Sumario. Opinión. Colaboraciones
 

Tribuna

 

Angela Pradelli

 

PREMIO CLARIN DE NOVELA 2004

 

Narremos una historia que hable de nosotros
Sobre fin de año, hagamos un balance sin debe ni haber, sino con las tramas  y las voces que nos construyen día a día.

Por qué no intentarlo como cierre del año? Sin ninguna pretensión literaria.  Narrar una historia que hable de nosotros y nos explique en parte.

Construir un relato simple que dé cuenta del universo que habitamos. Y que esa narración sea, hoy, tan cerca del 31, como un destello para aclarar lo  que todavía no alcanzamos a comprender. Un relato que, tal vez, nos hable  también de nuestros propios deseos para el 2005.

Estoy segura de que las narraciones son una forma de entender el mundo y ensayar explicaciones. Y tal vez, en ese sentido, registrar las narraciones -lo que contamos, lo que no pudimos contar, los relatos que oímos y los que no quisimos ni escuchar- sirva para hacer un balance de lo que nos ha venido sucediendo y de lo que aún no.

Por eso, porque estamos atravesados por las historias que nos contaron y, al  mismo tiempo, podemos decir que las historias que narramos nos constituyen  en buena medida. Por qué no hacer entonces un balance del 2004 que no se  organice esta vez alrededor del debe y el haber de nuestras cuentas propias,  ni siquiera de lo positivo y lo negativo que nos ha sucedido.

Probemos recordar cuáles fueron las historias que narramos y nos contaron.
 Es probable que la red de esas historias nos permita saber cómo nos fue, qué  nos pasó este año. Quizás, el tejido formado por esos relatos nos muestre  por dónde anduvimos. Tal vez, registrar esas narraciones nos ayude a  comprender algo sobre nosotros mismos. Sobre nuestros deseos, fracasos,  miedos. Y no me refiero aquí sólo a las experiencias, sino a los relatos, a  la circulación de las historias. Porque se narra la propia experiencia pero  también la ajena y esa narración se vuelve experiencia en quien nos escucha.

Y por supuesto que no hablo estrictamente de literatura, sino de esa cantera  que son las narraciones todas y de las cuales la literatura se vale para  contar sus historias.

No hay más que ir por la vida con el oído atento para darse cuenta de que hay hilachas de historias por todas partes, fragmentos de cuentos, segmentos  de diálogos de personajes que alcanzan, sin embargo, para narrar un  universo.

Si uno tiene el oído entrenado, se descubren mecanismos narrativos muy eficaces en los relatos orales que se escuchan en boca de los pasajeros de un tren, los feriantes, los maestros, los diarieros, los dentistas, los estudiantes, los vecinos, los viejos, los adolescentes, los choferes de colectivos y taxis, los políticos, en fin.

Cuando se narra, sabemos, se está recreando un mundo que, por alguna razón,  deslumbra, conmueve, intriga. Ahora bien, si como dice Gabriel García  Márquez, la vida no es lo que uno ha vivido sino lo que uno recuerda de ella  y el modo en que decide contarla, habrá que estar muy atento entonces a las  maneras en que construimos nuestros relatos, porque estaremos también, en  algún sentido, construyendo nuestras vidas.

Como balance entonces, un relato breve, simple. Que sea un destello, decíamos antes, una historia propia que al narrarla sea un resplandor oscilante pero intenso y que nos dé las respuestas que no tenemos. Hay allí,  en el puro contar, una fuerza tan grande que la narración puede ser,  incluso, un mapa para entender de dónde vienen nuestros oficios y saberes.

Por qué escribe, preguntan a veces los lectores, cuándo empezó. Y recién unos días atrás, cuando me conté esta historia, empecé yo misma a entender.  Porque nosotros pasábamos los veranos en Río Negro y casi siempre por las  noches, cuando ya todos dormían, yo cruzaba el pasillo ancho que llevaba a  los cuartos y entraba a la habitación de mi abuela.

El pasillo estaba oscuro, pero yo caminaba segura, guiada por la luz que se  filtraba por debajo de la puerta de su cuarto. Mi abuela dormía tan poco que  a veces, cuando amanecía, ella estaba todavía despierta, pero nunca la oí  quejarse por eso. En verano dejaba la ventana abierta toda la noche y a  veces, cuando entraba a su cuarto, la encontraba con los brazos apoyados  sobre el marco oscuro de madera barnizada. Usaba una enagua de breteles  finitos que, en las noches calurosas, a causa de la transpiración, se le  adhería a los pechos y al vientre.

-¿Qué pasa? -me preguntaba cuando yo abría la puerta.

Otras veces la encontraba sentada sobre la cama. Era una cama tan alta que las piernas le quedaban colgando y ella hacía un balanceo casi imperceptible  con los pies. Mi abuelo dormía de espaldas, abrazado a la almohada, mientras  ella revolvía una caja de zapatos llena de papeles, escritos casi todos en  italiano.

Cartas que ella desdoblaba y me leía en ese susurro espeso en el que hablábamos para no despertar a mi abuelo. Tarjetas. Fotos que tenían una dedicatoria al dorso. Estampitas de comunión de sus parientes en Italia. Ella me leía y hacía crecer un murmullo en ese calor pesado del cuarto. Después volvía a guardar todo en la caja y la escondía abajo del ropero.

-El abuelo no sabe, eh- me decía.

Y aunque nunca terminé de conocer del todo esos secretos, yo los guardé para  siempre. Y a veces cuando escribo me parece que es eso lo que vuelve. El  susurro de un idioma que entiendo a medias dentro de un cuarto caluroso;  apenas un puñado de palabras para contar lo que está oculto.

Voces de gente que no conozco, y que hablan ahí, encerrados en una caja de zapatos escondida debajo del ropero. Y una luz que algunas noches se filtra  por debajo de la puerta y alcanza para alumbrar la oscuridad mientras  camino.

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