Harold Bloom ha venido y nadie sabe cómo ha sido. La traducción al castellano de Genios —otra vuelta de tuerca a su polémico canon— devuelve al crítico norteamericano a portadas de suplementos y conversaciones teóricas: quiénes, cómo, por qué. Compartamos o no su afán enciclopédico y las pautas que lo respaldan, discutibles por particulares —y viceversa—, negar la influencia de Bloom en la crítica y lectura contemporáneas se titula misión imposible. Bloom impulsa con su alargada sombra no clasificaciones, sino un vocablo-pesadilla, fundido en negro, gritos de los que espeluznan: canon . Apoyos, ataques, debates, nuevas versiones. Tiemblo cuando define una mesa redonda; respiro si me asignan otra, y balbuceo al descubrir mi nombre debajo. La primera intención es acudir a la perogrullada: más que discutir la que, en el fondo, es sólo la opinión de un lector —sabio y experimentado, sí, pero tan mortal como el resto—, necesitamos que cada lector elabore su propia lista; que el canon se centre, dentro de esa definición de uno, grande y libre, en el último adjetivo, contemplándose como un macrocosmos formado por millones de pequeñas memorias. Diferentes orígenes, tradiciones, edades, estilos, educación y etcéteras fructifican en unas bibliotecas nacidas para configurar un valioso puzzle común. Evidencia: mi canon particular será previsible y radicalmente distinto al de un autor iraní treinta años mayor. Y realidad: mi canon particular tampoco guarda demasiados puntos comunes con el de un autor coetáneo y paisano. Compartiremos, con suerte, algunos nombres. De nuevo diferentes orígenes, tradiciones, edades, estilos, educación y etcéteras…
Acepto a regañadientes una segunda opción más cercana a lo real: aunque contraria a un canon universal y categórico, soy consciente de que los imperativos universitarios, editoriales, extraliterarios en definitiva, pesan —malditos libros de cabecera— más que el libre albedrío. Así, ante dos manías compulsivas —la de canonizar lo impreso con la tinta aún fresca, y la de recurrir a lo previamente canonizado como Única Verdad Válida— es necesario ampliar el campo de visión, abandonar modelos, reconocer lo establecido como inútil, y centrar nuestra intención en un camino único y múltiple al mismo tiempo: el de las minorías. Conocemos la grandeza de Cervantes, Shakespeare y Kafka; ¿y qué hay más allá? ¿Y si el tiempo y unos pocos han dificultado el acceso a obras equivalentes o de calidad no demasiado lejana? Tradiciones marginadas por sus postulados en las antípodas de lo occidental —«¡qué bien escribe para ser india!», parecían clamar algunos ante El dios de las pequeñas cosas —, voces de mujeres ninguneadas por el modelo patriarcal perpetuado en el análisis y la creación. Recientes publicaciones —significativamente, coinciden en librerías con el Genios de Bloom— indican un cambio o, al menos, lo prologan. La traducción —en dos editoriales: Destino y la muy prometedora Atalanta— de La novela de Genji , escrita por la japonesa Murasaki Shikibu en el siglo X; Pangolines, unicornios y otros poemas , compilación de Marianne Moore que Olivia de Miguel firma para Acantilado —ya existía una muy buena Poesía reunida en Hiperión—; o los Cuentos completos de Flannery O'Connor —en una exquisita edición, marca de la casa, de Lumen— son joyas que invitan a ensanchar horizontes y estanterías.
Ese canon general aterrador, tan venerado en los despachos, precisa una revisión urgente. Esta redefinición que aporte nuevos títulos y miradas más universales —macrocosmos, lo he llamado en mi esbozo— debe recaer en nuevos críticos y en los propios lectores, con una visión de la literatura acorde con los conceptos actuales. Precisa años y esfuerzo, no cabe duda; editoriales minoritarias, traducciones escondidas —o inexistentes—, nombres tapados por la historiografía. El esfuerzo, sin embargo, merecerá la pena.
elena@labellavarsovia.com