¡Vive Dios que me espanta esta grandeza y el barullo que se forma, desde Tokio a Sabiñánigo, desde Ciudad del Cabo a El Barco de Ávila, cada vez que sale a la venta un nuevo libro de Harry Potter! Ya sabes, lector: portada en los periódicos, noticia de apertura en los telediarios, cabecera en las revistas dominicales... Debo confesar que, pese a todo y tamaño aparato, nunca hasta ahora me habían llamado la atención tales novelas, y no por ser juveniles, que en incontables ocasiones los libros juveniles son un auténtico derroche de buena literatura, sino, sencillamente, porque hay algo en mí que desconfía del marketing feroz aplicado al papel impreso. Hube de ver, es cierto, empujado por mi sobrino, la versión cinematográfica de la primera parte, una película algo confusa por la que vine a enterarme que el joven Potter y sus amigos, protagonistas de estos libros, pasaban el curso escolar, en lugar de entre quebrados, preposiciones y derivadas, haciendo el bandarra (¡oh viejo sueño infantil!) en un castillo llamado Hogwarts a fuer de realizar trucos de magia, embrujos y conjuros, y de luchar contra los malos a quienes, en el último minuto, Harry wins y los niños entonces prorrumpen en aplausos, para sobresalto y brusco despertar de este pobre crítico que se había quedado sopa en la butaca, arrullado por los rugidos de monstruos y trolls.
Con eso yo creía que me bastaba para andar por el mundo adelante, pero he aquí que sale a la luz la sexta novela del ciclo, he aquí que el furor potterino se desborda por completo y he aquí que, finalmente, acaba picándome la curiosidad y decido, bien que al precio de una buena ración de gambas, comprar el dichoso libro y ars longa, vita brevis , sentarme a leerlo. Debo, antes de nada, puntualizar que fui a comprarlo no a cualquier librería, quiosco, juguetería, incluso farmacia u óptica donde se puede adquirir un ejemplar (tamaño es el despliegue de distribución), sino que, ya metido en batalla, me desplacé hasta un centro comercial donde los libros cubrían todo el escaparate, el interior estaba lleno de muchachos, jóvenes y hasta algún cincuentón disfrazados de brujos, magos y hechiceros, y los libros, al fin (y aquí fue donde mi fina sensibilidad a punto estuvo de llevarme al desmayo), se vendían en montañas así de altas, directamente sobre palés de madera recién descargados del camión, amontonados tal cual una carga de ladrillos para que el cliente fuera cogiendo uno y pasando por caja.
Yo entiendo (no es difícil entender) que la autora de libro, J.K.Rowling, no pretenda ser Dostoievsky y solo aspire a entretener, e incluso a hacerse rica, ¿por qué no? Ocurre solo que hasta el momento (hasta el palé) existía un cierto pudor según el cual al libro, incluso al más comercial, se le trataba como un bien cultural; a partir de ahora (a partir del palé) se han roto, podría decirse, todas las barreras y el libro no es más que un objeto de consumo, tratado como una vulgar mercancía y desprovisto de cualquier valor que le diferencie, por ejemplo, de un saco de patatas. A este extremo hemos llegado, a que la literatura no levante del suelo más que los diez o doce centímetros de un palé.
Abro, en fin, atribulado el libro y me encuentro ( pág. 9 ) con el primer ministro, the prime minister, of Inglaterra contrito y cariacontecido porque en su país se han sucedido una serie de desgracias: inundaciones, huracanes, robos, asesinatos, conciertos de King África... En medio de sus vueltas por el gabinet de pronto un individuo desciende por la chimenea envuelto en una humareda verde ( pág. 11 ; y es de ver cómo esto del humo verde tiene como función, sin duda, resaltar lo excepcional y nunca visto de la aparición a lo Papa Noel, en un libro como éste diz que prodigio de imaginación y originalidad). Comoquiera que sea, el susto que se lleva el pobre político es, como bien diría Antonio Gala, "morrocotudo". «¿En qué puedo ayudarlo», pregunta sin embargo a su visita en la pág. 12 . Y le invita a sentarse.
El recién llegado se presenta entonces como ministro de Magia e informa al mandamás inglés (resumo) que la nación mágica, que es una nación paralela a la de los individuos corrientes, a la de los «muggles», dice en la novela (a la de los payos, para entendernos), se encuentra en guerra por las maquinaciones de un tal Lord Voldemort, el malo por excelencia de estas novelas, a cuyo mando hay una legión de malvados, feos y sucios «mortífagos» que se dedican a atacar a la gente ( pág. 21 ) «a diestro y siniestro» (tal vez en el original inglés lo dijera con más propiedad; aquí lo dice así el traductor, que, es de ver, dudó entre esta forma y la otra también culta de "a troche y moche"). El caso es que por todas estas cuestiones han dimitido al ministro de Magia, que no viene, pues, a otra cosa que a presentar oficialmente a su sucesor, Rufus Scrimgeour (me niego a volver a escribirlo), quien en la pág. 23 hace asimismo su aparición fumista, humeante y verdosa. Efectuadas las presentaciones, poco después, en la pág. 25 , ambos magos desaparecen por la chimenea y el primer ministro (no se nos dice, pero es de suponer) se queda mirando al hogar y pensando, cual Beckett, en el sentido y la contingencia de la vida humana.
