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Las entrevistas se suscitan en estos días de declaraciones cuando se comenta la obra de Sergio Pitol, el escritor mexicano ganador del Premio Cervantes 2005. Su nombre se menciona en los medios de comunicación y su literatura empieza a ser conocida por un amplio público en el ámbito europeo, pero en los círculos intelectuales de ambos continentes y principalmente en México, es una referencia obligada. Sus palabras aluden a realidades tangibles en un estilo propio que acusa un hibridismo de géneros como una nueva forma de creación literaria. De aquí su esencia nómada en la literatura.
No es fortuito que en su lectura durante la ceremonia de entrega del premio en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, aludiera con gratitud a sus maestros, Manuel Martínez de Pedroso, Alfonso Reyes, Aurelio Garzón del Camino, quienes le legaron parte de su bagaje pero sobre todo le enseñaron a inquirir una realidad de múltiples interpretaciones.
Viajero infatigable Pitol ha sabido vincular en su tránsito por diversos países del mundo, los vestigios de un pasado histórico que se manifiesta en la arquitectura, en el arte, en el modo de estar de sus habitantes y en el pulso citadino, pues en principio, como las coordenadas de su literatura, se trata primordialmente de descifrar las señales. En este sentido expresa: (la ciudad) ideal, que me produce la certidumbre de la unidad biológica del hombre con todo lo que lo circunda y su fusión mística con el pasado. Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único. Cada uno de nosotros es todo los hombres. (Diario de la pradera)
La curiosidad por la otredad y el descubrimiento de otras culturas conforman su amplio conocimiento de la naturaleza humana y son el sustrato de sus cuentos. Reflexionando sobre este género con el que inicia su carrera literaria está convencido de que: un autor de cuentos se emplea desde el primer párrafo a adelgazar una o varias anécdotas; después, trata de mantener un lenguaje eficaz, con frecuencia evasivo. En el subsuelo del lenguaje serpentea, imperceptiblemente, otra corriente: una escritura oblicua, un imán. Es el misterio; de esa corriente depende que el cuento sea un triunfo o un desastre. El final de un relato puede ser abierto o cerrado.
En diversas ocasiones el autor de “Domar a la divina garza” ha manifestado su amplio conocimiento sobre temas helenísticos, su deleite por la letras polacas: Jerzy Andrzejewsky, Witold Gombrowicz, Jaroslaw Iwaszkiewicz; su gusto por la literatura de los Siglos de Oro, sus filiaciones literarias: Henry James, Borges, Chéjov. Refiriéndose a este último nos ubica : La mayor aportación de Chéjov a la literatura es su libertad; clausura una época e inicia otra; sus cuentos y sus obras de teatro ignoran la retórica de su siglo. El inicio y el final de sus obras no eran los acostumbrados; al comenzar alguno de sus relatos los lectores suponían que el tipógrafo se había pasado las primeras páginas porque encontraban la acción ya bastante adelantada, y el final podría ser peor, se perdía en brumas, nada concluía. Chéjov ejerció, y hasta ahora lo logra, una notable influencia en todas las grandes literaturas.
Este rasgo que distancia a un autor de los modelos imperantes de su época y la libertad para asumir la obra de creación han sido fundacionales en la literatura de Pitol, es el elemento que lo vincula a Miguel de Cervantes como él mismo subrayó en su discurso del 21 de abril al referirse a la locura de El Quijote como un recurso utilizado por Cervantes en un sentido más profundo: el de la libertad de conciencia y el de la libertad de creación en un afán de convertir la propia literatura en una aportación universal como es el caso de la prosa cervantina. La locura como una forma regocijada de lucidez remueve todas las instancias y rompe con el canon. En este sentido destacó aspectos medulares de El Quijote confrontándolos con El elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam. Ambas aportaciones colocaron a sus autores en su momento en el ámbito de la innovación.
Cervantes ejerce también una libertad absoluta en la estructura del Quijote. La demencia le ofrece un marco propicio y la imaginación se la potencia. Cervantes es un adelantado de su época. No hay ninguna ulterior corriente literaria importante que no le deba algo al Quijote: las varias ramas del realismo, el romanticismo, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo, la literatura del absurdo, la nueva novela francesa, y muchísimas más encuentran sus raíces en el libro de Cervantes.
Desde esta perspectiva de la libertad debe filtrarse el quehacer literario del galardonado que ha logrado en su trayecto remover las fronteras de los géneros. Todo se transmuta en la obra pitoliana de una forma poliédrica hasta conformar un paisaje que tiende a bifurcarse de un página a otra pero que en el fondo son los puentes que logran esa deslumbrada unidad que es su literatura. Descreo de los decálogos y las recetas universales. La Forma que llega a crear un escritor es el resultado de toda su vida: la infancia, toda clase de experiencias, los libros preferidos, la constante intuición. Sería monstruoso que todos los escritores obedecieran las reglas de un mismo decálogo o que siguieran el camino de un único maestro. Sería la parálisis, la putrefacción. (Diario de la pradera)
Comentó que su maestro Aurelio Garzón del que aprendió a vivir plenamente la literatura, le enseñó: que el mejor estímulo para un escritor se lograba acercándose a las épocas de mayor esplendor y que escribir no significaba copiar a los maestros, ni utilizar términos obsoletos, sino intuir el genio de la lengua y convertir en nueva una palabra mil veces repetida.
