| Ramón Peco, es periodista, fotógrafo e investigador de comunicación social
Guerras, campos de exterminio, el hombre como esclavo del trabajo... son algunos escenarios de la vida cuando esta nos lleva al límite. La literatura es una poderosa herramienta para acercar los aspectos más lúgubres de la existencia humana.
Dicen que todo agente del Mossad debe soportar como parte de su entrenamiento una sesión de tortura. De ser eso cierto lo que hace más tremendo a ese hecho es que se debe a una elección. Es tremendo porque la vida lleva con frecuencia a muchos hombres a situaciones límite sin que nadie les haya preguntado si querían o no acabar en esa situación. ¿Pero que entendemos por una situación límite? ¿Es la angustia de Joseph K. en “El Proceso” una situación límite cuando llega a la conclusión de que la mentira se erige como orden del mundo ? Ciertamente K. está en una situación psicológica límite y su destino es oscuro. Sin embargo, cuando al componente psicológico añadimos escenarios reales y sobrecogedores nos encontramos ante una literatura que tiene como común denominador la de llevar a sus personajes al límite . Veamos cuatro obras que son todo un ejemplo de ello.
“Imán”
Ramón J. Sender marchó a Madrid desde Clamera de Cinca, provincia de Huesca, con el objetivo de dedicarse a la escritura. Durante tres meses durmió en un banco del parque del Retiro, aseándose en las fuentes del parque y en las duchas del Ateneo, a donde iba a leer y escribir. A estos duros comienzos se suma la participación de Sender en la guerra de Marruecos. Estos ingredientes explican que Sender sea el autor de una de las novelas más duras de la literatura española del siglo XX: “Imán” . En esta primera novela del escritor aragonés encontramos un antibelicismo pocas veces igualado y que hoy convendría rescatar. En “Imán” se nos retrata en toda su magnitud, con una suma de realismo y dramatismo sobrecogedor, el desastre de Annual. Sender relata en esta audaz novela, tanto por su estilo como por su tema, lo mismo que Gericault en su pintura “La Balsa de la Medusa” . Cuando Gericault narra el drama de los náufragos está pintando una suerte de negativo de “La Libertad Guiando al Pueblo” de Delacroix. Todas las ilusiones volcadas en la Revolución de 1789, y simbolizadas en el lienzo de Delacroix, han sido frustradas. Cuando “La Balsa de la Medusa” sale del taller del artista francés Francia sus ideales están en decadencia. Un ejército, comandado por oficiales que obtienen su rango sólo por su apellido, es el responsable de dejar a su suerte, en la deriva más angustiosa, a los marineros del barco “La Medusa” cuando este naufraga frente a las costas de África. Sender retrata una situación casi idéntica en esencia a través de la pluma.
El protagonista de “Imán” , Viance, es un joven obrero aragonés llamado a filas. Como tantos otros españoles es víctima de uno de los hechos históricos más cruelmente absurdos de la historia de España. Viance vive una sucesión de acontecimientos de una tensión extrema, con momentos de un terror irreal casi metafísico. Este herrero de profesión sobrevive pero su vida no significa nada para una sociedad que se guarda bien de que la famélica legión , como canta el himno, siga siendo precisamente eso: famélica. Sender, en la primera edición de la novela, del año 1930, defiende así el realismo de la narración: La imaginación ha tenido bien poco —nada, en verdad— que hacer. Cualquiera de los doscientos mil soldados que desde 1920 a 1925 desfilaron por allá podía firmarlas [estas notas]. Y desde luego su protagonista se puede “comprobar” en la mayor parte de los obreros y campesinos que fueron allá sin ideas propias, obedeciendo un impulso ajeno y admirando a los héroes que salen retratados en los periódicos.
“Germinal”
En 1902 unos 50.000 parisienses despiden a Emilio Zola en el cementerio de Montmartre, desde la muerte de Víctor Hugo ningún escritor había sido tan aclamado por el pueblo. Zola, con su “Yo Acuso” , se había convertido en un abanderado de la oposición a las clases más conservadoras de Francia. En cierto momento del entierro un grupo de mineros del norte de Francia lanzaron rosas rojas al grito de Germinal, Germinal . Esos hombres mostraban así su gratitud a Zola por haber retratado años antes el infierno en el que vivían.
