Sumario. Libros. Reseña.
  Pudor
 

Santiago Roncagliolo

 

Editorial Alfaguara, 2005

 

Alejandro Tobar

 

A la hora de leer una novela interesante no está de más tomar algunas notas para tras la lectura tener un plano global que ayude a valorarla de principio a fin. En el caso de Pudor , mis notas, que en un primer momento no aspiraban a ser más que un par de observaciones, pronto llegaron a ocupar un par de folio (márgenes incluidos). Desmenuzar la obra de Santiago Roncagliolo es un trabajo por un lado muy entretenido y por otro bastante complejo. A mí me ha quedado de la siguiente manera:

El ritmo de la historia, de trasladarse a un estado cardíaco, podría decirse que es algo similar a lo que viviría un paracaidista novel durante su primera tirada desde la avioneta: en un principio nervios lógicos seguidos de disfrute, más tarde cierta angustia progresiva dada la incertidumbre de si el paracaídas se abrirá o no correctamente, después -para este caso en concreto- se añadiría un pasaje en el que la anilla no funcionase correctamente lo que haría incrementar notablemente la tensión para in extremis desplegarse todo el mecanismo y de un suspiro soltar adrenalina al por mayor. Ya por último está la caída -que no aterrizaje- a tierra.

Creo que no ha lugar a debate sobre el hecho de que la novela -pese a ser su autor peruano (Lima, 1975); pinga, pucha, cachar y otros términos lo cercioran- tiene mucho más de norteamericana que de hispana en lo que a su tradición se refiere. Y eso sin entrar con el tema del recurrido “whiskey” que pulula por todos los capítulos o pasajes en que aparece el cajón de la mesa del despacho de Alfredo, que recuerda en algunos aspectos al Philip Marlowe, detective protagonista de la novelas de Raymond Chandler. Cuando digo que es una novel de acento norteamericano me refiero al estilo de escritura, en dónde me ha parecido encontrar ciertos toques austerianos e incluso algún recurso (sobre todo en el principio de la novela) ya tomado en el pasado por las denominadas novelas de ciudad protagonista, como Berlín Alexander Platz de Döblin o, más si cabe, Manhattan Transfer de Dos Passos. Tomando a este último como referencia y volviendo a este lado del globo, topamos con Sánchez Espeso y su última obra, New York Shitty , que tiene en común con Pudor los puntos del “voyeur sex”. Quizá esté yendo demasiado lejos en mis conjeturas. Aún así, no quiero dejar en el tintero otra idea: el desmoronamiento de la familia es algo que el cine americano viene tratando en los últimos años con películas como American Beauty de Sam Mendes o Happiness de Todd Solonz.

En Pudor, a Alfredo, uno de los personajes, se le da la noticia de que le quedan seis meses de vida; este tema de “El hombre que se muere” y todo el entramado psicológico a su alrededor tiene gran similitud -salvando las distintas actitudes adoptadas ante la adversidad- con el protagonista de Un disgusto pasajero de la francesa Françoise Sagan. Para seguir completando el elenco de parecidos razonables y posibles influencias y/o coincidencias, no puedo dejar de nombrar a J.D.Salinger, al que en ocasiones recuerda Roncagliolo con esa forma infantil de narrar (más palpable en el primer cuarto de novela), pero a diferencia del estadounidense, el iberoamericano asentado en Madrid lleva la narración más allá y se amolda a un narrador distinto en función del personaje que maneja. Es distinto, leer texto sobre Sergio que sobre Papapa, sobre Lucy que sobre Mariana (todos ellos personajes del mismo libro y la misma familia). Otro aspecto a tratar en esta muy bien escrita novela (Construida en base a frases cortas y sin artificio literario, que es otro de los detalles que la alejan de la tradición hispanista) es el cruce de historias de forma sencilla, no como Frederick Forsyth sino más bien como otro peruano: Vargas Llosa, en La Tía Julia y el escribidor . Hay veces que los pasajes se superponen pero en muchas otras ocasiones cambia el autor de nivel y parece que nos cuente otra historia –además, con el tino de no dejarnos olvidar la anterior-. En definitiva, alternas las historias y lo hace con maestría.

Las imágenes o escenas del libro son, como bien se dice en la contraportada que edita Alfaguara, susceptibles de interpretación trágica o cómica. A gusto del lector. Ambas son posibles y ambas se complementan. La psicología de los personajes está bien delimitada (dentro de los no-límites de la psicología) o contorneada. Una curiosidad que me ha parecido percibir es el empleo del cielo como un baremo, como un termómetro (algo así como las nubes en Salomé de Wilde) para indicar cuál es la atmósfera de la “trama” en cada momento. También he caído en la importancia de los colores: “blanco silencio de hospital…”, “gris ceniza de Mariana caída del caballete…”, “ojos grises como el cielo…”. El Gris es sin duda el Cielo de gran parte de la novela (toda, ¿quizá?).

El problema que a quién escribe esta reseña le parece ver reflejado en estas gentes pudorosas tomadas de la imaginación del joven Roncagliolo (treinta años cuenta apenas) aún no está del todo claro; quizá sea la Incomunicación o quizá la Soledad, la idea que el peruano nos quiere hacer llegar, suponiendo que quiera hacer llegar alguna idea. En cualquiera de los casos, ambos conceptos van íntimamente relacionados.

Por último, quisiera destacar dos fabulosos pasajes que con gusto recomiendo ponga su atención el futuro lector de Pudor . Vienen dados en forma de diálogo: uno es el de Alfredo y Mari Pili en la cocina y el otro la entrañable conversa de Papapa con el fantasma de Abuela que es la cumbre de la Soledad de toda la narración.