Sumario. Opinión. Colaboraciones
 

Los shandys del Templo Mayor

 
Juan Villoro
 
   

Escritor mexicano nacido en México DF, agregado cultural de 1981 a 1984 en la Embajada de México en Berlín dentro de la entonces República Democrática Alemana, Director del suplemento La Jornada Semanal de 1995 a 1998, es Juan Villoro merecedor del Premio Herralde de novela por la obra “El testigo” , y heredero de autores tan singulares y a los que tanto admira como Roberto Bolaño, Alan Pauls o Enrique Vila-Matas. Precisamente en el artículo Los shandys del Templo Mayor que Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores, Villoro recuerda a este ultimo autor, un escritor para muchos inclasificable, y a su “Historia abreviada de la literatura portátil” , donde habla de la conspiración shandy , una secta de locos voluntarios e insolentes, amantes de la idea del doble. Pero a la par homenajea a los que sin duda son sus muchos referentes literarios: Perec, Borges, Calvino.... Porque según sus propias palabras, "Leer a Vila-Matas es transformar las citas en experiencias, Incluso los malentendidos."

Hace poco, mientras paseaba por los abigarrados puestos que rodean el Templo Mayor, me llamó la atención un letrero escrito de prisa : “Literatura portátil”. Me acerqué al sitio, ubicado junto a una alarmante montaña de crema de concha nácar. El puesto sólo constaba de una manta, de encandilante blancura, como una pantalla que aguardara la proyección de una imagen. El encargado estaba en cuclillas, en la “posición meditativa maya” que hace décadas vi en un montaje teatral de vanguardia. El sol sacó un relumbre de espejo al paño blanco. Pregunté dónde estaba la literatura portátil. El encargado me vio con ojos plácidos: “estaba aquí, pero se fue, ¿no ve que es portátil?”. Comprendí que había entrado en contacto con los Shandys del Templo Mayor.

Había oído rumores de ese, tan secreto que nadie podía estar seguro de pertenecer a él. Todo comenzó en 1985, cuando Enrique Vila-Matas publicó su “Historia abreviada de la literatura portátil” , donde habla de la conspiración shandy, una secta de locos voluntarios, nómadas, insolentes, amantes de la idea del doble, que carece de grandes propósitos y crea obras capaces de caber en un maletín. Ambulantes ejemplares, ideales para el DF.

Con la disposición cosmopolita que suelen tener los países a los que cada libro llega revestido de la magia de lo excepcional, Vila-Matas fue aceptado en México como un clásico instantáneo que combinaba los estímulos de radicales de la letra, muy disímbolos entre sí, pero asimilados a una misma estirpe gracias al más reciente de ellos. ¿Qué hay en común entre Hemingway, Monterroso, Perec y Bradbury? La mirada de Enrique Vila-Matas. Algún día, el novedoso profeta shandy comentó que sin haber frecuentado de manera directa a ciertos autores de la edad clásica, juzgaba haberlos leído a través de autores más próximos en el tiempo: Borges, Calvino, Pessoa, Nabokov. Algo similar ocurre con sus libros, hechos de obras anteriores pero únicos y distintos. “Originalidad, cuestión de estómago”, escribió Valéry. Ésta podría ser la divisa del acelerado metabolismo que absorbe a Kafka en la textualidad de Vila-Matas.

Desde “La asesina ilustrada” (1977), el catalán que escribe en español para mentir con libertad trabaja con una materia orgánica que se independiza de influencias y en cierta medida del propio autor. Leer a Vila-Matas es transformar las citas en experiencia. Incluso los malentendidos, los misreadings y otros problemas de interpretación favorecen sus tramas. Así como el amor entraña la posibilidad de rendirse ante los defectos del ser querido, la literatura ejercida con fervor permite extraer placer de sus zonas de locura y de los peligros mentales que comparta. “El mal de Montano” narra la enfermedad de los que leen demasiado, y “Bartleby y compañía” , la convalecencia de los que dejan de escribir. Sería simplista afirmar que se trata de literatura sobre literatura; más bien se trata de la vida como literatura. Vila-Matas transforma los libros ajenos en clásicos salamandra que cambian de piel entre sus páginas. Muchas de sus citas son falsas o semifalsas, otras están encubiertas, otras más se confunden con lo que ha oído, extrañas formas de vida.

