Por Fernando Menéndez
MEMORIA Y BUENAS INTENCIONES
Ahora que se libra una apresurada carrera para ver quién es el más rápido en desvincularse de la poesía de la experiencia, es de agradecer que el “Premio de Poesía Ateneo de Sevilla” se otorgue en su tercera edición a Eduardo Jordá y a su libro “Mono aullador”: una antología a pequeña escala de lo que han sido los usos y costumbres de la tendencia dominante en estos casi veinte últimos años. No es raro, de un tiempo a esta parte, escuchar o leer declaraciones a poetas que blandieron con gusto la bandera de la “experiencia”, restar importancia a dicha etapa, abominar de las etiquetas, apelar al buen rollo. Se ha llegado a escribir al respecto que, en lo que al mundillo de la poesía se refiere, se ha pasado de mantener diferencias y posturas polarizadas a una convivencia de buenos vecinos. Como la construcción de la desmemoria marcha a todo tren, “Mono aullador” de Eduardo Jordá se encarga de ralentizar dicha travesía y recordarnos que existe una línea clara y coloquial; amable y evocadora. Ingenio, nostalgia, sentimentalismo y cierto tono elegíaco son, sin duda, cuatro de los más importantes pilares en los que se asentó o asienta la poesía de Luis Muñoz, Benítez Reyes, Carlos Marzal o Eloy Sánchez Rosillo, por poner algún caso ejemplar. No tanto ingenio pero si nostalgia, sentimentalismo y un afán por anticipar despedidas, jugar al viejo prematuro discurren por las páginas de “Mono aullador.” Muestra de ello y por su capacidad de condensación es este “Poema del café”:
“Yo le rezo al café de la mañana.
Le pido que me traiga la paciencia
de la que está hecha, sí, toda alegría.
Le pido conversar con mis abuelos,
que llevan muchos años en la tumba.
Le pido que me traiga los recuerdos
que me enseñen quién fui, y cómo seré algún día.
Y le pido también, con cada sorbo,
que hasta mí traiga el canto de los mirlos,
y unas nubes huidizas, y una música
que me haga regresar a los lugares
en los que nunca he estado. Y le pido
el amor de los míos, que es tan frágil
como el brezo que crece entre las rocas.”
Con su escritura, Jordá es fiel a otro gran principio de la tendencia como es el de acercar la poesía a la gente: “poesía en vaqueros” que sugiriese García Montero, uno de los “galácticos” del movimiento, Tal proximidad procura, además, una mayor difusión pública, con un punto de inflexión como ha sido la exaltación editorial de Joaquín Sabina, cuyas canciones – y no sus sonetos – debido tal vez a una mirada más canalla y escéptica; a una puntería y agudeza en las metáforas, recogen con más dignidad y acierto que muchos de los poemas de sus compañeros de viaje, el legado y magisterio de autores como Ángel González, Gil de Biedma o Gabriel Ferrater. Quizás el ciclo de la desmemoria y el reciclaje se inicie al reconocer, aunque sea a escondidas o implícitamente, que el techo de su poesía está en las canciones de Sabina. Precisamente, por una mayor severidad y desolación, “Oí una vez cantar a las sirenas” es para mí el mejor poema de “Mono aullador.”
No renuncia tampoco Jordá a escribir en su libro esos poemas en los que lugares y paisajes toman protagonismo: Drumcliff, Reading, Aznalcázar, Mallorca. Auténticos poemas postales de los que un colega suyo como Martín López Vega es consumado maestro. Hasta el punto de que recorrer su poesía completa es hacer un afable tour por Europa y otras tierras.
Roland Barthes en “El grado cero de la escritura” al definir lo que él entiende por poesía clásica, define con rigor el músculo y el poso de lo que interesa a poetas como Eduardo Jordá: “La poesía clásica era sentida como una variación ornamental de la prosa, el fruto de un arte (es decir, de una técnica), nunca como un lenguaje diferente. Toda poesía no es entonces más que la ecuación decorativa, alusiva o cargada, de una prosa virtual que yace en esencia y en potencia en cualquier modo de expresarse.”
Para acabar, tampoco le falta a “Mono aullador” el buen talante y las buenas intenciones. De ello dan buena fe estos versos del poema “El jardinero feliz”: “Y quizá, bien mirado, no podamos / aspirar a hacer más. Cuidar un huerto / en un sitio tranquilo, hacer que crezcan / unas flores incrédulas, ver árboles / con pájaros jugando al escondite, / espiar la hierba, oír cómo da vueltas / este mundo insensato.”
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