| Literaturas.com presenta en exclusiva a todos sus lectores por gentileza de la Editorial Anagrama la obra póstuma de Roberto Bolaño, “ 2666” , la gran novela en la que llevaba años trabajando y por la que sin duda será recordado. “ 2666”, compuesta de cinco novelas cortas no pasará por tanto desapercibida, y ayudará a entender un poco mas la personalidad de su autor. Disfruten con algunas de sus páginas.
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No sé qué he venido a hacer a Santa Teresa, se dijo Amalfitano
al cabo de una semana de estar viviendo en la ciudad. ¿No
lo sabes? ¿Realmente no lo sabes?, se preguntó. Verdaderamente
no lo sé, se dijo a sí mismo, y no pudo ser más elocuente.
Tenía una casita de una sola planta, tres habitaciones, un
baño completo más un aseo, cocina americana, un salón comedor
con ventanas que daban al poniente, un pequeño porche de
ladrillos en donde había un banco de madera desgastado por el
viento que bajaba de las montañas y del mar, desgastado
por el viento que venía del norte, el viento de las aberturas,
y por el viento con olor a humo que venía del sur. Tenía libros
que conservaba desde hacía más de veinticinco años. No eran
muchos. Todos viejos. Tenía libros que había comprado hacía
menos de diez años y que no le importaba prestar o perder o
que se los robaran. Tenía libros que a veces recibía perfectamente
lacrados y con remitentes desconocidos y que ya ni siquiera
abría. Tenía un patio ideal para sembrarlo de césped y plantar
flores, aunque él no sabía qué flores eran las más indicadas para
plantar allí, no cactus o cactáceas sino flores. Tenía tiempo (eso
creía) para dedicarlo al cultivo de un jardín. Tenía una verja de
madera que necesitaba una mano de pintura. Tenía un sueldo
mensual.
Tenía una hija que se llamaba Rosa y que siempre había vivido
con él. Parecía difícil que eso fuera así, pero era así.
A veces, durante las noches, recordaba a la madre de Rosa
y a veces se reía y otras veces le daba por llorar. La recordaba
mientras estaba encerrado en su estudio y Rosa dormía en su
habitación. La sala estaba vacía y quieta y con la luz apagada.
En el porche, si alguien se hubiera dedicado a escuchar con
atención, habría oído el zumbido de unos pocos mosquitos.
Pero nadie escuchaba. Las casas vecinas estaban silenciosas y oscuras.
Rosa tenía diecisiete años y era española. Amalfitano tenía
cincuenta y era chileno. Rosa tenía pasaporte desde los diez
años. Durante algunos de sus viajes, recordaba Amalfitano, se
habían encontrado en situaciones raras, pues Rosa pasaba las
aduanas por la puerta de los ciudadanos comunitarios y Amalfitano
por la puerta reservada a los no comunitarios. La primera
vez Rosa tuvo un berrinche y se puso a llorar y no quería separarse
de su padre. En otra ocasión, pues las colas avanzaban
con ritmos muy distintos, rápida la de los comunitarios, más
lenta y con mayor celo la de los no comunitarios, Rosa se perdió
y Amalfitano tardó media hora en encontrarla. A veces los
policías de aduanas veían a Rosa, tan pequeñita, y le preguntaban
si viajaba sola o si alguien la esperaba a la salida. Rosa contestaba
que viajaba con su padre, que era sudamericano, y que
tenía que esperarlo allí mismo. En una ocasión a Rosa le revisaron
su maleta pues sospecharon que el padre podía pasar droga
o armas amparado en la inocencia y en la nacionalidad de su
hija. Pero Amalfitano nunca había comerciado con drogas y
tampoco con armas.
La que sí viajaba siempre armada, recordaba Amalfitano
mientras se fumaba un cigarrillo mexicano sentado en su estudio
o de pie en el porche a oscuras, era Lola, la madre de Rosa,
que nunca se desprendía de una navaja de acero inoxidable con
abertura de fuelle. Una vez los detuvieron en un aeropuerto,
antes de que naciera Rosa, y le preguntaron qué hacía allí esa
navaja. Es para pelar fruta, dijo Lola. Naranjas, manzanas, peras,
kiwis, ese tipo de frutas. El policía se la quedó mirando durante
un rato y luego la dejó pasar. Un año y algunos meses
después de este incidente nació Rosa. Dos años después Lola se
marchó de casa y aún llevaba consigo la navaja.
