Sumario. Opinión. Colaboraciones
 

El nombre de la soledad

 

Mayra Margarito

 

GARCÍA Márquez, Gabriel. Cien años de soledad.

Círculo de lectores, Barcelona, 1970.

 

Un día, Úrsula y José Arcadio Buendía deciden dejar Riohacha y atravesar la sierra; después de caminar veintiséis meses, fundan Macondo. Con la fundación de esta ciudad inicia el final de la familia Buendía, inician los Cien años de soledad a los cuales se ven condenados hasta que el nacimiento de un Buendía con cola de puerco les pone término.

Cien años de soledad es una de las obras que más han influido en la literatura contemporánea por razones que oscilan desde lo más superficial de la forma hasta lo más profundo del fondo. En este breve ensayo comentaremos sólo uno de los múltiples puntos que pueden estudiarse de esta novela: su estructura. Para lograr esta finalidad nos valdremos del análisis de los personajes, pero a partir de una característica específica de cada uno de ellos: sus nombres.

Los nombres son importantes para la historia porque en ellos se muestra de una manera clara la evolución de la descendencia de José Arcadio y Úrsula. Cuando nace un bebé Buendía, en lugar de buscar un nombre original para bautizarlo, se retoma, se mezcla con otro o se modifica un poco alguno de los nombres de los familiares del pequeño. De esta manera, el nuevo miembro de la familia queda obligado a repetir los hábitos de sus antepasados, pero no de manera íntegra sino con la mínima variación que su nombre le permite.

Los dos hijos de José Arcadio y Úrsula inician con esta tradición de los Buendía: José Arcadio, el primogénito, heredó el nombre de su padre y Aureliano, el de su abuelo. Las subsiguientes generaciones tuvieron estos mismos nombres aunque con algunas variaciones: Aureliano José, Arcadio, Aureliano Segundo, José Arcadio Segundo.

Los únicos que merecen el nombre de los primeros Buendía sin transformaciones son los hijos bastardos de los Buendía, esto es, el hijo de Renata Remedios y los diecisiete hijos de Aureliano concebidos durante la guerra. Es curioso que de estos dieciocho niños bastardos el único que recibiera el apellido Buendía fuera el único que según las normas sociales no lo hubiera tenido –el hijo de Renata Remedios–, pues los otros diecisiete Aurelianos fueron bautizados con el apellido de su madre en ausencia del coronel, de esta forma a sólo un muchacho podrá poseer el nombre de los Buendía completo.

Para un hombre de esta familia, su nombre –Aureliano o Arcadio– era el encargado de definir su personalidad futura. Después de varias generaciones de Arcadios y Aurelianos, Úrsula descubrió que “mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico” (p. 157). Sólo los dos gemelos, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo no entraban dentro de dicha clasificación. Sin embargo, para Úrsula, esta falla era consecuencia de que los niños desde pequeños jugaban a intercambiarse los nombres y en sus juegos había llegado a confundirse y habían tomado el nombre que no les correspondía. La misma muerte parece darle la razón a Úrsula, pues a la hora de ser enterrados, por azar del destino fueron sepultados en la tumba equivocada.

A pesar de que los nombres femeninos no se reducen a dos sino que son más numerosos, también constituyen variaciones de los nombres de las generaciones anteriores. No obstante, a diferencia de los hombres, las mujeres nunca recibieron el nombre de su madre ni de su abuela sino de parientes más lejanas. La única que rompió esta regla fue Rebeca. Ella llegó a Macondo siendo una niña y, lógicamente, debió haber tenido un nombre pero como nunca lo supieron la llamaron con el mismo de su madre. Renata Remedios recibió su primer nombre de su abuela materna, pero no podemos decir que ella también constituya una excepción a la regla porque su abuela materna no era una Buendía.

Los dos miembros de la última generación de hombres de la familia, antes del nacimiento del niño con cola de cerdo, recibieron el nombre de los dos primeros hijos nacidos fuera de Riohacha: José Arcadio, el primero, y Aureliano, el segundo. Sólo después de casi un siglo se vuelve a repetir el nombre y esto lo permite el autor porque es este el momento propicio: uno es hijo y el otro es nieto de Fernanda y Aureliano Segundo, la pareja más parecida en apariencia pero más diferente en esencia a la formada por Úrsula José Arcadio Buendía. Por ejemplo, al principio, al igual que Úrsula y José Arcadio, Fernanda y Aureliano Segundo no tuvieron relaciones sexuales, pero los motivos de ambas parejas fueron totalmente opuestos: Úrsula temía tener un hijo con cola de puerco mientras que Fernanda tenía un calendario de sus días disponibles – veintisiete al año – de acuerdo a sus creencias religiosas.