El coleccionista de autores portátiles perfeccionó la singularidad de su mirada al conocer a un loro tuerto en Mallorca. Ahí entendió que un ojo fuerte ve mejor que dos. El loro corregía sin remilgos las cosas que tenía enfrente. La visión única y oblicua permite mayor concentración. Por ello, para escribir sus frenéticos aguafuertes, Roberto Arlt cerraba un ojo. Los textos de Vila-Matas pertenecen a esa escuela monocular, la del tenista que lanza un saque o la del pistolero al mediodía.

Vila-Matas aprovecha las notas de pie de página, las conferencias, los artículos de ocasión, las cartas, las citas, las conversaciones telefónicas (y sospecho que próximamente los correos de Internet) como recursos para desatar ficciones. Desde su título, la novela “Impostura” es un programa estético. Por otro lado, “París no se acaba nunca” ofrece una irónica revisión de las imposturas: Vila-Matas se presenta a un concurso de dobles de Hemingway sin otro disfraz que asegurar que es idéntico al célebre cazador de leones.

Ante el puesto vacío del Templo Mayor recordé la predilección de Vila-Matas por escribir sin rumbo, como una puesta en blanco de sí mismo: “No recuerdo quién dijo que la nieve sería muy monótona si Dios no hubiera creado los cuervos. ¿Y qué decir de la página en blanco? Pues que pueden ser tan silenciosas y aterradoras como monótonas, pero por suerte quienes escriben tienen a los tenebrosos cuervos de la escritura”. El paño blanco en el suelo me pareció una página que aguarda, una lámina de nieve. Volví a hablar con el encargado. ¿Conocía a Vila-Matas? “¿El mito naciente?”, respondió como un oráculo. Recordé entonces una nota precursora donde Álvaro Enrigue llamaba a Vila-Matas “mito naciente de la literatura española”. Por esos días, Christopher Domínguez Michael inició su sostenida vindicación del conspirtador shandy. Alvaro Mutis, Alejandro Rossi, Sergio Pitol y Augusto Monterroso se unieron a la celebración del imaginativo Vila-Matas. Todo esto en México y, ahora lo sé, en el Templo Mayor.

Mientras tanto, en España, el insólito fabulador mantenía un rango minoritario que pactaba bien con el misterio y la clandestinidad.

