borde Sumario. Opinión. Repóquer de damas

Repoquer de Damas, cinco escritoras españolas Care Santos, Pilar Adón, Eugenia Rico, Cristina Cerrada y Elena Medel se turnan mes a mes para escribir y dar su opinión, puntos de vista y sensaciones personales sobre las cosas de la vida. Un autentico panorama de la narrativa hecha por mujeres de hoy. Sólo en Literaturas.com

 

Mi tesoro

Elena Medel

Un salón inundado de ideas: lienzos sobre el caballete, apoyados en los muebles, esbozados tan sólo, casi terminados, con los botes de pintura formando una constelación que ignora las normas celestiales… El piso de Lucía es, también, su estudio. Paso la tarde conociendo su nueva serie, que recupera su gusto inicial y enfebrecido por el color, y dialoga —en lo temático— con otras disciplinas. Admiro a Lucía no sólo por la calidad y originalidad de su obra, sino por lo entusiasta de sus reflexiones en torno a la creación propia y ajena. Habla sobre sus cuadros con timidez, y opina sobre los de los demás desde la amabilidad y el respeto; jamás le he escuchado una mala palabra hacia la pintura de otro, y estoy acostumbrada a sus alabanzas a pintores con una obra radicalmente distinta a la suya en planteamientos, en realización, pero cuyo valor Lucía sabe descubrir y gozar. El flechazo fue instantáneo: me fascinó, sin conocernos aún, su aportación a una muestra colectiva. Lucía reinventa la tradición figurativa, inunda su mirada de tonos felices y geometría, traza un camino independiente de cualquier escuela. La independencia —en lo artístico y en lo personal: ninguno de sus amigos más cercanos guarda relación con la pintura— de Lucía convierte su obra en un secreto mágico, reservado para unos pocos elegidos.

Lucía, zumo en mano, me regala un catálogo. Lo hojeo, y tras seis obras que —lo deduzco por su parecido— pertenecen al mismo autor, me topo con uno de sus bodegones sui géneris , seguido por un retrato alucinado, también suyo. Le felicito; pregunto por qué sólo se incluyen dos obras suyas, y sin embargo del anterior se han impreso el triple. Lucía, primero, me mira sorprendida, y después ríe. «¿No has visto los nombres? Son tres pintores distintos». Me cuenta que fue invitada a participar en el tributo a un vetusto pintor, en sus antípodas estilísticas, pero al que ella admira profundamente; de hecho, si me suena es porque Lucía me recomendó con insistencia y múltiples elogios que no me perdiese una retrospectiva suya. Que su relación de amistad con el artista homenajeado es inexistente —al contrario que los clones—, pero que él apoyó al comisario en su decisión de incluir a una pintora de otra cuerda, aun sabiendo que la presencia de Lucía molestaría al resto de jóvenes artistas. No se equivocaron: cinco minutos de cortesía, espaldas como único saludo, y a casa.

«Lo que les molestó es que yo también admirase, demostrándolo en público, a un artista que ellos consideran propiedad exclusiva». Repasé los seis cuadros que ya había visto, y los otros tantos posteriores a los de Lucía, todos iguales al milímetro, calcados, con el tono amarillento y oscuro de la bilis, y recordé la huida de Gollum, anillo a buen recaudo, convirtiendo «mi tesoro» en mantra. Concibo la creación como un acto de generosidad, y por eso los prejuicios, los codazos, la mala fe, no dejan de sorprenderme, y me molestan especialmente en casos como el de Lucía, que soporta estoicamente que la envidia sea la respuesta a su actitud abierta.

No supe responderle. Enlacé tópicos sobre al reconocimiento de su obra y la del resto, acerca del mayor peso de la calidad humana frente a la artística, y me excusé por ofrecer una respuesta mejor. «No te preocupes». «Todo esto te sonará a chino, claro. A los escritores no os pasan estas cosas, ¿verdad?». Dudé entre echarme a reír, llorar desconsoladamente, o comentar qué rápido —y con qué virulencia— nos había sorprendido la llegada del verano.

elena@labellavarsovia.com

 

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