Los últimos José Arcadio y Aureliano constituyeron una continuación de sus antepasados. Con José Arcadio, Úrsula pretendió eliminar la mala racha de los José Arcadio y lo educó para convertirlo en Papa. Esta treta pareció funcionar al principio, pues “era imposible concebir un hombre más parecido a su madre” que José Arcadio; tal vez esto era producto de que su madre también había sido educada para ocupar una posición –la de reina– imposible. Sin embargo, Úrsula no pudo burlarse del destino y al final José Arcadio terminó como todos los José Arcadio: encaprichado por conseguir el amor de una mujer unida a ellos por algún lazo familiar –prima o tía– y murió de una manera trágica.

Aureliano fue el hijo de Renata Remedios y de Mauricio Babilonia. Su condición bastarda fue la que le valió el nombre, pues como su madre no habló para decir cómo quería llamarlo, las monjas decidieron ponerle el del abuelo y mandarlo a Fernanda. El último Aureliano fue una mezcla de todos sus antecesores, inclusive pese a su nombre tuvo muchas características que lo acercaban a los José Arcadios: tuvo momentos de desenfreno, se enamoró su tía, creyó fielmente en Melquíades y vio la tragedia al morir.

La última mujer nacida en la familia Buendía fue Amaranta Úrsula, quien mezclaba los nombres de la fundadora de Macondo y de la primera Buendía nacida en este lugar: como Úrsula es emprendedora y de Amaranta hereda su manía de hacer para deshacer y conservarse ocupada todo el tiempo. Al igual que el último Aureliano, Amaranta Úrsula fue una mezcla de las Buendía anteriores: era juguetona pero centrada como Remedios; casi tan hermosa como Remedios, la bella; tenía la misma pasión de Rebeca; inteligente como su hermana; atraída por las cosas finas como su madre.

Sólo hubo una característica que Aureliano y Amaranta Úrsula no tomaron de sus antepasados con el mismo nombre. El coronel Aureliano Buendía fue un hombre que nunca amó y esta incapacidad lo llevo al encierro, a la soledad. Amaranta, por otro lado, fue una mujer con una disposición de amar tan arraigada y profunda que a ella le asustaba entregarse a sus deseos y los reprimía refugiándose en la soledad. En cambio, Amaranta Úrsula y Aureliano dejan que su amor crezca y se dejan que su cariño los consuele en los tiempos difíciles.

Úrsula siempre vivió obsesionada por el temor de tener un descendiente con cola de puerco. Todos los Buendía habían vivido en una soledad espiritual infinita, la cual los impide tener un amor puro, y esto los salva de procrear un hijo con el defecto temido. Amaranta Úrsula y Aureliano fueron los únicos de la progenie que nunca supieron que existía, la posibilidad de tener un hijo con una cola de puerto, y esta ignorancia les permite encontrar el amor.

Este amor que uno profesa por el otro les ayuda a combatir la soledad y, aunque poco se van separando del mundo e incluso Amaranta Úrsula muere, no se sumergen en el desamparo pues para este instante José Arcadio ya ha descubierto que “las obsesiones dominantes –como su amor– prevalecen contra la muerte”. Son ellos quienes engendran al Buendía con la cola de puerco porque este niño no era un símbolo de la decadencia de la familia sino un triunfo contra la soledad, un triunfo que sólo ellos dos pudieron concretar.

Los cien años que narra García Márquez en esta novela son una centena de años de continuas repeticiones. La historia cuenta que un día, Úrsula “descubrió que cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora” (p. 210). Sólo la existencia de pequeños cambios permitía que un día se distinguiera del anterior.

Las actitudes y las situaciones de los Buendía son tan semejantes que Úrsula constantemente tiene la sensación de que el tiempo transcurre en forma circular y están viviendo lo mismo una y otra vez. Esta certidumbre la enloquece y termina confundiendo el tiempo presente con el pasado. A pesar de la justificada locura de Úrsula, las semejanzas entre los incidentes que rodearon a los Buendía y sus patrones conductuales nunca consiguieron llegar a un paralelismo sino que seguían el curso de un espiral: se repetían, aunque una generación era más compleja que la anterior.

Al igual que los días, los nombres de los Buendía se repetían de manera casi natural, pero las ligeras diferencias entre un Buendía y otro, fueron las que permitieron el avance de los años y de las generaciones hasta concluir con el bebé con la cola de puerco con quien terminarían los Cien años de soledad .

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