| La última edición de la Feria del Libro de Madrid abrió las puertas de su tan temido correveidile a este joven gaditano de 31 años, escaso en edad pero largo en estatura y en recorrido literario. Catorce libros publicados (cinco de ellos poemarios) y cinco premios de ámbito nacional avalan su reputación de “niño precoz” y, desde hace tiempo, era bien conocido en los cenáculos poéticos, no así en los de narrativa. Al menos hasta el pasado mes de mayo. Una semana antes de inaugurarse la Feria, presentó en el Museo Arqueológico de la capital su segunda novela, La coartada de Antínoo , y apenas siete días después, sin casi promoción en los medios de comunicación, comparecía en el paseo del Retiro para someterse al obligado examen de la firma de libros, con escasas esperanzas de que alguien supiera de la existencia de su obra. Ni él mismo daba crédito cuando descubrió que tenía más seguidores de los que imaginaba: no paró de rubricar dedicatorias en toda la tarde. La sorpresa fue mayúscula cuando representantes de otras editoriales comenzaron a merodear, sin ambages, por la caseta número 36. Querían conocer al autor “del que todos hablaban”. La caza acababa de empezar. La de los editores. Ésa también es la Feria de Madrid.
P.- ¡Qué ganas de meterse en camisas de once varas!
R.- ¿Perdón?
P.- Le ha costado a usted más de una década abrirse camino en la poesía y, cuando por fin tiene espacio propio, cuando autores de la talla de Pilar Paz Pasamar, Félix Grande (último Premio Nacional de las Letras), Antonio Hernández o Francisca Aguirre le tratan de tú a tú, da el salto a la novela. Yo diría que se asemeja bastante a una de esas camisas.
R.- (Despliega una sonrisa seductora. Es zalamero, no lo puede remediar) Necesitaba embridar otros temas y encauzar historias que no pueden canalizarse sino desde la novela. La poesía está tanto en ensayo como en narrativa. Todo tiene vuelo metafórico pero no todo permite contar una historia. Yo ya lo había intentado en dos poemarios, La paternidad de Dark Vader (inédito) y Las islas cómplices (Premio Bahía de Poesía, 2004) pero quería más.
P.- Y se lanza a una novela histórica. ¿Moda?, ¿oportunidad?, u… ¿oportunismo?
R.- Ninguna de las tres cosas. La coartada de Antínoo nace de la fascinación por un personaje que acaba cumpliendo su objetivo: convertir en inmortal el amor que siente por el emperador Adriano, aún a costa de dar su propia vida para conseguirlo. Es algo que me ha obsesionado durante los cerca de seis años que he trabajado en la obra. Además, decía Byron que “el mejor profeta del futuro es el pasado”. Yo vivo la literatura con pasión gracias a mi abuelo quien, desde la infancia, me enseñó a leer los grandes clásicos. Entonces comprendí que la Historia es un espejo en el que mirarse para no repetir errores.
P.- Pues hay muchos que deben tenerlo sucio. O roto.
R.- O quizá es que, sencillamente, no se han enterado de que existe.
P.- Y otros, que sí saben de su existencia, lo han desvirtuado en beneficio propio .
R.- (Nueva sonrisa) Me molestaría que alguien pensara que me he sumado al carro de esa novela histórica actual, que no es sino un pastiche sentimental revestido con trapitos de época. Mis referentes son otros. Robert Graves, Manuel Mújica Láinez, y, por supuesto, Marguerite Yourcenar. Eran escritores que no pensaban en un producto de marketing, como ahora, sino en investigar un acontecimiento histórico y darle el vuelo metafórico que necesita cualquier novela que pretenda llamarse tal.
P.- Pues ya le gusta a usted enmendarle la plana a sus “referentes”, ya. ¿No es un poco atrevido para alguien de apenas 31 años?
R.- ¿Lo dice por Marguerite Yourcenar? No he intentado enmendar nada. Me parece una escritora enorme, una adelantada del siglo XX, pero no la sacralizo. Adoro sus Memorias de Adriano pero en esa obra, la historia de amor del emperador romano con Antínoo ocupa sólo 14 páginas y yo he querido darle voz al joven amante, nada más. Yourcenar encumbra demasiado a Adriano . Quizá porque, en cierto modo, era un alter ego del padre de la escritora, al que ella adoraba. En La coartada de Antínoo , sin embargo, hay cosas que no dejan en buen lugar al emperador Adriano. Sencillamente no he olvidado que, aunque ungido por los dioses, era humano. Creo que a los personajes, por grandes que hayan sido, hay que perderles de alguna manera el respeto para poder escribir sobre ellos.
P.- Usted decide dar protagonismo a la parte más desfavorecida de la relación: Antínoo. ¿Se trata de una apuesta personal o de un reto narrativo?
