| Es Gonzalo Calcedo un autor de relatos (lo que no es decir poco) avalado además por haber ganado en dos ocasiones el Premio NH (una al mejor libro inédito de relatos y otra al mejor relato presentado en solitario) y por haberse alzado con el Premio Alfonso Groso al mejor libro de cuentos. Decir esto de un autor, delimita un poco el terreno del juego en el que nos estamos moviendo, ya que si bien el relato corto como género goza de un inmejorable prestigio (pocos son los autores que no se acercan en algún momento de sus carreras literarias al mismo) si que es cierto que dicho prestigio no se ve correspondido por una decidida apuesta editorial. Calcedo publica ahora el volumen La carga de la brigada ligera , cuando aún tenemos en la memoria sus Apuntes del natural. Otra ocasión para disfrutar de su literatura, ya que estamos ante un autor de relatos breves que no es lo mismo que un escritor que escribe relatos breves.
Luis García.- Vuelve al relato después de una incursión en la novela con La pesca con mosca . ¿Cómo se encontró en dicho género?
Gonzalo Calcedo.- Incómodo, en general. Prueba evidente de ello es que para abrirme paso más allá de las veinte primeras páginas tuve que recurrir a un escenario hasta el momento inédito en mis cuentos, la Administración, pero que conozco bien laboralmente. Necesité ese apoyo, una suerte de muleta que me ayudó avanzar. Fue una doble derrota, por el tema en sí, y por el hecho de someterme al mandato editorial de escribir una novela. Releyéndola me he dado cuenta de que la Administración, por añadir algo en mi defensa, es al final una anécdota y que son otros los asuntos que dominan el libro.
L.G.- De lo que no cabe duda es que es usted un escritor de relatos al más puro estilo norteamericano, incluso se le ha comparado con Carver, Cortazar... ¿Qué les debe Gonzalo Calcedo a los grandes cuentistas?
G.C.- Curiosamente, Cortázar, más alambicado y aparentemente intelectual, fue una lectura de adolescencia; Carver, pero no sólo él (una muerte temprana le ha convertido en el “nombre” de un modo de entender la narrativa en Norteamérica, en detrimento de otros autores), ha sido una lectura de madurez. Uno provocó en mí el entusiasmo del descubrimiento, el otro el placer de la brevedad. Con el tiempo me siento más próximo del segundo que del primero; sus cuentos y los de otros escritores de la misma escuela se “ven” físicamente, se palpan. En la escuela latinoamericana la narración se bifurca demasiado, vuelve sobre sí misma y para mí, ya convertida en mecanismo, se devalúa.
L.G.- ¿Y cuáles serían sus referentes literarios?
G.C.- Por supuesto no sólo hay cuentistas. Guardas memoria de los autores que te han formado como lector y, vocacionalmente, como escritor, y a los que no es necesario volver porque su impronta resulta indeleble: Stevenson, Melville, Conrad, London, Greene. Luego aparecen aquellos que estilísticamente te han influenciado más: Hemingway, Cheever, Salinger, Tobías Wolf, Richard Ford y compañía. Entre unos y otros no existen fronteras en mi biblioteca, pero por explicarlo de alguna manera, diría que adoro a Conrad, pero que también sería incapaz de escribir un cuento en el lenguaje de Conrad. No se trata de resultar actual o no, sino de adaptación al medio.
L.G.- Porque usted seguro que es un gran lector de relatos.... ¿Con quiénes se identifica, con los latinoamericanos o con los norteamericanos?
G.C.- Exagerando las diferencias apuntadas en otra pregunta anterior, diría que los latinoamericanos representan el ingenio, el artificio de las palabras y su tramoya; se aproximan a la realidad desde la “literatura”, dando rodeos. Los norteamericanos contemplan la vida de frente, ejercen de forenses de las situaciones, se codean con los mitos de la modernidad con la ropa de andar por casa, lo cual no quiere decir que carezcan de técnica, muy al contrario: en ellos, como sucede con su cine en contraposición al europeo (generalizando), las herramientas no dejan tanta huella de su trabajo, se notan menos. Lorrie Moore, por ejemplo, es magnífica.
L.G.- Decía Daniel Moyano, otro gran cuentista, que si no vas a hacer disparar una carabina, no la pongas en el relato .... ¿Se atrevería a escribir Gonzalo Calcedo un decálogo al estilo del de Quiroga o al dodecálogo de Andrés Neuman?
G.C.- Con la misma franqueza de antes, no. Me parecen un poco exhibicionistas, literatura al fin y al cabo, ficción. Pero del de Neuman suscribiría una frase: “La mirada puede ser el personaje principal”.
L.G.- ¿En algún momento sintió que ya lo había escrito todo?
G.C.- Cuando publiqué “Apuntes del natural” me sentí en cierto modo acorralado. Era mi quinto libro de cuentos y no había sucedido, hasta el momento, nada extraordinario. Había ganado concursos, por supuesto, pero percibía ya la fragilidad que domina a los cuentistas en el mundo editorial: habitas un suburbio y si insistes en ello, te conviertes en un paria. Te das cuenta, cruelmente, de que un libro ya escrito y editado, tiene que ser promocionado para que exista. Esa continuidad de su vida, el abandono del letargo, es muy difícil en este género porque no hay una respuesta constante y significativa por parte del público No lo había escrito todo, desde luego, pero si albergué cierta antipatía hacia mis propios cuentos, hacia lo que había conseguido. Padecí el síndrome de la equivocación.
