Miguel Ángel Gara
Pocas veces se hace tan necesario en una crítica hablar del poeta antes de hablar de su obra. La primera vez que se le conoce, Paco Sevilla apabulla con su vitalidad de gorrión excesivo, de mirlo luminoso e interminable, pero si se tiene paciencia o capacidad de observación surge al fin un Paco con perfil de ave rapaz y doble ración de estricnina creativa.
“La travesía del hombre barco” es un poemario heterogéneo y excesivo como él, un inspirado torrente verbal con aromas de Derek Wallcot y tonos de Tristan Tzara. Sin embargo la sorpresa llega cuando el lector topa con los cristales aéreos de sus poemas cortos. Con un golpe de incredulidad se descubre una imprevista exactitud casi pictórica impregnada de locura como un ojo desnudo y agresivo. Se revela una trémula contención de espacios sin oxígeno y una vocación semental y primigenia. Los que hemos visto a Paco a cuarenta grados a la sombra con cuatro camisetas, camisa y americana recitar un poema interminable hasta el paroxismo no nos podíamos imaginar que bajo esa armadura de trapo latía un Benvenutto Cellini de gesto picassiano y sentido.
Algunos poemas de esta Travesía portan las vestiduras solemnes de la perplejidad no sólo entendida como sorpresa ante las cosas sino, sobre todo, como hecho atónito de sí mismo, escupitajos zen por el hueco del ascensor y verso emperrado en la captura del mundo para perderlo después. “ La mujer es la luna y la noche. Que un soldado muera en la noche es un acto femenino .” Existe un cierto patetismo rimbodiano que se autoparodia y no se toma en serio aunque se imagine en mitad de una tormenta interior de proporciones cazurramente cósmicas “ Hoy por mí el resto del mundo puede chocar de cabeza contra el preludio del juicio final.”
Pero no se puede acabar esta crítica sin hablar de los muchos poemas largos que no se acaban de matar, banderilleados por versos muy brillantes sí, pero también por psicofonías automáticas, locuciones marca de la casa repetidas hasta la saciedad, bocados para los amantes del caos entre los que no me cuento “En mi espejismo colectivo unos 600 o 700 insectos de Joan Miró hacen suyo un poema de Wallace Stevens” . Está bien, pero si el poeta Paco Sevilla, condensa y densa este dadaísmo como demuestra que puede hacer, encontrará un camino por el que transitar que acaso nos lleve al gozoso encuentro de una poesía con tanta vocación de amanecer como de relámpago. |