Necesito dormir cerca de mis libros favoritos. Cerrar los ojos con la visión reciente de sus lomos: el azul cielodulcísimo de "Habitaciones" , el gris lujoso de Cavafis, el imponente blanco —manchado de rojo sangre— de Wordsworth. Mi cama flota entre estanterías, algo que me permite soñar junto a Sylvia Plath si me estiro para desperezarme. En mi biblioteca hay volúmenes extraños. Cuentos de Disney, manzanas en cuadrado. Y, altos y delgados, de color oro viejo, cuatro libros que no hojeaba desde hace años, pero cuya presencia me tranquiliza comprobar cuando quiero: los de la colección "El mundo maravilloso de Heidi" . Letras gigantes y redondas, ilustraciones empapadas de arco iris, días de enfermedad con cuatro años.
"El mundo maravilloso de Heidi" remite directamente a mi varicela. Esos cuatro libros y varios días despertándome tarde, tumbada horas y horas en la cama de mi abuela, un mueble de leyenda romántica. Para mitigar mi aburrimiento, mi abuela me regaló aquellos cuatro libros; servidora, amante del adjetivo precoz , se entregó con fruición a la vida y milagros de una niña con mejillas iguales a las suyas. Las aventuras de Heidi me resultaron tan gratas que, al recuperarme y volver a la guardería, necesitaba enfermar de inmediato. Fingía fiebre, tosía sin ganas, inventaba síntomas. Nada surtía efecto. Finalmente, decidí interesarme por el origen de la tal varicela. Los microbios de la guarde , respondió mi abuela, y yo jamás había escuchado hablar de los microbios —¿una manera desagradable, quizá, para referirse a mis compañeros de juegos?—, pero gané la certeza de que la guardería era a la vez motivo y fin de todos mis males. Aquella revelación provocó el reciclaje de mi lengua en balleta multiusos; ante la explicación por parte de la profe del término microbios , tomé por costumbre lamer mesas, sillas y cualquier mobiliario que una capa de polvo tapizara. Pese a mi empeño nunca volví a enfermar, limitándome a compartir emociones con Heidi por las tardes, vaso de colacao mediante.
Mi pasión lectora es, probablemente, culpa de un virus. A Heidi la sucedieron libros de las colecciones Barco de Vapor y Gran Angular, los clásicos asequibles de Anaya, más tarde las historias-que-te-marcan-cuando-eres-joven ( "El guardián entre el centeno" , "Buenos días tristeza" ), los poemas que te agarran del estómago, la incomprensión en clase cuando hablas de un libro que te encanta y te confunden con un alienígena, chicle abajo y arriba. Encuesta tras encuesta, nuestro país arroja una cifra paupérrima de lectores habituales; las webs de estudiantes están plagadas de resúmenes de libros, algunos brevísimos, como para la hora de la siesta. Y, mientras, las instituciones despilfarran sus presupuestos en homenajes, magnos congresos y actos varios cuya función se limita a una memoria oficial, un par de fotos y algunos créditos —si hay suerte— de libre configuración. Gastan dinero tontamente en eso que ellos creen Literatura, un concepto a años luz de quienes nutren —nutrimos— con sus impuestos las ínfulas políticas.
El problema de esta escasa costumbre lectora en España reside, creo, en la etapa de colegio e instituto, con un programa de lecturas diseñado para odiar los libros. Autobiografía: a los nueve años me obligaron a aprender de memoria los primeros párrafos de "Platero y yo" , y todavía hoy me sorprendo entonando la cantinela cuando menos me lo espero. Y a los catorce, Lázaro de Tormes y yo nos vimos las caras en castellano antiguo, por obligación del sacrosanto profesor. Imponer un libro —¿se obliga a una película, una exposición, un disco?— no es la forma de atraer al alumno, y menos imponer un primer gran libro alejado de sus inquietudes y posibilidades. Por qué se da la espalda a la literatura fantástica si está comprobado que el éxito de la saga Harry Potter , o de las obras de la española Laura Gallego, reside en su uso de la magia; por qué en literatura española se planta "La familia de Pascual Duarte" , novela magnífica y representativa, pero auténtico bofetón para quien transita aún entre dos edades. Por qué este año se intenta meter con calzador El Quijote a todos los españolitos, La Novela por excelencia, sí, un libro de lectura y relectura necesarias, pero que también precisa de cierta madurez y formación para no fulminar a bostezos. Fallos al orientar, falta de apasionamiento en el profesorado… Y resultados catastróficos.
Escribamos lo que escribamos, leamos lo que leamos, gobiernos poderosos presionarán a países más pequeños, mujeres morirán a manos de sus parejas, el hambre hinchará los estómagos del sur. Frente al horror, un buen libro puede cambiarnos el filtro de los ojos, ayudarnos a mirar diferente, inyectarnos paz con sólo recordar su título. Propiciar que cada lector encuentre el suyo es la labor de quienes manejan programas educativos y actividades de animación, y no de azares novelescos. Quienes ya leemos no precisamos campañas específicas: tan sólo una primera frase que nos incite. Sin embargo, quienes ni siquiera hojean " El código Da Vinci" —un libro es un libro, y "El código" puede inaugurar una afición mayor— deberían focalizar todos los esfuerzos. Mientras las instituciones siguen obcecadas en aupar una única obra porque se queda bien, en imprimir en tapa dura y agasajar con tapas exquisitas, nosotros continuamos haciendo el ridículo en las encuestas. Hay algo más allá de las etiquetas del champú: el virus de una segunda vida por medio de las letras. Que quien deba lo propague, por favor.
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