| El pasado día 30
de octubre se falló el Primer Concurso Cruel de Relato Breve,
un certamen organizado por la Escuela de Escritores al que se presentaron
cerca de mil relatos que competían indistintamente en las
tres categorías de que constaba el concurso: relato bueno,
relato feo y relato malo. Es de destacar que los participantes,
a la hora de enviar su cuento, ignoraban si éste acabaría
luchando por obtener el triunfo entre los buenos, entre los menos
buenos o entre los sencillamente espantosos. Es decir, que asumían
el riesgo de presentarse a este concurso, probablemente el primero
(en Literatura desde luego) que prepara un podio y hace sonar la
fanfarria para los mejores, pero también señala y
da de gorrazos y le hace pedorretas a los peores. Esto, sin duda,
honra a los concursantes por su valentía y demuestra que,
en último caso, son gente de sano humor.
Se ha hablado mucho sobre el impulso de escribir, por lo general
frases ampulosas del estilo a «escribir es asomarse a la vida»,
«uno escribe para espantar sus fantasmas» o «escribir
es echar fuera lo que uno tiene dentro» (el que dijo esto
era un poco bruto y fisiológico). A pesar de estas bonitas
frases, escribir es, en último grado, nada más (¡y
nada menos!) que exponerse a la crítica de los demás,
que tener que soportar que cualquier desconocido juzgue y dé
abiertamente su opinión sobre lo que a uno tanto esfuerzo
le ha costado, en lo que, seguro, tanta ilusión ha puesto,
y que tanto le gustó a su abuelita. Ese es el juego al que
juega el escritor, el escritor de raza, queremos decir, el escritor
vocacional que considera que la mejor crítica no es aquella
que le aplaude, le pasea a hombros por las librerías y le
pone delante, para que coma lo que quiera, una bandeja llena de
canapés. Para el escritor sincero la mejor crítica
es la que le señala sus defectos y con ello le ayuda a superarse
y crecer. Ya sabemos que parece un lugar común, pero es,
sin embargo, tan usual hoy en día el envanecimiento de los
escritores y el mohín desdeñoso con que miran a los
demás...
Por todo ello son dignos de felicitar los participantes en este
Primer Concurso Cruel. Sus relatos fueron leídos y calificados
por un jurado compuesto por Clandestino Menéndez, como presidente,
Isabel Cañelles, Isabel Calvo, Chema Gómez de Lora,
Mariana Torres, Alfredo Caminos, Daniel Saavedra, Clara Redondo,
Julio Espinosa, Jesús Pérez, Ángeles Lorenzo
y Virginia Ruiz, actuando Javier Sagarna como secretario sin voz
ni voto. El resultado es el siguiente:
El bueno: "Postes eléctricos que cuentan
trenes", presentado a concurso bajo el seudónimo "Carlos
Capote" y cuyo autor es Juan Carlos Márquez, de Madrid
(España).
Premiado con 300 euros y flor natural.
Finalistas fueron “Vete y vete", presentado a concurso
bajo el
seudónimo de Silva Nora y cuyo autor es Enrique Triana, de
Madrid
(España), y "Grandes estrellas de la magia en primer
tomo", presentado bajo el seudónimo "Belcebú
Sarcasmo" y cuyo autor es Matías Candeira, de Madrid
(España)
El feo: "El ordenador", presentado a
concurso bajo el seudónimo "Mars" y cuya autora
es María Ascensión Rivera Serván, de Cádiz
(España).
El autor recibirá un látigo, en recuerdo de aquella
frase de Truman Capote: «Cuando Dios le entrega a uno un don,
también le da un látigo». Con ello venimos a
decirle que se reporte, haga ejercicio de autocrítica, se
flagele un tanto la conciencia y vuelva a intentarlo otra vez.
.Finalistas fueron "La ceguera", presentado bajo el seudónimo
de "Cayo Grato" y cuyo autor es Fernando Núñez
Figueroa, e "Iteración", presentado bajo el seudónimo
de "Ariel Urtizberea" y cuyo autor es Pablo Abel Urquiza,
de Buenos Aires (Argentina).
El malo: "Al final del túnel",
presentado a concurso bajo el seudónimo "Dulcinea2002"
y cuya autora es María del Carmen Guzmán Ortega, de
Málaga (España).
