Sumario. Opinión. Educomanía
 

Las misiones de Baja California: vestigios en el desierto

 

Aglae Margalli

 

 

 

Adentrarse en la geografía mexicana es descubrir parte de las raíces de un pasado histórico que yace entremezclado con el paisaje mágico, onírico, cambiante, de un México siempre desconocido, que se muestra pródigo y primigenio ante la vista del viajero.

Vasta extensión de tierra el paisaje mexicano, a veces abrupto en los abismos que crean sus montañas. Tan pronto nos sorprende con la feracidad de una selva que teje con sus lianas pequeños puentes vegetales en medio del verde apabullante, que ciñe la zona del sureste con un cinturón de jade, que nos asombra con el silencio y el misterio de las aguas quietas que bañan los cenotes que son característicos de la península de Yucatán y que contrasta, con esa otra península que como cuña se agarfia en la parte norte de nuestro país y que parece un colmillo que surge de improviso a un costado del Pacífico: la Baja California, tierra mítica y legendaria alrededor de la cual se han contado mil historias, desde que los osados navegantes españoles se lanzaron por las aguas del Atlántico dispuestos a descubrir y encontrar ese paraíso que en 1510 vislumbrara a través de su pluma, el poeta español Garci Ordoñez : “ ... Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California, muy llegada al paraíso terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún varón entre ellas hubiese... eran éstas, de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones...”

El deseo de conquistar nuevos mundos y la fecunda imaginación de los navegantes, fueron los principales elementos que impulsaron a los viajeros del siglo XVI a estas latitudes que se mantuvieron inexploradas durante mucho tiempo.

Francisco Ulloa, Fortúm Ximénez, el propio Hernán Cortes conquistador de la Gran Tenochtitlán, no pudieron domeñar la geografía agreste que como mudo desafío se presentaba ante los buscadores de fortuna.

Pese a las desventuras y a los naufragios el mito de la California seguía alentando los sueños de los viajeros en busca de oro y perlas, pues se decía que era una isla rica en yacimientos de metales preciosos. Todavía a finales del siglo XVI no se tenía la plena certidumbre de su peninsularidad. Tiempo después y gracias a los viajes de estudio y reconocimiento que realizara Sebastián Vizcaíno en 1602, la California deja de ser una quimera para convertirse en una extensión de tierra dentro de un mapa, lo que la hacia menos etérea y más tangible a los ojos de los conquistadores.

No obstante, los posteriores intentos de colonización en esta zona siguieron fracasando hasta la llegada de los misioneros jesuitas en 1697.

Lo que no pudieron lograr soldados y aventureros lo hicieron estos hombres de la Compañía de Jesús que arribaron a estas tierras con el propósito de evangelizar a los indígenas y levantar las firmes construcciones llamadas misiones, que sirvieron para dar cobijo a los Californios. Las cuales todavía se conservan a lo largo de la península como testigos silenciosos de esa epopeya que significó someter un territorio indómito, salvaje, estéril, que parecía invencible.

Hoy en día, recorrer las misiones significa recorrer la península de Baja California, significa también de algún modo, desandar lo que en otro tiempo se llamó el camino real misionero y que era aquel que unía a través del desierto, todas las misiones, en una ruta que se extendía desde la Baja hasta la Alta California. En la actualidad todavía es posible adivinar aquella vieja brecha misional que el tiempo, la erosión y el desierto no han borrado en su totalidad.

Adentrarse por los caminos desérticos, costeros y montañosos de la Baja California es tener el privilegio de la exploración y el descubrimiento, pues ante la vastedad solitaria de los páramos que se bifurcan hacia diversos horizontes en un paisaje austero y desprovisto de manchas urbanas se tiene la sensación de estar presenciando un territorio recién creado y todo alrededor del mismo se vuelve inédito; por esto es que se dice que en Baja California cualquier hallazgo por mínimo que sea parece original.

La tierra bajacaliforniana sigue siendo mágica y capaz de proporcionar a un viajero atento experiencias reveladoras ya que el silencio y la soledad en estas tierras peninsulares son una presencia constante en el paisaje desnudo y abierto que se prolonga más allá de donde la vista alcanza. Es posible entonces, sentirse parte de ese todo armónico que es el paisaje y fusionarse con la naturaleza en un abrazo espiritual e inesperado. Pero, si la geografía de Baja California es única lo es también, la escenografía que ofrece la arquitectura misional, que parece brotar de la tierra enraizando sus cimientos para imprimir al paisaje un toque surrealista. Después de caminar durante algunos kilómetros rodeado de una vegetación desértica preñada de cactus, pitahayas, cirios y candelillas, difícilmente se concibe cómo en medio de la nada es posible tropezarse de improviso con una obra regia y magnífica en diseños ornamentales y sobre relieves que sale al paso abarcando el panorama. Pero, más difícil aún, es imaginar los medios que hicieron viable la edificación de estas moles de piedra, cal y canto en medio de la desolación y el silencio, que siguen desafiando el tiempo y la distancia.

Adquirir conciencia de esta hazaña, una vez de que se ha visto el territorio que rodea la obra misional, es lo que lleva al viajero a preguntarse ¿de qué estaban hechos estos hombres que desafiaron a la misma muerte por el afán de extender la cristiandad?

Desde la misión de Loreto que fue la primera que se construyó en tierras califórnicas en 1697 y que se localiza en la parte que hoy corresponde al estado de Baja California Sur, hasta la misión de “El Descanso” localizada cerca de Ensenada en la zona norte de la península, las misiones se mantienen fieles a una geografía que las sigue arropando como parte de su historia.

Cada misión proporciona un testimonio original que nos devuelve el carácter sólido, recio, determinado e inamovible de sus constructores: Jesuitas, Franciscanos Y Dominicos que dejaron su huella impresa en estas latitudes a través de esta obra sin paralelo. Por ello, las misiones son ricas en su diversidad arquitectónica. Hay algunas que parecen verdaderos castillos medioevales como la de San Ignacio y la de Santa Rosalía en Baja California Sur; mientras que otras un poco más modestas en manifestaciones estilísticas, nos recrean trazos sobrios de perfiles que se ubican dentro de lo clásico.

Cuáles fueron las verdaderas causas que justificaron la monumentalidad de semejante obra dentro de parajes cubiertos de desolación? Quizá fue el deseo de ostentar la superioridad sobre los indígenas para impresionarlos o tal vez, la magnificencia de esta arquitectura tuvo como único fin simbolizar la presencia de Dios en esta geografía. Es imposible retroceder en el tiempo tres centurias y volver a caminar junto con estos hombres el camino de la evangelización peninsular y comprender en su totalidad esa gesta, esa epopeya de la que aún quedan vestigios en el desierto.

AGLAE MARGALLI. Nació en Villahermosa, Tabasco; reside en Mexicali, Baja California. Poeta, narradora, crítica, ensayista. Ha publicado Selvarena, Historias del lado izquierdo, En las lumbrerías de California y Poemas desde el centro; con este libro obtuvo el Premio Nacional de Poesía "Enriqueta Ochoa", 1995. Actualmente reside en Madrid.

Literaturas.com