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Miguel Ángel Gara
Hay quien dice que una novela es lo que empieza después
de resumir su argumento. El
argumento de “Casi inocentes” , 10º premio Lengua
de Trapo de narrativa, se resume fácilmente: Un hombre obsesionado
por creerse en deuda con un inmigrante que ha rescatado a su hijo
de un incendio acaba cuestionando su paternidad y su vida.
Dicho esto, “Casi inocentes” , nos introduce con una prosa en cámara lenta, en los conflictos morales de un mundo desarrollado y sordo, donde la culpa ocupa la mayor parte de la vida y de las conclusiones de aquél que se atreve a reflexionar. Un mundo que se impone la necesidad de saldar difusas deudas sin plantearse paliar siquiera la causa que las produjo. Por miedo, por pereza, por el desinterés de escarbar más allá de las apariencias.
La elección de un emigrante de un país del este es para eso adecuada y rememora no sólo la pobreza física que padecen algunos lugares de nuestro entorno inmediato, sino también la carencia de libertad, las invisibles taras que el individuo padece frente a una sociedad que incentiva los valores materiales antes que los morales, donde se atesora la ética y la estética como si no fueran más patrimonio del espíritu que de la burda casualidad.
El protagonista principal del relato, es por su parte un hombre de nuestros días. Inmerso en una gigantesca culpa, aspira a comprender la vida en función de su lugar en la sociedad, posee una mirada cronológica (respecto a su padre y a su hijo) y materialista (respecto a su trabajo) y se le escapa lo más importante: la libertad y su cara más obvia y para muchos hermética, la ausencia de necesidades (que se confunde con la miseria), el inconformismo crítico, la valentía de no pedir nada a cambio de nada. El acertado final de la novela tampoco redime al personaje del extravío en este soturno laberinto.
Pedro Ugarte traza una parábola de la condición humana frente a la libertad con acierto y eficacia, a pesar de cierta morosidad que a menudo contagia de máximas y generalizaciones algunos capítulos. Ciertos pasajes ensayísticos rellenan en ocasiones la ausencia de acción, pero esto es una característica que, a pesar de todo, no lastra la novela y le otorga un pálpito premioso, apropiado a la luminosa mediocridad de los protagonistas.
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