El autor no recibirá nada, por malo.
Finalistas fueron "Contemplaciones", presentado bajo el
seudónimo de "Fontaine" y cuya autora es Laura
Elena Bermúdez de Tesolín, y "El escarabajo",
presentado bajo el seudónimo de "Kistonfols" y
cuyo autor es José Alberto Vilariño Rico, de A Coruña
(España).
Se abre ahora el concurso a la mejor crítica sobre estos
relatos. Hasta el 10 de noviembre los participantes podrán
enviar sus críticas a Escuela de Escritores (www.escueladeescritores.com);
entre todas las recibidas se elegirá la mejor, en atención
a su mordacidad pero también a su rigor y fundamento. El
autor de la mejor crítica será elegido el día
17 de noviembre y recibirá un premio de 100 euros.
A continuación se ofrecen los tres textos ganadores, con
una crítica de nuestro compañero y presidente del
jurado Clandestino Menéndez
El bueno (Postes eléctricos
que cuentan trenes)
04MAY02 RECIBO ACADEMIA DUNCAN 4.05 -100,00 *2.437,35
******** -16.639 PTAS *405.541
Natación, informática, piano… y ahora ballet.
Lucía debía tomar lecciones de ballet. Enma se empeñó.
—Es muy bueno para la sicomotricidad, ¿verdad que quieres
ir, cariño?
Les faltó tiempo para comprar el tutú y las zapatillas.
El miércoles tuve que ir a recogerla. Los acordes del Claro
de Luna de Debussy sonaban por la megafonía. Es difícil
sentirse incómodo cuando suena el Claro de Luna. Por eso
lo ponen en las salas de espera de aeropuertos, hoteles y ambulatorios.
La clase aún no había terminado y la profesora me
hizo señas desde el otro lado de la cristalera para que entrara.
Lucía estaba tendida boca arriba sobre el entarimado de madera
junto a las demás niñas, lejos de las muletas. Mecía
sonriente las manos al compás de la música. Me miró
y cerré los ojos para que no me viera llorar.
08MAY02 COMPRA VIAJES SOLÁ 8.05 -1.200,00 *1237,35
******** -199.663 PTAS *205.878
Los baños de sol y los paseos por la orilla de la playa
son saludables para Lucía, pero prefiero la montaña.
Quizá el próximo verano… si Enma consiente que
la niña se quede unos días con mamá. Tal vez
pudiéramos retomar aquel viaje en tren por las Barrancas
del Cobre. Chihuahua- Creel- Batopilas–la cascada de Basaseachi…
He leído que desde abajo se oye retumbar el torrente que
choca contra el suelo y que una nube de agua pulverizada flota entre
las rocas. Cualquier viaje en tren sería de mi agrado. Con
los trenes me ocurre lo mismo que con el Claro de Luna. Hacen que
me sienta como en casa. Me gusta dejar la mente en blanco y contar
los postes del tendido eléctrico que pasan fugaces ante la
ventanilla. Es algo que todos hemos hecho en alguna ocasión.
En este instante cientos de viajeros, acaso miles, estarán
contando postes. Hombres con un maletín negro sobre las rodillas,
ancianas de pelo lacio y cano y perlas al cuello, niños que
mascan chicle con la nariz aplastada contra el cristal… 1,
2, 3… 6….15….26… Uno puede empezar el recuento
en Madrid, París o Moscú y dejarlo cuando le venga
en gana, en Villalba, Lyon o Siberia, sin que se deriven consecuencias.
20MAY02 CRÉDITO HIPOTECARIO BCA 20.05 -603,81 *633,54
******** -100.466 PTAS *105.412
No necesitábamos una casa tan grande. Un apartamento de
dos o tres habitaciones en el centro hubiera sido más que
suficiente, pero Enma quería ventanales y un jardín
para que Lucía correteara a sus anchas. Y todo el mundo sabe
que es un disparate contrariar a una mujer embarazada. El jardín
nos mantuvo ocupados muchas horas los fines de semana. Plantamos
un saco de césped, dos hileras de eucaliptos y un rosal chino
cuyas raíces se expandieron más allá de la
verja. Se puso todo precioso, aunque no resultó práctico.
