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José Fontinhas, conocido como Eugenio de Andrade, ha muerto en Oporto, a los 82 años, víctima de una “larga enfermedad”. El autor de Las manos y los frutos, una de las figuras más destacadas del siglo XX portugués, deja como legado varias décadas de extensa obra literaria traducida a una veintena de lenguas. Dos docenas de poemarios, obras en prosa, libros infantiles y traducciones jalonan la vida de este poeta militante “de la sencillez”.
Nacido en Povoa de Atalaya (1923), en el seno de una familia campesina, heredó de ésta el desprecio por el lujo que, según él, es siempre una degradación. Soy hijo de campesinos –declaraba, a modo de consigna- y eso que le hizo aprender que pocas cosas había absolutamente necesarias . Acaso esas mismas cosas que sus versos amaron y exaltaron desde sus más tempranos poemarios. Tal vez por ello alzó su voz para renombrar la tierra, el agua, la luz, el viento ... que se consustanciaron para dar cuerpo a buena parte de la carne de sus versos. Desde Pureza , su primer libro, una larga lista de títulos delimitan su medio siglo de buen hacer poético: Corazón del día , Mar de septiembre , Antología breve , Memoria de otro río , Escritura de la tierra y otros epitafios , Blanco en lo blanco ... Pero, sin duda, Las manos y los frutos , es su poemario más personal y uno de los referentes fundamentales de la poesía actual.
Este funcionario de honda cultura, empeñó su vida literaria en defender la exactitud y sencillez del lenguaje despreciando los “caireles” del verso vacuo y pomposamente adjetivado... Pero ningún poeta es del todo “inocente”, y de ahí que a Andrade se le aprecien ecos del cancionero medieval del que fue ferviente defensor –en particular de los Cantares del amigo -, la cultura griega y oriental, sin olvidar a Bécquer, Juan de la Cruz, Pessoa, Rimbaud o Whitman... y mucho menos a Lorca, Machado o Juan Ramón, a quienes tradujo al portugués. Galardonado, entre otros, con el Premio Camoes o el Premio Celso Emilio Ferreiro –tal vez el Cervantes de la poesía-, a lo largo de toda su producción se dan unas idénticas constantes a modo de militancia lírica: poemas breves, puros, que se revelan al rector como auténticos “coan zen”, destellos de sabiduría profunda impregnada de desnudez y paganismo. La poética de Andrade está exenta de alineación ideológica y por ello no es discursiva. Su decir fluye de un modo lento, constituyendo cada poema una unidad breve de poderosas imágenes preñadas de perfección, delatando el eterno perseguidor de la sencillez y la trasparencia que fue. Empeñado en despojar la palabra de elementos superfluo y despreciando cualquier tipo de conceptismo barroco.
Poeta del desprendimiento , tendía a aproximarse cada vez mejor a un lenguaje sustantivo, magro, áspero, luchando a brazo partido contra todo atisbo de exhibicionismo Tal vez porque, como él mismo explicaba: nacido en tierras donde la luz de la noche era de aceite y el pan tenía el color de las piedras, todo exceso me parece una falta de gusto, todo lujo, una falta de generosidad . Su poesía –y la coherencia de su vida- representan fidelidad permanente a los asuntos humildes, las cosas de la tierra... aunque en su forma más feroz y apasionada.
Vinculado a una generación de escritores que desarrollaron su obra en medio de las luchas colonialistas y la presión de un gobierno totalitario, durante toda su vida fue representante de una izquierda que rechaza todas las formas de represión. Hablan, quienes le conocieron, de su profundo sentido de la justicia y su íntima coherencia, tal y como se registra en un volumen titulado “El amigo más íntimo del Sol”. Detestaba la vida social, le aterrorizaba la ostentación y se protegía de los micrófonos y las entrevistas. Ocupaba sus días en ver pasar el tiempo, leer, escuchar música y afanarse en sus poemas... “porque era el emperador de su alma” –como le gustaba decir, parafraseando a Melville-.
Eugenio de Andrade fue de esos raros poetas para quienes el silencio tenía más palabras que ninguna otra cosa. Y en esa quietud mojó la tinta de sus versos. A decir de sus próximos, daba la sensación de estar en permanente fusión con la vida, los seres que lo rodeaban y sus propios recuerdos... Hoy que se ha marchado, no hallaremos a Eugenio de Andrade sino en todas partes, porque así nos lo enseñaron sus versos.
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