Cambiamos de capítulo ( pág. 27 ) y de escenario: un paraje cubierto por la neblina al que llegan dos figuras misteriosas. Para recalcar éste su misterio ambas figuras andan encapuchadas, y para significar que son malvadas a un pobre zorro que pasa por allí se lo cargan en la pág. siguiente sin mayores contemplaciones. Llegan de esta manera a una casa de apariencia maligna (lo que se llama, entre nosotros, una vivienda de protección oficial), donde les recibe un tal Snape, de modales y aspecto ¿es necesario decirlo? inquietantes. Hasta aquí ( pág. 30 ) la cosa, magüer que demasiado tópica en el misterio, tenía su pase, pero el estereotipo aún tiene que alcanzar su cenit. Dicho Snape abre de pronto una puerta secreta oculta en una biblioteca, tras de la cual parte una estrecha escalera en espiral... Aprovecho este momento para recordar que la autora de este portento imaginativo, J.K.Rowling, recibió en el año 2003 el Premio Príncipe de Asturias, entre otras cosas, por «promover la imaginación como fuente de libertad al servicio del bien». La decisión de los próceres españoles fue adoptada, creo, por unanimidad.
Arrellanados ante un vaso de vino de elfo, el tal Snape y sus visitas proceden a comentar los malvados planes para el futuro de uno a quien llaman «el Señor Tenebroso», el cual, por un sexto sentido que he desarrollado a lo largo de mi carrera de crítico, infiero que no es otro que Lord Voldemort, el personaje m.q.p.q (malo que pá qué) de estas novelas. Al hilo de ello comentan los sucesos acaecidos en anteriores entregas de la serie, en un ejercicio retrospectivo de mucho interés, sin duda, para aquellos fans que esperan disfrazados un nuevo título y que concluye con esta sentencia definitoria y tajante, amén de profunda ( pág. 35 ): «a lo hecho, pecho».
(Conviene un paréntesis aquí: sin duda el uso de este tipo de frases cabe achacarlo, en último caso, al traductor; sin embargo, algo me hace sospechar que en el original en inglés no deben ser las expresiones de mayor altura; no por nada J.K.Rowling se vanagloria de haber irrumpido en el mundo de las letras sin formación ni preparación alguna, de haber empezado a escribir porque estaba en paro.)
«Las palabras del Señor Tenebroso son ley» ( pág. 39 ), como en el famoso corrido mexicano, y así nos vamos enterando de que el plan del Malvado es encargar a un tal Draco Malfoy, compañero de curso de Harry Potter, que dé muerte a alguien muy importante de Hogwarts.
Pág. 45 : Ajeno a esta pérfida trama, «Harry Potter roncaba escandalosamente». A su lado, un montón de periódicos da noticia de los acontecimientos producidos en las novelas anteriores, para deleite, sin duda, y reenganche de sus fans. En esto, llaman a la puerta de la casa donde vive Potter, una casa que, al parecer, es la de sus tíos, gente "muffle" y descangallada por quien la autora demuestra no tener ningún aprecio: de la esposa ( pág. 52 ) dice que tiene «cara de caballo», mientras el hijo soporta «una enorme y rubia cabeza». El recién llegado es el director del colegio Hogwarts, que viene a buscar a Harry y que antes de irse con él decide embromar, mediante su magia, al cutre y ridículo matrimonio de acogida. Así ( pág. 54 ), en una escena que parece tomada directamente de Mary Poppins, les sienta a la fuerza en un sofá y les pone delante unas copas de licor que no hacen más que darles golpecitos en la cabeza.
«[Harry y Dumbledore (el director del colegio)] estaban disfrutando de lo lindo». Dejemos aparte la pedestre y aun rupestre expresión (espacio habrá para hablar de ellas a lo largo de toda la crítica); cuando un libro arrasa en el mercado no es, pese a todo, mera obra de la promoción; algo debe de tener para que enganche al público, en este caso a los jóvenes de su tiempo. Así, en Harry Potter encontramos el recurso, de gran tradición literaria y muy atractivo para la imaginación juvenil, del protagonista que no es, en realidad, hijo de quien parece, por lo común una familia pobre, mediocre, anodina, sino vástago de una dinastía aristocrática, por supuesto riquísima, y excepcional. Junto a este eterno toque clasista, los libros de la Rowling recogen también la idea, adorada en nuestros días, del triunfo rápido y sin esfuerzo, de la fama porque sí, personificada en el muchacho que de pronto y sin trabajo por su parte se encuentra con poderes mágicos y hecho un líder entre los de su edad. Aquel viejo y este nuevo mito confluyen en Harry Potter de manera, qué duda cabe, atractiva, subyugante para los jóvenes; sin embargo, y pese al éxito, no dejan de ser trucos, cebos, artificios.