Las muletas de Lucía se hincaban en la tierra los días
de lluvia. Aquí llueve a menudo. A veces no escampa durante
días. Era un vía crucis para la niña. No tuve
más remedio que arrancar la vegetación. Luego eché
encima varias capas de cemento. Nuestra casa parece un meteorito
enorme de cemento llovido del cielo.
28MAY02 COMPRA MAR TROPICAL 28.05 -403,61 *229,93
******** -67.155 PTAS *38.257
Hace un par de años mamá regaló a Lucía
un cachorro de pastor alemán por su cumpleaños, Bubi.
Era un cachorro entrañable y juguetón, un tanto torpe,
aunque supongo que eso es algo común a todos los cachorros.
Se pasaba la vida enredado en las piernas delicadas de Lucía
o bien dormitando en su regazo mientras ella le rascaba con paciencia
y dulzura la barriga. Un par de veces al día lo sacaba a
pasear por la explanada de cemento, sujeto por la correa. Nunca
le daba pereza, por mucho que lloviera, y no permitía que
Enma ni yo les acompañáramos.
—Puedo sola —rezongaba repiqueteando con las muletas
en las baldosas de mármol del pasillo.
Bubi fue el mejor terapeuta que ha tenido la niña. Pero creció.
Se hizo demasiado grande. Una mañana Lucía regresó
del paseo con las rodillas y los codos magullados. Acabamos devolviendo
el perro a mamá.
Le hemos comprado el acuario de peces tropicales para que se sienta
responsable de nuevo. Los hay anaranjados centelleantes, a listas
negras y amarillas como tigres, ambarinos, plateados de gruesas
barbas, unos escarlatas muy simpáticos que se hinchan como
globos… Lucía les echa de comer, cambia el agua, mete
líquenes y conchas, mantiene inmaculado el acuario. No es
lo mismo que con Bubi. Los peces no se dejan acariciar, son resbaladizos,
aunque uno puede pasarse las horas muertas contemplándolos
mientras Lucia ensaya al piano. Nadan de un lado para otro con la
boca abierta sin dirigirse a ningún sitio, con un aire elegante
y despistado. A veces chocan de bruces unos contra otros y se vuelven
trompicales. Dicen que los peces son muy frágiles, que mueren
con demasiada facilidad. A nosotros aún no se nos ha muerto
ninguno. Yo creo que es porque los miramos a menudo. Creo que los
peces sólo se mantienen vivos si los miramos, que, por absurdo
que pueda parecer, se alimentan de nuestro tiempo.
31MAY02 COMPRA JOYERÍA AMATISTA 31.05 -225,00 *4,93
******** -37.437 PTAS *820
Esto debe de ser mi regalo. Un reloj muy caro, con la pulsera dorada
y los números grandes y romanos. Aún faltan meses
para nuestro aniversario, pero Enma es muy previsora. Lucía
se quedará en casa de mamá y saldremos a cenar a ese
restaurante ruso de nombre impronunciable donde un pianista tuerto
ameniza la velada y una muchacha hace equilibrios sobre una barra
de acero. Tomaremos vino tinto y champán, ostras y ese soufflé
tan raro de verduras. Luego nos besaremos livianamente en los labios
y pediré al pianista que toque el Claro de Luna. Bailaremos
acaramelados en la pista, girando y girando sobre nosotros mismos,
mientras otras parejas de baile pasan veloces ante nuestros ojos
como postes eléctricos. Entonces, cuando cese la música,
miraré de reojo mi reloj nuevo o Enma echará un vistazo
al suyo. Cualquiera de los dos sacará el móvil del
bolsillo y llamará a mi madre para preguntarle por Lucía.
Y nos sentaremos a la mesa, junto a las copas vacías de champán,
en silencio, mirándonos como peces, mientras un camarero
amable nos pide un taxi.
