Marta Sanuy
Irene Nemirovsky, escritora de origen ruso, era judía, pero eso poco nos aclarara sobre su biografía hasta el momento de su desaparición. Hija de un banquero huye con su familia de Rusia tras la revolución, en 1918, con sólo quince años, para refugiarse en Francia, donde se desarrolla su vida y su carrera literaria. Desde muy joven critica ferozmente a la burguesía judía utilizando el profundo conocimiento que la cercanía a esa opulenta clase social, a la que pertenece, le proporciona.
“Suite Francesa” comienza con sonidos, como su título musical promete; los alemanes bombardean Paris. Siguen las notas de una fuga; la de los personajes que huyen cargando sus más ligeros y sus más onerosos miedos, que se cruzan sin encontrarse, se roban comida y gasolina, se reconocen o se niegan, raudos unas veces y ralentizados y silenciosos otras siguen, buscan, temen, se aman deprisa, se separan: existen concentrados en muy pocos gestos que los distinguen y los animan. Nemirovsky los observa a todos desde la misma distancia, para ello se vale de la descripción de lo cotidiano: Los Michelet madrugan para ordenar un apartamento al que creen que nunca volverán, Charles Langenet sigue obsesionado con sus porcelanas, lo único que la guerra le puede romper, Madam Perícand y su compleja prole olvidan al abuelo, ¡ah! ¡y también esta el gato de los Perícand!, un personaje portador de simbolismos “el gato sostenía con circunspección entre sus puntiagudos dientes un trozo de pescado erizado de espinas: comérselo le daba miedo, pero escupirlo sería una lástima”, un gato que con la libertad recupera el instinto cazador. También hay una bailarina especuladora que estará de por vida agradecida al azar de un bombardeo y un escritor sin recursos para la supervivencia. Todos son gigantes y diminutos, centrales pero prescindibles. Y todos huyen de la ciudad, van al campo.
Llegan a una aldea francesa que será el escenario principal de esta novela y Nemirovsky cuenta el encuentro entre los atribulados parisinos y los aldeanos que los acogen y que siguen su vida apacible; los hombres jóvenes se han ido al frente, pero los que quedan se sientan a la puerta de sus casas al atardecer repitiendo el inmutable orden de lo agrario; conocemos a algunas jóvenes, confundidas y vitales, y algunos viejos que, al abrigo de una sombra, rememoran la guerra anterior.
Pero las peripecias de estos sedentarios campesinos no terminan, cuando sus compatriotas regresan a la ciudad, reciben otra visita, la del enemigo. Las tropas alemanas que ocuparon Paris, de retirada hacia Rusia, hacen una larga escala en la aldea. En cada casa se aloja un alemán y entre los personajes se establecen otra vez gestos y luego lazos que van individualizando a los recién llegados hasta hacer secundarios, difícilmente entendibles, los uniformes, los bandos y las nacionalidades: “y la resonancia de aquellas palabras, de aquellos gestos que demostraban que el alemán no era un monstruo sediento de sangre sino un soldado como los suyos, rompió de golpe el hielo entre el pueblo y el enemigo, entre el campo y el invasor”. En medio de la vorágine la escritora narra, manteniendo el tono y el pulso, sin concesiones melifluas ni dramatismo, la complejidad de un puñado de vidas y situaciones distintas y concretas.
Suite Francesa es ante todo un libro testimonial, Irene Nemirovsky lo escribió mientras acaecían los hechos que describe y no pudo terminarlo porque su condición de rusa y judía fueron suficientes para que los nazis, sin tiempo para los detalles, la hicieran desaparecer en un campo de concentración. Meses después, su esposo, Michael Epstein y su editor, David Golder, buscaban desesperadamente entre sus libros de juventud los fragmentos en los que criticaba a los bolcheviques y a los judíos para intentar salvarla. Los encontraron pero no sirvió de nada. “Suite Francesa” es recomendable por muchas cosas, sobre todas ellas porque es un libro escrito por alguien que encontró tiempo para pormenorizar lo trascendente en medio de la peor urgencia. |