En la pág. 59 Harry Potter tarda un tanto en hacer la maleta porque tiene que meter en ella todos los objetos del merchandising. Al fin ( pág. 61 ) sale de casa de sus tíos acompañado del director. «Adentrémonos en la oscuridad y vayamos en busca de la aventura, esa caprichosa seductora», sentencia el tal Dumbledore, que parece, de tan pomposo, haberse metido en la boca media docena de polvorones. «Ten la varita preparada, Harry», le advierte poco después a su pupilo, una vez ha logrado engullir la masa.
Una objeción, sin embargo, tiene que hacerle al alumno en la pág. 67 , y es que se haya confiado en exceso y no haya extremado las medidas de seguridad. ¿Y si él no hubiera sido el auténtico director sino un malo disfrazado? «Pero no me has preguntado, por ejemplo (le reconviene), cuál es mi mermelada favorita, ya sabes, para comprobar que soy el verdadero profesor Dumbledore y no un impostor». «Aunque, evidentemente (recapacita en el siguiente párrafo), si yo fuera un mortífago me habría asegurado de averiguar mis propias preferencias respecto a las mermeladas antes de hacerme pasar por mí mismo». No estaría demás, me atrevo a sugerir, que debajo de reflexiones como ésta se incluyera el número de Información Toxicológica, por si algún joven, al leer tales perspicacias, cae intoxicado o, aún peor, le cruje el cerebro. El mismo Harry Potter, sin ir más lejos, no es inmune a estas muestras de inteligencia y al final de esta misma página, según se dice en expresión sublime, «se le cayó el alma a los pies».
Poco más de un año después de que le concedieran el Príncipe de Asturias, y cuando todo el mundo en nuestro país (a los medios culturales me refiero) seguía babeando y boquiabriéndose ante la autora inglesa, un pensador de la talla (enorme) de Juan Ignacio Ferreras escribió en la impagable "Fiera Literaria" una crítica certera y fundada sobre estos libros. En ella venía a denunciar su simpleza: «Son ires y venires —decía Ferreras—, conversaciones tontas, sorpresas que acaban por repetirse hasta dejar de serlo, malos que son antipáticos y buenos que son simpatiquísimos, y todo en una narración que discurre pesadamente hasta el combate final... y nada más (...) El tiempo de la obra es siempre el tiempo de un curso escolar [construcción lineal y rudimentaria donde las haya, añado yo] y supongo que el pequeño lector se identifica muy fácilmente con el protagonista que, brujo o aprendiz de brujo, ha de cumplir con las reglas de la disciplina escolar», concluye Ferreras.
Vuelvo a la novela. Después de visitar a un nuevo profesor de la academia que, por temor a los malos, les recibe «haciéndose pasar por una butaca» ( pág. 69 ), y después de pasar revista a los antiguos alumnos y monitores de Hogwarts, un tropel que sin duda habrá ido apareciendo en libros anteriores, el director deja a Harry en compañía de sus amigos para que pase con ellos las jornadas previas a coger el tren hacia la escuela. El protagonista y sus amigos aprovechan el reencuentro para rememorar anécdotas de otros cursos, tomadas, por supuesto, de los otro cinco libros de la serie. También repasan sus asignaturas y comentan sobre sus profesores. En ello se invierten cerca de treinta páginas y se utilizan casi cien nombres, para esponjamiento de los fans y sopor de los neófitos, a quienes asalta esa desagradable sensación de quien se siente de pronto inmerso en una fiesta privada de desconocidos. «Todavía no ha superado lo que pasó en... ya sabes... ¡era su primo!», son un ejemplo de las frases para iniciados que se agolpan en este tramo.
En la pág. 112 de nuevo se recuperan los hitos imaginativos: es el momento de ir a comprar a los jóvenes el uniforme del colegio y los libros de texto. Para ello acuden a una zona exclusiva de tiendas donde se topan con Draco Malfoy, el conjurado, a quien le están cogiendo el bajo de la túnica. Potter, entonces, le lanza una indirecta, Malfoy quiere perseguirle pero ( pág. 115 ) «tropezó con el dobladillo de la túnica». Y a punto estuvo de caer. Escenas como ésta fueron, sin duda, las que llevaron a los concesionarios del Príncipe de Asturias, apenas consiguieron superar el ataque de risa, a premiar de forma unánime y hasta estruendosa «el empleo de la imaginación al servicio de la solidaridad y la cooperación», además del bien, que ya se dijo.
