ilustración:
Marja Gott
Almuerzo con editoras. Alguien explica que en una carta al director
de La Vanguardia una señora se queja del último
García Márquez, ése que se está vendiendo,
sin que nadie sepa cómo ni por qué, cuatro veces
más que cualquiera de los libros anteriores del Nobel colombiano.
Yo aventuro una razón: es breve, va a ser su última
novela y es de esos libros que hay que leer para haber leído.
En fin. La señora de la carta al director está escandalizada
por la temática de la historia. No sé si por el
título, que también hay quien considera feo ese
putas tan sonoro, tan musical y tan honesto. La capacidad de escándalo
está barata, todo el mundo la lleva encima para cuando
sea menester. La señora de la carta al director decía
que la novela de Gabo era la novela de un pedófilo y se
preguntaba, con ese tono indignado y soberbio de quien cree tener
moralmente la razón, cómo se atreve, un hombre como
él, a sus años. Como si a los ochenta uno no pudiera
-o no debiera- tener perversiones. En mi almuerzo con editoras
nadie le quitaba la razón a la señora de la carta.
Sólo yo me atreví a decir que la literatura no es
política, y por tanto no tiene por qué ser correcta,
sino todo lo contrario. La literatura es provocación, escándalo,
ir a contracorriente. Todo ello para emocionar, que es el fin
último de toda obra de arte. Que el día en que la
literatura deba ser correcta en todo, como la niña de buena
familia que nunca más será, dejaré de escribir
y, muy probablemente, de leer novedades. Que me refugiaré
para siempre en Celine, en Rimbaud, en Nabokov, en De Quincey,
en Jelinek.
Debo reconocer que la capacidad de escándalo
general me lleva a un infantil juego a la contra. No lo puedo
evitar, qué quieren que les diga, ¡es tan divertido
jugar a escandalizar lectores, potenciales escritoras de cartas
al director, editores convencidos de que para agradar a muchos
hay que limar todas las asperezas! Corre una el riesgo de caer
en la facilidad, porque cuando el escándalo está
tan barato, la provocación es cualquier cosa. Por esa empatía
tan criticable como cualquier otra, defiendo a Elfriede Jelinek,
la última premio Nobel, con garras y dientes. Para ser
sinceros, la defiendo mucho más de lo que la disfruto como
lectora. Su literatura -¿será culpa de la traducción?
Que me perdone Carlos Fortea, el traductor de lo último
que he leído de ella- avanza a empellones, sin un hilo
del que se pueda tirar, con la misma rudeza que gastan sus personajes,
femeninos y masculinos. La Jelinek justifica su literatura por
la opresión que la ultraderecha austriaca ha ejercido sobre
intelectuales como ella. Sin embargo, creo que la provocación
directa de sus novelas sienta muy bien a lectores de cualquier
nacionalidad: los zarandea, los despierta de su letargo, les abofetea
en las mejillas. Incluso en casos como el mío en que su
lectura no provoca un gran placer. La literatura de Elfriede Jelinek
debería recomendarse con fines terapéuticos. Les
aseguro que después de leer a esta chica mala, la gente
estaría mucho menos susceptible. Eso no va a pasar, qué
lástima. Sin embargo, no hay que dejar de celebrar su existencia.
Menos mal que nos quedan Jelineks, suspiro con alivio cuando conozco
casos como los de la señora de la carta al director de
La Vanguardia. La supuesta pedofilia de García Márquez
es un asunto que nos llevaría lejos. Vaya por delante que
llamar pedófilo a Gabo es como afirmar que Ágatha
Christie era una asesina reincidente. Un apunte: la literatura
es el terreno de lo que se piensa pero no se dice. Con la salvedad
de que algunos escritores lo piensan y se atreven a escribirlo.
Elfriede Jelinek se atreve a describir brutales violaciones del
director de una fábrica de papel a su mujer en “Deseo”
o nos cuenta cómo una madurita con tendencias masoquistas
se practica una ablación de clítoris en su bañera
por mero deporte en “La pianista” . Al lado de esta dama,
Gabo queda como un viejito chocho en guayabera. ¿Se imaginan
qué habría hecho Jelinek con la niña dormida
de la novela de Gabo? Yo sí, y me encanta.