Crítica
de C.Menéndez
Un hombre repasa sus últimos extractos bancarios y, al
hilo de ello, nos ofrece una breve visión de su vida. Este
es el planteamiento del relato ganador, una base original, o cuanto
menos ingeniosa, pero que, como cualquiera de nosotros puede advertir,
amenaza con agotarse demasiado pronto (a no ser, claro, que uno
sea rico y tenga extractos de varias páginas, pero en ese
caso no le hubiera dado por esta venada de la literatura). El mérito
principal de este relato, lo que le ha hecho merecedor del premio,
es su magnífico tratamiento. El autor, llevado por una especie
de instinto narrativo, no nos cuenta la vida del protagonista de
manera lineal y cronológica, lo que seguramente hubiera desvirtuado
el relato, lo hubiera hecho demasiado simple y cotidiano y le hubiera
convertido en un serio aspirante al título de feo. Al contrario:
precisamente porque los extractos bancarios parecen estar desparramados
al azar encima de la mesa, de esa misma forma nos va presentando
el protagonista los retazos de su vida relacionados con cada uno
de los recibos. Así nos encontramos en medio de algo parecido
a un puzzle que, pieza a pieza, recibo a recibo, se va formando
ante nuestros ojos hasta darnos una imagen completa de los sentimientos
del personaje.
Y es en ese preciso momento, cuando la última pieza está
colocada, que el conjunto se difumina, el cuento acaba, ya está
todo dicho. He aquí un segundo, y no menos importante, mérito
de este relato: su sentido de la medida, lo que se conoce como economía
narrativa y que puede definirse como no utilizar más (pero
tampoco menos) de lo justamente necesario para transmitir lo que
se desea, acabar cuando la historia ha terminado y no meterse en
jardines ni enredarse con ningún dato superfluo.
Y, para no que falte de nada en este espléndido relato, tenemos
un tercer elemento: el buen gusto del autor. Todo el cuento o, lo
que es lo mismo, toda la existencia del protagonista está
condicionada por la figura de una hija minusválida. Tema
delicado, este de la minusvalía infantil, que a muchos autores
lleva a despeñarse por el barranco de lo lacrimógeno.
Sin embargo, nuestro autor acierta a contenerse, tampoco demasiado,
porque un tipo insensible despierta la misma antipatía que
uno aullador y al borde del soponcio. Digamos que nos lo cuenta
con una emoción “de ley”, una emoción
auténtica, y aquí tenemos de nuevo el sentido de la
medida que da categoría a este relato, y demuestra lo que
tantas veces se ha dicho sobre la calidad literaria, que lo importante
no es el qué se cuenta sino el cómo se cuenta.
Y ahora llega un pequeño apartado de críticas para
que el autor no se hinche demasiado. Es fama que los buenos escritores
suelen poner malos títulos a sus obras y viceversa, a algunos,
después de poner un título verdaderamente formidable
a sus novelas, parece agotárseles ahí todo el talento.
Es el caso del pobre Dostoievski, quien después de estrujarse
la cabeza para escribir una magnífica novela de 600 páginas
sobre los hermanos Karamazov, va y la titula “Los hermanos
Karamazov”, o hace una verdaderamente genial sobre un jugador
y la titula “El jugador”. En el extremo contrario ahí
tenemos unos esplendorosos “Atlas de geografía humana”
o “Negra espalda del tiempo”, que se podían haber
quedado perfectamente en eso, en el título. En fin, con esto
quiero decir que el título de este relato, “Postes
eléctricos que cuentan trenes”, es sencillamente horrendo,
a fuerza de pretender ser ingenioso. Parece querer dar una idea
de situación contraria a la realidad, pero no hay esa situación
porque los trenes en sí no cuentan postes, y parece haberse
hecho un lío también con las proverbiales vacas que
miran el tren y en fin, que muy mal. Otra cosa a apuntar al debe
es ese chiste que pretende hacer con unos peces tropicales que a
veces se chocan entre sí, se trompiconan, y por eso los llama
trompicales. Sepa el autor que por mucho menos de eso en tiempos
de los romanos se les cortaban a los escritores los pulgares. Así
que queda advertido.
El feo (El ordenador)
Tenía miedo. Había llegado el momento de conocerle.
Temía y quería a la vez pero en su interior algo gritaba
que: ¡no debía!
Quería a su marido, a sus hijos (tenía 4), el menor
contaba con 3 años. Su vida transcurría entre la casa
y el cuidado de ellos. Había dejado su trabajo al quedarse
embarazada del primero de ellos: Denia, la mayor, que contaba 14
años.
