| Hace ya un tiempo, cierta
persona a la que tengo en gran estima y consideración y a
la cuál, desde aquí, presento mis respetos, me dijo,
a propósito de la crítica literaria, lo siguiente:
Si los críticos tuvieran que pagarse de su bolsillo la
mayor parte de los libros que luego reseñan en los suplementos
culturales para los que se dedican a emborronar papeles, casi te
puedo asegurar que, primero, dejarían de leer y después,
en poco tiempo, su oficio desaparecería, como también
desaparecieron los afiladores de cuchillos, tijeras y navajas, aquellos
hombres que, según Pablo Gorosabel, eran heraldos del mal
tiempo, de la lluvia.
Esta persona de la que hablo era (es) de la opinión (que
yo comparto) de que los críticos de literatura, en vez de
esperar a que los libros que reseñan vayan a su casa a buscarles,
sean ellos los que salgan a buscar los libros fuera…es decir, que
en vez de esperar cómodamente sentados a que se los manden
los autores (tanto los que son amigos suyos como los que no), las
editoriales o la dirección de los periódicos para
los que escriben, sean ellos, los propios críticos, los que
vayan a las librerías y se gasten la guita, como hacemos
los demás, en el libro que, por la razón que sea,
estimen conveniente. Sin duda, la literatura, la buena literatura,
saldría ganando. Y muchos lectores también, sobre
todo aquellos a los que les da pereza entrar en una librería
y ponerse a hojear libros hasta dar con el que está destinado
para ellos.
Todo esto viene a cuento de Ignacio Echevarría.
Ignacio Echevarría, por si alguien no lo sabe, ha escrito,
desde las páginas del suplemento Babelia, algunas de las
críticas más demoledoras que yo haya tenido ocasión
de leer nunca, y entre ellas una en la que ponía en evidencia,
ridiculizándolas casi, las graves deficiencias técnicas,
las carencias narrativas, de uno de aquellos imitadores que, como
Avellanedas cualquiera, le salieron, allá por la década
de los noventa, al escritor norteamericano Charles Bukowski. Una
crítica como para no levantar cabeza más. Recuerdo,
cuando la leí, que pensé: Si a mí me hacen
una crítica así no vuelvo a coger un bolígrafo
más (escribo a mano) en lo que me reste de vida.
Ahora, como consecuencia de una crítica (a la última
novela de Bernardo Atxaga) que ya ha merecido el calificativo de
“arma de destrucción masiva” (con qué poca propiedad
se usa el lenguaje, madre mía), el crítico Ignacio
Echevarría, tras sufrir una serie de represalias por parte
de sus superiores, y en un gesto que dice mucho en su favor, ha
decidido despedirse del diario para el que trabajaba desde hacía
catorce años; y lo ha hecho, además, con una Carta
Abierta dirigida al director adjunto de dicho diario, un tal Lluis
Bassets, en la que Echevarría se pregunta, entre otras cosas,
qué sentido tiene ejercer una crítica independiente
en un medio que desautoriza a su propio crítico para defender
los intereses de una editorial (Alfaguara) que pertenece a su mismo
grupo empresarial.
Una vez leída esta Carta Abierta, y por las referencias
que me llegan de fuentes merecedoras de mi confianza, y también
por mi experiencia personal en el trato con algún que otro
director de diario de provincias, me tengo que poner, sin paliativos,
del lado del crítico. Ahora bien, hay que hacer constar que
la reseña del libro de Atxaga como el propio Echevarría
reconoce: me había sido solicitada por la directora del
suplemento… En otras palabras, y con ellas vuelvo al principio:
si la directora de su suplemento, fulanita de tal, NO LE HUBIERA
SOLICITADO la reseña, ¿la habría escrito igualmente?
¿Habría ido Ignacio Echevarría a una librería
a comprar “El hijo del acordeonista” para luego reseñarlo?
Seguramente no. Y esto, a mi juicio, invalida, en cierta manera,
la pretensión de INDEPENDENCIA que, con la mejor voluntad
del mundo, trata de llevar a cabo en su oficio el mencionado crítico,
ya que su trabajo, la reseña, en este caso en concreto, no
tiene su origen en un libro que él haya elegido INDEPENDIENTEMENTE
sino que parte de una base previamente determinada: un libro de
encargo, la novela de Bernardo Atxaga en el caso que nos ocupa.
No voy a discutir que existen trabajos u oficios (casi todos) en
los que uno debe hacer lo que le mandan o lo que le solicitan, con
amabilidad, sus superiores inmediatos; no creo, sin embargo, que
esto se deba aplicar, como así parece ser, al ejercicio de
la crítica (y no solo de la literaria), y voy a decir por
qué: los comentarios de un crítico, y más los
de uno de la categoría (contrastada) de Ignacio Echevarría,
influyen, aunque sea mínimamente, en la educación
literaria (y por tanto cultural) de sus lectores. De ahí
la necesidad, la exigencia, y en esto coincido con Echevarría,
de una crítica independiente, pero independiente de verdad,
y no solo en lo que hace referencia al contenido de la crítica
en sí, sino en lo que, según mi manera de ver las
cosas, es todavía más importante: la elección
del libro que se va a reseñar…Elección que si se pretendiera
imparcial y objetiva (cosa del todo imposible tal y como está
el patio hoy día) debería venir determinada, única
y exclusivamente, por los méritos artísticos del libro
en cuestión, y solo por eso, y no por factores tales como
la amistad del crítico con el autor, la dependencia laboral
del crítico, la ideología política del medio
para el que trabaja el crítico (o la del propio crítico)
o las presiones, sean del tipo que sean, ejercidas por terceras
personas sobre el crítico.
Una vez dicho esto, solo me queda agradecerle a Ignacio Echevarría
que, por medio de su Carta Abierta, me haya confirmado, por si aún
me quedaba alguna duda, que la cultura (con minúsculas),
en este país de cortocircuitos (lo digo por la cantidad de
dedos que se meten en los enchufes), y en otros imagino que también,
hoy por hoy, está subordinada a la economía pura y
dura: está en manos de grandes grupos empresariales que controlan
tanto a los escritores como a las editoriales como a los medios
como a María Santísima si se terciara.
La poesía, esencia de la Cultura, está (no toda,
por suerte), aparte de en esas manos, en otras parecidas.
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