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Por Sergio Galarza
Hay libros que desde la primera página se leen con una rapidez asombrosa, pero así también, con esa rapidez, se abandonan sin llegar siquiera a la mitad. No es el caso de El círculo de los escritores asesinos, primera novela de Diego Trelles Paz, escritor peruano que ya antes había publicado en Lima, Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso), un conjunto de cuentos que retrataban el aprendizaje callejero de un grupo de adolescentes en un barrio venido a menos.
La novela de Trelles Paz está dividida en cuatro manuscritos, editados por uno de los miembros del Círculo, hermandad de aspirantes a escritores que nunca escriben y se dedican a devorar libros y películas. Cada manuscrito contiene la versión de los otros miembros del Círculo, Ganivet, el Chato, Larrita y Casandra, sobre sus inicios y su fin, tras el asesinato del crítico literario García Ordoñez. Las versiones de los hechos son contradictorias, no faltan los ataques personales y las declaraciones de principios.
Desde el primer manuscrito el lector asiste con los personajes al descubrimiento de un universo idealizado, pero al que a través de sus aventuras empezarán a criticar, luego de conocer los enredados mecanismos del mundillo cultural, donde los favores y la venganza son un alimento más preciado que la palabra certera. Así como en su primer libro, Trelles Paz apuesta por una historia de aprendizaje. Porque si bien hay un asesinato de por medio, de lo que se habla es de las aspiraciones y frustraciones que acompañan a cualquier escritor novel. La figura de Casandra, en este caso, sirve para generar una competencia mayor entre los miembros del Círculo, quienes se desviven por leer y ver todo lo que tengan y no tengan a mano, con la única finalidad de ganar terreno en el corazón de la chica que admiran.
El círculo de los escritores asesinos recrea además el gobierno de Fujimori de una manera inteligente. La corrupción política es el síntoma de una sociedad en crisis, en la cual este grupo de jóvenes, ante la imposibilidad de escapar, viven al límite de la tentación de los favores y la venganza, otra vez. Se respira una atmósfera asfixiante. Las referencias a diversos personajes de la triste y reciente historia peruana superan el chisme, y sirven para tocar las fibras escondidas de un mundo que se revela mezquino e hipócrita.
Si la novela es una invitación a la lectura, ello es mérito de la prosa de Trelles Paz, quien ha desterrado los errores de todo escritor principiante, y como buen artesano elige las palabras precisas. Hay un constante diálogo con el lector, un trabajo de disección (no siempre fino y profundo) de las obras que los miembros del Círculo consumen, descripciones acertadas e iluminadoras, humor. Las notas al pie de página del editor de los manuscritos quizás no sean lo mejor del libro, aunque son necesarias por su función de bisagras entre los manuscritos.
El lector seguramente preferirá un manuscrito en vez de otro, y será porque a pesar de los méritos de la novela, hay pasajes que no están a la misma altura de los recuerdos carcelarios de Bárbara, o de cualquier otra escena de Ganivet en la cárcel. No todos pueden ser momentos entrañables o de una crudeza feroz. Sin embargo, Trelles Paz demuestra que es un escritor a tomar en cuenta, alguien que entiende la literatura como un trabajo constante. No faltarán los comentarios que comparen su novela con la obra de Roberto Bolaño, pero es una sombra inevitable. Siempre habrá un padre, y en su caso, Trelles Paz le rinde homenaje para decirle adiós.
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