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Hace no mucho tiempo, al menos no el suficiente como para haber olvidado los detalles más felices, tuve la oportunidad de presentar en Madrid la primera novela escrita por Patricia Duncker , “La locura de Foucault” ( “Hallucinating Foucault” ), traducida del inglés por Miguel Martínez-Lage y publicada este año por Alianza Editorial. Leí la novela de un tirón y el mismo día de la presentación quise ir a buscar a la autora a su hotel para poder charlar con ella y repetirle unas cuantas veces lo mucho que me había gustado su obra. El encuentro, rodeadas de un ambiente que seguía los sobrios preceptos de la decoración de interiores más minimalista, no pudo ser más amable: puntuales y sonrientes, nos mostramos los libros que ambas llevábamos en ese momento, y planeamos cómo pasar el tiempo que teníamos por delante. Patricia Duncker estaba leyendo a Katherine Mansfield y me dijo que me parecía muchísimo a ella, pero como sé que el parecido físico se reduce estrictamente al corte de pelo (también he oído hablar de cierto aire a Carson McCullers y sé que se debe al mismo motivo) le dije que esperaba no tener que llevar una vida tan triste como la suya por el solo hecho de compartir peinado. Poco después pedimos un taxi.
Madrid se transforma en una ciudad absolutamente distinta cuando se recorre junto a un extranjero. De repente la Plaza Mayor adquiere una luminosidad que días antes resultaba impensable. Los eternos ruidos parecen desaparecer y todo se apropia de una presencia imponente. Pasear con Patricia Duncker por Preciados era comprender de pronto algunas de las claves de su novela. Sus toques de humor irónico, la profunda erudición de sus páginas, la pasión por los paisajes, por cada uno de sus personajes… Una pasión que se advierte en su propia escritura. El narrador de “La locura de Foucault” es un joven de 22 años, estudiante de Literatura Francesa, que está realizando en Cambridge su tesis sobre el escritor francés Paul Michel. En un principio, el estudiante no tiene ningún interés por la vida de Paul Michel. No sabe qué ha sido de él y cree que lo realmente importante no es su vida, sino su obra escrita. Sin embargo, pronto conoce a una estudiante, la germanista , que trabaja en la obra de Schiller (a quien escribe cartas de amor porque defiende que si no se está enamorado de aquello sobre lo que se escribe, todo lo que se conseguirá será un montón de papeles secos, sin emoción ni sentido) y que conoce bien la obra de Paul Michel. Ella opina que el narrador debe interesarse por el paradero de la persona cuya obra está estudiando, si quiere llegar a saber todos los motivos auténticos de su creación. Se plantea así una historia fascinante, brillante y encantadora. Con una prosa limpia, sin adornos superfluos, adictiva y plagada de conversaciones acerca de las relaciones entre el autor y su lector, Patricia Duncker desarrolla un relato sobre la obsesión, la locura y el deseo más intelectual que físico.
Preparando, días antes de la presentación, algunos datos sobre la obra de Patricia Duncker, leí lo siguiente en una de las entrevistas que la autora concedió en el año 1996, a raíz de la publicación de su novela: “Quería explicar en este libro el amor que existe entre lectores y escritores. Mi vida cambió radicalmente por los libros que he leído, y quería describirlo.” La pasión necesaria en la literatura, la importancia del Lector (con mayúsculas), los vínculos existentes entre locura y creatividad (Kafka dijo que “un escritor que no escribe es un ser abocado a la locura”. Paul Michel dice que “todos los escritores, de un modo u otro, están locos…” –pág. 155–) y, esencialmente, la eterna polémica en torno a si es necesario conocer y estudiar la vida de un autor, además de su obra, o si la vida debe mantenerse al margen de cualquier estudio, ya que lo verdadera y únicamente importante es la obra en sí misma. Todos estos temas dan lugar a una novela profundamente inspirada e inspiradora. Además, gracias a la presencia de Michel Foucault como protagonista, los personajes parecen intervenir en la vida real y se podría pensar que han vivido –o viven– de verdad. De hecho, algunos lectores han llegado a creer que Paul Michel era un ser de carne y hueso, y hay quien ha intentado conseguir sus obras. Un nuevo juego narrativo de Patricia Duncker: durante la presentación de su obra en Madrid explicó que el nombre de pila completo de Michel Foucault, era Paul Michel.
La mayoría de los escritores no tienen la oportunidad de conocer a su Lector. Generalmente, además, no se piensa en términos tan absolutos: el Lector, sino en los lectores. El argumento básico de “La locura de Foucault” es el de que todo escritor tiene su lector. Cada autor lanza sus dudas, obsesiones y anécdotas en busca de un lector que se reconozca en ellas. Un lector que cierre el círculo y que sepa cómo responder o, al menos, aceptar todo aquello que el escritor ha lanzado. A veces se le conoce y a veces no. Pero los personajes de esta novela defienden, más allá de cualquier otra cuestión, que ese lector existe. De lo contrario, escribir no merecería la pena y habría que dejar de hacerlo.
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