borde Sumario. Libros. Reseña.
 

El salmo de Kaplan

 

Marco Schwartz

 

Primer Premio Norma de Novela de México, 2005

 

Guillermo Vega Zaragoza

El salmo de Kaplan es una novela anómala escrita por un autor anómalo. Anómalo en el sentido de extraño, insólito, excepcional. ¿Qué puede ser más insólito que la historia de un anciano judío que se lanza a la aventura de cazar a un supuesto nazi en una apacible población del Caribe colombiano? ¿Qué más excepcional que un escritor como Marco Schwartz (1956), de raíces judío-polacas que nació y vivió su infancia en Barranquilla, estudió ingeniería y ahora ejerce en España como periodista? ¿Qué más anómala puede ser la novela de un escritor colombiano que no sucumbe, como muchos esperarían, ante la pesada impronta de Gabriel García Márquez?

Pero el valor de esta novela no sólo radica en su singularidad —que es, por cierto, una condición ineludible para cualquier novela que aspire a ser considerada como tal—, sino en sus valores literarios intrínsecos, pues de nada sirve una buena historia tratada de manera torpe, corriente, sin gracia, como tampoco no tiene mucho sentido contar una historia nimia con malabares lingüísticos que podrán impresionar a ciertos críticos, pero que nunca llegarán a emocionar a los lectores. En El salmo de Kaplan no sucede nada de eso. Muy al contrario, en ella se funden en un equilibrio casi perfecto la forma y el fondo, donde el autor ha encontrado la manera única de contar esa historia extraordinaria, elementos que distinguen a las grandes novelas. Seguramente por ello Nélida Piñón, Eduardo Berti y el lamentablemente recién fallecido R. H. Moreno Durán decidieron otorgarle el Primer Premio Norma de Novela 2005.

Y como toda gran novela, El salmo de Kaplan soporta varios niveles de lectura. Así, vale la pena esbozar, aunque sea elementalmente, la trama de la historia. Jacobo Kaplan es el patriarca de una familia judía que vive en la población caribeña de Santa María, que al parecer es idéntica a Barranquilla. Inmigrante de origen polaco, cuyos padres perdió cuando era muy joven, en los últimos años de su vida, ya retirado de su negocio y con hijos y nietos, Kaplan observa, al mismo tiempo entristecido e indignado, el desmoronamiento ético y moral de la comunidad que él ayudó a construir. Lo saca de sus casillas el relajamiento de las costumbres y la pérdida de los valores que considera la base de su identidad judía. De repente, como una epifanía, en su enfebrecida y atormentada mente surge la idea que, según él, hará que su insignificante vida trascienda hasta alturas insospechadas. Tratando de emular a Simon Wiesenthal, se lanza a la cacería de un misterioso y escurridizo personaje, el llamado Profesor, que encabeza una organización secreta conocida como Aurora, cuyo objetivo es, nada más y nada menos, el resurgimiento del nazismo en plenas tierras caribeñas. Kaplan hace blanco de sus pesquisas a un tranquilo restaurantero alemán que se la pasa leyendo plácidamente en su hamaca. En poco tiempo, Kaplan logra sumar a su causa a un pícaro, bonachón e ingenuo policía del pueblo, Wilson Contreras, que como su apellido lo indica, tiene la función de servir de contrapunto a los delirantes razonamientos de Kaplan, para que, al final, le pase lo mismo que a Sancho Panza con don Quijote: entra al juego y decide seguir la aventura, pues “sólo las aventuras extraordinarias desembocan en resultados extraordinarios, y eso que llaman sensatez no es más que un disfraz de la cobardía”.

La historia está narrada como si fuera una novela de aventuras o una novela policiaca, con la salvedad de que aquí la aventura nunca llega a suceder, pues sólo existe en la afiebrada imaginación de Kaplan, quien interpreta torcidamente cualquier indicio para que se ajuste a la “teoría conspiratoria” que ha urdido desde un principio. Este mecanismo, aunado a la contraposición de la vida de la comunidad judía y la de los “gentiles” del pueblo de Santa María debería ser suficiente para que el relato se encarrilara en una clave paródica y hasta fársica, pero el autor ha preferido darle un sabor agridulce, donde se van concatenando escenas y episodios cómicos y trágicos, desternillantes y profundamente tristes. Schwartz respeta mucho a su personaje y, a pesar de que no triunfa en su loca hazaña, lo hace siempre conducirse con dignidad, con una tierna y cariñosa reverencia, que hace que el lector lo compadezca —en sentido literal, que “padezca con él”— sus desventuras, su rabia, su tristeza, su malogrado afán de trascendencia. Lo mismo sucede con Wilson Contreras, quien a pesar de ser quien se lleva la mayoría de los catorrazos y sale todo abollado, el autor no lo convierte en un simple patiño sino en un fiel escudero y compañero de aventuras que poco a poco se va encariñando con el aparentemente deschavetado anciano.