Pág. 132: Finalmente marchan hacia Hogwarts en el tren que sale del andén 9 y 3/4. Cuando Harry sube al tren, «estaba rodeado de niñas que lo miraban cautivadas». Lo cual, cómo no, acaba por incomodarle, bien lo sé por experiencia.
Aprovechando el encuentro con otros alumnos, vuelven las referencias a aventuras y anécdotas acaecidas en libros anteriores, al extremo que uno, ciertamente, acaba por sentirse un bicho raro, un excéntrico por no haber leído antes nada de la Rowling. Menos mal que, en la pág. 145 , finaliza todo este repaso, porque Harry Potter «acababa de tener una idea». El muchacho cuenta, al parecer, con una capa que le hace invisible, aprovechando lo cual consigue introducirse en el compartimento de los de Slytherin (los malos de la novela, para entendernos) y escuchar lo que planea su jefe, el tal Draco Malfoy. Sin embargo, éste le descubre porque a Harry le asoma, bajo la capa, una punta del zapato; es por ello que ordena salir a sus compinches y, cuando está solo con el protagonista ( pág. 150 ), le propina una patada en la cara que le rompe la nariz y le deja allí tendido: «no creo que te encuentren hasta que el tren haya regresado a Londres».
Pág. 154: Así funcionan las cosas en el mundo mágico de Harry Potter: cuando todo parece perdido para el protagonista, que está groggy, con la nariz rota y el tren a punto de arrancar de vuelta, llega una bruja que, con un conjuro, le despabila y le arregla la nariz. Luego le baja del tren, le acompaña hasta el colegio y le abre la puerta, que habían cerrado ya con un candado. Así ocurre, decía, cuando con la excusa de hallarnos en un universo mágico se dinamita el sentido común y se narra de forma arbitraria y a discreción: sucede entonces que los personajes ora son invulnerables ora no, ora videntes ora les engaña cualquier piernas, ora se cierran y abren las puertas mediante embrujos ora mediante cerrojos FAC...
Ando por la pág. 171 y J.K.Rowling lleva cerca de veinte contándome las asignaturas que se imparten en el colegio, las que han escogido los protagonistas, quiénes son los profesores blandos y quiénes los huesos, detallándome incluso la distribución de los horarios... En las páginas siguientes comienzan las clases y asisto, entre estupefacto y maravillado, al hecho insólito de que Harry Potter saca un notable alto en Pociones y su amiga Hermione (perdón por la cacofonía) solo un progresa adecuadamente. Me agito, nervioso, en mi asiento: ¡ha comenzado la acción!
El director del colegio ha citado a Harry en su despacho particular para decirle, entre otras cosas, nada más abrir la puerta, que ( pág. 194 ) «a partir de ahora abandonaremos la firme base de los hechos y viajaremos por los turbios pantanos de la memoria hasta adentrarnos en la fronda de las más ilógicas conjeturas». Aparte de que lo ampuloso y prosopopéyico del lenguaje del director supere todos los límites del ridículo, algo hay en toda la frase, no sabría decir qué, que me recuerda a un anuncio de colchones.
El caso es, finalmente, que Dumbledore, el director, ha conseguido licuar la memoria de ciertas personas y guardarla en botellas. Cuando le parece oportuno, destapa una de ellas, vierte su contenido en una palangana y, metiendo en ella la cabeza, se sumerge así en los recuerdos de quien sea. Ahora es el turno de que Harry comparta con él tan fantástica experiencia. Ambos meten, pues, la cabeza en el cuenco y vienen a dar en la época en que la madre de Voldemort (el mago malísimo) se enamoró de quien sería su fecundador, un "muggle" no muy bien visto por la familia de ella, al menos por el bruto de su hermano que «lanzando ( pág. 206 ) maleficios a diestro y siniestro con su varita, se abalanzó sobre Ogden (el protagonista del recuerdo), que puso pies en polvorosa». El estilo, como puede verse, va, al mismo ritmo que la historia, poco a poco afianzándose, tomando cuerpo, cuajando.
Llego a la pág. 212 , muy importante porque en ella comienzan las pruebas de selección para el equipo de "quidditch", del cual Harry, cómo no, es capitán y seleccionador. Esto del "quidditch", luego me enteraré, es más o menos como el fútbol pero jugado con escobas, o sea, como el Madrid de Luxemburgo, por más que la autora sustituya términos tan prosaicos como pelota, portería o delantero por otros extravagantes y magníficos.
En esta misma página Harry se viste la túnica de jugador y su amiga Hermione no puede por menos de exclamar: «Nunca habías provocado tanta fascinación (...), nunca habías estado tan atractivo». Mucho me temo que la Rowling confunde, como tantos otros, crear personajes atractivos con crear personajes guapos.