Su marido trabajaba todo el día y, cuando regresaba a casa,
estaba tan agotado que ya casi no hablaban.
Un día entró en una página de Chats del ordenador
y empezó a hablar con un tal Richard del que tenía
una foto muy bien guardada en su secreter. Tenía 50 años,
era alto y apuesto. Moreno, de ojos negros y profundos….
Había empezado a contarle las cosas cotidianas, sin importancia
para los demás, que ella hacía: llevar a sus hijos
al colegio, asistir a tutorías, atender la casa. Para él
todo era importante. Todo lo que ella hacía.
Hacía ya un mes que le había confesado que se había
enamorado de ella y quería conocerla. Le decía cosas
bonitas, cosas que la estremecían, cosas que su marido hacía
tiempo que ya no le decía. Cosas que anhelaba, tantas cosas
que al pensarlas, un escalofrío de placer la recorría
por dentro y la hacía perderse en esa maraña de sensaciones
ya olvidadas….
Debía fijar un día, una hora y lugar para verse. Debía
llevar algo rojo, eligió un clavel, como en una cita de adolescentes.
Lo prohibido la atraía como un imán y, sobre todo,
sus ojos que sin hablar la traspasaban hasta dolerle el alma.
Se puso delante del ordenador, tecleó su clave y, de repente,
de la pantalla salió un destello de colores que le dió
una sacudida brutal y repentina, al tiempo que miles de tentáculos
la rodeaban, la atrapaban y buscaban su garganta: apretando, hurgando,
haciendo daño.
Quería gritar y no podía. Llamar a su marido pero
los tentáculos de hierro la atenazaban más y más.
De repente y tras un nuevo destello de luces diminutas de miles
de colores que la cegaban, las tenazas la soltaron. Gritó
y gritó con todas sus fuerzas. Salió corriendo y gritando
a la vez hasta que la sacudida firme de su marido la devolvió
a la realidad.
¡Richard! ¡Richard! ¡Tengo miedo!.
Su marido le contestó: Amor, soy Tomás, tu marido
y es una pesadilla. ¡Despierta!
¡Tengo miedo: me ahogaban!
Su marido le preguntó: ¿Quién era Richard,
gritabas ese nombre?
Ella contestó: No sé, alguien que me hacía
daño.
Crítica
de C.Menéndez
Con “El ordenador”, el relato premiado (entre comillas)
por feo, nos encontramos ante el típico cuento moderno. Y
a este “moderno” se le da aquí el sentido peyorativo
que, por otra parte, suele tener en la actualidad; es decir, que
nos encontramos ante un relato que sorprendentemente reúne
en muy pocas líneas casi todo lo que de malo tiene la literatura
de hoy.
En primer lugar, el estilo es descuidado, muy descuidado, producto
sin duda de esa idea tan actual entre los escritores, y sobre todo
entre los aspirantes a escritores, de despreciar el trabajo, el
esfuerzo y la paciencia a la hora de escribir. Confiados en su temple
literario porque aciertan muchas de las preguntas marrones del Trivial,
un día, de pronto, se lían el María Moliner
a la cabeza y en tres o cuatro fines de semana, dependiendo de si
echan fútbol o no en la tele, componen una novela y sin siquiera
pasarla a limpio la mandan a una editorial. El resultado es el de
todos conocido: premios Planeta, premios Primavera, premios Alfaguara,
premios de la Crítica...
Pero quienes no nos dejamos deslumbrar por este lujo de cartón
piedra sólo acertamos a ver lo fea, lo feísima que
es esta literatura de ocasión. Fealdad de la que puede ser
ejemplo este relato, aunque no es cuestión de cargar las
tintas y afilar las uñas sobre el cuello de la autora. Seguramente
ella, como otros muchos, se creyó esa publicidad que dice
que Lucía Etxebarría, Espido Freire y tantas por un
estilo son las escritoras del mañana, genios en potencia
y, como es natural y humano, dio en imitarlas. Así que vamos
a estudiar en la discípula (y perdone su papel de chivo expiatorio)
algunos de los errores de sus “maestras”.
En primer lugar, ya se dijo, el descuido, el desaliño literario.
