Sumario. Entrevistas.

Entrevista a Fulgencio Argüelles

"Disfruto inventando mundos novelescos"

Por Luis García

Es Fulgencio Argüelles, autor de “Los clamores de la tierra”, un escritor de largas distancias, lo que hace que se prodigue con escasez en las librerías. Sin embargo, puede parecer que se ha especializado en “ganador de certámenes”, ya que acaba de unir a los Premios Azorín por “Letanías de lluvia” , y Premio Principado de Asturias por “Recuerdos de algún vivir” , uno de los más antiguos y respetados, el Café Gijón, por la novela “El palacio azul de los ingenieros belgas” . Y a este hecho hay que unir el que sea la primera vez que un autor asturiano se alce con tan codiciado Premio. “El palacio azul de los ingenieros belgas” , novela ambientada en los años pre y post revolucionarios de 1934 en Asturias, no es una obra más sobre la contienda civil en un momento en el que los escritores españoles parecen haberla adoptado definitivamente. Narrada en primera persona, “es la historia de Nalo”, en palabras del propio autor, “un aprendiz de jardinero empeñado en buscar y alcanzar la sabiduría”. A su manera uno recuerda un entrañable personaje del “Bosque animado” de Wescenlao Fernández Flórez, como Nalo sabio e ilustrado, que hablaba y mentaba constantemente su pasado en la Ciudad de la Luz. Y es que la literatura, como muy bien sabe Fulgencio Argüelles, tiene esos pliegues, a veces curiosos, y casi siempre verosímiles.

P.-Fulgencio Argüelles, Premio Café Gijón De Novela 2003. Pero, ¿qué es exactamente “El palacio azul de los ingenieros belgas”?

R.-Decía Carlos Fuentes que las novelas no muestran ni demuestran el mundo, pero añaden algo al mundo, crean complementos verbales de ese mundo. Cada novela es una historia nueva que le añade algo a alguien. En esta novela he querido reflejar la búsqueda constante del conocimiento y la perfección, el ansia por la transformación de las cosas, el amor como la manifestación más humana del conocimiento compartido, la convivencia y la confrontación de dos mundos coincidentes y divergentes: ricos y pobres, y, en definitiva, la visión personal, y ausente de rencor, de un momento de revoluciones que confundió definitivamente el curso de nuestra historia

P.-Porque el título invita a su lectura por el misterio que encierra, pero de igual modo desconcierta por el desconocimiento de su significado... ¿Qué se van a encontrar los lectores?

R.-El título sitúa de alguna manera temporalmente la historia. Hablamos de finales del XIX y principios del XX, de la época de las chimeneas, de la concentración empresarial y la aparición de los capitanes de la industria que llegaron dispuestos a explotar los grandes recursos, unos venían de las provincias vecinas, como Adaro, Tartiere, Duro, Masaveu o Herrero, pero otros llegaban de países extranjeros, como Guilhou, Schulz, Truán, Schüztze, Bliskstad o los belgas Thiry, Kessler o Bèrtrand. A ellos se unían condes y marqueses y ellos mismos acababan siendo condecorados con algún título nobiliario. Una clase acomodada que poseía el poder porque era dueña del trabajo, de la salud, de la educación y hasta del agua y del aire. Falsos filántropos con las conciencias lavadas por la Iglesia que promovían mejoras sociales con la única finalidad de aumentar la productividad y por lo tanto sus ganancias. Por el contrario, va creciendo ese pueblo explotado que trabaja de sol a sol por poco más que la comida, y surgen las revueltas. Este es el paisaje de fondo. En primer término están las historias de los diferentes personajes.

P.-Novela ambientada en los años anteriores a la Revolución del 34 en Asturias, no deja de ser una revisión de un dramático periodo de la historia de Asturias... ¿Hacía tiempo que la tenía en la cabeza?

R.-Nunca pensé hacer una novela sobre la Revolución del 34. Y esta no lo es. Sí sobre un período en el que el rencor y la intransigencia tuvieran un efecto evidente sobre el progreso. La intransigencia surge de la ignorancia y detiene el crecimiento, el personal y por consiguiente el de toda la sociedad. Cuando uno lo ha perdido todo, cuando nada de lo que toca es suyo, ni siquiera la educación de sus hijos, ni el agua que bebe, ni el aire que respira, cuando a uno le roban el futuro y le obligan a jugarse la vida cada día para poder sobrevivir, entonces uno recoge el poco coraje que le queda lo junta con otros corajes y todos los corajes juntos agarran banderas y disparan fusiles y apenas nada queda para perder y renace la esperanza que es la vida. Esto está cada día de más actualidad porque la intransigencia aumenta, las guerras se multiplican sin ni siquiera ser declaradas, la xenofobia está en el corazón de muchas personas como una auténtica peste que se propaga, los que tienen mucho multiplican sus riquezas y crece la muchedumbre de los miserables. Dos mundos que inevitablemente llegarán a enfrentarse una vez más, como a lo largo de la historia.

