Escribo estas líneas el mismo día en que Jaime Salinas, ex editor de la mítica Barral, de Alianza y de Alfaguara, y ex director general del libro, proclame en la sección de cultura de El país que es un mal lector y que raramente leyó los libros que fue publicando. Que esta costumbre que a más de unos resultará chocante la aprendió de Einaudi, otro mítico hacedor de libros quien, al parecer, tampoco era muy aficionado a leer. Que para hacer su catálogo se valió de las directrices que dictaba un consejo asesor bastante variopinto del que se fiaba, al parecer, a ciegas.
Lo dije en mi blog uy lo digo de nuevo: es como si el médico no te diagnosticara una dolencia según el reconocimiento que él mismo te efectúa, sino según lo que un coro de tragedia griega le dicta. Como si el maestro no evaluara según su propio conocimiento del alumno, sino según lo que de él dicen cuantos le conocen. O como si un cocinero no mezclara los sabores dejándose guiar por el consenso de sus papilas gustativas sino por el de sus ayudantes de cocina, cada cual con su aprendizaje, sus gustos y su hambre correspondientes.
Ante tal dislate, sólo puedo detenerme, patidifusa, mirar el azul del cielo, suspirar profundamente y continuar como si no hubiera escuchado nada. Es lo mismo que hago cuando mi hijo de 4 años pronuncia una palabra impertinente o hace algo que, sin ser terrible, está mal. Miro hacia otro lado por la sencilla razón de que soy consciente de que al decir, alto y claro, por ejemplo, cojones , Adrián sólo pretende llamar la atención o despertar mi hilaridad. Lo mismo que cuando llora porque quiere algo insignificante que en ese momento no puedo o no debo darle. Por ejemplo: un plato de sopa para desayunar. Con Jaime Salinas he resuelto comportarme del mismo modo. Ante quien, al parecer, no distingue lo que está bien de lo que está mal (y, en principio, que alguien que vive de publicar libros confiese no leer ninguno de ellos, me parece a mí, está mal) seré yo quien demostraré sentido común. En este caso, fingiendo no haber escuchado nada, comportándome como si tal cosa, como hasta hoy.
Sin embargo, como no soy gilipollas y tampoco soy mala lectora, no puedo evitar que todo este asunto me afecte. ¿No ocurre algo grave cuando un editor de los más respetados confiesa que no leyó nada de lo que publicó? ¿No es terrible que ahora parezca estar de moda entre los responsables de la (horriblemente) llamada industria cultural decir que no leen, que desprecian a los grandes, que les gustan los culebrones o cualquier otra cosa que parezca popular y sencilla? ¿No resulta preocupante que ya haya tantos miles de lectores que secunden la mediocridad que se publica sin exigir algo más? ¿No es triste que un libro triunfe antes de aparecer en librerías, que haya tantos editores enfebrecidos que lo compren a ciegas, que ya se hable de vender los derechos al cine cuando aún ni un solo lector ha secundado la historia con su asentimiento pero, sin embargo, ya sea posible especular que el libro será un best seller? Y, lo peor: ¿No es terrible que luego el vaticinio se cumpla?
Ya sé, ya sé: la verdadera literatura nunca fue un record de ventas. En todas las épocas hubo autores denostados que vendieron mucho (algunas veces pasaron luego a la historia de la literatura con mayúsculas, lo cual nunca comprendo si significa que el nivel va bajando con los años o que el tiempo extiende una pátina que hace imposible discernir lo bueno de lo malo) y en todas las épocas hubo lectores.
En definitiva, concluyo pensando de nuevo en Jaime Salinas:
aunque sea grave que un editor no lea, que un bibliotecario
no lea, que un maestro no lea, que un escritor no lea, tal
vez lo que debe preocuparnos no sea eso. Tal vez lo que debe
preocuparnos es qué pretendemos que lean los que aún
confiesan leer. Y no formar parte jamás, ni por activa
ni por pasiva, de esta cultura de la mediocridad que se extiende
por dondequiera que mires, como una gangrena imparable.