Véase el segundo párrafo, cuando dice que estaba “al
cuidado de ellos. Había dejado su trabajo al quedarse embarazada
de ellos”. Y porque se le acaba el párrafo que si no
podría seguir poniendo “de ellos” ab infinitum,
todo con tal de no pararse un momento a releer, difícil trabajo.
Véase poco más abajo la abundancia del sustantivo
“cosas” en un párrafo, cuando todo escritor medianamente
cuidadoso sabe que ese “cosas” y otros términos
llamados comodines como “tener”, “haber”
o “poner”, están absolutamente prohibidos en
un buen estilo y si hubiera justicia literaria en este país
los “cosistas” tendrían que ser castigados con
una sarta de collejas y tres días a dieta de diccionario.
Habrá quienes aduzcan que este escribir a la patalallana
es preferible al estilo presuntamente literario y suntuoso, pero
ni el escribir envuelto en un batín de seda, con mucho floripondio
y rimbombancia, es literatura, ni tampoco lo es este escribir simplón
y en chándal de lycra. Véase casi al final ese “gritó
con todas sus fuerzas”, frase hecha por excelencia, para admitir
que la literatura es otra cosa y esto, desde luego, es muy feo.
A la pobreza del estilo se suma, además, lo insulso del argumento,
con ese “chica encuentra a chico por Internet” que lleva
camino de convertirse en un tópico del calibre de los dientes
como perlas o la piel de seda. Súmese otro lugar común
como es, en el párrafo tercero, el marido que llega a casa
cansado del trabajo; otro más como es esa cita a ciegas en
que deben llevar una flor en la solapa; y añádanse
unas gotas, más bien grumos, de retórica de novela
romántica, como esa “maraña de sensaciones ya
olvidadas” o esos ojos que “sin hablar la traspasaban
hasta dolerle el alma”, y tenemos aquí, concentrada,
como las pastillas de los astronautas, toda la esencia de la más
fea novelística moderna.
El malo (Al final del túnel)
Otra tarde de domingo. María, como otras muchas tardes domingueras,
se encuentra en la estación, y como muchas otras tardes espera
ilusionada la llegada del exprés. Pero hoy no es exactamente
igual; ha ocurrido un hecho insólito: un lujoso convoy se
ha detenido en el pobre apeadero.
María, obediente a su impulso, sube al tren y lo recorre
de parte a parte. Gente de toda edad y condición ocupan sus
departamentos. Curiosamente no se trata de personas distinguidas
como ella había supuesto, sino humildes, al menos la mayoría.
Los hay jóvenes y viejos, ricos y pobres, guapos, feos, gordos
y flacos, y hasta niños. Todos tienen algo en común.
Tristeza. Una gran tristeza se refleja en los rostros de los pasajeros.
Algunos sollozan en silencio. Otros suspiran. Se ignoran entre sí.
Están inmersos en su desolación. Nadie habla. En su
recorrido por el tren, María encuentra un departamento vacío,
entra y se sienta.
El tren inicia su marcha.
Un hombre de edad indefinida entra en el departamento. Su porte
inspira confianza y serenidad. Es alto y bien parecido. Luce una
cuidada barba que empieza a tornarse gris.
—Buenas tardes, María.
—Buenas tardes, señor ¿Cómo sabe mi nombre?
El hombre sonríe y no responde. Extrañamente, ella
no espera respuesta. Algo en su interior le dice que este hombre
sabe muchas cosas sobre ella. Él le ofrece su mano y ella
la estrecha. Es una mano grande, cuidada, cálida y amistosa
mano de caballero.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
—Sí. Pero... ¿quién es usted?
—Soy... parte de ti. Soy algo así como tú misma.
María no pregunta. Se debate entre la seguridad y la extrañeza.
Ella sabe que él sabe. Vislumbra la verdad. Charlan como
viejos amigos y el tiempo transcurre sin sentirlo pasar.
El hombre posee una gran cultura, sabiduría y agradable conversación.
María se vuelca en confidencias. Le habla de su pueblo, de
su cortijo, de su campo y de su soledad. Le cuenta su huída
del terruño, sin saber adónde huye, y que a pesar
de todo no le pesa ni se arrepiente. Se siente relajada, llena de
confianza y no añora lo dejado atrás. Mira a través
de la ventanilla. El tren parece correr a una velocidad endiablada.