Con esto de la elección de jugadores van pasando por las páginas de la novela decenas y decenas de nombres. Tal parece que la autora, Rowling, en vez de crear un mundo propio como un buen novelista, estuviera interesada en crear una colección de cromos. Al fin, las pág. 218 y 219 están dedicadas a la elección del portero. Gana el puesto Ron, el amigo de Harry, porque, en una escena vibrante que te mantiene aferrado al libro, detiene cinco penaltis, por cuatro de su rival.
No repuesto todavía de estas impresiones, encuentro que en la pág. 229 preparan una excursión escolar al pueblo de al lado. «Siempre sentaba bien salir del castillo unas horas», sentencia Harry. Estirar las piernas, que diría un viajante del Inserso. En medio de este excursión una de las alumnas «se elevó por los aires». Harry queda extrañado porque ( pág. 240 ) «nunca había visto a nadie comportarse como acababa de hacerlo Katie». Esta Katie, por cierto, acaba por aterrizar (en cierto modo, era de prever) un tanto bruscamente y acaba internada en el hospital San Mungo (así se llama, no miento) de Enfermedades, Heridas y Contusiones Mágicas (y Múltiples).
Pág. 249: Nueva sesión de capitiluvio, es decir, de inmersión palanganera en los recuerdos de alguien. En este caso de Caractacus (sic) Burke (sic también), un usurero que va a visitar a la madre de Voldemort cuando está embarazada del futuro fementido y la ha abandonado su pareja. Harry se extraña de la miseria en que vive la mujer: «Podría haber conseguido comida y todo lo que necesitara mediante magia, ¿no?». El director, que está a su lado, le responde que, a causa de la pena y el abandono, la mujer «ya no quería seguir siendo bruja». Comprensible decisión.
A todo esto, los protagonistas cuentan a la sazón con diecisiete años y las hormonas y las feromonas se encuentran en plena ebullición. A partir de la pág. 269 todo el texto está salpicado de parpadeos, manitas, besuqueos, y preguntas como la que sigue y que se hace Harry Potter para sí en un momento de reflexión zen: «¿Y si Ron y Hermione empezaban a salir juntos y luego cortaban? (...) ¿Y si empezaban a salir juntos y no cortaban?». Bien es verdad, conviene siempre tener en cuenta, que estamos ante una novela para adolescentes, pero aún así hay una regla máxima en la literatura, la primera ley de la termonovelística, que reza que hay que tener un respeto por la inteligencia del lector. Sea cual sea su edad.
En el citado artículo de Ferreras, única nota discordante en medio de la alabanza general, se habla precisamente de esto: «Existe ya una infantilización de los adultos a nivel mundial,. Sólo hay que ver ciertas películas y ciertos cómics. Pero el movimiento de barbarización ha llegado más lejos: ha llegado a infantilizar a los mismos infantes. Y un niño merece algo más: merece que le enfrenten con la realidad o que le hablen a la imaginación. Merece que le afirmen en su rebeldía y que le sumerjan, lo más lentamente posible, en la socialización inevitable. Merece, sobre todo, que no le tomen por un tontito, porque el niño discurre, piensa, imagina y hasta saca conclusiones; pero nada de esto ocurre en los libros de la Rowling».
Pese a todo, Harry no tiene demasiado tiempo para entregarse al amartelamiento general, pues ( pág. 270 ) «se sentía muy presionado para ganar el inminente partido contra Slytherin». Los escarceos amorosos de sus compañeros con sus compañeras provoca que bajen en su rendimiento. Así las cosas, comienza el partido ( pág. 280 ). «Allá van», pregona el comentarista que, en mala imitación de las películas norteamericanas, va narrando desde su cabina el encuentro. «¡Paradón de Weasley!», grita dicho comentarista en esta misma página. Y aquí fue cuando los jurados del Premio Príncipe de Asturias se miraron entre sí y algunos, se comenta, llegaron a abrazarse emocionados.
En los libros de Harry Potter se esconde, por lo demás, un acentuado machismo. Las mujeres (las chicas, en este caso) son contempladas poco menos que como objetos decorativos; no de otra forma se entiende que al término ( pág. 284 ) del partido (ganado por el equipo de Harry, por supuesto), los jugadores se vieran rodeados «por un numeroso grupo de niñas» en estado cercano al histerismo. Bien es verdad que una de las protagonistas, Hermione, es femenina, pero en todo momento se la contempla como un bicho raro (por aquello de que le gusta estudiar) y ajeno a la humanidad.
Ron, el amigo de Harry y portero del equipo, que ha tenido una actuación estelar, cae en las garras de una de estas fans, con quien, sin perder tiempo (curioso es que no se duchen) comienza a meterse mano. Harry «no sabía qué decir. Con un poco de suerte, tal vez Hermione no hubiese visto a Ron con las manos en la masa». Esto así porque alberga cierta esperanza en que sus amigos acaben juntos y confía en que el estilo de la novela acabe por mejorar. Pronto veremos que, sobre todo esta segunda ilusión, está completamente infundada.
