Sumario. Entrevistas.

Silvia Adela Kohan

"Escribir bien es saber mirar"

Iván Humanes Bespín

 

 

Silvia Adela Kohan es licenciada en filología hispánica, investigadora de técnicas de creatividad en literatura y lenguaje, y directora de la revista Escribir y publicar. Cofundadora de Grafein (talleres de escritura y reflexión teórica), actualmente en Barcelona, colabora en el suplemento cultural del diario La Nación, de Buenos Aires. Además, es autora de numerosos libros, entre ellos, De la autobiografía a la ficción , Escribir una novela, Así se escribe un buen cuento, Taller de escritura: el método y Ava lo dijo después . Ganadora del Premio Delta 2005, Finalista en concursos como el “Juan Rulfo” de cuento y el Lumen “Femenino Singular” de novela.

A uno le parece que debe ser complicado eso de rascar en la teoría literaria, buscando siempre el mecanismo que hace funcionar la máquina –la esencia que da vida al texto– y a la vez llevar a cabo una intensa actividad literaria, fuera de la investigación en sí. Una especie de dos caras, a lo Jekyll y Hyde. En Silvia Adela Kohan todo es literatura, permanentemente en contacto con ella. Y ello le permite partir de la biopsia del texto y construir sus novelas sobre pilares de acero. Hacerlo sin imitar el esquema clásico de las novelas, escarbando nuevas maneras.

P.- Silvia, ¿cómo compaginas el ver la literatura con ojos teóricos y luego situarte como escritora ante el papel?

R.- La escritura es la historia de mi vida. Vivo escribiendo, mirando la realidad desde la ficción, estoy siempre en predisposición de escritura, todo pasa por el filtro de la literatura. En este sentido, escribir te permite tener más ojos, investigar el otro lado de las cosas, probar puntos de vistas, transitar esa frontera entre la teoría y la práctica permanentemente. La teoría es un disparador.

P.- ¿Qué te consideras, más escritora, profesora...?

R.- Todo pasa por el mismo filtro. Experimento variantes para comentarlas con los talleristas o para desplegarlas en un libro de técnicas literarias. Precisamente, la novela con al que acabo de ganar el premio Delta, Un año de mi vida , fue el resultado de uno de estos experimentos. Me propuse “engordar” un relato de ocho páginas probando distintas opciones para luego proponerlas en el taller. Mis talleristas se ríen porque, sin darme cuenta, veo en libro muchas de sus ideas y así les propongo novelas, divertimentos, peculiares libros de relatos...

P.- Si te pregunto por tus referentes literarios y Argentina. Viniste hacia los ochenta a España, ¿queda algo del juego sudamericano de Cortázar en tus historias? ¿Qué conservas todavía de esa Argentina literaria?

R.- Cortázar fue una etapa, como nos pasó a todos en los setenta. Aprendimos mucho de él tanto en su planteamiento del escribir y del “desescribir” como en su mirada revolucionaria de Latinoamérica. Pero poco a poco fui tratando de encontrar mi propia voz. Me interesa mucho narrar desde mi condición de mujer en el mundo, de argentina en Catalunya, y mi Argentina literaria es la creatividad que desbordaba en Buenos Aires y en las provincias poco antes de la dictadura militar del 76 y que me ha marcado; es Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Juan José Saer, Alejandra Pizarnik, Ricardo Piglia, los vecinos uruguayos Felisberto Hernández, Ida Vilariño, Onetti y Galeano, los escritores del resto de América, franceses e italianos, sobre todo, que leíamos con pasión “a la manera argentina”, el cine, las historias personales en ciertos barrios y ciertos rincones, mis vivencias que cada tanto rescato en ese juego de Perec “Me acuerdo” al que juego a menudo consciente o inconscientemente...

P.- El azar de los personajes, de las relaciones, de los resultados... ¿En tus textos juega un papel importante el azar?

R.- Yo creo que el azar es un modo de estar más atento al entorno, a nuestros pensamientos, de llevar las antenas puestas, y entonces las cosas suceden, la simultaneidad ocurre. Y, por cierto, escribir bien es saber mirar, es encontrar esos puntos de cruce, esos chispazos que el azar ofrece. Conecto con Paul Auster.

