Sumario. Libros. Reseña.
  El matasellos
 

Heriberto Yépez

 

Editorial Sudamericana, 2004

 

Diana Palaversich

Tomando en cuenta las respuestas que hasta la fecha recibió la primera novela de Heriberto Yépez, “El matasellos” , para unos, como el prominente crítico y escritor mexicano, Evodio Escalante, “ la mejor novela postmoderna que se ha escrito en México” , y para lectores menos adeptos a los juegos intertextuales un texto difícil y laberíntico, resulta evidente que se trata de un trabajo intrigante en cuya primera página el autor quizás debería haber colocado una advertencia explícita “los que se acercan a este texto buscando una historia coherente o anhelan encontrar personajes y situaciones más parecidos a la vida que a la ficción, deténganse ahora mismo ”, porque no cabe duda alguna de que la novela dejará in satisfechos a aquellos lectores que se acercan al texto literario con ese impulso, llamémoslo detectivesco, que caracteriza a la lectura de la narrativa realista donde el lector sigue uno o varios hilos narrativos que lo lleven a resolver enigmas textuales para así encontrar el sentido y propósito de la novela. En el caso de “El matasellos” esto equivaldría a buscar un sentido coherente en la historia del club filatélico que a primera vista unifica la novela, como también proporcionar una explicación plausible de la muerte misteriosa de cuatro filatelistas. Sin embargo, quienes sí se van a divertir con esta novela son los lectores con experiencia en la lectura de textos postmodernos, antimiméticos y autorreferenciales, a los cuales se asoman con un impulso más bien antidetectivesco, dispuestos a jugar y libres del deseo de desentrañar secretos y otorgar sentidos fijos.

La conciencia de esta recepción ‘mixta' de la novela de hecho se inscribe en el texto mismo donde el narrador, en numerosas ocasiones, advierte al lector ‘resistente' que abandone la lectura, mientras que le guiña el ojo y establece un ‘contrato de complicidad' con el lector que reconoce numerosos planteamientos teóricos apropiados y canibalizados juguetonamente en la novela: “a veces me piden que remueva el metadiscurso de la novela, me piden que deje algo para el lector. Esta petición presupone que hay algo que dejar” (173). En la lista de los postulados teóricos a los cuales se alude implícita o explícitamente se incluyen los de Derrida (deconstrucción y diferencia), Barthes (efecto de realidad), Cixous (‘escritura femenina' como ruptura), Cervantes (metaficción), Kafka (escritura como un proceso inacabable), entre muchos otros.

Un ‘engendro' de las lecturas teóricas de Yépez y su interés en la cultura electrónica y espacios de la realidad virtual, “El matasellos” es un perfecto ejemplo del texto postmoderno que en el proceso de la escritura y lectura no se cuenta sino descuenta. A cada vuelta de página las identidades y tramas se enredan y desdibujan aún más hasta que el final todo estall a en una carcajada carnavalesca que consume el texto entero. Como la novela carece del desenlace tradicional, su final se pospone indefinidamente aludiéndose de esta manera al hecho de que el texto, a pesar de haber llegado a la última página, continuará dando vueltas atrapado en eternos loops . Más que una narrativa “El matasellos” es un (meta)texto experimental menos interesado en contar historias que hacer comentarios sobre la naturaleza de la escritura y su relación siempre problemática con la realidad extratextual.

Si uno quisiera leer la novela en un nivel alegórico podría decir que los cuatro filatelistas mueren porque en los tiempos del correo electrónico el oficio exquisito de la filatelia no tiene sentido, y que estas muertes representan la muerte real o simbólica de los novelistas grandes y de la gran novela, que a su vez tampoco parecen tener lugar en los tiempos de identidades y verdades fragmentadas. Después de sus muertes los únicos capaces de dejar testimonio (fragmentado) de la historia que se vive son, como en el caso de la novela que leemos, “los llamados novelistas menores” que “están describiendo no la realidad sino la televisión. No la vida sino la vida tal y como aparece representada en los programas de televisión, las películas y los anuncios” (117).