El pretexto que usó Lola fue el de ir a visitar a su poeta favorito,
que vivía en el manicomio de Mondragón, cerca de San
Sebastián. Amalfitano escuchó sus argumentos durante toda
una noche mientras Lola preparaba su mochila y le aseguraba
que no tardaría en volver a casa junto a él y junto a su niña.
Lola, sobre todo en los últimos tiempos, solía afirmar que conocía
al poeta y que esto había sucedido durante una fiesta a la
que asistió en Barcelona, antes de que Amalfitano entrara en su
vida. En esta fiesta, que Lola definía como una fiesta salvaje,
una fiesta atrasada que emergía de pronto en medio del calor
del verano y de una caravana de coches con las luces rojas encendidas,
se había acostado con él y habían hecho el amor toda
la noche, aunque Amalfitano sabía que no era verdad, no sólo
porque el poeta era homosexual, sino porque la primera noticia
que tuvo Lola de su existencia se la debía a él, que le había regalado
uno de sus libros. Después Lola se encargó de comprar
el resto de la obra del poeta y de escoger a sus amigos entre las
personas que creían que el poeta era un iluminado, un extraterrestre,
un enviado de Dios, amigos que a su vez acababan de
salir del manicomio de Sant Boi o que se habían vuelto locos
después de repetidas curas de desintoxicación. En realidad,
Amalfitano sabía que tarde o temprano su mujer emprendería
el camino de San Sebastián, así que prefirió no discutir, ofrecerle
parte de sus ahorros, rogarle que volviera al cabo de unos
meses y asegurarle que cuidaría bien de la niña. Lola parecía no
oír nada. Cuando tuvo hecha su mochila se fue a la cocina,
preparó dos cafés y se quedó quieta, esperando a que amaneciera,
pese a que Amalfitano trató de buscar temas de conversación que le interesaran o que, al menos, le hicieran más leve la
espera. A las seis y media de la mañana sonó el timbre y Rosa
dio un salto. Me vienen a buscar, dijo, y ante su inmovilidad
Amalfitano se tuvo que levantar y preguntar por el interfono
quién era. Oyó que una voz muy frágil decía soy yo. ¿Quién
es?, dijo Amalfitano. Ábreme, soy yo, dijo la voz. ¿Quién?, dijo
Amalfitano. La voz, sin abandonar su tono de fragilidad absoluta,
pareció enojarse por el interrogatorio. Yo yo yo yo, dijo.
Amalfitano cerró los ojos y abrió la puerta del edificio. Escuchó
el sonido de poleas del ascensor y volvió a la cocina. Lola seguía
sentada, bebiendo a sorbos las últimas gotas de café. Creo
que es para ti, dijo Amalfitano. Lola no hizo el menor signo de
haberlo oído. ¿Te vas a despedir de la niña?, dijo Amalfitano.
Lola levantó la mirada y le contestó que era mejor no despertarla.
Tenía los ojos azules enmarcados por unas ojeras profundas.
Después sonó dos veces el timbre de la casa y Amalfitano
fue a abrir. Una mujer muy pequeña, de no más de un metro
cincuenta de altura, pasó junto a él después de mirarlo brevemente
y murmurar un saludo ininteligible, y se dirigió directamente
a la cocina, como si conociera las costumbres de Lola
mejor que Amalfitano. Cuando Amalfitano volvió a la cocina
se fijó en la mochila de la mujer, que ésta había dejado en el
suelo junto al refrigerador, más pequeña que la de Lola, casi
una mochila en miniatura. La mujer se llamaba Inmaculada
pero Lola le decía Imma. Un par de veces, al volver del trabajo,
Amalfitano la había encontrado en su casa, y entonces la mujer
le había dicho su nombre y la manera en que debía llamarla.
