Sumario.Opinión. Carlos Yusti
Los afiladores (I)  
davidgonzalez@literaturas.com

Hace ya un tiempo, cierta persona a la que tengo en gran estima y consideración y a la cuál, desde aquí, presento mis respetos, me dijo, a propósito de la crítica literaria, lo siguiente: Si los críticos tuvieran que pagarse de su bolsillo la mayor parte de los libros que luego reseñan en los suplementos culturales para los que se dedican a emborronar papeles, casi te puedo asegurar que, primero, dejarían de leer y después, en poco tiempo, su oficio desaparecería, como también desaparecieron los afiladores de cuchillos, tijeras y navajas, aquellos hombres que, según Pablo Gorosabel, eran heraldos del mal tiempo, de la lluvia.

Esta persona de la que hablo era (es) de la opinión (que yo comparto) de que los críticos de literatura, en vez de esperar a que los libros que reseñan vayan a su casa a buscarles, sean ellos los que salgan a buscar los libros fuera…es decir, que en vez de esperar cómodamente sentados a que se los manden los autores (tanto los que son amigos suyos como los que no), las editoriales o la dirección de los periódicos para los que escriben, sean ellos, los propios críticos, los que vayan a las librerías y se gasten la guita, como hacemos los demás, en el libro que, por la razón que sea, estimen conveniente. Sin duda, la literatura, la buena literatura, saldría ganando. Y muchos lectores también, sobre todo aquellos a los que les da pereza entrar en una librería y ponerse a hojear libros hasta dar con el que está destinado para ellos.

Todo esto viene a cuento de Ignacio Echevarría.

Ignacio Echevarría, por si alguien no lo sabe, ha escrito, desde las páginas del suplemento Babelia, algunas de las críticas más demoledoras que yo haya tenido ocasión de leer nunca, y entre ellas una en la que ponía en evidencia, ridiculizándolas casi, las graves deficiencias técnicas, las carencias narrativas, de uno de aquellos imitadores que, como Avellanedas cualquiera, le salieron, allá por la década de los noventa, al escritor norteamericano Charles Bukowski. Una crítica como para no levantar cabeza más. Recuerdo, cuando la leí, que pensé: Si a mí me hacen una crítica así no vuelvo a coger un bolígrafo más (escribo a mano) en lo que me reste de vida.

Ahora, como consecuencia de una crítica (a la última novela de Bernardo Atxaga) que ya ha merecido el calificativo de “arma de destrucción masiva” (con qué poca propiedad se usa el lenguaje, madre mía), el crítico Ignacio Echevarría, tras sufrir una serie de represalias por parte de sus superiores, y en un gesto que dice mucho en su favor, ha decidido despedirse del diario para el que trabajaba desde hacía catorce años; y lo ha hecho, además, con una Carta Abierta dirigida al director adjunto de dicho diario, un tal Lluis Bassets, en la que Echevarría se pregunta, entre otras cosas, qué sentido tiene ejercer una crítica independiente en un medio que desautoriza a su propio crítico para defender los intereses de una editorial (Alfaguara) que pertenece a su mismo grupo empresarial.

Una vez leída esta Carta Abierta, y por las referencias que me llegan de fuentes merecedoras de mi confianza, y también por mi experiencia personal en el trato con algún que otro director de diario de provincias, me tengo que poner, sin paliativos, del lado del crítico. Ahora bien, hay que hacer constar que la reseña del libro de Atxaga como el propio Echevarría reconoce: me había sido solicitada por la directora del suplemento… En otras palabras, y con ellas vuelvo al principio: si la directora de su suplemento, fulanita de tal, NO LE HUBIERA SOLICITADO la reseña, ¿la habría escrito igualmente? ¿Habría ido Ignacio Echevarría a una librería a comprar “El hijo del acordeonista” para luego reseñarlo? Seguramente no. Y esto, a mi juicio, invalida, en cierta manera, la pretensión de INDEPENDENCIA que, con la mejor voluntad del mundo, trata de llevar a cabo en su oficio el mencionado crítico, ya que su trabajo, la reseña, en este caso en concreto, no tiene su origen en un libro que él haya elegido INDEPENDIENTEMENTE sino que parte de una base previamente determinada: un libro de encargo, la novela de Bernardo Atxaga en el caso que nos ocupa.

No voy a discutir que existen trabajos u oficios (casi todos) en los que uno debe hacer lo que le mandan o lo que le solicitan, con amabilidad, sus superiores inmediatos; no creo, sin embargo, que esto se deba aplicar, como así parece ser, al ejercicio de la crítica (y no solo de la literaria), y voy a decir por qué: los comentarios de un crítico, y más los de uno de la categoría (contrastada) de Ignacio Echevarría, influyen, aunque sea mínimamente, en la educación literaria (y por tanto cultural) de sus lectores. De ahí la necesidad, la exigencia, y en esto coincido con Echevarría, de una crítica independiente, pero independiente de verdad, y no solo en lo que hace referencia al contenido de la crítica en sí, sino en lo que, según mi manera de ver las cosas, es todavía más importante: la elección del libro que se va a reseñar…Elección que si se pretendiera imparcial y objetiva (cosa del todo imposible tal y como está el patio hoy día) debería venir determinada, única y exclusivamente, por los méritos artísticos del libro en cuestión, y solo por eso, y no por factores tales como la amistad del crítico con el autor, la dependencia laboral del crítico, la ideología política del medio para el que trabaja el crítico (o la del propio crítico) o las presiones, sean del tipo que sean, ejercidas por terceras personas sobre el crítico.

Una vez dicho esto, solo me queda agradecerle a Ignacio Echevarría que, por medio de su Carta Abierta, me haya confirmado, por si aún me quedaba alguna duda, que la cultura (con minúsculas), en este país de cortocircuitos (lo digo por la cantidad de dedos que se meten en los enchufes), y en otros imagino que también, hoy por hoy, está subordinada a la economía pura y dura: está en manos de grandes grupos empresariales que controlan tanto a los escritores como a las editoriales como a los medios como a María Santísima si se terciara.

La poesía, esencia de la Cultura, está (no toda, por suerte), aparte de en esas manos, en otras parecidas.

 

David González
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