Es notable lo codiciosos que nos volvemos en Navidad. O si no, déjenme que les cuente lo que les pasó a una pareja de amigos que compró sus regalos con demasiada ansiedad.
Era la noche de Reyes. Él le había comprado a ella un encendedor muy bueno después de pensárselo un montón. Tres semanas atrás había entrado en una tienda y, tras volver día tras día para poderlo examinar nuevamente, no lo dudó un instante más. Escogió el Cartier. Él era un experto en encendedores y, si hubiera sido su regalo, desde luego, habría querido que ella le regalase ese encendedor y no otro. Así que se lo compró.
Ella, por su parte, había elegido una estilográfica para él. Una muy buena, además. Si de algo entendía ella era de estilográficas; tenía unas cuantas, no en vano era escritora. Un día, unas cuatro semanas atrás, caminando por la Gran Vía la había visto en un expositor. Era una joyería muy cara pero, ¡qué caramba!, se trataba de una Dupont. Cómo no iba a hacerle un buen regalo a él, era Navidad. Por otra parte, si ella hubiera estado en su lugar, ese es el regalo que le habría gustado recibir. El dependiente quiso enseñarle otras, pero ella no vaciló.
Puedo imaginarme perfectamente la situación: cada uno de los dos seguro de haber elegido el regalo perfecto. ¡Ah!, por mucho que hubiera podido esforzarse el otro ––eso pensarían para sí–– resultaba casi imposible que hubiera encontrado un regalo mejor.
Era la Noche de Reyes, ¿no?, de manera que sin esperar gran cosa, y algo suspicaces ya por anticipado, se pusieron a cenar. En cuanto dieron las doce, nerviosos, agitados por un atávico sentimiento interior, quitaron la mesa y fueron a sentarse junto al árbol. ¿Para qué esperar? Nada de aguardar pacientemente para depositar los regalos a que el otro se hubiese ido a dormir. Él se levantó corriendo a buscar en el bolsillo interior de su chaqueta. Ella revolvió en su bolso.
––Ojalá que te guste ––dijo impaciente, reteniendo el paquete unos segundos antes de dárselo a él.
––Toma ––ofreció él, remiso.
Tardaron mucho en abrirlos. Pendientes como estaban de los movimientos del otro, se apresuraron finalmente a intercambiarlos para ayudarse con el papel. Primero, cuidando de no romperlo; después, rasgándolo. Parecían haberse olvidado de su propio regalo. En ese momento, si alguien hubiera mirado por la ventana, habría podido ver la mueca de ansiedad de su expresión. Cuando un instante después, casi a la vez, terminaron de desenvolverlos, ninguno podía apartar la vista del regalo que había comprado para el otro.
—¿Te gusta? —se la oyó decir a ella.
—¿Eh? —contestó distraído él.
Cada uno contemplaba el objeto que tenía en las manos con codicia, casi con avidez. Él, el encendedor de ella. Ella, la estilográfica de él. Con el objeto aún en su poder, él empezó a enumerar las características del Cartier: chapado en oro, con tornillito de seguridad. Ella tampoco quiso soltarla al enseñarle la garantía de la Dupont. Se apartaban el pelo de la cara con las manos sudorosas. Proferían exclamaciones de placer. Él probó a encenderlo boca abajo para demostrarle cómo nunca fallaba. Ella alabó la dureza de la pluma, con aleación de titanio, y acabó lanzando el plumín contra la pared. Se notaban exhaustos y egoístas. La mandíbula les dolía de tanto sonreír.
Al cabo de un rato, en medio de un silencio tenso, algo hizo que se miraran el uno al otro con incomodidad. Al parecer, había llegado el momento. Tímidamente, casi con rencor, se intercambiaron los regalos. Los dos parecían preguntarse qué clase de arreglo era aquel.
—Qué bonito ––dijo ella.
—Sí ––contestó él.
No quedaba más que decir. Era demasiada frustración.
Se fueron a la cama con los pies fríos, y dieron vueltas antes de dormir. La codicia les dejó los ojos en blanco y les hizo soñar unos sueños vanos, vacíos de contenido.
Se despertaron en diferentes momentos de la noche, con la boca reseca, y anduvieron por la casa con el sigilo de los gatos.
Cuando a la mañana siguiente se reunieron para desayunar, ella llevaba en su bolso la preciada estilográfica, mientras que en el bolsillo interior de la americana de él, habría podido encontrarse el codiciado encendedor.