Sumario. Libros. Textos ocultos
  Luis Britto García  

 

 
   

Periodista y ensayista, es nacido en Caracas en 1940 y autor de una vasta obra que abarca 47 títulos, entre ellos ocho de ficción narrativa, habiendo ganado el Premio Casa de las Américas con la colección de relatos “Rajatabla” (1970) y la misma distinción internacional con su novela “Abrapalabra” (1979). Con su libro de relatos Me río del mundo” obtuvo el Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata así como el Premio Nacional de Literatura en 2002 por el conjunto de su obra.

Oír la estática

Había en la vieja casa de San José del Ávila un radio con muchas bandas en cuyo dial figuraban ciudades como traídas del mapamundi: London, Bandoeng, Bagdad, Tokio. Cuando era niño lo encendía y recorría el planeta con su aguja, pero sólo escuchaba chisporroteos, notas musicales, trepidaciones. Estábamos al pie de un Ávila que por las tardes se encapotaba y las nubes parecían destilar en la radio silbidos y crepitaciones y sonidos sin nombre que debían ser música de las esferas. Yo pensaba que quien oyera mucha estática podría reconocer en ella el nacimiento de las tormentas o la caída de los aguaceros o el paso lejano de los aviones cuyos motores por momentos se metían en el altoparlante. Incluso cuando me decían los mayores que tantos zumbidos no eran más que efecto del azar, me parecía importante escuchar el acaso, intentar comprender la casualidad o condolerme de todas las grandes composiciones de aquella orquesta de la nada que nadie escuchaba. En este momento mismo suena el gran concierto que sólo requiere un radio viejo, un mundo infinito, un niño ocioso.

Mirar la estática

Fue como una revelación cuando aparecieron los primeros televisores con sus pantallas casi ovaladas y los niños pegábamos la nariz de las vidrieras de las tiendas en las cuales técnicos improvisados ajustaban y desajustaban cables sin recibir otra cosa que imágenes de nieve granulada y un sonido de freír tostones. De un sitio a otro orientaban las antenas de bigote sin captar más que burbujeo luminoso, granulación de chispas, una arena viviente en la cual por momentos creían atisbar señales, transmisiones, programas. Sólo habíamos visto televisores en las películas de matinée donde Flash Gordon transmitía desde el planeta Mongo. La pantalla con estática era cielo estrellado de la creación, criadero de gusanos luminosos, soda con burbujas del misterio electrónico y yo veía en ella más de lo que la falta de señal nos negaba. Tormentas, remolinos, huracanes reverberaban en su carnaval de papelillo plateado, y pensaba yo que un televisor sin señal podía ser la máquina de leer el infinito y que un intérprete sabio distinguiría en ella las auroras boreales y las tormentas de partículas cósmicas. Recuerdo minuciosamente aquellos grandes patrones de estática, su relampagueo, su chisporroteante pulverización, cuyo fulgor borra felizmente de mi memoria la mediocridad de la primera señal de ensayo, el primer programa, la primera cuña.

Mirar interferencias

Afortunadamente la compañía eléctrica envía la corriente con hipo que quema computadoras, atrasa relojes, achicharra contestadoras telefónicas y desacompasa decodificadores de señal por satélite. Sobre la pantalla que exhibe una película trivial cae un rayo de baja de energía, un velo de estática, y después la imagen reaparece cortada en segmentos, como fotonovela. Se va misericordiosamente el audio y contemplamos sucesiones de fotos, tachonadas de cuadrados vibrantes, azules, verdes, amarillos, listados. Los actores se quedan pensativos mientras corren o se besan o disparan, permanecen paralizados, al borde de precipicios, en el aire, golpeados por automóviles, en dramas mostrados como por cuentagotas. Alguno tira un puñetazo y se congela como la mujer de Lot, vibrando, hasta que ráfagas de cuadritos multicolores lo borran y siguen las imágenes saliendo por golpecitos, como diapositivas. El baúl del televisor se torna caja de música de la poesía. Ojalá nunca volviera la programación ordinaria o regular a interferir con las interferencias.

Nadar de noche

Para nadar de noche mejor dejar atrás los prejuicios comenzando por el del apego a la vida. En el mar nocturno sólo se ve la espuma de las olas como hileras de dientes que van a devorarnos. Para escapar hay que sumergirse, y entonces descubre uno que en la noche del trópico toda burbuja es centella y toda brazada estela de chispas y que si al hundirse se dijo adiós al cielo estrellado en la profundidad las rocas enfebrecidas de coral son constelaciones y el trazo de los peces nebulosa de fuego. La ola relampaguea y el abismo encandila. Se está muy bien en esta oscuridad tachonada de fulgores. No otra cosa es el mundo. No hay que regresar a la costa, cuya ilusoria seguridad terminará devorándonos.

Escuchar el silencio

“¿Has escuchado ese tumulto que llaman silencio?”, pregunta Hoelderlin. Busca un sitio tranquilo, y como ya no lo hay en el mundo, huye o escóndete. En el campo descubrirás que la quietud es mecer de ramas con el viento y aleteos y grillos y hormigas. En el fondo de un sótano y aun tapándote los oídos percibirás el tambor del corazón y marejadas de sangre y corrientes remotas. Aspiro al cuarto insonorizado perfecto en cuyo acolchamiento se emboten todos los ruidos reales, para localizar el fantasma del sonido, la creación desde la nada de la música, el concierto de lo imaginario. Los grandes compositores encuentran sus piezas en el silencio, y los más grandes las dejan en él, intocadas.

Mirar la hoja en blanco

Una hoja en blanco no debe ser ultrajada por cursis rayas azules y mucho menos por cuadriculados. Todo estampado previo impone una dirección o la prohíbe. Lo mejor de la hoja es su blancura. Ninguna mancha que sobre ella intentes podrá superarla. La hoja en blanco es pantalla de lo imaginario. No tiene aguja de dial ni control remoto. Si te esfuerzas sientes que esa blancura capta las tormentas del mundo, pero de manera apacible, sensual, cristalizada. Todas las grandes cosas fueron hojas en blanco. La posibilidad es mejor que todo. En la infancia antes de la radio y la televisión todo era una página en blanco. Lo menos malo que se puede hacer con una hoja o una vida es trazar en ella unos cuantos placeres, o quizá alguna estática.

 

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