Los árboles, las montañas, las estaciones, las barandillas
de los túneles y hasta las nubes, pasan por delante del pequeño
marco de la ventana como una película proyectada a toda velocidad.
—Ven -dice el hombre- voy a presentarte a los demás
viajeros.
—Sí, sí, por favor. Me encantaría.
—Mira. Esa señora se ha quedado viuda. Aquel hombre
acaba de salir de la cárcel y nadie quiere darle trabajo.
Ese niño se ha escapado del hospicio. Aquella viejecita está
muy enferma. Esa muchacha fue violada en un parque. Ese chico intentó
suicidarse porque su novia lo dejó por otro chico. Todos
¿sabes? todos huyen. Absolutamente todos los que han subido
a este tren buscan un cambio en sus vidas. Todos corren hacia la
libertad, la paz, el amor y la felicidad.
El tren cada vez corre más deprisa. El paisaje ya no se percibe.
Tan sólo una ondulación del aire, unas líneas
verticales desdibujadas dan fe de su endiablada velocidad. Ahora
empieza a entrar en un larguísimo túnel, un túnel
negro, interminable, de paredes que rozan el aliento de los pasajeros
con un fuerte abrazo de piedra y humedad. El tren en estos momentos
está tomando una curva muy cerrada, y es entonces cuando
María vislumbra el final del túnel. Un semicírculo
blanco, muy pequeño al principio, pero que paulatinamente
se va haciendo más y más grande conforme el convoy
gana terreno.
El semicírculo blanco avanza y avanza, está muy cerca,
muy cerca. Lo atraviesa el tren. María sólo ve luz,
una luz vivísima, blanca, inundándolo todo, pero no
hiere la vista. Y a medida que el tren sale del túnel, una
suave melodía se deja escuchar, primero débilmente
y después, in crescendo, hasta llegar a impregnar cada rincón
del tren. La música ahora es intensa. Ocupa todo el ámbito.
El tren atraviesa la nube de luz. Ya sólo existe luz.
La vertiginosa marcha del tren comienza a disminuir. Se detiene
poco a poco, muy suavemente, sin el más leve chirriar de
ruedas. Poco a poco, los viajeros empiezan a despertar del sopor
en que estaban inmersos. Se avivan sus expresiones. Sus semblantes
se animan, se distienden. Hablan. Preguntan. Se mueven. Flota entre
ellos una tímida alegría contagiosa. Se abren las
puertas. Un sol esplendoroso se cuela en el tren y lo calienta.
La mañana es hermosa y cálida. María observa
cómo la noche pasó sin darse cuenta.
El andén de la estación donde el convoy se ha detenido
se encuentra repleto de gente que ríe, canta y saluda a los
recién llegados con guirnaldas de flores olorosas que trasminan
el aire, como si los estuvieran esperando. Los viajeros descienden.
Allá, a lo lejos, la ciudad se adivina limpia y alegre. Abundan
las torres y las cúpulas que brillan al sol. Las casas, muy
blancas, se recortan sobre un cielo sin nubes y unas montañas
muy verdes. Hay jardines por todas partes y multitud de pájaros
entonando un himno a la libertad. Mucha gente por las calles, paseando
sin prisas, feliz, tranquila, acariciando a los perros y gatos que
deambulan limpios, felices, libres y lustrosos.
Los viajeros van perdiendo su tristeza mientras descienden del tren.
Ya han olvidado sus problemas, sus vidas y dolores y empiezan a
caminar ligeros. Ríen y cantan y abrazan a la multitud como
si fueran amigos de toda la vida. María sonríe exultante.
La ciudad la atrae, ejerce un influjo especial sobre ella. Le infunde
seguridad. No es como la capital. Aquí no existe la contaminación,
ni el ruido, ni la suciedad, ni siquiera hay coches. Pero tampoco
es silenciosa y fría como su pueblo. Es una ciudad alegre,
llena de vida, activa y al mismo tiempo reposada. Se siente dichosa,
muy dichosa. Como nunca recuerda haberse sentido. No la extraña
el contemplar a un lobo y un cordero bebiendo en la misma fuente.