El autor de “El desfile del amor” reconoció con gratitud la destacada aportación de los intelectuales españoles del exilio a la cultura mexicana y mencionó con especial admiración a María Zambrano, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados y José Gaos, cuando dio lectura a su discurso escrito especialmente para la ocasión y estructurado con esa amalgama de géneros que constituyen su estilo. Recuperó recuerdos de su infancia, la convivencia con su abuela, su época como estudiante de derecho, anécdotas de su tiempo de traductor, su vida como diplomático, su trabajo con las editoriales. En un tránsito feliz como su obra, pasó de la memoria a la reflexión y de la crónica al acto confesional cuando comentó que al difundirse la noticia de que había ganado el Premio Cervantes: eran las nueve de la mañana y una hora después mi casa estaba atestada de una muchedumbre: un equipo de televisión, la radio, los periodistas locales, mis familiares, mis amigos, mis colegas de la Universidad, mis vecinos y una cantidad de transeúntes desconocidos que entraron por curiosidad.
De algún modo debe resultar agobiante ser una celebridad para quien la soledad representa la posibilidad de potenciar el tiempo de la manera más fecunda y con la intensidad que se requiere para gestar una obra que como la suya, compendia una multiplicidad de coordenadas: la novela, el cuento, la crónica, el testimonio, el ensayo y la traducción que desembocan en un quehacer que abarca casi cinco décadas y que ha merecido un galardón considerado en el ámbito literario como el Nóbel de las letras hispanas.
Es imprescindible mencionar la fidelidad con que nuestro autor ha asumido un oficio que se ha gestado en la mayor depuración y renovación llevadas acabo sin concesiones. No es aventurado afirmar que ha sido muy exigente consigo mismo en cuanto a literatura concierne. He tratado de no copiarme ni escribir mecánicamente; cuando intuía llegar a la cercanía de una repetición me preparaba para producir un salto; en unas ocasiones fue tan arriesgado que mi escritura adoptaba una forma casi antagónica a las del pasado. Ese antagonismo era una mera ilusión, una fachada; al tener que leer toda mi obra he descubierto que existe una clara unidad en ella, pero también diversas posibilidades de deslizarse a otras preocupaciones formales.
A los 73 años se puede hablar de una vida dedicada a la literatura. Su registro cultural es tan amplio como la geografía por donde se ha desplazado: Roma, Venecia, Barcelona, Pekín, Londres, Varsovia, Bujara, Samarcanda, México. Su tarea ha sido ardua en ese afán de encontrar la propia voz interior en esa realidad que es la del propio hacer en la escritura. Para desatar los nudos que entrelazan las preocupaciones y obsesiones más allá del pensamiento está el lenguaje como ejercicio estético, como el resultado de una autodefinición manifestada en una vocación natural que se asume con la vitalidad de la lucidez que permite entrever universos paralelos. “Todo es todas las cosas” concluye en “El arte dela fuga” Sergio Pitol.
Soy consciente de que mi escritura no surge sólo de la imaginación, si hay algo de ella su dimensión es minúscula. En buena parte la imaginación deriva de mis experiencias reales, pero también de los muchos libros que he transitado. Soy hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco , pero aún más ampliamente de la lectura, de la más prestigiosa a la más deleznable. Algunos vasos comunicantes no fácilmente perceptibles transmiten lo que soy yo a mi lenguaje y lo que el lenguaje es a mí. Por intuición y disciplina he buscado y a veces encontrado una Forma que el lenguaje requería. En pocas palabras eso es mi literatura.(Diario de la pradera)
El pasado viernes en el Paraninfo de la Universidad de Alcala de Henares, fuimos testigos de un momento histórico para las letras mexicanas, que con esta última edición del Premio Cervantes 2005, cuenta con una tríada de escritores, que constituyen la sustancia de nuestra literatura y consolidan con su obra la singularidad de nuestra aportación a la cultura hispanoamericana en su sentido más universal que representa la dimensión alcanzada de nuestra narrativa en lengua castellana. Octavio Paz, Carlos Fuentes y Sergio Pitol, el escritor que es todas las cosas, el creador generoso cuya sensibilidad no se contiene sino se desborda por las galería de una prosa salvaje y deslumbrante posee el galardón cervantino.
Desde este espacio nos unimos a la celebración de este acontecimiento que nos enorgullece a todos los mexicanos.
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