Carlos Marx cerraba el Manifiesto del Partido Comunista así: Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio un mundo que ganar. Sin duda, este espíritu queda patente en “Germinal” . Pocas novelas ilustran con tanta precisión, la labor de documentación de Zola fue impresionante, las opresivas condiciones del movimiento obrero en el siglo XIX. El escritor francés nos introduce a lo largo de las páginas de “Germinal” entre los obreros de un pueblo de mineros. El gran merito de la novela es humanizar, poner rostros, a los oprimidos. Con ello consigue rebasar con mucho la afectividad de muchos ensayos de teoría social a la hora de explicar la realidad del movimiento obrero. Zola nos habla de la dureza extrema en las condiciones de vida de estos hombres, de su miseria, que en verdad es la protagonista del libro. Los obreros de “Germinal” están marcados por una existencia que no se basa tanto en vivir como en sobrevivivir, física y moralmente, a la opresión del día a día, de las duras jornadas de trabajo bajo la tierra. Su protagonista, el maquinista Étienne Lantier llega al pueblo minero de Montsou en busca de trabajo. El contacto con la atmósfera opresiva que rodea a las minas le hace promover una lucha contra la compañía explotadora. Esta acabará convirtiéndose en un enfrentamiento de gran violencia y enorme dramatismo, marcado por la desesperación más pura de unos hombres que, como Marx dice, no tienen nada que perder y en ello, precisamente, radica su fuerza; la fuerza surgida de la angustia.
Aunque “Germinal” ha sido bandera del socialismo, Zola no comulgaba con la Internacional. “Germinal” es, según sus palabras, una obra de piedad. En una carta dirigida al director de un periódico que iba a publicar “Germinal” por entregas Zola escribe que lo que ha querido ha sido gritar a los felices de este mundo, a los que son sus amos: “Tened cuidado, mirad bajo la tierra, ved a esos miserables que trabajan y sufren. Tal vez sea tiempo todavía de evitar catástrofes finales: Pero daos prisa a ser justos, de otro modo el peligro es este: la tierra se abrirá y las naciones se engullirán en una de las más espantosas perturbaciones de la historia”.
“Los desnudos y los muertos”
Un joven Norman Mailer publica con 26 años, en 1948, su primera novela, “Los desnudos y los muertos” , la cual es pronto considerada como una de las grandes novelas del siglo XX. Tras pasar por la Universidad de Harvard y luchar en la Segunda Guerra Mundial Mailer se lanza a escribir la novela, que es considerada una precisa radiografía social de los estadounidenses que combatieron en el frente del Pacífico.
Mailer nos muestra el embrutecimiento que la guerra marca en los personajes, el cual es fruto de la desesperación por la incertidumbre que supone ver planear en todo momento a la muerte. La arbitrariedad de las órdenes en el campo de batalla, que convierte a los soldados en peones de escaso valor, es una suerte de reflexión sobre la monstruosa arbitrariedad de toda la guerra mundial en sí.
Toda guerra puede ser vista desde dos ópticas muy diferentes: las de los que saben de su existencia desde la lejanía, al margen de que algunos de ellos puedan estar en contra de esta, y la de los que la viven, ya sea como víctimas o verdugos. Sin embargo, es posible que esta distinción peque de maniquea pues la guerra es en sí un monstruo que acaba imponiéndose incluso por encima de sus promotores. Lo terrible de un conflicto, y eso es narrado con una gran brillantez por Mailer, es que la confusión se apodera de casi todos y se hace difícil saber quien es la víctima y quien es el verdugo. Incluso se cuestiona que estos roles lleguen a existir con precisión en un escenario tan borroso como es el bélico.
En “Los desnudos y los muertos” se narra la historia de una patrulla de jóvenes soldados en Anopopei, un pequeño islote del Pacífico, en pleno combate con las fuerzas japonesas. Cada uno de los miembros de este grupo representa a una porción de la sociedad estadounidense. La genialidad de Mailer es reflejar fielmente el comportamiento de estos hombres en un momento límite de sus vidas. Mailer desgrana con pequeños pero precisos detalles qué es exactamente una guerra. A partir de la lectura de esta novela creo que podemos dar con la clave de qué es el hecho bélico en sí haciendo hincapié en un pequeño, pero a mi juicio, significativo acontecimiento de la narración. En un determinado momento los soldados reciben la orden de atravesar a nado un caudaloso río con la peligrosidad que ello conlleva. Pensemos en este acontecimiento, trasladémoslo a nuestra existencia. Para la mayoría de nosotros ese único hecho podría suponer un auténtico trauma. Aquí está la clave de la guerra: el soldado no puede negarse a atravesar ese río pues se enfrenta a una orden. Eso es la guerra: una sucesión de acontecimientos traumáticos que llevan al hombre al más profundo agotamiento físico y moral. No es, por tanto, extraño que, en los peores momentos, la muerte no sea percibida tanto como una amenaza sino como una salvación.