Pág. 287: Harry se ve obligado a tomar atajos «para esquivar a sus admiradoras». Su amiga Hermione le avisa que, según ha oído en el cuarto de baño, hay varias chicas que buscan cómo hacerle beber un filtro de amor. Harry, sin embargo, está enamorado en secreto de Ginny, la hermana de su amigo y cancerbero Ron, y cancerbera suplente ella misma.
Total, que entre córners y enamoramientos se ha pasado medio libro ( pág. 292 )... y medio curso (protestamos luego de la LOGSE o de la LOE). Hay una fiesta de fin de trimestre y Harry invita como acompañante a una tal Luna, al parecer la más fea de todo Hogwarts. «Sólo como amigos», dice en expresión tomada del "Diez Minutos". Hermione invita a otro también feo, con la intención de que la vea Ron en su compañía y morreo y se sienta picado por los celos. «Lo que eran capaces de hacer las mujeres para vengarse», piensa Harry... y yo creo que lo mejor será correr un tupido y mágico y acorazado velo sobre esta sarta de niñaterías machistas.
Pág. 300: «¡Dichoso quidditch! —se encendió Hermione. ¿Es que a los chicos no os importa nada más?». Muestra, otra, por si hacia falta, de los estereotipos sexistas que salpican esta novela.
Harry pasa la Navidad, entre otros, con un hombre lobo, sentados a la mesa en amor, pavo, champán y compañía. En medio del bum bum de las zambombas (que también toca con brío el hombre lobo) se presenta ( pág. 321 ) en la casa el ministro de Magia y pide hablar a solas con Harry. Lo que viene a proponer a Potter es que trabaje con el ministerio en una campaña publicitaria porque su sola presencia «levanta bastante la moral de la gente». Harry rechaza la oferta, muy digno, porque no se quiere meter en política. Él ha nacido para vencer al malo y para meter goles, no importa el orden e incluso a la vez.
Después de las vacaciones navideñas comienza un nuevo trimestre y con el una nueva asignatura ( pág. 333 ): «Aparición», es decir, teletransportarse de un sitio a otro. Prolijo sería detallar las anécdotas que se suceden en esta asignatura: quien se deja atrás una pierna, quien una ceja, quien una nalga. Entre medias de ello, justo es reconocerlo, nos encontramos (desde la pág. 346 ) con un pedazo de buena literatura, aunque parta de las inmersiones de cabeza a pulmón libre en, como diría el poeta, la palangana del recuerdo. Uno de estos recuerdos, perteneciente a un profesor de la escuela, se refiere a una entrevista mantenida con el malo, con Lord Voldemort, pero se nos cuenta (de manera excelente, repito), que este recuerdo ha sido alterado por el propio profesor porque sin duda algo sucedió que no quiere recordar. A partir de entonces, la misión que el director de la escuela, Dumbledore, le encarga a Harry es conseguir que, de alguna manera, el maestro entregue el recuerdo verdadero, sin adulterar. Hasta aquí, pág. 350 , un fragmento de narración con ritmo y pulso, un argumento atrayente, un ejercicio fecundo y original de imaginación. A partir de este punto, de nuevo el quidditch, los besuqueos y el agitar de varitas para fabricar pociones y hacer que surjan granos en la cara del rival.
Pág. 368: Ron, el amigo de Harry, se toma por error uno de los filtros de amor dirigidos al protagonista. Ello le deja impotente (no se le puede bajar) y es internado en el hospital San Mungo (repito que así se llama) de Enfermedades, Conjuros y Calentones Mágicos. «O sea que, entre una cosa y otra, no ha sido el mejor cumpleaños de Ron», comenta uno de sus familiares en la pág. 373 . Harry no le hace mucho caso, sin embargo, porque se encuentra enfrentado con un problema, y no ciertamente leve: ¿quién defenderá en el próximo partido la portería de su equipo? Las páginas siguientes (veinte o treinta) están dedicadas a esto.
Otro problema, aunque secundario, se viene a sumar a éste: Draco Malfoy, aquél que se ha conjurado para matar a todavía no se sabe quién, está haciendo cosas muy raras. Harry cuenta con una especie de GPS en cuya pantalla se marca, en todo momento, dónde están situados los alumnos, los profesores, la gente, en fin, de Hogwarts, pero sucede que, en determinados momentos, el tal Draco desaparece de la pantalla. Harry manda entonces a unos elfos servidores suyos ( pág. 394 ): «Pegaos a Malfoy como si fuerais tiritas para verrugas».
