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¿Es mejor leer cualquier cosa que no leer?
La pregunta me asalta cuando entro en un vagón de metro y veo a dos de cada cuatro lectores cargando con “El código da Vinci” , como si a las puertas del metro se lo hubieran regalado junto al periódico gratuito de turno. Y la duda se agrava cuando me doy cuenta de que he olvidado mi libro en casa y que mientras ellos leen yo ocupo mi tiempo en juzgar las elecciones literarias de los demás.
Por azar cayó en mis manos hace poco un texto de Thomas de Quincey titulado “Literatura de conocimientos y literatura de poder” . Aquí va un fragmento: “¿Qué se aprende del Paraíso perdido? Nada en absoluto. ¿Qué aprendemos de un recetario? Algo nuevo en cada párrafo, algo que antes desconocíamos. Pero, por eso, ¿pondría usted el miserable recetario en un nivel superior de estimación que el poema divino? Lo que usted le debe a Milton no es el tipo de conocimiento según el cual un millón de artículos son un millón de pasos hacia delante pero siempre en el mismo nivel terreno; lo que usted le debe es poder, es decir, el ejercicio y la expansión de la propia capacidad –latente- de simpatía con el infinito, donde cada impulso y cada influjo particular es un escalón hacia arriba, como la escalera de Jacob, desde la tierra hasta alturas misteriosas. Todas las etapas del conocimiento, desde la primera a la última, lo llevan más lejos siempre en el mismo plano, pero jamás podrán elevarlo, ni un paso siquiera, sobre el nivel terrestre; mientras que el primer paso en el poder es volar, es un movimiento ascendente en otro elemento donde ya ha sido olvidada la tierra”. Quincey termina su artículo diciendo: “Los trabajos humanos de inmortal belleza y las obras de la naturaleza comparten un rasgo común: jamás se repiten, nunca se acercan tanto como para no diferir; y no es que difieran por ser mejores o peores, o por ser más o menos; difieren por diferencias indescifrables e incomunicables que no pueden ser captadas por imitaciones, que no pueden reflejarse en el espejo de la copia, que no pueden ponderarse en las escalas de la comparación vulgar”.
Para mi gusto, imposible explicarlo mejor. El texto de Quincey me lleva a pensar que no importa tanto lo que uno haga o deje de hacer como la conciencia con que lo hace. El problema no es si uno lee “El código da Vinci” , sino si tiene la libertad de elegir, la conciencia de que por encima de lo que se parece, de lo que responde a una fórmula, está aquello que nos saca de lo repetido, de lo sabido, de lo analizable. Por eso hay libros que pueden resumirse en su argumento; y por eso hay otros que no son reducibles, cuya lectura palabra a palabra no es sustituible por ningún otro libro y por ninguna otra experiencia.
A veces me siento ante la tele y lo único que quiero es ver la mala cara y la mala leche que se le pone a unos cuantos famosos cuando los sueltan en medio de la selva; pero si sólo se me permitiera ver eso, si no pudiera optar por ver una película inteligente, emocionante, estremecedora, creo que se me pondría la misma cara y el mismo humor que a los concursantes (y sin ganar un duro a cambio). El problema es que, cada vez más, vamos delegando nuestra capacidad de elegir: los anuncios, los suplementos, las mesas de las librerías nos pastorean, o pretenden hacerlo, llevándonos a todos en la misma dirección. Sin embargo, paradójicamente, para pensar que hay una esperanza no podemos eximirnos de toda responsabilidad: si nuestra falta de conciencia reside también en la falta de curiosidad, en el aborregamiento o la escasez de espíritu crítico, confiemos en que cada vez más nos sacudamos la pereza de encima para saber cuando optamos por la literatura de conocimiento y cuando por la literatura de poder. Qué nos da cada una, y por qué en un momento dado una nos facilita la vida y otra nos la salva.
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