojada
de todo lo superfluo, se sitúa en un punto de absorción
para que la vida la atraviese”. Acérquense y después
demórense en las palabras vigorosas que Inma Luna nos ofrece
y verán qué festín de sensaciones se guarda
entre ellas.
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