L.G.- Vivimos un cierto resurgir del relato corto, incluso del relato hiperbreve... ¿Asistimos a una moda o tiene esperanza en que se asiente definitivamente el género?
G.C.- Yo creo que el lugar natural del cuento son las revistas, literarias o no, los periódicos, sus suplementos, no el libro por encima de todo. Desgraciadamente no hemos importado esa tradición, muy anglosajona; tenemos autores y cuentos, pero el medio adecuado, hoy por hoy, no existe en este país. Basta con comprobar como son precisamente los novelistas quienes llegado el verano se trocan en autores de cuentos para “rellenar” con sus recortes de texto las páginas de algunos diarios importantes. Por otra parte, el fenómeno de las antologías está dando lugar a cónclaves de amigos interesados en promocionarse; la proliferación de títulos (siempre aparente, si lo comparamos con el número de novelas “seta” que brotan por doquier), es engañosa. Las ventas son mínimas, en general, salvo las de algunos autores hábilmente amparados por el prurito de lo políticamente correcto, ya que escriben en sus lenguas vernáculas.
L.G.- Incluso comienzan a aparecer Editoriales Independientes que casi exclusivamente editan relato... (Páginas de Espuma, Thule Editores, Menoscuarto...)... ¿Casualidad o necesidad ante la demanda?
G.C.- ¿Qué quiere decir independientes? ¿Acaso las otras no lo son? Queremos decir pequeñas, únicamente eso. Y no creo que haya demanda. No suelen verse manifestaciones de lectores de cuentos clamando por algún título ante las grandes librerías. Todas estas editoriales pugnan por ocupar un hueco que las demás, es evidente, desatienden, ignoran o desprecian. Su modo de acceder al negocio editorial, de establecerse en él, es este, abrazando lo que las demás arrinconan. No les resto legitimidad ni afirmo que lo hagan por recurso, pero sí estoy convencido de que tendrían grandes dificultades para negociar “novelas” solventes.
L.G.- ¿Qué opinión tiene de los nuevos valores españoles, de esta fiebre por el relato breve de algunos autores?
G.C.- Casi todos empezamos escribiendo cuentos; para algunos se trata de un escalón, lo suben y piensan en el siguiente, la novela. Para mí se trata de una meseta, un territorio vasto y ejemplar, digno de ser recorrido. Estoy en ello.
L.G.- En una ocasión me he referido a sus relatos como ventanas luminosas que se asoman a la vida diaria con la frescura del nuevo día. ¿Le parece correcto?
G.C.- Respeto cualquier opinión. Mis cuentos son ventanas, estoy de acuerdo, te asomas a una de ellas y tienes una impresión fotográfica de algo que permanece escondido en lo cotidiano. Lo intuyes, puesto que no está necesariamente explicado. Sucede, nada más. Emociones, sinceridades, fracasos. Amor y desamor. Todo es lo mismo, la materia de la que están hechas las personas.
L.G.- ¿Cómo nacen sus relatos?. ¿Cuál suele ser su génesis?. Por ejemplo.... ¿cómo nacieron los relatos de su ultimo libro La carga de la brigada ligera?
G.C.- Escribo cuentos habitualmente y su escritura no obedece, muchas veces, a una inspiración determinada. He construido un mundo personal a través de mis cuentos, un pequeño continente, con sus costas y sus montañas, con sus autopistas y sus ciudades, que recorro con paciencia a la búsqueda de historias. Al final, de ese tránsito, sobreviven una docena de cuentos que representan a los demás y forman un libro. En “La carga de la brigada ligera”, el proceso fue algo más laborioso y menos democrático, puesto que por su longitud accedía a situaciones más propias de la novela, que te coartan. Pero hablo de distancias, al fin y al cabo, como comento en el prólogo. Es un libro escrito con plena libertad, cinco narraciones autónomas con cinco personajes principales muy queridos por mí. Comentar el método desde un punto de vista excesivamente técnico es desencantar al lector.
L.G.- ¿Volverá a la novela?
G.C.- ¿Se puede no escribir una novela? De vez en cuando interrumpo mi método de trabajo con los cuentos y ensayo una narración más larga. Ciento y pocas páginas es una buena medida para mí, eso que los críticos llaman nouvelle, evitando el término novela corta, como si pensaran, en su fuero interno, que es un texto alicorto, con alguna tara. Vuelves a estar en tierra de nadie, lo cual tiene sus alicientes: todavía caminas por senderos en los que es más conveniente quitar y recortar antes que añadir. Los editores de fuste dramatizan respecto al interés de algunos autores por los relatos. Su frase preferida, “los cuentos no venden”, parece una declaración de principios, además de una advertencia un tanto totalitaria .
L.G.- ¿Qué está escribiendo en estos momentos?
G.C.- Debido al azar de los premios, en este caso del Tiflos de cuento, voy a encontrarme en breve con un nuevo libro de relatos en las librerías, así que llevo unas semanas poniendo algo de empeño en terminar una novela corta. Pero estoy seguro de que en cuanto esto suceda, sentiré una necesidad casi fisiológica por romper las ataduras que implica el escribir “largo” y regresar a los cuentos. |