P.-¿Cómo perfiló el personaje de Nalo? Intuyo que la dificultad debió ser extrema, ya que debía unir al carácter del mismo la verosimilitud del momento en el que se desarrollan los hechos...

R.-Nalo es un personaje creíble, creo que muy real. Él tuvo la suerte de no necesitar entrar en las minas o en las fábricas para ganarse la vida. Su trabajo de jardinero fue como una atalaya desde la cual, no sólo pudo observar mejor las vidas ajenas (de arriba y de abajo) sino que tuvo la ocasión de aprender, de crecer por dentro y desde su juventud, desde su humildad y por su falta de soberbia y la ausencia de rencor en su corazón (nadie que busca el conocimiento desde la humildad de saberse ignorante puede sentir rencor), por eso, digo, fue capaz de ver los acontecimientos sociales que ocurrían a su alrededor con una mayor objetividad que si estos hubieran sido narrados por cualquiera de uno u otro bando. Él comparte sentimientos de personajes de uno y otro lado, él es un aprendiz de sabio y su sabiduría es un reflejo de aquello que debió ocurrir y la historia no quiso que ocurriera. Nalo es el permanente asombro.

P.-¿Y la labor de documentación para evitar el caer en errores históricos? ¿Le resultó especialmente compleja?

R.-No especialmente. Se limitó a la lectura de algunos libros de índole diversa, relatos de una y otra ideología y algunos manuales de historia. También recogí anécdotas de gente que aún vive o vivió hasta hace poso tiempo. El lugar geográfico, a pesar de que se le pueda identificar claramente, no deja de ser imaginario. No tiene un nombre real, en realidad no tiene nombre. Siempre digo que hay dos momentos apasionantes en la escritura, cuando investigas sobre el escenario histórico o social que quieres montar y cuando los personajes se te muestran con el alma vestida y el corazón latiendo, como gente que pasa junto a ti por la calle.

P.-Y de nuevo la Guerra Civil (en este caso el periodo inmediatamente anterior) como recurso literario. ¿Casualidad en su caso?

R.-Dicen algunos que la Guerra Civil comenzó con la Revolución del 34. Puede tener cierto sentido, aunque esta afirmación también puede encerrar una trampa ideológica. Vuelvo a repetir que no quise hacer una novela sobre el 34 o la Guerra Civil. Las guerras civiles son perennes en un mundo de injusticias y clases sociales tan distantes, Lo que ocurre es que durante muchos períodos de la historia las luchas no se manifiestan, los corajes de los corazones de los miserables no se juntan. Cada estallido sólo es cuestión de tiempo.

P.-¿Cómo recuerda Fulgencio Argüelles sus comienzos, cuando ganó el Premio Azorín con “Letanías de lluvia” y se presentó en el despacho de Juan Cruz con el manuscrito en la mano?

R.-Lo siento todavía muy cercano, como si hubiera ocurrido hace unos meses. Y lo recuerdo con un sentimiento especial, me veo a mí mismo ilusionado, ingenuo, ignorante de aquel mundo editorial que me esperaba detrás de aquella puerta que me abrió un conserje muy sabio. Me recuerdo como Nalo llegando ante el ingeniero Hendrik su primer día de trabajo en el palacio azul de los belgas.

P.-¿Tan difícil era editar en España, entonces?

R.-Luego supe que sí, muy difícil. Pero en aquel momento no viví el problema. Tuve suerte y eso me evitó desde entonces la tortura de buscar editoriales para tus historias. Editar no es tan difícil, ahí están las cifras impresionantes de todo lo que en el año se publica. Que tu obra sea editada para propagarse por todo el territorio nacional, eso es harina de otro costal.

P.-Hasta la llegada de “El palacio azul de los ingenieros belgas”, era “Los clamores de la tierra” su gran obra de madurez, la historia del periodo ramirense contada desde “el interior”, por decirlo así. ¿Qué separa y une a ambas novelas?

R.-Arbidel, el protagonista de “Los clamores de la tierra”, tiene mucho de Nalo, o Nalo mucho de Arbidel. Son personajes con el corazón dispuestos para el asombro, situados en un mundo contradictorio en el que la sabiduría y el amor son las márgenes del camino para la libertad. Y en el fondo un escenario social complejo y definitivo para el desarrollo de nuestra historia.

