Martín Piedra
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Aquí tenemos a otra narradora norteamericana que vuelve —siempre vuelven, han sustituido el Far West por los suburbios de las ciudades—al territorio en el que se desarrollan las historias de los cuentistas de su país de la segunda mitad del siglo XX. Si Cheever, Carver o Wolff son ya unos clásicos con sus historias de barrio residencial, de piscinas y parcelas de césped, A. M Homes viene a insistir en el escenario, ahí siguen desarrollándose sus historias, pero añadiendo a sus relatos un matiz truculento, salvaje, con relaciones entre los personajes que rozan el absurdo y, sobre todo, y es lo que más llama la atención de esta autora, regodeándose en la violencia, que se exhibe en sus páginas de una manera brutal, aterradora, sin que acabemos de encontrarle un sentido último. Y no le encontramos ese sentido último porque A. M. Homes prescinde de añadir una enseñanza moral. Nos deja esperando algo que no llega y nos perturba. La violencia —contra los demás, contra uno mismo—está ahí y no tiene sentido, nos dice.
El problema de A.M. Homes es que escribe demasiado bien. Como prueba de ello solo hay que leer, por ejemplo, El remedio , para mí el mejor cuento de todo el volumen, un relato en el que una mujer regresa a casa de sus padres, ya jubilados, para expulsar de ella a un intruso que se ha instalado junto a ellos, en la habitación de al lado. El intruso les proporciona una felicidad ya olvidada, con sus ritos budistas y sus guisos exóticos, pero la protagonista siente que por algún motivo están siendo engañados. Al final conseguirá expulsarle y que sus padres continúen siendo... completamente infelices. En este relato se nota que A. M. Homes fue discípula de Grace Paley y que, como ella, utiliza con maestría el humor. Después de todo lo que nos cuenta con ese lenguaje escueto, sin adornos, al concluir la lectura algo nos hace temblar levemente.
En todos los relatos nos deja maravillados con sus historias perversas, de gente perturbada —con intenciones suicidas, o que quiere inseminarse con el contenido de preservativos usados, o que abusa sexualmente de un condiscípulo más débil—porque utiliza un lenguaje medido, con frases cortas, secas, como trallazos, que nos llegan directamente, sin subterfugios. Parece que abre la puerta a algo inquietante y oscuro que no conocíamos. En este sentido los cuentos de A.M. Homes son completamente asimilables a los de Don de Lillo o David Foster Wallace, por ejemplo. Están estos relatos, por decirlo así, de moda. Vivimos en un tiempo de incomunicación, de violencia —una violencia exquisita, refinada, de todos contra todos— con un muro a nuestro alrededor que es necesario saltar, nos dicen. Pero, claro, para saltarlo debemos encontrar primero el muro y saber en qué consiste y cuales son sus medidas. |