De esta manera descubre que las cosas extrañas que pueda estar haciendo Malfoy tienen lugar en la Sala de los Menesteres. Se trata de una sala secreta en la que por más páginas, y páginas, y páginas, y páginas que lo intenta no consigue entrar.
Entretanto, tiene una ocasión para conseguir lo que le ha encomendado el director de la escuela: hacerse con los recuerdos verdaderos, sin adulterar, del maestro. Aprovecha para ello que al guardabosques de los lugares se le ha muerto una araña (una araña muy grande, debo decir) y que se va a celebrar un entierro en su honor para acudir allí e, incentivando la pena de dicho profesor, surtirle bien de hidromiel y convencerle de que le dé el recuerdo. En la pág. 455 el profesor, bamboleante, accede y «se tocó la sien con la punta de la varita. Luego la retiró poco a poco, tirando de un largo y plateado hilo de memoria (...). El recuerdo se estiró y se estiró hasta romperse y quedar colgando de la varita, plateado y reluciente. Slughorn [el profesor] lo acercó entonces a la botella, donde se enroscó».
El capítulo que sigue a esta gráfica e imaginativa escena es (de nuevo conviene ser justos) de gran categoría. Ocurre, en resumen, que en el recuerdo sin edulcorar del maestro se habla de unos conjuros (los horrocruxes) mediante los cuales un mago puede dividir y conservar su alma en objetos para asegurarse de este modo una cuasi inmortalidad. Para ello ( pág. 462 ) debe cometerse «un acto maligno. El acto maligno por excelencia: matar». Esto es de lo que el profesor informa a Lord Voldemort cuando el pérfido solo era un estudiante, en un capítulo, repito, excelente por imaginativo, por original, por bien narrado y por cargado de profundidad, de sentimiento, de importancia en suma. Lástima que el resultado final (se nos dice que de esta forma Voldemort creo siete horrocruxes) más parece un pretexto para alargar indefinidamente esta serie de novelas, contándonos en la próxima entrega, ya me lo imagino, las vicisitudes para descubrir y destruir el siguiente de los horrocruxes.
Y lástima también que a partir de la pág. 477 vuelva a contársenos que «Ginny y Dean han cortado», que Ginny «le ha dado calabazas a Dean» y demás cosas en un lenguaje no ya de andar por casa sino de bajar a limpiar el trastero.
Mientras tanto se aproxima un partido de quidditch que dirían los Pata Negra "mu importante". La autora nos explica ( pág. 483 , para quien quiera consultarlo) cómo va el goal average del campeonato y cuántos goles necesita el equipo de Harry para ganar, cuántos para quedar segundo, y así el resto de la clasificación. En medio de los nervios propios a este partido trascendental, Harry descubre casi por causalidad la entrada tan ansiada a la Sala de los Menesteres y... de nuevo, sin previo aviso, nos topamos con un fragmento de agradable, sencilla, vieja y buena literatura. Aunque afecte sólo a dos páginas, en ellas se nos describe una cámara en que estudiantes y profesores guardan los objetos que quieren ocultar u olvidar: la descripción de objetos al azar, de los callejones y senderos que se forman entre ellos, de todo aquel revoltijo, nos hace recordar a los mejores prosistas e introduce un tono de misterio, inquietud, desazón, de altísimo diapasón literario. Pero se trata sólo de dos páginas, tras las cuales se cierra la puerta y retornamos al dichoso quidditch.
Por si a alguien le interesa (seguro que a todos los fans) finalmente, cómo no, el equipo de Potter ( pág. 495 ) gana el partido y con él el campeonato. El protagonista aprovecha la euforia y la fiesta de celebración para besar a Ginny, su amor secreto. «La fiera que albergaba en su pecho rugió triunfante». Por efecto, sin duda, del amor y de las bebidas carbonatadas.
No hay tiempo, sin embargo, de pasar a mayores ni de tomar un antiácido. Dumbledore, el director de la escuela, llega con la noticia de que ha descubierto un horrocrux ( pág. 507 ) y necesita de la compañía de Harry para ir a destruirlo. Dicho horrocrux está en una gruta junto al mar y el director y Harry se aparecen (es decir, se materializan, pág. 515 ) en lo alto de un acantilado. Desde allí las pasan putongas durante dos páginas para descender hasta la cueva. La pregunta que le asalta entonces al lector bisoño y toricantano es: ¿por qué no se aparecieron directamente en la cueva y se ahorraron así tanto golpetazo, resbalón y mojadura? La respuesta no puede ser más clara y sencilla: porque no se les ocurrió.
Dentro de la gruta hay un lago de agua negra ( pág. 519 ) que, cual la laguna Estigia, han de cruzar Harry y el director subidos a una barca (la cual, a diferencia de la mítica, no dirige ningún Caronte, sino que es una barca automóvil). Mientras así navegan, en torno de ellos se tienden las manos de los muertos que, por lo que parece, hacen pie. «Esas cosas que hay en el agua no nos harán nada si cruzamos el lago en la barca de Voldemort», tranquiliza Dumbledore, siempre tan listillo, a su asustado acompañante.
