| La ampliación a 25 de la U.E. abre la puerta a la multiculturalidad lingüística –diciéndolo en fino–, un torbellino de idiomas que promete ser lo más rupturista de este principio de siglo.
Europa se conforma con una moneda: el Euro –fácil, ¿verdad?–y con 20 lenguas; suerte que cinco países tienen como lengua oficial una común entre ellas. Nada que objetar. Tanto derecho tienen los lituanos a estar en el Festival de Eurovisión –y no entiendo por qué cantar en inglés– como a tener su lengua y poder expresarse con ella en los foros internacionales.
Ahora también andamos tras la búsqueda de la otra narrativa, la que hacen los nuevos socios, y a la búsqueda de los escritores que conforman el panorama literario de aquél lado de Europa. ¿Tendrán tantos premios como en España?, ¿los escritores serán tan reconocidos?, ¿estarán los mismos en los mismos jurados?, ¿se aplicará el antifotocopieo en los libros?, ¿habrá escritores que no pasen de los 60?, como siempre hemos visto ancianos venerables.
Realmente vivimos en un club muy reducido y sinceramente desconocido. Sería mucho pedirnos que conociéramos un escritor de cada nación adherida recientemente a la bolsa de los valores europeístas, y cierto que sería injusto, pues cuando éramos 15 tampoco éramos capaces de citar claramente a un autor por nación. Es curioso que mientras los referentes intelectuales más potentes de las antiguas repúblicas del Este servían como silbido anunciador de lo que ocurría, hoy el dulce sueño europeo silencia ese sonido. Intelectuales escritores lideraron revoluciones, cambios de estado, gobiernos, partidos, doctrina y fe. Hoy, el ciclo cotidiano del libre pensamiento único nos mueve a quedarnos quietos, no vaya a ser que volvamos a lo de antes. Tendremos que acercarnos, lectores, editores y medios de comunicación, para hablar de todas estas cosas. ¿Habrá planes de lectura para todos estos países?, ¿se editarán los libros prohibidos durante tanto tiempo en aquellos estados?, ¿habrá buenas traducciones de los clásicos españoles –por ejemplo– para que sus ciudadanos los disfruten?, ¿quién financiará la cultura del libro en países más pequeños que la provincia de Teruel?, ¿existirán más lenguas dentro de las oficiales?, ¿y cómo será su desarrollo en el encaje europeo?, ¿habrá políticas de acercamiento de idiomas minoritarios o serán sólo los mayoritarios los que tengan peso y por tanto presencia?, ¿habrá una colonización cultural de la Europa rica hacia la Europa en transición?. Preguntas, preguntas, ¿por qué hacen los periodistas tantas preguntas?, ¿por qué no se conforman con esperar a ver qué pasa? Pero esperar es perder la oportunidad de imaginar y de anticipar; nosotros, con un idioma fuerte, no recapacitamos sobre estas cuestiones, pero hay minorías y están aquí, habrá que hacer algo para que su idioma no empiece a padecer anemia. O quizás sea mejor esperar.
(qué e zézo?*) ¿Qué es eso?, en idioma de El uso de las Hablas Andaluzas .
Ignacio Fernández es Director-editor de Literaturas.com
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