P.-Porque no es casual que toda su obra esté ambientada en Asturias, más bien parece premeditado, buscando dar forma a un cuerpo literario propio...

R.-Lo que yo vivo y lo que yo siento está aquí, aquí tiene sus orígenes y sus referencias. Desde este escenario que estrujo y pateo me siento más cómodo y seguro para construir historias creíbles. Todo es relativo y las novelas escritas desde las propias entrañas pueden proclamar la universalidad de lo posible. La Comala de Rulfo es su Jalisco. El Macondo de Márquez es el pueblo de su infancia. Uno descubre su geografía literaria en su propia geografía y la escala regionalista se lanza a buscar sin complejos la cota universal. Así lo entiendo yo. Tú retomas el lenguaje de la tierra concreta y te dejas arrastrar y quieres que el contexto se haga texto. Para qué ir más lejos si esas otras realidades a veces están delante de tu casa.

P.-Salvedad expresa con “Del color de la nada” , apenas ha cultivado el relato breve. ¿Se siente mas creador de mundos novelescos, como dicen a menudo Luis Mateo Diez o Luis Landero?

R.-Me siento muy cómodo ideando y construyendo novelas, y los relatos cortos los imagino dentro de un contexto novelesco o formando parte de una probable novela. La novela no deja de ser un compendio de pequeñas historias conformando una historia coherente y grande. Creo que en el fondo, al construir una novela buscamos conseguir una visión general de la vida, un panorama vital completo. Eso lo consiguieron muy bien los narradores del XIX. Aquí tenemos el ejemplo de Clarín en “La Regenta” . En la actualidad, con tanta pretendida globalidad, no tenemos más remedio que conformarnos con menos, con algún que otro destello. Disfruto inventando mundos novelescos. Disfruto mucho, sino no lo haría. No creo en el escritor sufrido que sangra cuando describe.

P.-¿Qué le une y le separa con los autores de su generación?. Muñoz Molina, Landero, Mateo Díez...

R.-No lo sé. De eso ya se encargarán los críticos. Con Luis Mateo, que es el escritor que más admiro y a quien más conozco, me une la preocupación constante por la expresión y, sobre todo, esa creación de mundos autónomos desde el apego a la tierra, a las tradiciones orales de la tierra. Él lo ha conseguido plenamente. Yo, estoy en ello. Las generaciones literarias son simplificaciones tardías para facilitar los estudios y hacer más manejables los manuales. Hay características que unen a unos escritores con otros, pero no necesariamente tienen que pertenecer a la misma generación.

P.-¿Qué está preparando en estos momentos Fulgencio Argüelles?

R.-Cuando pasen estos días inevitables de presentaciones y comparecencias públicas, retomaré mi vida cotidiana y volveré a centrarme en mis historias. Tengo dos novelas en la cabeza, una muy ambiciosa, con Alfonso II como protagonista. Otra sobre una interpretación social del complejo de Edipo centrada en el mundo originario de Peñafonte. Aún no sé por cuál me decidiré. De momento ando mostrando por los escenarios “ El palacio azul de los ingenieros belgas”.

P.-¿Se atrevería a escribir en Bable?

R.-De hecho lo hice en varias ocasiones, pero con demasiado esfuerzo. Es triste que uno tenga que aprender su propia lengua, la que un día le arrancaron. Necesitaría tiempo para estudiar más el asturiano. Hay un libro por ahí danzando, tres relatos, que escribí en asturiano con mucho amor y mucho esfuerzo, ilustrado magistralmente por Jorge Enrique Maojo, pero, ya ves, nadie se atreve a publicarlo. No me preguntes la razón. Quizá porque no consiguen la subvención para publicarlo y es que debido al tipo de ilustraciones que lleva es un libro caro y aquí nadie arriesga nada.

P.-¿Cómo ve la literatura en Asturias? ¿Es optimista respecto al futuro?

R.-Por naturaleza soy pesimista en todo, y además o por consiguiente, escéptico. No creo que mi pueblo sea más pueblo que los demás. Por eso hablar de literatura en Asturias es hablar de literatura en España o en el mundo, sin más. No sé si existe la literatura asturiana. Nadie nunca me lo aclaró. ¿Es la literatura que hacen los asturianos?, ¿es la que hacen los que viven en Asturias?, ¿es la que está escrita en asturiano?, ¿es la que tiene como escenarios literarios la historia o la realidad de Asturias? Si lo que me preguntas es si hay buenos escritores asturianos, te diré que sí. Creo que estamos en un momento dulce en el que varios asturianos están consiguiendo que sus obras se lean en todo el territorio nacional y con muy buenos resultados.

 

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