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Alfonso Fernández Burgos

"No me interesa la literatura nutritiva ni la de canonización"

Antonio Jiménez

Alfonso Fernández Burgos (Jabugo, 1954) es un escritor al que le gusta plantearse desafíos. En su último libro de cuentos, ‘Mujer con perro sobre fondo blanco', aborda con sentido del humor situaciones absurdas que se inscriben en la vida cotidiana. Lector compulsivo, Fernández Burgos apuesta por una literatura arriesgada que integre la herencia recibida. El prosista, que ganó en 1998 el Premio Juan Pablo Forner con la novela ‘Al final de la mirada', cree que en el relato corto no “hay tiempo para el tanteo ni distracciones”.

Pregunta: ¿Sigue vigente la máxima de que en el cuento se vence por KO y en la novela por puntos?

Respuesta: No lo sé con certeza. Lo que es cierto es que en una novela hay muchos más asaltos. En el cuento desde que suena el “segundos fuera” sabes que no hay tiempo para el tanteo, todo tiene que ser mucho más directo, sin distracciones. El cuento es una experiencia de intensidad frente a la experiencia mucho más extensa que es la novela. La novela es una propuesta amplia de significado mientras que el cuento es apenas la sugerencia de una duda. Esto no hace a un género mejor que otro, simplemente hay que abordarlos de formas distintas.

P: Hábleme de su formación literaria y de cómo empezó a escribir

R: Creo que como casi todo el mundo me inicié leyendo. En la adolescencia para mí leer no era una actividad sino una obsesión. Me desafiaba a mí mismo con marcas cada día más altas. Hubo días, en las vacaciones, que llegaba a leer diez horas. Entonces sentía como si el ritmo de las palabras me hubiera secuestrado y caminaba por la calle y mi voz interior dejaba de ser ese monólogo deshilachado y confuso que siempre había sido para convertirse en la voz de un narrador. Yo me veía en todo lo que hacía como el protagonista de mi propio relato. Me narraba a mí mismo, narraba lo que hacía, pero también procuraba narrar los sentimientos, sobre todo esos amores imposibles y constantes que se apoderan de los adolescentes. Así me pasé años hasta que me di cuenta de que mi vida se había convertido en una escritura no escrita. Fue entonces cuando me di cuenta de que no era otra cosa que escritor. No había escrito nada y todavía tardaría mucho en escribir pero sólo me sentía escritor.

P: ¿Figura entre sus retos el afán de experimentación?

R: La literatura es, o debe ser siempre, un afán de experimentación. Defiendo la escritura como hecho artístico, no me interesa la literatura nutritiva ni la de canonización. Me interesa el hecho artístico, ese acto revolucionario que tras haber reconocido la deuda con los escritores anteriores desea aportar una construcción nueva: radical frente a lo hecho, pero que encierra todo el germen de lo anterior, sin el que no podría ser. Y eso es experimentación. En cada uno de los relatos de ‘Mujer con perro sobre fondo blanco' ese afán es más o menos visible, pero en todos ellos es una constante como propuesta.

P: El libro sigue una unidad temática o estilística o es la compilación de años de trabajo.

R: Tal vez todos los cuentos de ‘Mujer con perro sobre fondo blanco' tengan el denominador común del absurdo integrado como elemento común de la cotidianidad. Son, en efecto, el resultado de diez años de trabajo, pero con el desafío de integración y ruptura que siempre he pretendido que tengan mis escritos.

P: En algunos cuentos están muy presentes el humor. ¿Le gusta divertir a sus lectores?

R.- Para serle sincero la diversión de los posibles lectores no entra entre los planteamientos que me hago a la hora de ponerme a escribir. Simplemente salen así. Es cierto que a veces aparece el humor, un humor cáustico cuando mira a lo social, en esos casos quevedesco, o absurdo cuando mira al ser, y en ese sentido mucho más cervantino. En cualquier caso no es premeditado porque odio lo gracioso, tal vez sea una amalgama que une los distintos bloques del vacío que me interesa narrar.

P: ¿Cuál es el principal mal de que adolece la literatura española actual?

R: De obesidad. Se publican decenas de miles de libros al año y hay poco tiempo para la lectura, por lo que separar el trigo de la paja es una tarea agotadora y no siempre exitosa.

P: Cuáles son sus maestros del relato corto.

R: A lo largo de mi vida me he sentido discípulo de muchos, y siempre he querido pagar mi deuda con ellos. El primer escritor de relatos que me entusiasmó cuando era adolescente fue Aldecoa. Luego vinieron Cortázar, Fraile, Borges, García Márquez, Cela o Bioy Casares. Y de otras lenguas Buzatti, Chejov, Ford, Celati o Carver. De todos he aprendido como aprendo de la vigente y extraordinaria generación de escritores de relato actuales como son Elena Belmonte, Gonzalo Calcedo, Eloy Tizón, Cristina Cerrada, Ignacio Ferrando, Pedro Zarraluqui, Óscar Aibar, Ángel Zapata o Hipólito G. Navarro. Sin duda habré olvidado media docena de escritores que me han resultado imprescindibles.

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