Todo esto es posible gracias al pulcro y cuidado manejo del lenguaje que hace el autor. La de Schwartz es una prosa ceñida, tensa, pero al mismo tiempo tersa y acompasada, que seguramente es resultado de su experiencia como periodista, de su formación técnica como ingeniero y de la atenta lectura de sus autores predilectos, entre los que destaca, indudablemente, Franz Kafka. Y a pesar de este control de su prosa, en la obra de Schwartz se alcanza a vislumbrar cierta exuberancia, cierto aliento épico, que debe provenir, por una parte, de sus lecturas bíblicas o talmúdicas, pero también de algún tipo de influencia de la obra garcíamarquesina. En El salmo de Kaplan está más diluido, pero el aliento macondiano es innegable en Vulgata caribe , su primera novela, que cuenta la historia de la fundación de lo que en México conocemos como “ciudad perdida”, en la población costera de Bellavista, donde la corrupción, la política, la obtención de servicios públicos, adquieren rango cuasi bíblico, con su respectivo Génesis, Diluvio, Éxodo y Crucifixión. Así contado, es seguro que para muchos Vulgata caribe sonaría como a unos Cien años de soledad suburbanos o, como se dice ahora, reloaded . Nada más lejos de la realidad.

Así como se sigue considerando que todos los escritores mexicanos son hijos de Pedro Páramo y que todos los escritores argentinos son hijos de Emma Zunz, para muchos críticos es casi ley que todos los escritores colombianos sean hijos de Aureliano Buendía. Gran prejuicio y, por lo tanto, gran error. Para la crítica colombiana María Mercedes Carranza “lo que pudo ser una gran catástrofe —el peso de García Márquez— tuvo pocas víctimas”. Ya entre los autores que empezaron a publicar en los años ochenta se advirtió el propósito de crear estilos propios, alejados de la impronta de papá Gabo y papá Mutis : Fernando Vallejo, R.H. Moreno Durán, Darío Jaramillo, Laura Restrepo. En tanto, los escritores nacidos a partir de finales de la década de los cincuenta, han manifestado abiertamente su ruptura con eso que algunos se empeñan en seguir llamando “realismo mágico”, y autores como Mario Mendoza, Santiago Gamboa y Enrique Serrano expresan su respeto a la trascendencia de la obra de García Márquez, pero han marcado su raya: se reconocen como sus nietos, pero aseguran que la literatura colombiana actual explora territorios que Gabo no quiere ni puede recorrer, simple y sencillamente porque ahora en Colombia cada quien escribe como le viene en gana, sin necesidad de padrinazgos o influencias acomodaticias. En este sentido, Marco Schwartz se sitúa aún más lejos de la esta supuesta impronta, tanto por su estilo como por sus preocupaciones temáticas.

A pesar de que tanto por el tema como por el origen del autor, El salmo de Kaplan de inmediato podría ser emparentada con obras de otros escritores judíos de gran prosapia como Isaac Bashevis Singer. Amos Oz o Philip Roth, pero lo cierto es que esas coincidencias son fortuitas. Aunque se refiere a autores originarios de Estados Unidos, esta consideración de Philip Roth podría extenderse a también a creadores como Marco Schwartz: “ La literatura de los escritores judíos americanos no tiene que ver con su religión, sino con su región, con el territorio en el que han vivido, con sus ciudades o sus barrios”.

Y por lo mismo la historia de Jacobo Kaplan nos toca a todos muy de cerca, pues no sólo nos habla de la vida judía, de la amenaza del nazismo, de la sabiduría de los mayores, sino también de la continuidad o de la pérdida de la identidad en un mundo donde los únicos valores que parecen importar son los bursátiles, donde cada vez más se aleja la posibilidad de preservar la dignidad del individuo, de alcanzar los sueños, de correr aventuras, de trascender nuestra efímera humanidad y dejar huella de nuestro paso fugaz por este mundo cada vez más descabellado, pero siempre fascinante.

Coyoacán, México. Enero 2006.