De esta forma llegan al centro del lago ( pág. 525 ), a una isla en cuyo centro, situada sobre un pedestal, una vasija emite un llamativo brillo verde fluorescente (cosa lógica, por otra parte, cuando se quiere conservar algo en secreto). La vasija está llena de líquido y debajo de dicho líquido se aprecia un objeto. Para alcanzar dicho objeto es necesario, pues, vaciar la vasija; es entonces cuando a Dumbledore, el director, se le ocurre tomar una copa, llenarla y ¿verter su contenido al suelo? Nada de eso. Imbuido del espíritu de Ernesto de Hannover, se le ocurre bebérselo cual Pipermint, no sin antes advertir a Harry de que no se separe de él y le obligue, pase lo que pase, a seguir trasegando. Llegado así al cuarto copazo, el director, como suele suceder, comienza a sentirse indispuesto y a hablar con la lengua trabada; al sexto dice que quiere irse a casa, pero Harry no le deja; al octavo se sienta en el suelo, pálido y con sudores fríos; a la décima y última copa cae derrengado y dormido, pero ya no importa, porque la vasija está vacía y Harry toma el objeto que había al fondo de ella. Entonces los muertos vivientes salen del lago para apoderarse de Harry y del director, que se encuentra como no voy a detallar, porque una mala noche la tiene cualquiera. La situación se presenta desesperada para el protagonista, a punto de ser capturado por las huestes del infierno ( pág. 533 ), cuando de pronto, en cuestión de dos líneas, el director se despabila, se levanta, lanza un conjuro, pone en fuga a los muertos y arregla la situación. Y luego se va con Harry, sin que ni siquiera le duela la cabeza.
Camino van así, tan contentos, de Hogwarts cuando de pronto advierten ( pág. 539 ) que encima del castillo brilla «la Marca Tenebrosa», señal de que los mortífagos han atacado. No hay tiempo que perder. «¡Accio escobas!», dice Harry blandiendo su varita y el director y él, subidos a sendas mopas voladoras, marchan rumbo al castillo sin perder tiempo. Según entran en la habitación del director, éste es desarmado de su varita por Draco Malfoy, que les espera en la sombra. Harry no puede hacer nada porque el director le ha cubierto de un conjuro Expelliarmus y ya se sabe lo que eso significa. El caso es que sigue entonces una larga charla en que Malfoy confiesa al director que, gracias a él (a Malfoy) los mortífagos han entrado en el castillo a través de la Sala de los Menesteres, y que en esos momentos están luchando «con uñas y dientes» (por no decir "como jabatos") para hacerse con el control del castillo; así mismo le revela que el plan que le ha ordenado Lord Voldemort es matarle a él, al director. Siguen momentos de duda: Draco duda en eliminar a Dumbledore o no; los mortífagos y los lectores de bien le piden que sí, pero él duda porque, en el fondo, tiene buen corazón. Al final, surge alguien inesperado que con decisión toma la varita, apunta a Dumbledore, dice ( pág. 552 ) «¡Avada Kedavra!» y entonces Sansefini el director.
Muerto su mentor, Harry sale del hechizo y corre en pos de los asesinos, lanzándoles el conjuro «¡Petrificus totalus!», para que se queden quietos y estatuarios. «¡Impedimenta!», les grita también para que por lo menos se queden cojos o algo. A esas alturas ( pág. 554 ), todo el mundo está involucrado en la batalla contra los mortífagos, cual en una pelea del Oeste: así los hechizos surcan el aire de un lado a otro, se lanzan maldiciones «a diestro y siniestro (¡oh gloriosa marca de autora y/o traductor!), haciendo que los rayos de luz rebotaran en las paredes, resquebrajaran la piedra y destrozaran las ventanas». Harry «dobló la esquina derrapando con las suelas manchadas de sangre», pero aun así no consigue cazar a los asesinos. Para colmo, en la refriega se ha perdido el horrocrux que tanto esfuerzo y tanto trago les había costado conseguir (no hay cuidado por ello, sin embargo, ya lo encontraran en la próxima entrega).
Las últimas páginas de la novela están dedicadas al entierro del director de Hogwarts y a contarnos que el libro está hecho con papel ecológico. Con estas dos buenas noticias acaba esta sexta entrega de Harry Potter, una novela de 600 páginas de la que apenas pueden rescatarse diez o doce; el resto es sencillamente carne para el merchandising, excusas para introducir efectos especiales en las películas y comida rápida para los fans, aquellos disfrazados que le mueven a uno a compartir, pocas veces con más fuerza, aquello que dijo el sabio: "existen seres humanos totalmente incomprensibles".
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