Imma era el diminutivo de Immaculada, en catalán, pero la
amiga de Lola no era catalana ni se llamaba Immaculada, con
doble eme, sino Inmaculada, y Amalfitano, por cuestión fonética,
prefería llamarla Inma, aunque cada vez que lo hacía era
reprendido por su mujer, hasta que decidió no llamarla de ninguna
manera. Desde la puerta de la cocina las observó. Se sentía
mucho más sereno de lo que había imaginado. Lola y su
amiga tenían la vista clavada en la mesa de formica aunque a
Amalfitano no le pasó desapercibido que de vez en cuando ambas levantaban la vista y se cruzaban miradas de una intensidad
que él desconocía. Lola preguntó si alguien quería más café. Se
está dirigiendo a mí, pensó Amalfitano. Inmaculada movió la
cabeza de un lado a otro y luego dijo que no tenían tiempo,
que lo mejor era ponerse en movimiento pues dentro de poco
los caminos de salida de Barcelona estarían bloqueados. Habla
como si Barcelona fuera una ciudad medieval, pensó Amalfitano.
Lola y su amiga se pusieron de pie. Amalfitano dio dos pasos
y abrió la puerta del refrigerador para sacar una cerveza impelido
por una repentina sed. Antes de hacerlo tuvo que
apartar la mochila de Imma. Pesaba como si en el interior sólo
hubiera dos blusas y otro pantalón negro. Parece un feto, fue lo
que pensó Amalfitano, y dejó caer la mochila a un lado. Después
Lola lo besó en las mejillas y ella y su amiga se marcharon.
Una semana después Amalfitano recibió una carta de Lola
con matasellos de Pamplona. En la carta le contaba que el viaje
hasta allí había estado lleno de experiencias agradables y desagradables.
Eran más las experiencias agradables. Las experiencias
desagradables, por otra parte, se podían calificar de
desagradables, de eso no cabía duda, aunque tal vez no de experiencias.
Todo lo desagradable que nos pueda ocurrir, decía
Lola, nos encontrará con la guardia levantada, pues Imma ya
ha vivido todo esto. Durante dos días, decía Lola, hemos estado
trabajando en Lérida, en un restaurante de carretera cuyo
dueño es también propietario de una huerta de manzanas. La
huerta era grande y de los árboles colgaban ya las manzanas
verdes. Dentro de poco empezaría la recolección de las manzanas
y el dueño les había pedido que se quedaran hasta entonces.
Imma había estado hablando con él mientras Lola leía un
libro del poeta de Mondragón (en la mochila llevaba todos los
que éste había publicado hasta entonces) junto a la tienda de
campaña canadiense en la que ambas dormían y que estaba
montada a la sombra de un álamo, el único álamo que había
visto por aquellas huertas, al lado de un garaje que ya nadie
usaba. Poco después apareció Imma y no quiso explicarle el trato que le había propuesto el dueño del restaurante. Al día siguiente
salieron otra vez a la carretera, sin despedirse de nadie,
a hacer autoestop. En Zaragoza durmieron en casa de una antigua
amiga de Imma, de los tiempos de la universidad. Lola estaba
muy cansada y se fue a la cama temprano y en sueños oyó
risas y luego voces fuertes y recriminaciones, casi todas proferidas
por Imma pero también algunas por su amiga. Hablaban
de otros años, de la lucha contra el franquismo, de la cárcel de
mujeres de Zaragoza. Hablaban de un hoyo, un agujero muy
profundo de donde se podía extraer petróleo o carbón, de una
selva subterránea, de un comando de mujeres suicidas. Acto seguido
la carta de Lola daba un giro. Yo no soy lesbiana, decía,
no sé por qué te lo digo, no sé por qué te trato como a un niño
diciéndote esto. La homosexualidad es un fraude, es un acto de
violencia cometido contra nosotros en nuestra adolescencia,
decía. Imma lo sabe. Lo sabe, lo sabe, es demasiado lúcida
como para ignorarlo, pero no puede hacer nada, salvo ayudar.