Su misterioso acompañante continúa a su lado. La mira
sonriente, sin hablar, respetando su emoción. Ella le sonríe
a su vez. Un hermoso león refriega su rubio lomo por las
piernas de la muchacha y una anaconda lame su mano. Todos les saludan
sonrientes.
El hombre toma la mano de María y un calor agradable sube
por sus venas hasta llegar al corazón mientras un aleteo
de pájaros multicolores juega con las águilas y los
halcones peregrinos.
María y su acompañante, juntos, muy juntos, se pierden
entre la multitud.
Crítica de C.Menéndez
Si en la crítica anterior, sobre el relato feo, se hablaba
del mal modelo que para los autores en ciernes suponen los novelistas
de éxito rápido y verbo descuidado, en este relato,
“premiado” (siempre entre comillas) por malo, se evidencia
lo nociva que también puede resultar otra corriente literaria
hoy en boga, como son las novelas presuntamente “trascendentales”.
Es decir, los Paulo Coelho, Jorge Bucay y otros muchos tipos de
hablar susurrante e hipnótico que probablemente ayudarán
a sus lectores, yo no digo que no, a descubrir el secreto de la
vida y la felicidad suprema, pero lo que es la buena literatura...
Vaya un poco en consuelo de la autora del relato “premiado”
(comillas otra vez) por malo, que en la terna final había
algunos peores que el suyo, cuentos que rayaban lo delictivo y en
algunos momentos lo genocida. Sin embargo, se eligió “Al
final del túnel” primero, porque los otros eran casos
totalmente irrecuperables para las letras, y segundo, porque el
suyo es un cuento representativo, muy a su pesar, de lo pernicioso
que resulta escribir bajo el influjo de esos escritores “profundos”,
“alquímicos” y “autoayudantes”.
El relato de que tratamos, vaya esto por delante, es, sobre todo,
cursi. Muy cursi. Extremadamente cursi. Algo así como Antonio
Gala interpretando canciones de La oreja de Van Gogh. ¿Culpa
de la autora? Creemos que no. Posiblemente en su naturaleza propia,
original e indivisible no estaba escribir así, pero algún
día, algún infausto día, tomó como ejemplo
de buenos escritores a los Coelho and company. Confundió
entonces el escribir bien con el escribir bonito, y un cuento bien
terminado con un cuento que termina bien, y ahí tenemos,
como resultado, su relato, la historia de una joven que una tarde
“dominguera” (quería decir dominical, pero esto
es lo de menos) se embarca en un tren donde todos los viajeros están
muy tristes y entonces, de pronto, ese tren entra en un túnel
y viene a aparecer en un país maravilloso y feliz donde a
nadie le importan los anacolutos y los errores de concordancia gramatical,
donde las flores “trasminan” el aire, que no sabemos
lo que quiere decir, y donde las casas se recortan “sobre”
el cielo sin nubes, en lugar de “contra” él,
es decir, que están flotando.
Pero estas son las menores maravillas en un país donde “hay
jardines por todas partes” y “multitud de pájaros
entonando un himno a la libertad”, donde los lobos y los corderos
beben en la misma fuente y un hermoso león se refriega por
las piernas de la muchacha (tal vez anduviera salido el noble felino,
pero cualquiera se lo dice a la autora y le fastidia lo idílico
de la atmósfera). Sobre toda la escena, no sabría
decir por qué, parece flotar una música de guitarras
parroquiales y un coro cantando el “Oh, happy day!”.
El caso es que, a la vista de este fantástico mundo de colores,
la chica decide quedarse en él y perderse entre la multitud,
cuando lo que tendría que hacer, si nos permite el consejo,
es sacudirse el muermo (por no decir la tontería), tomar
todos los libros del de la perilla blanca y de otros por un estilo
de los que, sin duda alguna, ha sufrido un atracón, y arrojarlos
en el contenedor más próximo. De noche, eso sí,
no vayan a denunciarla por vertido de sustancias contaminantes.
Y el próximo año, con la cabeza un poco más
fresca, le aconsejamos que vuelva a presentarse a nuestro concurso.
¿Quién sabe?
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