R.- Ambas cosas. Reto porque de Adriano se tiene muchos datos y de Antínoo sólo conocemos que fue su amante. Y apuesta porque la Historia se ha contado siempre desde los que estaban en una situación de poder. Etimológicamente, amante significa “el que se entrega” y en literatura, en Historia, el amado ha salido mejor parado. Sin embargo, no habría amados sin amantes.
P.- Ni parejas estables sin que una de las partes renunciara a si misma y jugara el papel más débil. El hecho de darle voz ¿es un desideratum para que por fin la tenga?, ¿una identificación personal?, o bien la novela, que suele ser termómetro de los cambios sociales, ¿está sacando a la luz un cambio de mentalidad? No es usted el único que, en los últimos tiempos, apuesta por ese amante, digamos, en la sombra .
R.- De nuevo, las tres cosas.
P.- No vale.
R.- (Ríe). Hay algo de identificación, sí. En la vida de todos hay un Adriano, alguien por el que todo se sacrifica y que se nos cae del pedestal, haciéndose añicos. Aún así, se le sigue amando. Decía Ciorán: “he destruido a mis ídolos para consagrarme a sus restos” y en ese sentido, sí hay autobiografía en La coartada de Antínoo . En cuanto a dar protagonismo a los que están en la sombra, no es una cosa de ahora. Desde hace mucho se busca la perspectiva de quienes estaban cerca de los grandes de la Historia. Eso es algo que saben bien Juan Eslava Galán o Andrés Trapiello y lo han demostrado con sus dos novelas sobre Cervantes. Son obras desde puntos de vista menos sacralizados, pero, insisto, esas apuestas se vienen haciendo desde hace tiempo.
P.- En literatura se puede inventar, pero no impostar. Hay que haber amado mucho para destilar tanta emoción como emana La coartada de Antínoo .
R.- Mi reto fue procurar que los personajes de la novela fueran emocionalmente reales. El lector es alguien que busca que le enseñen o le cuenten una historia que le emocione. Una idea que ya estaba en el mundo clásico. El “movere” de los latinos no es otra cosa que “mover a la emoción”. En el teatro, por ejemplo, está muy claro. Y he querido seguir esa estela. Además, siempre me ha importado mucho vivir, además de estudiar o de leer.
P.- ¿Y ha vivido como Antínoo o como Adriano?
R.- Tengo 31 años muy vividos y me ha dado tiempo a ser Antínoo y Adriano. En cuanto a pasiones, uno no termina nunca de aprender y quien crea que todo lo sabe, se equivoca en mi opinión. Lo mismo sucede en literatura.
P.- O sea que admite que le ha tocado conocer el arrepentimiento de Adriano, el apreciar sólo cuando se ha perdido, después de haber despreciado .
R.- Es una posición muy humana: creer que uno lo merece todo y, cuando lo pierde, reconstruir desde la frustración por no haber apreciado todo lo que se tenía.
P.- ¿Qué ha aprendido usted “con” La coartada de Antínoo?
R.- He revivido muchas intensidades emocionales que me han ayudado a crecer.
P.- ¿Y “de” La coartada de Antínoo?
R.- Que Antínoo llega a los estadios más grandes del poder por amor, doblegado al amor, por eso no lo ejerce. Es más, se siente identificado con los oprimidos. Con el pueblo judío, por ejemplo. Y con los primeros cristianos que en aquella época empezaban a emerger. Él es, además, bitinio, de formación griega, es decir, también un sometido, por mucho que termine siendo el amante del emperador. Antínoo acaba siendo consciente del poder que hubiera podido tener pero lo rechaza. A mí también me ha pasado.
P.- ¿Y que podrían aprender los lectores actuales de ese siglo II D.C en que se desarrolla su novela?
R.- Que las luchas de poder no han cambiado en absoluto y que en el camino se sacrifican muchas víctimas, inocentes o no. Tampoco emocionalmente hemos cambiado. Sigue habiendo personas que son capaces de entregarse por amor y otras que no son capaces de valorar esa entrega hasta que la han perdido.
P.- Ser un joven erudito que, además, ha sido considerado “precoz” es una ventaja pero, ¿hasta cuándo? ¿Cuándo empieza a resultar una lacra?
R.- No estoy seguro de que ser joven sea una ventaja. Además, tampoco soy tan “precoz”. Hay modelos mucho más precoces. Rimbaud, sin ir más lejos. En cuanto a la erudición, en tiempos de la cultura y de la comida rápida, de la cultura y la comida ligth, no es ninguna ventaja sino un inconveniente. A la hora de enfrentarse a una novela, sí da muchos cimientos. Aunque también levanta muchas suspicacias. Pero esa es la era en la que vivimos… y no tenemos otra
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