|
El alto precio de los libros me ha empujado en los últimos meses a esas colecciones que sacan los periódicos a un euro el ejemplar. Aunque se tengan amigos dispuestos a prestarnos libros en épocas de escasez, de vez en cuando sobreviene la necesidad de sentir un libro nuevo, de nuestra propiedad, entre las manos. Y estas colecciones editadas más que dignamente han supuesto una tremenda sorpresa y una lección de humildad; gracias a ellas han llegado a mis manos títulos y autores que difícilmente hubiera leído de otra forma, por eso de las ideas preconcebidas que una va adquiriendo a lo largo de los años a la hora de elegir lectura.
Las elecciones suelen basarse en costumbres –por no decir manías- a menudo injustamente instauradas: mi prejuicio acerca de la novela negra viene de lejos, y presupone que lo que se cuentan son historias efectistas, superficiales, consistentes en pura trama a veces de lógica caprichosa (para que todo cuadre y ningún cabo quede suelto) y básicamente de entretenimiento rápido. Una idea tan esquemática que sólo ahora me atrevo a confesar para enmendarla.
Porque lo que he me encontrado es algo muy diferente: para empezar, tramas y temas de lo más variado, que desbordan por todos los lados el esquema de detective + muerto = caso que resolver. En ocasiones, eran libros de los que nunca había oído hablar. Por ejemplo, “Por el pasado llorarás” , de Chester Himes. El autor me sonaba, pero no sabría decir de qué. Del título, ni un vago recuerdo. Se trata de una novela autobiográfica, que cuenta los años que el autor pasó en la cárcel, en la década de los años 30. Una novela llena de sensibilidad, que rezuma maestría no sólo en la narración de los hechos sino en las reflexiones, llena de vida y sangre, de rabia, amor, sensualidad y denuncia...
Me he encontrado también con libros que no había leído, pero de los que conocía su versión para el cine, como “El tercer hombre”, “¿Acaso no matan a los caballos?”, “El cartero siempre llama dos veces” ... Libros a los que había cargado con otro prejuicio: la versión cinematográfica, por ser un clásico, debía de superar a los libros en los que se había basado; entonces, ¿para qué leerlos? Pues bien: por su lirismo desaforado, por lo descarnado de las emociones que reflejan, por lo firme de la narración de sus escenas, por los diálogos desnudos y cínicos, por la verosimilitud de sus personajes... por todo lo que tienen que enseñar a los escritores y lectores actuales, más acostumbrados a palabrería y retóricas huecas.
En resumen: si no teníais prejuicios respecto a esta literatura, enhorabuena. Y si los tenéis, un consejo: tiradlos al cubo de la basura y corred a un quiosco. La buena literatura no tiene precio, pero que tenga un precio tan bajo en estos tiempos es un auténtico lujo.
|