Hace muchos años, cuando la abuela se vino
a vivir con nosotros después de enviudar, empezó
a decir cosas raras. Al principio ninguno entendimos lo que estaba
pasando. Era una mujer de una pieza, tan sensata. Había
pasado una guerra.
––Hija ––le dijo a mamá––,
no tiene ninguna gracia que hayáis dejado eso en mi habitación.
––¿El qué, madre?
––Eso. El tigre.
––¿El tigre? ¿Qué tigre? Vaya,
espera un momento. ¡Cristi! ––voceó hacia
el pasillo––. ¡Quita tus juguetes de la habitación
de la abuela!
––Yo no he sido ––dije saliendo al instante
de mi escondite.
––No dejes que la chica entre en mi habitación
––le ordenó la abuela a mamá.
––Pero, madre, ya sabes que en casa no hay sitio para
tanta intimidad.
––Sólo tiene once años.
––Doce ––corregí.
Mamá me dio un capón.
––Edad suficiente para no ir dejando tus trastos por
ahí.
––No se trata de sus trastos ––replicó
la abuela––. Lo que hay en mi cama es un animal.
––Ah, bueno ––dijo mamá, y luego––:
Pero, ¿cómo que...
––Se parece a Ulises, pero no es Ulises. Los tigres
se parecen a los gatos, pero son bastante menos tranquilos. Y
más grandes. Al abuelo no le hacían gracia los gatos,
y tenía razón, porque luego pasa lo que pasa. Pero
a ti y a tu hermana os gustaban tanto, ¿lo recuerdas?
––Pero, madre, si a Ulises lo atropelló una
moto hace más de treinta años ––dijo
mamá.
––Cuando a los gatos los dejas de cuidar se vuelven
agresivos. No soportan que los ignores. Pueden incluso crecer
y crecer hasta convertirse en alfombras peludas con las que siempre
tropiezas, y entonces hasta hay que mudarse. Lo de convertirse
en tigres no es más que una progresión natural.
Mamá tocó el hombro de la abuela.
––Madre, ¿estás bien?
––Pues, hombre, no me hace ninguna gracia que ese
tigre ande merodeando por mi habitación. Si estuviese aquí
tu padre, sabría cómo tratarlo. ¿Tú
te acuerdas del abuelo? ––La abuela sacó de
algún sitio la vieja fotografía del señor
con el sombrero, luego me la enseñó––.
Ya conoces ese silencio imperturbable y desazonador de que se
rodean los gatos cuando no están dispuestos a compartir
su intimidad ––dijo––. Un curioso efecto
del abuelo es que podía ser aún más hermético
que un gato. Y eso le gustaba tanto a Ulises. ¿Te acuerdas,
hija?
––Claro que me acuerdo, madre ––dijo mamá,
quien pareció al fin entender––. Ulises quería
mucho a padre. Pero nosotros también te queremos mucho
a ti, ¿verdad, Cristi?
––Sí ––contesté.
––Después de tantos años, ese gato rencoroso
se ha propuesto devorarme, pero no lo va conseguir –dijo
la abuela con resolución–. No pienso volver a entrar
en mi habitación.
Todas guardamos silencio un momento. Después mamá
corrió hacia el altillo del armario y volvió con
el polvoriento álbum familiar.
––Mira, madre ––dijo abriéndolo
por una página en donde bailaban las puntas rizadas de
las fotos más viejas––. Mira, aquí está,
¿lo ves? Es Ulises. Pequeño y canela. No tiene nada
de atigrado.
––Pues claro que no ––gruñó
la abuela––. ¿Crees que se iba a dejar reconocer
tan fácilmente? ––bajó la vista hacia
el álbum, y frunció el entrecejo––.
Si tu padre estuviera aquí.
Parecía más pequeña; como si de pronto su
cuerpo hubiese encogido. Últimamente a mí me parecía
que la abuela era casi más bajita que yo.
––¿Dónde voy a dormir ahora? ––le
preguntó inquieta a mamá––. ¿Dónde?
––Seguro que se irá solo, ya lo verás.
––No, hija, ese ya no se va.
A mí me hizo gracia oírla hablar así.
A partir de aquel día la abuela volvió a decir y
hacer muchas más cosas raras. Un día dijo que había
tenido gemelas, y que dónde iban a dormir. Mamá
la miró preocupada. Yo ya no jugaba con muñecas,
menos mal, porque un domingo al levantarme, me las encontré
a todas alineadas en el sofá, desnudas, con los brazos
mirando hacia delante, en esa actitud de eterna espera, y con
sus largas y rubias cabelleras recortadas y convertidas en los
peinados más grotescos. La abuela dijo que era la nueva
moda de París. Y después de la peluquería,
le dio por hacerles vestidos, y luego las mandó a estudiar.
Era como si, de repente, después de haber trabajado y luchado
durante toda su vida para sacar a su familia adelante, ahora quisiera
volver a empezar.
Una mañana, después de venir de hacer la compra
con mamá, la abuela empezó a hablar con el abuelo.
Se sentó en el sofá, recostó su cuerpo en
el respaldo, y se puso a explicarle lo mucho que habían
subido los precios de los comestibles... al cojín. Aseguraba
que el abuelo se comunicaba a través de él. “Siempre
tuvo sensibilidad para estas cosas”, decía, “Debería
haber sido quiromante, médium; algo así”.
Sentada con las manos estremecidas en torno a sus agujas de ganchillo,
vestida con su vieja bata de medio luto y sus zapatillas de loneta
azul, empezó a pasar cada vez más tiempo allí.
“¡No te hurgues la nariz!”, se le oía
decir de vez en cuando. O: “El abuelo quiere que cambies
de canal, cariño, no le gusta ese concurso”, dirigiéndose
a mí.
Yo pasaba cada vez más tiempo fuera, pues había
empezado en el instituto y me abrumaban los quehaceres de mi nueva
vida social. Cuando llegaba la hora de la cena, tenía que
hacer grandes esfuerzos para contener la risa al oír a
la abuela hablándole a un cojín. Mamá la
dejaba hacer, pero se la veía preocupada. Yo le dije:
––Si la abuela cree que habla con el abuelo, es como
si realmente hablase con él, ¿no crees?
Ella me dijo:
––¿Cómo? Pues... no sé, cariño.
Tal vez sí.
Y pasó una hebra rebelde del pelo canoso de la abuela por
detrás de su oreja, como si quisiera que se quedase allí.
A mí me parecía que yo tenía razón
y que la abuela pasó una última parte muy feliz.
Ese tigre jamás volvió a visitarla, y aunque mamá
estaba cada vez más mustia, dejó que la abuela viviera
en su particular fantasía, contenta de haber podido sacar
a su familia adelante una vez más. Fue una lástima
cuando todo acabó. Después de un largo resfriado,
la abuela se metió en cama, dejó de hablar con el
abuelo, que quedó para siempre abandonado en el sofá,
y por último, murió.