Sumario. Opinión. Repóquer de damas

La última parte

 

Cristina Cerrada

 
   

Hace muchos años, cuando la abuela se vino a vivir con nosotros después de enviudar, empezó a decir cosas raras. Al principio ninguno entendimos lo que estaba pasando. Era una mujer de una pieza, tan sensata. Había pasado una guerra.
––Hija ––le dijo a mamá––, no tiene ninguna gracia que hayáis dejado eso en mi habitación.
––¿El qué, madre?
––Eso. El tigre.
––¿El tigre? ¿Qué tigre? Vaya, espera un momento. ¡Cristi! ––voceó hacia el pasillo––. ¡Quita tus juguetes de la habitación de la abuela!
––Yo no he sido ––dije saliendo al instante de mi escondite.
––No dejes que la chica entre en mi habitación ––le ordenó la abuela a mamá.
––Pero, madre, ya sabes que en casa no hay sitio para tanta intimidad.
––Sólo tiene once años.
––Doce ––corregí.
Mamá me dio un capón.
––Edad suficiente para no ir dejando tus trastos por ahí.
––No se trata de sus trastos ––replicó la abuela––. Lo que hay en mi cama es un animal.
––Ah, bueno ––dijo mamá, y luego––: Pero, ¿cómo que...
––Se parece a Ulises, pero no es Ulises. Los tigres se parecen a los gatos, pero son bastante menos tranquilos. Y más grandes. Al abuelo no le hacían gracia los gatos, y tenía razón, porque luego pasa lo que pasa. Pero a ti y a tu hermana os gustaban tanto, ¿lo recuerdas?
––Pero, madre, si a Ulises lo atropelló una moto hace más de treinta años ––dijo mamá.
––Cuando a los gatos los dejas de cuidar se vuelven agresivos. No soportan que los ignores. Pueden incluso crecer y crecer hasta convertirse en alfombras peludas con las que siempre tropiezas, y entonces hasta hay que mudarse. Lo de convertirse en tigres no es más que una progresión natural.
Mamá tocó el hombro de la abuela.
––Madre, ¿estás bien?
––Pues, hombre, no me hace ninguna gracia que ese tigre ande merodeando por mi habitación. Si estuviese aquí tu padre, sabría cómo tratarlo. ¿Tú te acuerdas del abuelo? ––La abuela sacó de algún sitio la vieja fotografía del señor con el sombrero, luego me la enseñó––. Ya conoces ese silencio imperturbable y desazonador de que se rodean los gatos cuando no están dispuestos a compartir su intimidad ––dijo––. Un curioso efecto del abuelo es que podía ser aún más hermético que un gato. Y eso le gustaba tanto a Ulises. ¿Te acuerdas, hija?
––Claro que me acuerdo, madre ––dijo mamá, quien pareció al fin entender––. Ulises quería mucho a padre. Pero nosotros también te queremos mucho a ti, ¿verdad, Cristi?
––Sí ––contesté.
––Después de tantos años, ese gato rencoroso se ha propuesto devorarme, pero no lo va conseguir –dijo la abuela con resolución–. No pienso volver a entrar en mi habitación.
Todas guardamos silencio un momento. Después mamá corrió hacia el altillo del armario y volvió con el polvoriento álbum familiar.
––Mira, madre ––dijo abriéndolo por una página en donde bailaban las puntas rizadas de las fotos más viejas––. Mira, aquí está, ¿lo ves? Es Ulises. Pequeño y canela. No tiene nada de atigrado.
––Pues claro que no ––gruñó la abuela––. ¿Crees que se iba a dejar reconocer tan fácilmente? ––bajó la vista hacia el álbum, y frunció el entrecejo––. Si tu padre estuviera aquí.
Parecía más pequeña; como si de pronto su cuerpo hubiese encogido. Últimamente a mí me parecía que la abuela era casi más bajita que yo.
––¿Dónde voy a dormir ahora? ––le preguntó inquieta a mamá––. ¿Dónde?
––Seguro que se irá solo, ya lo verás.
––No, hija, ese ya no se va.
A mí me hizo gracia oírla hablar así.
A partir de aquel día la abuela volvió a decir y hacer muchas más cosas raras. Un día dijo que había tenido gemelas, y que dónde iban a dormir. Mamá la miró preocupada. Yo ya no jugaba con muñecas, menos mal, porque un domingo al levantarme, me las encontré a todas alineadas en el sofá, desnudas, con los brazos mirando hacia delante, en esa actitud de eterna espera, y con sus largas y rubias cabelleras recortadas y convertidas en los peinados más grotescos. La abuela dijo que era la nueva moda de París. Y después de la peluquería, le dio por hacerles vestidos, y luego las mandó a estudiar. Era como si, de repente, después de haber trabajado y luchado durante toda su vida para sacar a su familia adelante, ahora quisiera volver a empezar.
Una mañana, después de venir de hacer la compra con mamá, la abuela empezó a hablar con el abuelo. Se sentó en el sofá, recostó su cuerpo en el respaldo, y se puso a explicarle lo mucho que habían subido los precios de los comestibles... al cojín. Aseguraba que el abuelo se comunicaba a través de él. “Siempre tuvo sensibilidad para estas cosas”, decía, “Debería haber sido quiromante, médium; algo así”. Sentada con las manos estremecidas en torno a sus agujas de ganchillo, vestida con su vieja bata de medio luto y sus zapatillas de loneta azul, empezó a pasar cada vez más tiempo allí. “¡No te hurgues la nariz!”, se le oía decir de vez en cuando. O: “El abuelo quiere que cambies de canal, cariño, no le gusta ese concurso”, dirigiéndose a mí.
Yo pasaba cada vez más tiempo fuera, pues había empezado en el instituto y me abrumaban los quehaceres de mi nueva vida social. Cuando llegaba la hora de la cena, tenía que hacer grandes esfuerzos para contener la risa al oír a la abuela hablándole a un cojín. Mamá la dejaba hacer, pero se la veía preocupada. Yo le dije:
––Si la abuela cree que habla con el abuelo, es como si realmente hablase con él, ¿no crees?
Ella me dijo:
––¿Cómo? Pues... no sé, cariño. Tal vez sí.
Y pasó una hebra rebelde del pelo canoso de la abuela por detrás de su oreja, como si quisiera que se quedase allí.
A mí me parecía que yo tenía razón y que la abuela pasó una última parte muy feliz. Ese tigre jamás volvió a visitarla, y aunque mamá estaba cada vez más mustia, dejó que la abuela viviera en su particular fantasía, contenta de haber podido sacar a su familia adelante una vez más. Fue una lástima cuando todo acabó. Después de un largo resfriado, la abuela se metió en cama, dejó de hablar con el abuelo, que quedó para siempre abandonado en el sofá, y por último, murió.

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