Imma es lesbiana, cada día cientos de miles de vacas son sacrificadas,
cada día una manada de hervíboros o varias manadas de
hervíboros recorren el valle, de norte a sur, con una lentitud y
al mismo tiempo con una velocidad que me produce náuseas,
ahora mismo, ahora, ahora, ¿lo puedes tú entender, Óscar? No,
no lo puedo entender, pensaba Amalfitano, mientras a dos manos
sostenía la carta, como si fuera un salvavidas hecho de cañas
y de hierba, y con el pie movía pausadamente la sillitamecedora
de su hija.
Después Lola evocaba otra vez la noche aquella en que había
hecho el amor con el poeta que yacía, majestuoso y semisecreto,
en el manicomio de Mondragón. Aún era libre, aún no
había sido internado en ningún centro psiquiátrico. Vivía en
Barcelona, en casa de un filósofo homosexual, y juntos organizaban
fiestas una vez a la semana o una vez cada quince días.
Yo entonces todavía no sabía nada de ti. No sé si habías llegado
a España o estabas en Italia o en Francia o en algún agujero inmundo
de Latinoamérica. Las fiestas de este filósofo homose
xual eran famosas en Barcelona. Se decía que el poeta y el filósofo
eran amantes, pero la verdad es que no parecían amantes.
Uno tenía una casa y unas ideas y dinero, y el otro tenía la leyenda
y los versos y el fervor de los incondicionales, un fervor
canino, de perros apaleados que han caminado toda la noche o
toda la juventud bajo la lluvia, el infinito temporal de caspa de
España, y que por fin encuentran un lugar en donde meter la
cabeza, aunque ese lugar sea un cubo de agua putrefacta, con
un aire ligeramente familiar. Un día la fortuna me sonrió y
acudí a una de estas fiestas. Decir que conocí personalmente al
filósofo sería exagerar. Lo vi. En una esquina de la sala, charlando
con otro poeta y con otro filósofo. Me pareció que los
aleccionaba. Todo entonces adquirió un aire falso. Los invitados
esperaban la aparición del poeta. Esperaban que éste la emprendiera
a golpes con alguno de ellos. O que defecara en medio
de la sala, sobre una alfombra turca que parecía la alfombra
exhausta de Las mil y una noches, una alfombra vapuleada y que
en ocasiones poseía las virtudes de un espejo que nos reflejaba a
todos boca abajo. Quiero decir: se convertía en espejo al arbitrio
de nuestras sacudidas. Sacudidas neuroquímicas. Cuando
apareció el poeta, sin embargo, no ocurrió nada. Al principio
todos los ojos lo miraron, a ver qué podían obtener de él. Luego
cada uno siguió haciendo lo que hasta entonces había estado
haciendo y el poeta saludó a algunos amigos escritores y se
sumó al corrillo del filósofo homosexual. Yo bailaba sola y seguí
bailando sola. A las cinco de la mañana entré en una de las habitaciones
de la casa. El poeta me llevaba de la mano. Sin desvestirme
me puse a hacer el amor con él. Me corrí tres veces
mientras sentía la respiración del poeta en mi cuello. Él tardó
bastante más. En la semioscuridad distinguí tres sombras en un
ángulo de la habitación. Uno de ellos fumaba. Otro no paraba
de murmurar. El tercero era el filósofo y comprendí que aquella
cama era su cama y aquella habitación la habitación en donde
según decían las malas lenguas hacía el amor con el poeta.
Pero ahora la que hacía el amor era yo y el poeta era dulce conmigo
y lo único que no entendía era que aquellos tres estuvieran mirando, aunque tampoco me importaba demasiado, en
aquel tiempo, no sé si lo recuerdas, nada importaba demasiado.
Cuando el poeta por fin se corrió, dando un grito y volviendo
la cabeza para mirar a sus tres amigos, yo lamenté no estar en
un día fértil, porque me hubiera encantado tener un hijo suyo.
Después se levantó y se acercó a las sombras. Uno de ellos le
puso una mano sobre el hombro. Otro le entregó algo. Yo me
levanté y fui al baño sin siquiera mirarlos. En la sala quedaban
los náufragos de la fiesta. En el baño encontré a una chica durmiendo
en la bañera. Me lavé la cara y las manos, me peiné,
cuando volví a salir el filósofo estaba echando a los que aún podían
caminar. No se le veía en modo alguno borracho o drogado.
