|
Por Miguel Baquero
La novela finalista del último Premio Herralde de Novela, obra del joven autor catalán Manuel Pérez Subirana (Barcelona, 1971), lleva por título Egipto, así, simplemente. Sin embargo, no se nos relata en ella un viaje, ni se nos cuentan viejas historias faraónicas, ni se nos habla sobre ese país africano. «Egipto» es el nombre que da a sus sueños, a la esperanza de un futuro mejor, al lugar donde confía en concluir su aventura vital, un hombre de existencia gris y anodina, el protagonista de la novela, que un día decide romper con todo y lanzarse rumbo hacia esa meta, que no acierta a definir sino es con esa vaga palabra: «Egipto». A la tranquila y segura inercia de sus días, afrontar riesgos, enfrentarse a situaciones nuevas, replantearse su escala de valores, volver a crearse. Por el camino Roberto Brest, como se llama el protagonista, ha de renunciar como persona, y todo ello sin tener claro el final del camino, salvo por esa difusa, caprichosa y hasta absurda palabra.
Egipto es, en líneas generales, una novela que llama a la complicidad. Y la consigue en gran parte. El lector, en efecto, se encuentra reflejado en muchas de las dudas del lector, comparte con él su desprecio hacia el presente y su zozobra ante el futuro. En la novela, además, se encuentran esparcidas muchas reflexiones sobre asuntos cotidianos, reflexiones en ocasiones brillantes en las que se encuentra reconocido el lector y que nos demuestran que Manuel Pérez Subirana tiene en este sentido un instinto certero para conectar con el hombre de la calle, además de un gusto exquisito para detenerse a observar determinados detalles. Es esa especial sensibilidad del paseante lento, sin prisa, que camina mirando a su alrededor en busca de la belleza. Es ese gusto tranquilo y sereno del buen escritor.
Además de por esto, Egipto es destacable por su ambición de ley, por acercarse a una historia en apariencia cotidiana y sencilla, como es un hombre que decide cambiar de vida, y pretender trascender la anécdota, la peripecia, la aventura. Por encima de todo ello, Pérez Subirana busca adentrarse en el interior de un hombre cotidiano, aspira a construir un personaje de carne y hueso, una persona creíble y congruente hasta en sus decisiones más absurdas.
Una vez citados los valores positivos de Egipto, es hora de hablar de sus defectos literarios, de sus carencias, de sus caídas que si bien no llegan a arruinar del todo la novela sí que la convierten en una obra mejorable. El principal defecto, sin duda, es la complacencia en la que muchas veces cae el autor, complacencia que le lleva a introducir, en medio de sus mejores reflexiones, otras inanes, frívolas y en ocasiones pueriles. Es asimismo la complacencia que le lleva a hacer de su personaje un hombre con pretensiones de escritor; bajo esta excusa, aprovecha para contarnos anécdotas personales y, sobre todo (y esto viene siendo moda, triste moda, en los autores actuales), se permite introducir en medio de su discurso novelístico textos enteros que escribió en otra época y que, al parecer, se resiste a dejar dormir el sueño eterno en el cajón; así, de repente, interrumpe la novela y nos dice, por ejemplo: «yo (el protagonista) por aquella época escribí esto...», y allá van cuatro o cinco páginas que poco o nada tienen que ver con el tema de la novela.
Y, por último, Egipto no concluye con la rotundidad que debiera. Más bien languidece y se agota a mitad de camino. Diríamos que acaba por derrumbarse. Pues, ¿tener un trabajo bien pagado en el que no sea necesario madrugar era, al fin, ese «Egipto» mágico y trascendente al que aspiraba el protagonista? ¿A ganar más dinero y beber whisky de marca se reducían las ansias de Roberto Brest? ¿No hay vida ni ambición más allá de lo material? Manuel Pérez Subirana la ha buscado, eso es innegable, pero no la ha sabido encontrar y al fin ha quedado varado en un final decepcionante. Ello no quita para que no esperemos, con curiosidad, sus próximas obras, en la seguridad de que es un verdadero artista en progresión. |