Dentro de este mismo marco de la destrucción del viejo orden de representación y significado cabe una de las mejores escenas de la novela que tiene lugar frente a la puerta del departamento de una bella mujer que pidió por teléfono una pizza. Allí están parados uno al lado del otro el deseado objeto del consumo --el “neo-joven global” (113), un guapo pizzero que lleva Nikes y escucha walkman-- y un viejo y feo vendedor de enciclopedias en cuyas narices se cierran las puertas “de la Ley de Mercado” (109). Su existencia paralela frente a la puerta representa la existencia simultánea de dos temporalidades, la vital postmodernidad con su signo principal -- el consumo --, y la modernidad, cuyos ideales de lectura y conocimiento están en el ocaso. Esta escena, como tantas otras en la novela, constituye un mise en abyme donde lo descrito forma parte de un anuncio en la tele y a la vez es parte de la trama del libro que leemos:

El jovenzuelo lo escucha y le dice ‘cool' y luego Francisco en son paternal le hace ver al muchacho lo importante que es el hecho de que la puerta le sea abierta, y el joven comenta ‘whateva'[...] Mientras el repartidor de pizzas se marcha y se sube a su moto, la mujer voltea a mirar al vendedor de enciclopedias con desprecio y molestia, y después de verlo de abajo hacia arriba le estrella la puerta dejando en el umbral un hálito de olor a queso y pepperoni. Luego aparece en la pantalla el nombre de la pizzería (109).

Aunque la novela de Yépez establece una relación intertextual con un gran número de textos ficticios y teóricos, se podría decir que en cuanto concierne al contexto literario mexicano “El matasellos” subvierte irónicamente las (anti)novelas de Bellatin, involucradas en el mismo juego (anti)mimético y (anti)rreferencial. Sin embargo, el método que emplean estos dos autores de discursos postmodernos es algo diferente. Mientras que Bellatin usa (falsas) referencias eruditas o exóticas, notas a pie de la página, fotos o recortes de periódicos, para crear un ‘efecto de realidad' cuyo propósito es ‘despistar' al lector, Yépez desmantela la estrategia narrativa empleada por Bellatin para anunciar de antemano que todas las pistas que “El matasellos” ofrece son fabricadas como el texto mismo, que toda realidad es un simulacro.

“El matasellos” , como acabo de mencionar, termina con una risa carnavalesca que al final lo corroe y devora todo. En esta carcajada se disuelven el texto, el autor, el narrador y los personajes, señalándose así que todo ha sido un juego, ficción. Los lectores que entraron al texto siguiendo el impulso detectivesco de búsqueda de sentidos se quedarán sin la catarsis anhelada y se sentirán posiblemente irritados y defraudados por esa “risa histérica” (172) cuya comprensión se les escapa. Mientras tanto, los lectores cómplices que comparten la sensibilidad postmoderna e iconoclasta de Yépez, como la autora de estas líneas, se reirán al final junto con el autor, participando en el mismo juego de una lectura y escritura irreverentes. En este sentido se podría decir que la definición de “El matasellos” , por unos como una excelente novela postmoderna, y por otros como un experimento literario defectuoso, depende menos de la calidad inherente del texto que del bagaje teórico y la sensibilidad con la cual cada lector se acerca, o es capaz de acercarse, a un texto juguetón y experimental cuyo significado no es inmediatamente transparente.

A modo de conclusión se podría decir que en este trabajo Yépez paródicamente reescribe y falsifica toda una serie de novelas (autor)referenciales a través de la destrucción total de la identidad y del sentido, como señalando la época posmoderna, en la que los Reality Shows han reemplazado a la Realidad. “El matasellos” es, a la vez, una novela, una anti-novela y una anti-anti-novela, su imagen invertida en el espejo.