Más bien fresco, como si se acabara de levantar y de desayunar
un vaso grande de zumo de naranjas. Me fui con un par
de amigos que había conocido en la fiesta. A esa hora sólo estaba
abierto el Drugstore de las Ramblas y hacia allí nos dirigimos
casi sin cruzarnos palabras. En el Drugstore encontré a
una chica que conocía desde hacía un par de años y que trabajaba
como periodista en Ajoblanco aunque estaba asqueada de
trabajar allí. Se puso a hablarme de la posibilidad de ir a Madrid.
Me preguntó si a mí no me entraban ganas de cambiar de
ciudad. Me encogí de hombros. Todas las ciudades son parecidas,
le dije. En realidad lo que hacía era pensar en el poeta y en
lo que acabábamos de hacer él y yo. Un homosexual no hace
eso. Todos decían que era homosexual, pero yo sabía que no
era así. Luego pensé en el desorden de los sentidos y lo entendí
todo. Supe que el poeta se había extraviado, que era un niño
perdido y que yo podía salvarlo. Darle a él un poco de lo mucho
que él me había dado a mí. Durante cerca de un mes estuve
haciendo guardia delante de la casa del filósofo con la esperanza
de verlo llegar un día y pedirle que me hiciera el amor
una vez más. Una noche vi no al poeta sino al filósofo. Noté
que algo le pasaba en la cara. Cuando estuvo más cerca de mí
(no me reconoció) pude constatar que llevaba un ojo morado y
magulladuras varias. Del poeta, ni rastro. A veces intentaba
adivinar, por las luces encendidas, en qué planta estaba el piso.
A veces veía sombras detrás de las cortinas, a veces alguien, una
mujer de edad, un hombre con corbata, un adolescente de cara
alargada, abría una ventana y contemplaba el plano de Barcelona
al atardecer. Una noche descubrí que no era la única en estar
allí, espiando o aguardando la aparición del poeta. Un joven de
unos dieciocho años, tal vez menos, hacía guardia en silencio
en la acera de enfrente. Él no se había percatado de mí porque
evidentemente se trataba de un joven soñador e incauto. Se
sentaba en la terraza de un bar y siempre pedía una Coca-Cola
en lata que se iba bebiendo a tragos espaciados mientras escribía
en un cuaderno escolar o leía unos libros que reconocí de
inmediato. Una noche, antes de que él dejara la terraza y se
marchara apresuradamente, me acerqué y me senté a su lado.
Le dije que sabía lo que estaba haciendo. ¿Quién eres tú?, me
preguntó aterrorizado. Le sonreí y le dije que yo era alguien
como él. Me miró como se mira a una loca. No te equivoques
conmigo, le dije, no estoy loca, soy una mujer con un perfecto
dominio mental. Se rió. Si no estás loca lo pareces, dijo. Luego
hizo el gesto de pedir la cuenta y ya se disponía a levantarse
cuando le confesé que yo también estaba buscando al poeta. Se
volvió a sentar de inmediato, como si le hubiera puesto una
pistola en la sien. Pedí una infusión de manzanilla y le conté
mi historia. Él me dijo que también escribía poesía y que quería
que el poeta leyera algunos de sus poemas. No era necesario
preguntárselo para saber que era homosexual y que estaba muy
solo. Déjame verlos, le dije, y le arrebaté el cuaderno de las manos.
No era malo, su único problema es que escribía igual que
el poeta. Estas cosas no te pueden haber pasado, le dije, eres
demasiado joven para haber sufrido tanto. Hizo un gesto como
diciéndome que le daba igual si le creía o no. Lo que importa
es que esté bien escrito, dijo. No, le dije, tú sabes que eso no es
lo que importa. No, no, no, dije, y él, al final, me dio la razón.
Se llamaba Jordi y hoy es posible que dé clases en la universidad
o esté escribiendo reseñas en La Vanguardia o en El Periódico.
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