“Si esto es un hombre”
Cierro este artículo con el libro que me parece más desgarrador de todos. “Si esto es un hombre” es un tanto inclasificable pues no es una obra literaria, ni ensayística, ni periodística; es simplemente un testimonio. Su autor Primo Levi, un químico de profesión, probablemente jamás habría escrito un libro de no haber sido por su terrorífica experiencia como prisionero en el campo de exterminio nacionalsocialista de Auschwitz.
La genialidad de este documento es que tras tantas charlas de café en las que se ha hablado con frivolidad, más frecuentemente de lo que sería de desear, de los planes de exterminio nazis Primo Levi nos ofrece claridad y honestidad. Son muchos los ensayos que han teorizado desde planos políticos, sociológicos, o psicológicos intentando explicar el exterminio y todas las preguntas que lo rodean. Einstein dijo una vez que intentar comprender el universo era una tarea bella pero predestinada al fracaso. Algo de eso es de lo que pecan muchas de las palabras que se han vertido sobre el que probablemente sea el mayor acto de barbarie cometido por la humanidad. Primo Levi, como digo, nos ofrece claridad y sencillez pero también contundencia, la contundencia del testigo de unos hechos. La subjetividad, como no, es condición inherente a todo testimonio pero cuando unos hechos vividos son narrados con honestidad nos encontramos con un valioso tesoro.
Las ideas son opinables, los hechos no. Es cierto que estos pueden ser falseados, voluntaria o involuntariamente, pero, repito, si la buena fe está detrás de su narración no debemos intentar aspirar a más. Precisamente, una de las técnicas más siniestras y agresivas de control mental es cuando se rompe ese consenso: cuando el hecho se convierte en algo maleable, en algo opinable. El nacionalsocialismo utilizó con astucia esta técnica. Si nos dicen diez veces que es de noche cuando es de día no nos harán dudar pero cuando nos lo repitan un millón de veces empezaremos a cuestionar cualquier verdad, por esencial que esta sea. Creo que precisamente, aunque no sé si conscientemente, este era el objetivo de Primo Levi al escribir “Si esto es un hombre” : impedir que la crueldad de esos hechos quedase salvaguardada por la duda, por el relativismo, para que, finalmente, se produjese la herida mortal que supone el olvido histórico y estos hechos pudiesen renacer; algo que en cierta forma ha ocurrido como demuestran los campos de concentración de la antigua Yugoslavia o el genocidio de Ruanda. Si introduzco el matiz de decir que esto ha vuelto a suceder en cierta forma no es tanto por una opinión personal como por la de otro superviviente de los campos de exterminio nazi: el escritor Jorge Semprún. En un encuentro digital con los lectores de El País pregunté a Semprun si creía que estos campos habían sido una excepción en la historia, su respuesta fue esta: Los campos de exterminio nazis fueron una excepción únicamente en la medida en que representan una industrialización de la muerte. Así, por ejemplo, cámaras de gas para exterminar al pueblo judío sólo ha habido en el sistema nazi, o sea, una excepción que confirma la capacidad humana para hacer el mal.
Si al hablar de “Los desnudos y los muertos” me refería a como en la guerra la muerte puede llegar a ser vista más como una salvación más que como una condena, esto queda patente de una forma extrema en “Si esto es un hombre” . Primo Levi dice que su gran fortuna fue llegar a Auschwitz en 1944, un año antes de la rendición de Alemania. A través de las páginas del libro podemos comprender que esta fortuna no se debe sólo a que las oportunidades de sobrevivir aumentasen por el mero hecho de ser seleccionado o no por los nazis para ser ejecutado. Primo Levi llegó al campo en su última etapa. Gracias a su formación como químico y a no pocas dosis de suerte logró un trabajo en el campo que era, hasta cierto punto, un salvoconducto para no ser ejecutado de inmediato. Lo cierto es que en la mayor parte de las ocasiones el desmoronamiento moral y físico de la persona era la clave de su propia muerte. Por ello, es sobrecogedor cuando Primo Levi nos relata que lograr que la voluntad del espíritu no se debilitase era el verdadero, y a la vez único, esfuerzo para no morir. El enemigo más mortífero en el campo, si lo queremos llamar así, estaba, en cierta forma, dentro de los propios prisioneros. Impedir que uno no fuese despojado de hasta la última gota de su libertad, única garantía de una remota supervivencia, era el trabajo más duro en ese siniestro universo de incertidumbre.
Ramón Pascual Peco es Licenciado en Ciencias de la Información . Especialidad: Periodismo. Universidad Complutense de Madrid y Master en periodismo digital El País / Universidad Autónoma de Madrid (Instituto Universitario de Postgrado)
www.ramonpeco.com
|