P.- En la novela Ava lo dijo después utilizas un argumento sólido, pero abierto. En ese sentido la historia huye de lo habitual y comercial, ¿por qué elegiste este final? ¿El final se intuye o se programa?

R.- El final es la “desembocadura” natural del texto. Y a veces es cuestión de dejar madurar la historia, de saber esperar, y el final se impone. De hecho, el escritor experimentado suele iniciar el texto donde el escritor principiante lo acaba. O sea, se trata de plantear el comienzo de modo tan intenso que tienda los hilos para dicho final. El final de Ava es una vuelta de tuerca sobre las trampas que la vida misma le tiende a uno. En este caso, tanto a la mujer como al marido. Empieza con una escena que ella ve casualmente: en un informativo de la televisión descubre a su marido con otra mujer, y esta visión se convierte en el motor de su proceso personal; la novela acaba con una escena resultante del azar, que recoge los hilos del inicio. En general, me han dicho que es una estructura sólida, como tú dices.

P: Ava lo dijo después , es algo distinto. ¿Qué nos ofreces en el anexo del libro?

R.- Bueno, la idea del anexo le ha gustado mucho a gente como Enrique Vila-Matas, a quienes les interesa crear con los mimbres mismos de la ficción. Cuenta mi propio proceso de reflexión durante la escritura de la novela y muestra más aristas de los personajes. Es una especie de complemento de la historia y, a la vez, intenta ser la cocina para aquellos que se interesan por saber “cómo está hecha una novela”: deformación profesional.

P.- También has pisado el terreno del libro de autoayuda, y creo que en Portugal han tenido un gran éxito estas publicaciones, ¿cómo te explicas esa acogida?

R.- En este campo, trabajé con la mujer de distintas edades, tratando de plantear una serie de reflexiones y de marcar lo que se puede hacer desde distintos frentes para vivir cada momento de modo más consciente y elegido. Estos libros: 25 maneras de disfrutar siendo una mujer de 40 a 55 , una treintañera y una de más de 55 han sido best-seller en Lisboa, seguramente por el momento de encuentro consigo misma que empieza a vivir allí la mujer en la actualidad.

P.- Por la literatura podemos conocernos, ¿la escritura nos ayuda a resolver conflictos propios?

R.- La escritura es un acto de salud, es terapéutica, permite vivir otras vidas y es la mejor herramienta para atreverse a pensar. Escribir es decir lo que digo, lo que hubiera dicho y lo que podría decir. No es sólo expandir la vida en distintos textos, sino vivir la vida. Porque podemos ser lo que escribimos . Escribiendo se puede modificar la realidad. Por otra parte, la escritura es atrevida, desafía la muerte. Para mí, escribir es arriesgarse, ni más ni menos. De allí el placer, y el sufrimiento por alcanzar el placer que la escritura provoca.

P.- Conoces muy de cerca el ansia de los nuevos escritores por la publicación y el premio rápido, ¿cómo son estos narradores que vienen? ¿Notas que en ellos se impone más la escritura fácil que la literatura “pura”?

R.- La experiencia que tengo es la de los cientos de cuentos y poemas que nos llegan a nuestra revista Escribir y Publicar , surgida precisamente para canalizar la necesidad de la gente de ver publicados sus textos. La tendencia, en los textos recibidos, refleja de alguna manera la época que estamos viviendo: “Todo para ayer y rápido”, y la “urgencia” en nuestro oficio como en cualquier otro, no es una buena consejera. Se echa en falta un mayor rigor por parte de los autores. Por eso mismo, desde el próximo número, “regalamos” un comentario sobre los textos que nos envíen todos los suscriptores.

P.- Alguna vez te leí las condiciones ineludibles que debe reunir un poema. Utilizándote como profesora (y por eso de ponerle límites a la prosa y a la entrevista), ¿las recuerdas?

R.- Escribir poesía es transformar en música y decir mediante símbolos lo que nos ocurre todos los días. Se trata de escoger las palabras más adecuadas, las únicas que pueden decir lo que uno pretende; de conseguir una construcción rítmica armónica. Exige la palabra exacta y una cadencia marcada por la emoción. La poesía no es representación; es un instrumento mediante el cual podemos, ver, tocar, oír; no es intermediaria.

Un buen poema es una unidad completa: sugiere la totalidad sin explicarla aunque esté compuesto por unos pocos versos.

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