El hombre acuclillado en la posición meditativa maya agregó: “nunca más lo volveré a ver, pero no importa: las páginas son el invierno de los cuervos”. ¿Podía tratarse del primer mexicano que conoció Vila-Matas, un dramático muchacho de Tijuana con el que jugó al billar en Barcelona, en compañía de Eric Clapton, y que al despedirse dijo: “no nos veremos nunca más”? La profecía se cargó de importancia con los años. Vila-Matas no volvió a ver al billarista tijuanense. Le pregunté al hombre si por casualidad era de la frontera. “Fui del otro lado, pero estoy en éste”, señaló la manta que volvió a brillar como un espejo. Empezaba a cansarme tanto esoterismo cuando un pájaro negro se posó en la tela. No se trataba de un cuervo sino de una especie que parecía maltrecha de nacimiento, un tordo urbano, devastado por el aire enfermo del DF. Me vino a la memoria la primera noche que Vila-Matas pasó en México, en un hotel del Zócalo. Guiado por la inercia del jet-lag , encendió la televisión. En la pantalla sonreía Jordi Pujol, presidente de la Generalitat , de visita en México. La extenuante travesía en busca de novedades remitía al punto de partida: la cara de Pujol como omnipresente turista japonés. Todo estaba en todo. No había escape. Con esta certeza, Enrique se quedó dormido. Al cabo de unas horas lo despertó el estridente canto de un pájaro. Un pájaro eléctrico, paranoico. Poco a poco comprendió que se trataba de la alarma de un coche. El país empezaba a ser raro gracias a Vila-Matas. Al día siguiente lo invitaron a cenar en Tlalpan. Un taxista que parecía conducir la nave de Argos hizo dos horas en llegar. El narrador calculó que, si estuviera en Barcelona, aquello significaría cenar en Francia. El país se desplazaba por dentro y por fuera, ajeno a las brújulas. “Mexicanos perdidos en México”, como los que vio Roberto Bolaño. Aparecidos. Voces. Rumores. Las lecturas de Rulfo, Arreola, Pitol, Sada, López Velarde, Paz, que Vila-Matas ha comentado por escrito, encajaban en la alucinada noche mexicana. El autor llegaba a la ciudad donde resistir y agonizar son términos que se confunden, el escenario natural de los artistas del colapso que concibió en su libro “Suicidios ejemplares” , de 1991. Una premonición a la que seguirían otras. Una editorial mexicana haría del suicidio cultural un motivo de honra y se llamaría a sí misma “Sexto piso”, la altura ideal para desplomarse. Naturalmente, acaba de editar “El viento ligero en Parma” , reunión de artículos de Vila-Matas, quien vive desde hace décadas en un sexto piso.

Ante el letrero pintado de prisa (“Literatura portátil”), comenté abrumado: “concidencias dentro de coincidencias”. “Lo importante es no entender”, respondió el hombre. Me vi entonces en la comida en la que Enrique dialogó con Alain Robbe-Grillet acerca de “El año pasado en Marienbad” . En su juventud, Vila-Matas había visto varias veces la película sin poder entenderla. Ahora acababa de verla otra vez. “¿Y ya la entendiste?”, le preguntó el gran defensor de las escuela de la mirada. Se hizo un silencio. Con el rostro de Harold Lloyd que usa para esas ocasiones, Vila-Matas contestó: “todavía no la entiendo”. Robbe-Grillet sonrió, enormemente complacido.

La tela en blanco parecía una pantalla para “El año pasado en Marienbad” . No la pude seguir viendo porque sonó un silbato y los vendedores comenzaron a recoger sus mercancías. El hombre enrolló su tela con cuidado, tomó el letrero de “Literatura portátil” y caminó hacia la calle de Moneda. El cielo se había llenado de pájaros. Supe que los ambulantes eran shandys, vanguardistas emboscados, miembros de la conjura organizada en Africa en 1924 y de la que Vila Matas escribió en su “Historia abreviada de la literatura portátil” .

Uno de sus precursores, Ramón María del Valle-Inclán, llegó a Bellas Artes con su barba de humo y se sentó al lado del presidente Álvaro Obregón. Como los dos eran mancos, aplaudieron a dúo, cada quien con su brazo bueno. También Vila-Matas llegó a México para saber cómo suena el aplauso de una sola mano, y al modo de Valle-Inclán escribió una novela de tierra caliente: “Lejos de Veracruz” , viaje en espiral hacia el templo literario de Sergio Pitol.

Permanecí en el Zócalo hasta que se fue el último de los ambulantes. Pensé que llegaría la policía. Pero los shandys respondían a otras claves. En el cielo, los pájaros sonaban como alarmas. “Cuando nos hablan del mundo no sabemos ya de qué se trata y sentimos que precisamente eso es el comienzo de algo”, ha escrito Vila-Matas. La incomprensión es el impulso para develar misterios.

Encontré esta polaroid a la entrada del Templo Mayor: Los pájaros trazan grafías en el aire. Una silueta observa significados a punto de ocurrir. El ambulante está en su casa.

 

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